Abogados algorítmicos que ya ganan pleitos
I. El hito procesal que nadie esperaba tan pronto
El Tribunal del Condado de Wandsworth, al sur de Londres, ha sido el escenario de un juicio que probablemente se estudiará en las facultades de Derecho durante los próximos años. No por la cuantía de lo reclamado —7.000 libras en honorarios impagados— ni por la complejidad de la controversia —una relación contractual entre una consultora de recursos humanos y una empresa hostelera—, sino por la identidad de quien preparó el caso. Garfield AI, el primer despacho de abogados del Reino Unido que opera con inteligencia artificial en lugar de abogados humanos para la preparación de reclamaciones judiciales, ha obtenido la primera sentencia favorable de la historia dictada tras un juicio en que la carga documental ha sido íntegramente asumida por un sistema algorítmico.
El fundador de la firma, Philip Young, antiguo litigante londinense, no ha ocultado la dimensión simbólica del resultado. La victoria, ha declarado, constituye un momento histórico no solo para su empresa, sino para el acceso a la justicia. Y aunque el letrado que defendió oralmente el caso era un barrister humano —la inteligencia artificial no comparece ante el tribunal ni formula conclusiones—, la totalidad de los escritos procesales, incluidos los borradores de las declaraciones testificales, habían sido generados por el sistema. La máquina preparó el pleito; el humano lo defendió. La combinación, por primera vez, ha vencido.
II. Anatomía del despacho algorítmico: cómo funciona Garfield AI
Garfield AI recibió el pasado año la autorización de la Solicitors Regulation Authority, el organismo regulador de los abogados y procuradores de Inglaterra y Gales, para operar como firma legal. Su modelo de negocio se aparta radicalmente del tradicional. No tiene despachos, ni plantilla de solicitors, ni estructura de pasantes. Ofrece a sus clientes la posibilidad de generar cartas de reclamación extrajudicial —los llamados polite chaser letters— por un precio que arranca en 2 libras, y de presentar formularios de demanda a partir de 50 libras. El sistema ha procesado ya más de 600 reclamaciones y ha recuperado aproximadamente 500.000 libras para sus clientes, generalmente mediante acuerdos extrajudiciales alcanzados antes de que se dictara sentencia.
El caso de Tamires Camal Taquidir, la freelance que reclamaba honorarios impagados, marca el punto de inflexión. La demandante había intentado resolver la disputa sin acudir a los tribunales, pero la empresa demandada presentó una contrademanda que forzó la celebración del juicio. Garfield AI asumió la preparación completa del caso: correspondencia previa, redacción de los escritos procesales, preparación de las declaraciones testificales y organización del material probatorio. La señora Camal Taquidir pagó a la firma unas 400 libras en total para recuperar 7.000, una proporción que ningún despacho convencional podría ofrecer.
III. La intervención humana que la tecnología no suprime
Hay que reseñar que la victoria de Garfield AI no implica que una inteligencia artificial haya comparecido en sala. El advocacy, la defensa oral ante el juez, fue desempeñada por un barrister humano. La división de funciones que el sistema británico consagra entre solicitor —encargado de la preparación del caso— y barrister —encargado de la defensa oral— ha facilitado que la inteligencia artificial ocupe el primer escalón sin necesidad de conquistar el segundo. La máquina ha sustituido al solicitor, no al barrister, y lo ha hecho en un tipo de litigio —reclamaciones de deuda de escasa cuantía— donde la estandarización de los documentos procesales es alta y el margen para la creatividad jurídica es bajo.
Debe tenerse presente que la contraparte sí contó con solicitor y barrister humanos. La asimetría de recursos no impidió que la demandante, asistida únicamente por la inteligencia artificial para la preparación del expediente, obtuviera una sentencia favorable. El dato es relevante porque desmiente la presunción de que la intervención de un abogado humano en la fase preparatoria es siempre superior a la de un sistema automatizado. La calidad de los escritos procesales depende, en buena medida, de la corrección con que se apliquen las reglas procesales y de la precisión con que se expongan los hechos, y en ambas tareas la inteligencia artificial ha demostrado ser perfectamente competente.
IV. El acceso a la justicia como argumento de peso
El fundador de Garfield AI ha insistido en que el propósito de la firma no es reemplazar a los abogados, sino hacer que el proceso resulte más accesible, más eficiente y más asequible. La afirmación no es retórica. En jurisdicciones como la inglesa, donde los costes de la litigación pueden disuadir a acreedores legítimos de reclamar cantidades modestas, la existencia de una herramienta capaz de preparar un caso por 400 libras supone una ampliación real del derecho a la tutela judicial efectiva. Durante demasiado tiempo, ha señalado Young, las empresas se han visto obligadas a dar por perdidas deudas incobrables porque los costes, el tiempo y el estrés del litigio hacían antieconómica su reclamación.
Considero que este argumento trasciende el ámbito del marketing y se inserta de lleno en el debate sobre el acceso a la justicia que preocupa a todos los ordenamientos continentales. Si la inteligencia artificial permite que un particular o una pequeña empresa reclamen cantidades que antes no reclamaban por miedo a los costes, el sistema de justicia se democratiza. El riesgo, como contrapartida, es que una proliferación de reclamaciones automatizadas sature los tribunales con litigios de escasa entidad, pero ese riesgo existía ya con los claim farms tradicionales y no se ha materializado en un colapso.
V. Los tropiezos que la prudencia aconseja recordar
La victoria de Garfield AI no debe hacer olvidar los fracasos que la inteligencia artificial ha cosechado en otros escenarios forenses. La firma británica Pinsent Masons fue amonestada por un tribunal londinense en mayo de 2026 por presentar alegaciones falsas generadas por inteligencia artificial. El bufete estadounidense Sullivan & Cromwell reconoció en abril ante un tribunal federal de quiebras que un escrito que había preparado contenía múltiples alucinaciones algorítmicas. El mismo Kirkland & Ellis que invierte 500 millones de dólares en construir su propia plataforma de inteligencia artificial ha tenido que lidiar con las tensiones que la retención de datos y la monitorización de sus abogados generan en la profesión.
Estos precedentes recuerdan que la inteligencia artificial no es infalible y que su uso en el proceso judicial exige una supervisión humana que no puede ser delegada. La máquina redacta, pero el abogado o el cliente deben revisar lo redactado y asumir la responsabilidad de su contenido. La firma sigue siendo el sello de imputación, y la firma de un escrito generado por inteligencia artificial no es menos vinculante que la de uno redactado manualmente.
VI. La supervisión regulatoria y el modelo inglés de autorización
La Solicitors Regulation Authority ha sido la primera en aprobar un despacho de estas características, y su decisión marca un precedente que otros reguladores nacionales observarán con atención. El modelo inglés de autorización de firmas legales alternativas permite que entidades no gestionadas por abogados presten servicios jurídicos siempre que cumplan con los estándares deontológicos y de competencia exigidos. Garfield AI ha demostrado que un sistema de inteligencia artificial puede superar ese escrutinio, al menos en el ámbito de las reclamaciones de deuda.
Hay que reseñar que la aprobación regulatoria no equivale a una carta blanca. La firma sigue sujeta a las mismas obligaciones de confidencialidad, diligencia y transparencia que cualquier otro despacho. La diferencia es que quien responde no es un socio director, sino el sistema y, en última instancia, las personas físicas que lo han diseñado y lo supervisan. La responsabilidad profesional en la era algorítmica está aún por definir, y el caso de Garfield AI constituye un primer eslabón de una cadena que inevitablemente se alargará.
VII. Reflexiones finales en torno a un cambio que ya ha empezado
La sentencia de Wandsworth no es una curiosidad periodística, sino la constatación de que la inteligencia artificial ya puede ganar pleitos. No en el sentido de que una máquina convenza a un juez con su elocuencia, sino en el de que un sistema automatizado puede preparar un caso con la solidez suficiente para que un barrister humano lo defienda con éxito. La tecnología no ha reemplazado al juez, ni al barrister, ni al sistema legal. Lo que ha hecho, según palabras del propio Young, es hacer el proceso más accesible, más eficiente y más asequible.
El camino está abierto y las implicaciones son profundas. La abogacía de bajo coste, la estandarización de los escritos procesales y la progresiva automatización de las tareas preparatorias transformarán el mercado de los servicios jurídicos en los próximos años. Quienes se aferren a la idea de que la inteligencia artificial nunca podrá sustituir a un abogado humano harían bien en leer la sentencia de Wandsworth. La máquina ya ha ganado su primer juicio. Y lo ha hecho, precisamente, haciendo aquello que se suponía que no podía hacer: preparar un caso que un juez ha considerado suficientemente fundado. El listón, a partir de ahora, está un poco más alto. O un poco más bajo, según se mire.