China golpea a Occidente con un imán de fusión récord
China ha superado una de las pruebas industriales más complejas de la carrera energética: fabricar y validar el mayor imán superconductor construido para un dispositivo de fusión. La pieza mide 21 metros, pesa 582 toneladas y almacena tres veces más energía que su equivalente en el proyecto internacional ITER.
Sin embargo, lo verdaderamente relevante no está únicamente en el tamaño. Pekín asegura haber producido íntegramente en el país los materiales, equipos y procesos necesarios. Además, ha reducido de 400 a 100 yuanes por metro el precio de una cinta superconductora crítica. La batalla ya no consiste solo en dominar la física. Consiste en poder fabricarla a escala.
Un gigante de 582 toneladas
El imán toroidal desarrollado en Hefei mide 21 metros de largo, 12 de ancho y 3,3 de alto. Su volumen es un 30% superior al de los imanes equivalentes de ITER y su capacidad de almacenamiento energético resulta tres veces mayor, según la Academia China de Ciencias.
Su función será generar el campo magnético encargado de confinar el plasma a temperaturas de cientos de millones de grados. El sistema está diseñado para soportar corrientes extremas, radiación y fuertes tensiones mecánicas durante una vida útil teórica de 60 años.
No es todavía un reactor comercial. Pero sí demuestra que China ha dejado atrás la fase de los pequeños prototipos para entrar en la ingeniería de componentes a tamaño real.
El precio que cambia la carrera
Paralelamente, los investigadores chinos han probado una bobina de solenoide central fabricada con superconductores de alta temperatura. Conviene diferenciar ambas piezas: el gigantesco imán toroidal y la bobina superconductora forman parte de desarrollos distintos, aunque complementarios.
El avance económico aparece en esta segunda tecnología. El precio de la cinta superconductora habría caído desde 400 yuanes por metro hasta aproximadamente 100, una reducción del 75% impulsada por la fabricación nacional.
Este hecho revela el verdadero objetivo de Pekín: no limitarse a obtener récords científicos, sino convertir una tecnología extraordinariamente cara en un producto industrial repetible.
Una cadena de suministro propia
Los responsables del proyecto aseguran haber alcanzado un 100% de producción nacional en materias primas, aislamiento, acero estructural, equipos de fabricación y procesos tecnológicos.
La estrategia recuerda a la desplegada con los paneles solares, las baterías de litio y las tierras raras. China entra en una industria emergente, subvenciona capacidad productiva, reduce costes mediante escala y termina controlando los componentes esenciales.
Lo más grave para Estados Unidos y Europa no sería que China lograse antes una reacción experimental. Sería que, cuando la fusión resulte viable, las empresas occidentales dependieran de proveedores chinos para construir sus centrales.
El contraste con ITER
La comparación con ITER es inevitable, aunque debe manejarse con rigor. El proyecto instalado en Francia reúne actualmente a 33 países, incluida la propia China. Europa asume el 45,6% de los costes de construcción, mientras que el resto de los grandes socios aporta alrededor del 9,1% cada uno.
ITER comenzará sus operaciones de investigación en 2034, alcanzará la energía magnética completa en 2036 y no utilizará combustible de deuterio y tritio hasta 2039. Además, no ha sido diseñado para generar electricidad, sino para demostrar ganancias energéticas en el plasma y probar tecnologías destinadas a futuras plantas.
El retraso, no obstante, resulta demoledor frente a la velocidad industrial china.
El calendario de Pekín
China prevé completar a finales de 2027 el tokamak experimental BEST, una instalación diferente del banco de pruebas donde se validaron los nuevos imanes. El objetivo declarado es trabajar con plasma de deuterio y tritio, producir entre 20 y 200 megavatios de potencia de fusión y demostrar generación eléctrica hacia 2030.
Se trataría de encender una primera bombilla experimental, no de alimentar ciudades ni conectar una central competitiva a la red.
La comercialización continúa situada mucho más lejos. La propia hoja de ruta china contempla un reactor experimental de ingeniería alrededor de 2035 y una planta de demostración comercial aproximadamente en 2045.
Estados Unidos mantiene sus cartas
Washington tampoco está fuera de la carrera. El Laboratorio Nacional Lawrence Livermore logró en diciembre de 2022 la primera ignición de fusión controlada: suministró 2,05 megajulios al objetivo y obtuvo 3,15 megajulios de energía de fusión. Desde entonces, el experimento se ha repetido en varias ocasiones.
La diferencia está en el modelo. Estados Unidos confía buena parte del desarrollo al capital privado, Europa concentra recursos en la cooperación internacional y China combina financiación estatal, investigación pública y capacidad industrial.
La inversión acumulada en compañías privadas de fusión ya alcanza los 14.240 millones de dólares, pero convertir experimentos en fábricas sigue siendo el desafío decisivo.
La ventaja que realmente importa
La fusión todavía debe resolver problemas enormes: producir tritio, proteger los materiales frente a los neutrones, mantener el plasma estable y generar más electricidad de la que consume toda la instalación.
Pero China acaba de demostrar algo más inmediato. Puede fabricar componentes gigantescos, controlar sus suministros y reducir rápidamente el coste del material crítico.
El país que domine esa cadena industrial no solo venderá reactores. Podrá condicionar el precio futuro de la energía y, con él, la competitividad de industrias enteras.