Carrera espacial global

China y Rusia avanzan en un pacto para construir una base en la Luna

EPA/RITCHIE B. TONGO

China y Rusia han confirmado que avanzan de forma coordinada en un ambicioso proyecto para construir una estación científica conjunta en la Luna, un movimiento que refuerza su alianza estratégica y reabre la carrera espacial en clave geopolítica. El embajador ruso en Pekín, Igor Morgulov, aseguró este martes que los preparativos están en “pleno funcionamiento” y que ya se discuten tanto el reparto de tareas como los aspectos técnicos de las misiones conjuntas. El proyecto, que podría incluir un reactor nuclear lunar antes de 2035, supone un desafío directo al liderazgo espacial de Estados Unidos y sus aliados.

Un acuerdo estratégico más allá de la ciencia

El anuncio no se limita al ámbito científico. La cooperación espacial entre Pekín y Moscú forma parte de un acercamiento estratégico mucho más amplio, acelerado por las tensiones con Occidente. Según Morgulov, expertos de ambos países ya trabajan en la distribución del trabajo y el diseño técnico de las misiones, lo que indica que el proyecto ha superado la fase meramente declarativa.

Este hecho revela una voluntad política clara: convertir la Luna en un nuevo escenario de influencia internacional, donde China y Rusia aspiran a fijar presencia estable frente a los programas liderados por Washington.

China y Rusia buscan convertir la Luna en un nuevo escenario de influencia internacional

Durante décadas, la exploración lunar fue símbolo de prestigio científico. Hoy, sin embargo, se ha transformado en un elemento clave de la competencia estratégica global. Estados Unidos impulsa el programa Artemis junto a Europa, Japón y otros socios, mientras China y Rusia avanzan por su cuenta con una arquitectura alternativa de cooperación.

El contraste es evidente. Mientras Artemis apuesta por alianzas multilaterales occidentales, el proyecto chino-ruso se presenta como un eje autónomo, alineado con la visión de un mundo multipolar.

Un reactor nuclear en la superficie lunar

Uno de los aspectos más llamativos del plan es la posibilidad de instalar un reactor nuclear en la Luna antes de 2035 para abastecer energéticamente la estación. En un entorno extremo, con noches lunares de hasta 14 días terrestres, la energía nuclear se considera una solución viable frente a la solar.

Este planteamiento eleva el proyecto a otra dimensión. La presencia de infraestructura nuclear fuera de la Tierra plantea desafíos técnicos, legales y políticos, pero también refuerza la ambición de crear una base permanente, no meras misiones temporales.

China aporta capacidad industrial, financiación y una agenda espacial en rápida expansión. En la última década, ha logrado alunizajes exitosos, misiones de retorno de muestras y el despliegue de su propia estación espacial.

Rusia, por su parte, conserva una sólida experiencia histórica en exploración espacial, aunque sufre limitaciones financieras agravadas por las sanciones occidentales. La alianza permite a Moscú mantener relevancia internacional, mientras Pekín gana un socio con conocimiento técnico y legitimidad histórica.

Uno de los aspectos más llamativos del plan es la posibilidad de instalar un reactor nuclear en la Luna antes de 2035 para abastecer la estación

El mensaje a Estados Unidos y Europa

El proyecto envía un mensaje inequívoco a Washington y Bruselas: la carrera espacial ya no es un monopolio occidental. En un momento en el que Estados Unidos busca aislar a Rusia y contener a China, la cooperación lunar simboliza la capacidad de ambos países para desarrollar grandes proyectos al margen de Occidente.

Según estimaciones del sector, la economía lunar —incluyendo exploración, minería y tecnología asociada— podría mover cientos de miles de millones de dólares en las próximas décadas. Estar presente desde el inicio supone una ventaja estratégica clave.

Más allá del simbolismo, la Luna despierta interés por sus recursos potenciales, como el helio-3, considerado por algunos como combustible del futuro. Aunque su explotación comercial aún es incierta, asegurar presencia científica temprana permite reclamar protagonismo en futuras negociaciones internacionales.

China y Rusia insisten en el carácter científico del proyecto, pero el diagnóstico es inequívoco: la frontera entre ciencia y poder es cada vez más difusa en el espacio.

La construcción de una estación lunar permanente plantea interrogantes legales. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe la apropiación nacional de cuerpos celestes, pero no regula de forma clara la explotación de recursos ni la instalación de infraestructuras permanentes.

Este vacío normativo abre la puerta a tensiones futuras. Quien llegue primero, marcará reglas de facto. En este contexto, el avance chino-ruso adquiere una dimensión estratégica adicional.

Riesgos y desafíos tecnológicos

El proyecto no está exento de riesgos. Las misiones lunares requieren tecnología extremadamente compleja, altos costes y coordinación perfecta. Cualquier retraso o fallo podría comprometer la credibilidad del plan.

Aun así, el anuncio de que los preparativos están en “pleno funcionamiento” sugiere que ambos gobiernos están dispuestos a asumir el riesgo, conscientes del rédito político y estratégico que puede generar.

En los próximos años se espera un aumento de misiones preparatorias, intercambio de tecnología y anuncios progresivos de hitos técnicos. No habrá resultados inmediatos, pero sí una competencia creciente por fijar posiciones en la Luna.

La consecuencia es clara: la carrera espacial entra en una nueva fase, donde la Luna deja de ser solo un objetivo científico para convertirse en un activo geopolítico de primer orden. China y Rusia quieren estar allí antes que nadie.