El dilema robótico en Ucrania que vislumbra Omar Kardoudi
La guerra de Ucrania ha consolidado su condición de espacio experimental donde tecnologías militares emergentes encuentran su primera aplicación operativa en condiciones reales de combate. La información publicada por Omar Kardoudi el 16 de marzo de 2026, relativa al despliegue de dos unidades del robot humanoide Phantom MK-1 en el frente ucraniano, constituye un hito que trasciende la mera innovación técnica para adentrarse en terrenos de considerable complejidad jurídica, ética y estratégica.
Lo anterior me sugiere que estamos ante uno de esos momentos en que la realidad supera la ficción, obligando al Derecho internacional y a la ética militar a una carrera de adaptación que apenas ha comenzado. La startup estadounidense Foundation, con sede en San Francisco, ha convertido a Ucrania en el escenario de prueba de la primera operación oficial de robots humanoides en una guerra, desplegando unidades diseñadas expresamente para entornos militares de alto riesgo.
Debe tenerse en consideración que este despliegue no es un hecho aislado sino la culminación de una tendencia acelerada. Según la agencia estatal ucraniana United24, el país ejecutó 7.495 operaciones robóticas solo en enero de 2026, la mayoría de carácter logístico, aunque algunas máquinas ya portaban ametralladoras Kaláshnikov y explosivos. El objetivo declarado es reducir el número de soldados humanos expuestos al riesgo letal en primera línea, objetivo que el cofundador de Foundation, Mike LeBlanc, eleva a categoría moral: "Creemos que hay un imperativo moral para poner estos robots en la guerra en lugar de soldados".
II. Las características técnicas del Phantom MK-1
El robot Phantom MK-1 presenta especificaciones que lo distinguen de los sistemas automatizados precedentes. Con aproximadamente 1,75 metros de altura y un peso entre 79 y 82 kilogramos, su diseño humanoide responde a la necesidad de operar en entornos construidos para humanos, utilizando herramientas y armamento concebidos para operadores biológicos.
Considero que la innovación técnica más relevante reside en su sistema de actuadores cicloidales, desarrollado por la propia Foundation. Este mecanismo de engranajes de geometría curva combina resistencia estructural,
1 movimientos silenciosos y la capacidad de ceder ante fuerzas externas sin fracturarse, característica técnica denominada backdrivability que resulta esencial en entornos donde la interacción con presencia humana es inevitable.
La versatilidad operativa del Phantom MK-1 es considerable. Según las declaraciones de LeBlanc, el robot es capaz de utilizar "cualquier tipo de arma que pueda usar un humano", desde revólveres y pistolas semiautomáticas hasta escopetas y fusiles M-16. Esta capacidad de emplear armamento estándar, sin necesidad de adaptaciones específicas, multiplica su integración operativa con los sistemas logísticos existentes.
III. El principio de supervisión humana y sus tensiones
El diseño del Phantom MK-1 incorpora el principio de human-in-the-loop, según el cual el robot gestiona autónomamente su movimiento y navegación, pero reserva para un operador humano la decisión final sobre cualquier acción letal. Esta arquitectura de control distribuido intenta conciliar la eficiencia operativa de la autonomía parcial con la responsabilidad atribuible de la decisión humana.
Entiendo que esta configuración, aunque aparentemente clara, encierra tensiones que la práctica operativa pondrá de relieve. La velocidad del combate moderno, particularmente en escenarios de guerra urbana o de contrainsurgencia, puede reducir drásticamente los margenes temporales disponibles para la intervención humana. Cuando el robot detecta una amenaza y solicita autorización para responder, el operador dispone de segundos, a veces fracciones de segundo, para evaluar la situación y decidir.
La pregunta que Kardoudi formula —"¿quién es responsable cuando un robot toma una decisión equivocada en combate?"— adquiere dimensiones prácticas inmediatas. El modelo human-in-the-loop pretende asignar responsabilidad al operador humano, pero la presión temporal, la incompletitud de la información transmitida por el robot, y la dependencia de algoritmos de selección de blancos cuya lógica interna puede resultar opaca, comprometen la eficacia real de esta asignación.
IV. La escala industrial y la proliferación proyectada
Foundation ha anunciado planes de fabricación que ilustran la magnitud de la transformación en curso. La producción proyectada de 50.000 unidades para finales de 2027, con un modelo de negocio basado en el alquiler a aproximadamente 100.000 dólares anuales por unidad, sitúa la tecnología en un umbral de accesibilidad económica que favorecerá su proliferación.
Hay que reseñar que este modelo de negocio —alquiler frente a ventapresenta implicaciones jurídicas relevantes. La retención de propiedad por
2 parte del fabricante permite un mayor control sobre el uso de los equipos, incluyendo la posibilidad de actualizaciones de software remotas, monitorización del rendimiento operativo, e incluso la desactivación en caso de incumplimiento contractual. Sin embargo, también genera cadenas de responsabilidad difusas cuando los robots son operados por fuerzas armadas ajenas al fabricante.
La capacidad de operación continua del Phantom MK-1, limitada únicamente por la necesidad de recarga de baterías, representa una ventaja operativa considerable sobre las unidades humanas, sujetas a limitaciones fisiológicas de fatiga, estrés y necesidades de descanso. Esta asimetría de resistencia operativa puede alterar significativamente los cálculos de planificación militar, favoreciendo estrategias de persistencia y desgaste que resultarían inviables con personal humano.
V. Los escenarios de aplicación y la expansión geográfica
Ucrania constituye, según la información de Kardoudi, el primer escenario de prueba del Phantom MK-1, pero no el único contemplado. Foundation mantiene contacto estrecho con el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos para evaluar el despliegue de estos robots en patrullas de frontera, específicamente en la frontera con México.
Ello me obliga a deducir que la transición de aplicaciones militares puras a funciones de seguridad interior plantea desafíos jurídicos adicionales. Las reglas de enfrentamiento en territorio nacional, la protección de derechos fundamentales de personas sometidas a control por parte de robots armados, y la legitimidad política de la utilización de fuerza letal automatizada en contextos no bélicos, son cuestiones que el ordenamiento jurídico estadounidense apenas ha comenzado a afrontar.
La capacidad de operación en entornos contaminados por radiación, armas químicas o biológicas amplía el espectro de aplicaciones del Phantom MK -1 a escenarios de guerra asimétrica y de disuasión nuclear. En estos contextos, la sustitución de operadores humanos por unidades robóticas elimina una de las principales limitaciones al empleo de fuerzas convencionales: la exposición a riesgos ambientales letales.
VI. La transformación de la decisión política de guerra
La reflexión final de Kardoudi, relativa a la posibilidad de que el uso de robots en la guerra facilite políticamente la iniciación o escalada de conflictos, introduce una dimensión de análisis de política internacional de considerable alcance. La reducción de bajas propias, presentada como imperativo moral
3 por los defensores de estas tecnologías, puede operar como factor de desinhibición en la decisión de emplear la fuerza armada.
Considero que esta tensión entre la protección del personal militar y la potencial deshumanización de la decisión de guerra constituye uno de los dilemas éticos más agudos de la revolución robótica militar. Cuando el coste político de la guerra medido en vidas propias disminuye drásticamente, los incentivos para la resolución pacífica de controversias pueden debilitarse, alterando el equilibrio de disuasión que ha caracterizado a las relaciones internacionales desde la segunda mitad del siglo XX.
El conflicto ucraniano, ya descrito por LeBlanc como "en gran medida una guerra de robots, donde los humanos juegan mayoritariamente roles de apoyo", ilustra esta transformación. La progresiva automatización del combate no elimina la presencia humana del campo de batalla, pero la desplaza hacia funciones de planificación, supervisión y mantenimiento, alejadas del contacto directo con el enemigo y, consiguientemente, de la experiencia inmediata de las consecuencias del empleo de la fuerza.
VII. El marco jurídico internacional y su insuficiencia
El Derecho internacional humanitario, configurado para regular la conducta de hostilidades entre partes humanas, presenta lagunas estructurales cuando se aplica a sistemas robóticos armados. Los principios de distinción, proporcionalidad y precaución, pilares del régimen legal de conflictos armados, presuponen capacidades de juicio situacional que la tecnología actual solo puede emular de manera imperfecta.
El principio de distinción, que exige diferenciar entre combatientes y civiles, entre objetivos militares legítimos y bienes protegidos, requiere interpretación contextual que los algoritmos de selección de blancos apenas pueden iniciar. El principio de proporcionalidad, que prohibe ataques donde los daños colaterales esperados excedan la ventaja militar concreta y directa, implica valoraciones cualitativas de difícil traducción algorítmica.
Asumo que la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales de las Naciones Unidas, foro donde se discute la regulación de sistemas de armas letales autónomos, ha avanzado lentamente hacia un marco normativo vinculante. La posición de Estados Unidos, favorable al desarrollo de estas tecnologías bajo estándares de supervisión humana, contrasta con la de otros actores que abogan por prohibiciones absolutas. El despliegue del Phantom MK-1, con su arquitectura human-in-the-loop, se sitúa en una zona intermedia que intenta conciliar innovación técnica con preocupaciones éticas, aunque la efectividad de esta conciliación permanece por demostrar.
4 VIII. Reflexiones finales
El dilema robótico en Ucrania que vislumbra Omar Kardoudi encierra múltiples dimensiones de complejidad que la reflexión jurídica y ética debe desentrañar. El despliegue del Phantom MK-1 representa un punto de inflexión en la historia de la guerra, donde la automatización del combate alcanza la forma humanoide y la capacidad de emplear armamento estándar, desdibujando la frontera entre operador y herramienta, entre decisión humana y ejecución algorítmica.
La pregunta por la responsabilidad ante decisiones erróneas de robots en combate, lejos de ser respondida por el principio de supervisión humana, se proyecta hacia nuevas formulaciones que el Derecho internacional y los ordenamientos nacionales apenas han comenzado a esbozar. La proliferación proyectada de estas tecnologías, su expansión desde el ámbito militar puro hacia funciones de seguridad interior, y su potencial efecto desinhibidor sobre la decisión política de guerra, configuran un horizonte de transformación que exige regulación proactiva.
La guerra de Ucrania, laboratorio de tecnología militar que Kardoudi describe con precisión periodística, ofrece una ventana de observación privilegiada de estos fenómenos. El dilema que vislumbra no es tecnológico sino humano: la capacidad de la sociedad para regular instrumentos de poder cuya eficacia puede resultar inversamente proporcional a su legitimidad. El robot Phantom MK-1, con sus actuadores cicloidales y su diseño de cedencia ante fuerzas externas, encarna físicamente esta tensión entre resistencia y vulnerabilidad, entre capacidad de daño y necesidad de control.