El ingrediente algorítmico secreto para tumbar los aranceles de Trump

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El 2 de abril de 2025, el presidente de los Estados Unidos desempolvó una ley de 1977 y, sin votación del Congreso ni debate parlamentario, impuso aranceles sobre prácticamente todos los países del planeta. La medida, que afectaba a un volumen de comercio que se medía en billones de dólares, se amparaba en una declaración de emergencia que otorgaba al ejecutivo un poder sobre la economía global que ningún presidente había ejercido hasta entonces. Lo que estaba en juego no era solo el precio de las importaciones, sino el principio mismo de la separación de poderes. Si el presidente podía ordenar la economía mundial con solo invocar una emergencia, ¿qué no podía hacer? Los pesos y contrapesos, como afirmaría después el abogado que asumió el caso, no se doblan: se rompen.

Ese abogado era Neal Katyal, un litigante con cincuenta y dos casos ante el Tribunal Supremo a sus espaldas, que aceptó el encargo que ningún otro letrado había logrado en doscientos treinta y siete años de historia constitucional: conseguir que el alto tribunal declarara inconstitucional la iniciativa estrella de un presidente en ejercicio. Lo consiguió. La sentencia, dictada por una mayoría de seis contra tres, anuló los aranceles y devolvió al Congreso una potestad que el ejecutivo había usurpado. Pero lo que aquí interesa no es tanto el resultado como el método, porque en la preparación de aquel caso intervino un ingrediente que ningún abogado había empleado antes en un proceso de esa naturaleza: un sistema de inteligencia artificial entrenado específicamente para predecir las preguntas de los magistrados.

II. Harvey: el algoritmo que leyó veinticinco años de historia judicial

El sistema se llamaba Harvey, y no era una herramienta genérica de análisis jurídico, sino un desarrollo a medida que Katyal había estado construyendo durante el último año con una empresa especializada en inteligencia artificial para el sector legal. Harvey fue entrenado con un corpus de datos que ningún cerebro humano podría procesar en una vida: cada pregunta formulada por un magistrado del Tribunal Supremo en los últimos veinticinco años, cada sentencia, cada voto particular, cada opinión concurrente, cada escrito separado. El resultado fue un modelo capaz de detectar patrones donde el ojo humano solo ve jurisprudencia dispersa.

Lo que Harvey descubrió no eran debilidades de los magistrados, sino consistencias. Supo que el juez Gorsuch preguntaría sobre la potestad tributaria. Supo que el juez Kavanaugh interrogaría sobre la distinción entre aranceles y embargos. Anticipó con precisión casi literal la preocupación de la jueza Barrett acerca de la devolución de los aranceles ya pagados. Y, lo que es más relevante desde la perspectiva de la estrategia procesal, identificó una posible vía de escape para el presidente del Tribunal Supremo: un camino argumental que le permitiera votar con la mayoría y, al mismo tiempo, proteger a la institución que había pasado toda su carrera defendiendo. Harvey vislumbró esa puerta estrecha, Katyal la mantuvo abierta durante la vista oral, y el presidente del Tribunal la atravesó, redactando una opinión que declaraba los aranceles inconstitucionales por seis votos contra tres.

El sistema incluso predijo, casi palabra por palabra, el contenido del voto particular concurrente del juez Gorsuch. La predictibilidad, en este contexto, no era un truco, sino la constatación de que un magistrado que regresa a los mismos principios caso tras caso es un magistrado con integridad. Lo que Harvey encontró en aquellos nueve jueces no era previsibilidad por debilidad, sino coherencia hecha visible.

III. Lo que la inteligencia artificial no pudo hacer

Sería un error, sin embargo, atribuir a Harvey el éxito del caso. El propio Katyal lo ha explicado con una franqueza que desarma cualquier tentación de triunfalismo tecnológico: si se hubiera limitado a repetir lo que el algoritmo le dictaba, habría perdido el caso por diez a cero, y ni siquiera hay diez magistrados en el Tribunal Supremo. La inteligencia artificial tiene un lado oscuro, y ese lado oscuro es la tendencia humana a dejar de pensar cuando la máquina ha hablado. «El ordenador lo dice»: cuatro palabras que anulan el juicio humano y convierten al profesional en un autómata que asiente mientras su capacidad de decisión se desvanece.

El equipo de Katyal nunca asintió. Harvey no era un oráculo, sino un sparring: brillante, incansable, ocasionalmente insufrible, pero no un dios. Formulaba las preguntas; el equipo encontraba las respuestas. Y esa división del trabajo es la que permitió que la inteligencia artificial desplegara todo su potencial sin suplantar la función que ningún algoritmo puede desempeñar: la de conectar con otro ser humano y persuadirle de que cambie de opinión.

En un momento de la vista oral, la jueza Barrett formuló una pregunta que Harvey no había predicho. Katyal sintió, según ha relatado, que ella y él eran las dos únicas personas en aquella sala de mármol y caoba. Y en la media fracción de segundo que transcurrió antes de responder, hizo algo que ningún algoritmo puede hacer: la miró. La miró de verdad, para entender su preocupación, y respondió a esa preocupación, no al enunciado literal de la pregunta. Ese instante, que ninguna transcripción reflejará jamás con fidelidad, es la diferencia entre un abogado que conoce el derecho y un abogado que gana los casos.

IV. La integración de lo humano y lo algorítmico como nueva frontera

El caso de los aranceles no demuestra que la inteligencia artificial pueda sustituir a los abogados, sino algo más inquietante y más esperanzador a la vez: que la combinación de la preparación humana y el análisis algorítmico puede alcanzar cotas que ninguno de los dos elementos por separado podría rozar. Harvey permitió a Katyal anticipar las preguntas, pero fue Katyal quien las respondió. Harvey identificó los patrones, pero fue el equipo jurídico quien construyó los argumentos. Harvey predijo las líneas de ataque, pero fue el abogado quien, en tiempo real, decidió qué énfasis poner, qué tono emplear, qué pausa intercalar y qué mirada dirigir a cada magistrado.

Esta integración tiene implicaciones que trascienden el litigio ante el Tribunal Supremo y afectan a la esencia misma de la profesión jurídica. Durante siglos, el experto era la persona que más había leído, que más recordaba, que más casos había visto. Su ventaja competitiva residía en la acumulación de conocimiento. La inteligencia artificial está convirtiendo esa ventaja en algo casi irrelevante, no porque los humanos hayan dejado de importar, sino porque esa capacidad concreta —el reconocimiento de patrones a través de vastos volúmenes de datos— está ahora al alcance de cualquiera que disponga de la herramienta adecuada.

Lo que la inteligencia artificial no puede hacer es lo que ganó el caso: conectar. Persuadir a una persona para que cambie de opinión apelando a algo que está por debajo de la superficie del argumento. Ajustar no solo el razonamiento, sino la forma de exponerlo, la pausa, el tono, la mirada que dice «te he escuchado y aquí está mi respuesta». Esa es la última habilidad humana irreductible, y es también la que cualquier profesional del derecho que quiera seguir siendo relevante en la era de la inteligencia artificial debería cultivar con más empeño.

V. A modo de cierre: la tecnología que no reemplaza, sino que exige

El ingrediente algorítmico secreto para tumbar los aranceles de Trump no fue una herramienta mágica que dictara la sentencia, sino un sistema que, entrenado con la paciencia de quien ha dedicado un año a construir un modelo a medida, fue capaz de leer la historia judicial del Tribunal Supremo como ningún ser humano podría haberlo hecho. Harvey no ganó el caso; lo ganó el abogado que supo utilizar a Harvey sin dejarse utilizar por él.

La lección, más allá del caso concreto, es que la inteligencia artificial no plantea a los juristas la pregunta de si serán reemplazados, sino la de cuál es la cosa irreductiblemente humana que aportan a su trabajo. Identificarla y profundizar en ella no es una estrategia para sobrevivir a la tecnología, sino para reconciliarse con lo que siempre fue esencial en la profesión y que ninguna máquina podrá replicar: la capacidad de mirar a otro ser humano y, en esa mirada, encontrar el argumento que ninguna base de datos contiene. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos declaró inconstitucionales unos aranceles que valían billones. Lo hizo porque un abogado supo combinar la más avanzada tecnología con la más antigua sabiduría humana. Y eso, en el fondo, es lo que siempre ha distinguido a los grandes juristas de los simplemente competentes.