¿Llegó la hora de los filosofos en la era algorítmica?

Foto de Tingey Injury Law Firm en Unsplash

I. El regreso de la filosofía al corazón de la técnica

Durante décadas, la filosofía fue contemplada por el mundo tecnológico con una mezcla de respeto distante y displicencia utilitaria. Se la consideraba una disciplina noble pero improductiva, apta para adornar discursos y poco más. Los laboratorios de innovación contrataban ingenieros, matemáticos, programadores. Los filósofos, mientras tanto, seguían en sus aulas, rumiando preguntas que no generaban facturación. Esa jerarquía implícita se ha resquebrajado en los últimos años de un modo que ningún analista del mercado laboral habría previsto hace una década. Google DeepMind, Anthropic e IBM han empezado a incorporar filósofos a sus equipos con una finalidad tan concreta como sorprendente: entrenar modelos de inteligencia artificial más seguros, más honestos y más capaces de tomar decisiones complejas.

El dato es elocuente por sí solo, pero el contexto lo vuelve aún más significativo. Según cifras de la Reserva Federal de Nueva York correspondientes a 2024, la tasa de desempleo entre los graduados en Filosofía en Estados Unidos fue del 5,1 por ciento, inferior al 7 por ciento que registraron los licenciados en Informática. La paradoja es solo aparente: el mercado está demandando profesionales que sepan pensar antes que profesionales que sepan programar, porque programar empieza a ser una tarea que los propios sistemas de inteligencia artificial pueden realizar con creciente solvencia, mientras que pensar —en el sentido más profundo y reflexivo del término— sigue siendo una atribución exclusivamente humana.

II. Del algoritmo que responde al algoritmo que pregunta

Uno de los problemas más persistentes de los grandes modelos de lenguaje es el fenómeno conocido como sycophancy o servilismo: la tendencia del sistema a dar la razón al usuario en lugar de contradecirlo, a validar afirmaciones incorrectas en lugar de cuestionarlas, a comportarse como un adulador digital que prefiere la complacencia a la verdad. El resultado es una inteligencia artificial que miente por omisión, que asiente cuando debería disentir y que, en última instancia, resulta menos útil de lo que promete.

La filosofía ofrece un antídoto contra este sesgo que tiene más de dos mil años de antigüedad. El método socrático, tal como lo describió Platón, consiste en formular preguntas sucesivas para identificar contradicciones, depurar conceptos y profundizar en el razonamiento. Jörg Noller, especialista en filosofía e inteligencia artificial de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, sostiene que entrenar modelos siguiendo este enfoque reduce significativamente la tendencia al servilismo. Un sistema que ha interiorizado la mayéutica no se limita a responder lo que el usuario quiere oír, sino que interroga, matiza y, llegado el caso, corrige.

Hay que reseñar que esta aportación no es meramente teórica. Las llamadas cadenas de pensamiento, esos procesos internos mediante los cuales los modelos desarrollan razonamientos más largos y estructurados antes de ofrecer una respuesta, se benefician directamente de la incorporación de principios lógicos y epistemológicos que los filósofos llevan siglos refinando. Iason Gabriel, filósofo sénior de Google DeepMind, ha señalado que la filosofía ha contribuido a disminuir las alucinaciones —las respuestas incorrectas presentadas como verdaderas— y a fortalecer la coherencia argumental de los sistemas.

III. La ignorancia socrática como herramienta de humildad algorítmica

Otro préstamo de la filosofía griega resulta especialmente valioso en el contexto actual. Sócrates sostenía que el principio de la sabiduría es reconocer la propia ignorancia. La llamada ignorancia socrática busca que el sistema sea consciente de aquello que no sabe, reduciendo así el exceso de confianza que suele generar respuestas erróneas o inventadas. Un modelo que sabe cuándo callar, o cuándo admitir que no dispone de información suficiente, es más fiable que un modelo que siempre responde, aunque sea para decir una majadería.

Este principio, aparentemente modesto, tiene implicaciones prácticas de gran alcance. Los sistemas de inteligencia artificial se despliegan cada vez más en ámbitos donde una respuesta incorrecta puede tener consecuencias graves: diagnóstico médico, asesoramiento jurídico, planificación financiera. La humildad epistémica no es en esos contextos un lujo académico, sino una exigencia de seguridad. Y es precisamente la filosofía, con su larga tradición de reflexión sobre los límites del conocimiento, la que proporciona las categorías para incorporar esa humildad al diseño de los modelos.

IV. Anthropic y la constitución del alma algorítmica

El caso de Anthropic es, probablemente, el más avanzado en esta línea. La compañía ha desarrollado lo que denomina inteligencia artificial constitucional, un sistema mediante el cual el modelo aprende a partir de un conjunto de principios éticos previamente definidos. La constitución que se utiliza para entrenar a Claude incluye referencias a filósofos como Immanuel Kant, junto con documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y las condiciones de servicio de Apple. La versión más reciente de este texto, liderada por la filósofa Amanda Askell, alcanza las 78 páginas y ha recibido dentro de la empresa el apodo de «el documento del alma» de Claude.

La metáfora es tan expresiva como inquietante. Que una compañía tecnológica hable del alma de su inteligencia artificial, y que encargue a una filósofa la redacción del texto que ha de guiarla, indica que el problema del comportamiento ético de los sistemas autónomos ha dejado de ser una cuestión periférica para convertirse en un elemento central del desarrollo de producto. No se trata ya de evitar que el modelo diga obscenidades o facilite recetas de explosivos, sino de definir cómo debe comportarse frente a dilemas complejos donde entran en colisión valores legítimos.

IBM, por su parte, ha incorporado principios similares en su familia de modelos Granite. Francesca Rossi, responsable de ética en inteligencia artificial de la compañía, explica que los clientes empresariales pueden ajustar el comportamiento del sistema para alinearlo con los valores y principios de cada organización, decidiendo, por ejemplo, cuánto peso debe tener la autonomía individual frente al bienestar colectivo al responder determinadas consultas. La filosofía, en este contexto, se convierte en una herramienta de personalización ética.

V. El riesgo del postureo y la hemorragia académica

Conviene, no obstante, mantener una cautela que la euforia del momento podría oscurecer. La incorporación de filósofos a las plantillas de las grandes tecnológicas es una noticia positiva, pero no está exenta de riesgos. El primero es el del postureo corporativo: contratar a unos cuantos especialistas en ética para adornar las memorias de sostenibilidad sin concederles poder real de decisión sobre el diseño de los productos. La historia de la responsabilidad social corporativa está llena de ejemplos de departamentos que existen más para ser mostrados que para ser escuchados, y la ética de la inteligencia artificial podría correr la misma suerte si las empresas no le otorgan un anclaje institucional sólido.

El segundo riesgo afecta a la propia academia. Luciano Floridi, catedrático de Filosofía en la Universidad de Yale, ha advertido de que las universidades están experimentando una hemorragia de profesores e investigadores que abandonan las aulas para incorporarse a compañías tecnológicas. Muchos estudiantes reciben ofertas de trabajo incluso antes de terminar la carrera. La noticia es excelente para ellos, pero inquietante para un sistema universitario que ve cómo se vacía de talento precisamente cuando más falta hace formar a las nuevas generaciones en un pensamiento crítico que la inteligencia artificial no puede sustituir.

Considero que la solución no pasa por frenar la contratación de filósofos por parte de la industria, sino por reforzar los vínculos entre ambos mundos. La creación de cátedras compartidas, la financiación empresarial de investigaciones doctorales sin renunciar a la independencia académica y la rotación temporal de profesionales entre la universidad y la empresa son fórmulas que permitirían aprovechar el talento sin descapitalizar las facultades. El objetivo no debería ser que todos los filósofos se vayan a Google, sino que Google y las universidades aprendan a convivir.

VI. Reflexiones finales en torno a un oficio que vuelve por sus fueros

La llegada de los filósofos a los laboratorios de inteligencia artificial es, en el fondo, la confirmación de una verdad que Sócrates ya conocía: las preguntas importantes no las responden las máquinas, sino quienes saben formularlas. La técnica ha alcanzado un grado de sofisticación tal que ya no basta con programar; ahora hace falta preguntarse para qué se programa, con qué límites y con qué consecuencias. Y esas preguntas, que son filosóficas en su enunciado, requieren filósofos para ser respondidas.

El riesgo de que esta tendencia se quede en un mero ejercicio de cosmética corporativa es real, y conviene que quienes se incorporan a las empresas tecnológicas desde el mundo de la filosofía lo hagan con los ojos abiertos y con la exigencia de que su trabajo tenga un impacto real sobre los productos. Pero el hecho mismo de que la tendencia exista, de que los ingenieros hayan llamado a la puerta de los filósofos después de años de ignorarlos, es un síntoma de madurez de una industria que ha entendido que la inteligencia artificial no es solo un problema de cálculo, sino también de criterio. Y el criterio, como sabían los griegos, no se entrena con datos: se cultiva con preguntas. Bienvenidos sean, pues, los filósofos, siempre que no se limiten a bendecir lo que otros han decidido sin ellos.