Nvidia reactiva el H200 para China tras 2 meses de bloqueo
Jensen Huang asegura que ya hay licencias y pedidos en un giro que devuelve a la firma estadounidense una pieza clave de su negocio global de inteligencia artificial.
Más de 68.100 millones de dólares de ingresos trimestrales no han evitado que Nvidia choque con una realidad incómoda: el liderazgo mundial en chips de IA sigue necesitando a China. Por eso, el anuncio de Jensen Huang en la conferencia GTC del 17 de marzo de 2026 tiene un valor mucho mayor que el de una simple actualización comercial. El consejero delegado afirmó que la compañía está “en proceso de reiniciar la fabricación” de sus H200 para el mercado chino y que ya ha recibido licencias para “muchos” clientes, además de órdenes de compra. El mensaje es nítido: tras meses de incertidumbre regulatoria, Washington y Pekín parecen haber abierto una rendija por la que Nvidia quiere volver a colarse cuanto antes. La cuestión ya no es si puede vender algo en China, sino cuánto negocio real puede reconstruir allí.
Vuelta al mercado prohibido
La frase de Huang no fue casual ni menor. En una comparecencia posterior a GTC, el directivo confirmó que Nvidia ya no está en modo espera, sino en fase de reactivación industrial para atender a clientes chinos. “Estamos en proceso de reiniciar nuestra fabricación”, vino a decir, al tiempo que dejó caer que la empresa ya dispone de licencias para una parte relevante de esa demanda. Lo más importante no es solo el anuncio, sino lo que revela: la compañía no reactiva una cadena de suministro compleja sin visibilidad comercial suficiente. En otras palabras, no se trata de un gesto político, sino de una señal de negocio. Este hecho encaja además con informaciones publicadas en las últimas semanas sobre la mejora del clima regulatorio para el H200, después de que Huang llevara meses defendiendo que ese chip era compatible tanto con los intereses tecnológicos de Estados Unidos como con las necesidades del mercado chino. El diagnóstico es inequívoco: Nvidia ha detectado una ventana y no quiere perder ni un trimestre más.
Un chip menos avanzado, pero decisivo
El H200 no es el producto más nuevo de Nvidia, pero sigue siendo una pieza crítica en la economía de la inteligencia artificial. Basado en la arquitectura Hopper, incorpora 141 GB de memoria HBM3e y un ancho de banda de 4,8 TB/s, casi el doble de capacidad que el H100 y 1,4 veces más ancho de banda de memoria, según la propia compañía. Esa combinación lo convierte en un acelerador muy eficaz para entrenamiento e inferencia de grandes modelos, especialmente en tareas donde la memoria manda más que el titular comercial. El contraste con otros chips resulta demoledor: aunque Blackwell y la futura familia Rubin concentran el relato tecnológico, el H200 sigue siendo suficientemente potente como para ser estratégico y, a la vez, suficientemente “gestionable” como para encajar en el marco regulatorio que Washington ha ido dibujando para China. La consecuencia es clara: no es un chip de segunda fila, sino el vehículo perfecto para que Nvidia mantenga presencia en un mercado políticamente sensible sin ceder su producto más puntero.
El giro regulatorio de Washington
Aquí está el verdadero núcleo de la noticia. En enero de 2026, la Oficina de Industria y Seguridad de Estados Unidos publicó una regla final que cambia para determinados chips la política de revisión de licencias hacia China y Macao: pasa de una “presunción de denegación” a un análisis “caso por caso”. El texto cita expresamente al Nvidia H200 y a productos equivalentes, siempre que cumplan ciertos umbrales técnicos, entre ellos una potencia por debajo de 21.000 TPP y un ancho de banda DRAM inferior a 6.500 GB/s. Es decir, no hay barra libre, pero sí un carril de acceso regulado. A eso se suma otro movimiento más reciente: el Departamento de Comercio retiró en marzo un borrador que habría obligado a solicitar aprobación gubernamental para exportar chips de IA al extranjero en términos mucho más amplios. Sin embargo, conviene no confundirse. La relajación es parcial y reversible. Washington sigue exigiendo certificaciones, controles de seguridad y revisión detallada del destino final. Lo que ha cambiado no es la filosofía estratégica, sino el grado de rigidez con el que se estaba aplicando.
China vuelve a comprar
El mercado llevaba semanas anticipando este desenlace. A finales de enero, Reuters informó de que China había dado luz verde a ByteDance, Alibaba y Tencent para adquirir más de 400.000 H200 en conjunto, una primera señal de que Pekín estaba dispuesto a aceptar la entrada controlada de estos aceleradores. Poco después, otras informaciones basadas también en fuentes próximas a la operación elevaron aún más la presión comercial: empresas tecnológicas chinas habrían realizado pedidos para más de 2 millones de H200 con entrega a lo largo de 2026, mientras Nvidia dispondría de unas 700.000 unidades en inventario. Aunque estas cifras no han sido confirmadas oficialmente por la compañía, dibujan un escenario coherente con lo que ahora verbaliza Huang: la demanda existe, los clientes ya se están posicionando y el cuello de botella pasa a ser industrial y regulatorio. Lo más grave para Nvidia no era perder una venta puntual, sino quedarse fuera del ciclo de infraestructura que China está desplegando en IA. Ese riesgo, al menos por ahora, empieza a reducirse.
Lo que Nvidia se juega de verdad
La reapertura china no es un apunte marginal en la cuenta de resultados. Nvidia cerró su cuarto trimestre fiscal de 2026 con 68.100 millones de dólares de ingresos, de los cuales 62.300 millones procedieron del negocio de centros de datos. En el conjunto del ejercicio, la facturación alcanzó 215.900 millones. Son cifras colosales, pero también revelan una dependencia creciente de un segmento —el de infraestructura para IA— donde la escala global marca la diferencia. Por eso China importa tanto. El Financial Times sitúa el mercado chino de chips para IA en torno a 50.000 millones de dólares potenciales. Incluso capturar una porción moderada de ese volumen supondría varios miles de millones adicionales para Nvidia, una inferencia razonable a partir del tamaño del mercado y de la posición dominante del grupo. Este hecho revela otra realidad incómoda para Washington: restringir demasiado a Nvidia no solo limita a China, también erosiona la capacidad de una empresa estadounidense para monetizar su ventaja tecnológica. Y en una industria en la que la carrera se mide en trimestres, renunciar a ese flujo de caja puede salir caro.
El equilibrio imposible de Pekín
Pekín tampoco está actuando por altruismo. Reuters ya explicaba en enero que las autoridades chinas trataban de equilibrar sus necesidades inmediatas de IA con el objetivo estratégico de impulsar una industria doméstica capaz de reducir la dependencia exterior. Ahí está la clave. China necesita potencia de cálculo ya, porque sus grandes grupos tecnológicos no pueden esperar a que los campeones nacionales cierren toda la brecha de rendimiento. Pero, al mismo tiempo, abrir demasiado la puerta a Nvidia debilita el discurso de autosuficiencia y resta espacio político e industrial a fabricantes locales. La consecuencia es un marco ambiguo: suficiente flexibilidad para permitir compras selectivas, pero no tanta como para consolidar una dependencia estructural. El contraste con otras fases del pulso tecnológico entre ambas potencias resulta revelador. Ya no se busca un desacoplamiento limpio, sino una convivencia incómoda, plagada de filtros y excepciones. En ese tablero, el H200 funciona como una especie de compromiso técnico y geopolítico: bastante potente para ser útil, pero no tanto como para resultar inasumible para los halcones regulatorios.