La tecnológica abandona el macroacuerdo y opta por una ronda diversificada en la que pondrá 30.000 millones

Nvidia revoluciona el mercado de la inteligencia artificial tras cancelar su mega acuerdo con OpenAI

Nvidia revoluciona el mercado de la inteligencia artificial tras cancelar su mega acuerdo con OpenAI

La primera gran sacudida tecnológica de 2026 ha llegado antes de lo previsto y desde el epicentro del negocio de la inteligencia artificial. Nvidia, el proveedor de chips sin el que casi ningún modelo de IA de última generación puede funcionar, ha decidido cancelar el acuerdo original de hasta 100.000 millones de dólares con OpenAI y sustituirlo por una jugada aparentemente menor en volumen, pero mucho más sofisticada en control y reparto de poder. En lugar de un único megacontrato a largo plazo, la compañía de Jensen Huang se suma ahora a una ronda de financiación masiva en OpenAI, a la que aportará directamente 30.000 millones de dólares en capital. El movimiento cambia la lógica de “matrimonio exclusivo” por la de consorcio de grandes actores financieros y tecnológicos, con SoftBank, Amazon y otros fondos preparando cheques propios de decenas de miles de millones.

Del megacontrato a la ronda masiva

El punto de partida fue el anuncio, en septiembre de 2025, de un memorando de entendimiento por el que Nvidia se comprometía a invertir hasta 100.000 millones de dólares en OpenAI a cambio de desplegar unos 10 gigavatios de sistemas de computación, el mayor proyecto de infraestructura de IA jamás concebido.
La operación, más política que financiera, se vendió como la alianza definitiva entre el principal suministrador de chips y el desarrollador que había convertido la IA generativa en fenómeno global.

Cinco meses después, aquel proyecto mastodóntico se ha revelado como un espejismo. El propio Jensen Huang ha insistido en que la cifra de 100.000 millones era “hasta” ese importe y que nunca llegó a convertirse en un compromiso firme.
Lo que sí ha cristalizado es una arquitectura mucho más convencional: una ronda de capital en la que OpenAI aspira a captar más de 100.000 millones de dólares, con una valoración en torno a 730.000 millones antes de la entrada de nuevo dinero.

El contraste es significativo. Del acuerdo circular —Nvidia invertía en OpenAI y este le devolvía el dinero comprándole hardware— se pasa a un esquema en el que la firma de chips se comporta como un gran inversor más, sin hipotecar toda su capacidad futura a un único cliente. Este hecho revela que el ciclo de euforia inicial en la IA está dando paso a una fase de disciplina financiera, donde las cifras siguen siendo descomunales, pero la estructura importa tanto como el volumen.

Por qué se rompe el acuerdo de 100.000 millones

En la superficie, Nvidia insiste en que no hay “drama” con OpenAI y que la relación sigue siendo estratégica.
Sin embargo, las señales que han ido apareciendo estos meses dibujan un cuadro más complejo: dudas internas en el consejo de la compañía de chips, preocupación por la “circularidad” extrema del acuerdo y temor a que un compromiso tan grande limitara su capacidad de servir a otros gigantes tecnológicos.

La primera alerta llegó cuando diversos informes revelaron que el megadeal apenas había avanzado más allá de una carta de intenciones y que los equipos jurídicos veían demasiados riesgos en un compromiso a diez años ligado a una tecnología que se renueva cada 12-18 meses.
La segunda, cuando trascendió que OpenAI estaba explorando alternativas de hardware —incluido AMD— para evitar depender en exclusiva de Nvidia.

En paralelo, los mercados empezaron a cuestionar si un acuerdo tan concentrado no era, en la práctica, una forma de inflar artificialmente ingresos y gasto de capital en un juego de suma cero dentro del mismo círculo de actores. No es casual que, tras las primeras informaciones sobre el enfriamiento del pacto, las acciones de Nvidia sufrieran correcciones y la narrativa pasara de “proyecto histórico” a “operación a replantear”.

La lectura en clave de gobernanza es contundente: ni siquiera los campeones de la IA se atreven ya a firmar cheques en blanco a diez años vista. La industria ha madurado lo suficiente como para exigir flexibilidad contractual y opcionalidad tecnológica.

Los 30.000 millones de Nvidia: menos cifra, más poder

El nuevo diseño de la operación sitúa a Nvidia en una posición distinta, quizá menos espectacular en titulares, pero más sólida en términos de control. Su aportación de 30.000 millones de dólares en una ronda de más de 100.000 millones le permite seguir como socio clave de OpenAI sin concentrar un riesgo desproporcionado en un solo vehículo.

En términos contables, la jugada es elegante. Nvidia mantiene a OpenAI como cliente prioritario de su hardware, canalizando parte de los fondos directamente a la compra de aceleradores de última generación, pero evita la crítica más recurrente de los analistas: que se trataba de un “espejo contable” donde el dinero iba y venía entre las mismas dos entidades.
Ahora, la compañía puede seguir vendiendo chips a OpenAI, pero también a Meta, Microsoft, Amazon y una legión de hyperscalers y nubes especializadas, sin la sospecha de estar subvencionando a su propio cliente estrella.

Lo más relevante, no obstante, es el mensaje estratégico: “preferimos ser la plataforma de facto de toda la industria antes que el socio exclusivo de un solo campeón”. No hace falta que Nvidia verbalice la frase; el rediseño del acuerdo lo hace por ella. En un contexto de posible burbuja de valoraciones en IA, comprometer 100.000 millones a un único nombre era, sencillamente, demasiado. Diversificar en varios clientes “AAA” puede ser la única forma de sostener el crecimiento sin convertirse en rehén de un solo actor.

SoftBank, Amazon y el nuevo consorcio de la IA

La retirada del megadeal no significa menos dinero para OpenAI, sino todo lo contrario: más jugadores, más capital y más complejidad. Según la información trasladada a inversores, la ronda podría superar los 100.000 millones de dólares, con Nvidia, SoftBank y Amazon como grandes anclas. SoftBank estaría ultimando un paquete cercano a los 30.000 millones, mientras Amazon podría llegar hasta los 50.000 millones si se cumplen determinadas condiciones comerciales y de nube.

Este consorcio consolida una tendencia que ya se veía en el llamado proyecto Stargate, el vehículo con el que OpenAI, SoftBank, Oracle y otros socios planean invertir hasta 500.000 millones de dólares en infraestructura de IA en Estados Unidos antes de 2029.
La diferencia ahora es que Nvidia entra en la ecuación no solo como proveedor tecnológico, sino como accionista de referencia.

La consecuencia es evidente: la gobernanza de la IA pasa a estar en manos de un pequeño club de grupos con bolsillos casi ilimitados, que reparten entre sí tres piezas clave: capital, hardware y nube. Cada uno quiere asegurar su asiento en la mesa en la que se decidirá qué modelos se entrenan, dónde se alojan y con qué potencia de cómputo. El riesgo, sin embargo, es que el ecosistema termine siendo aún más oligopolístico, con barreras de entrada insalvables para nuevos competidores.

¿Burbuja o lógica industrial? La financiación circular de la IA

OpenAI ha trasladado a sus inversores que prevé gastar alrededor de 600.000 millones de dólares en capacidad de computación hasta 2030, mientras sus ingresos habrían superado ya los 20.000 millones anuales, triplicándose año tras año junto con su potencia de cálculo.
Las magnitudes son de tal calibre que cuesta distinguir dónde termina la lógica industrial y dónde empieza la financiación circular.

En el corazón del modelo está la idea de que los mismos actores que financian el despliegue de centros de datos y chips se convierten inmediatamente en proveedores de esos mismos recursos. El sistema se sostiene mientras los usuarios finales —empresas, gobiernos, consumidores— sigan pagando por servicios de IA capaces de justificar semejante despliegue. Pero un frenazo en la adopción, una regulación más estricta o la aparición de tecnologías más eficientes podrían dejar parte de esas inversiones obsoletas en cuestión de pocos años.

Las lecciones de la burbuja puntocom son inevitables: la infraestructura construida entonces no se perdió, pero muchas valoraciones sí. Hoy, la apuesta de Nvidia y sus socios es que, incluso si algunas estimaciones de ingresos se revelan optimistas, la “autopista” de centros de datos de ultraalta potencia seguirá siendo valiosa en casi cualquier escenario. El riesgo, para quien entra tarde o mal posicionado, es quedarse condenando a competir en un tramo secundario de la red.

Europa y España ante el nuevo mapa de poder

Mientras Estados Unidos articula rondas de más de 100.000 millones alrededor de un puñado de campeones privados, Europa sigue discutiendo cómo encajar la regulación de la IA y cómo financiar proyectos que rara vez superan los miles de millones. El contraste con otras regiones resulta demoledor: un único movimiento corporativo en torno a OpenAI moviliza más capital que la mayoría de programas públicos europeos de digitalización e IA juntos.

Para España, que aspira a posicionarse como nodo de centros de datos y talento en IA generativa, el reposicionamiento de Nvidia tiene una lectura doble. Por un lado, confirma que el poder real se concentra en la capa de hardware y de hiperinfraestructura, donde el país depende de decisiones tomadas en Silicon Valley, Tokio o Riad. Por otro, abre la puerta a que grandes proveedores busquen diversificar geografías para reducir riesgos regulatorios y energéticos.

La cuestión es si España y la UE serán capaces de ofrecer velocidad administrativa, energía competitiva y seguridad jurídica suficientes para atraer una fracción significativa de las inversiones que ahora se discuten en dólares. Si no, la distancia entre los centros donde se decide la IA y los lugares donde simplemente se consume no hará más que agrandarse.