El choque entre la Casa Blanca y Apple reabre la batalla por la deslocalización y pone bajo presión a toda la cadena global del iPhone

Tim Cook, acusado de “mentir” sobre fabricar el iPhone en Estados Unidos

Tim Cook, acusado de “mentir” sobre fabricar el iPhone en Estados Unidos

La última polémica en torno a Apple no viene de China ni de Wall Street, sino de Washington. El asesor comercial de la Casa Blanca Peter Navarro ha asegurado en un podcast que Tim Cook “mintió” sobre traer la producción del iPhone a Estados Unidos, acusándole de vender una promesa irreal de reindustrialización mientras reforzaba fábricas en India y otros países asiáticos. La frase, “lied through his teeth”, no es solo una descalificación personal: convierte la cadena de suministro del producto más rentable del planeta en un asunto abiertamente político. El choque llega en un momento delicado: Apple vale en bolsa más de 2,7 billones de dólares, depende todavía en torno al 60-70% de la producción de China y afronta nuevas amenazas de aranceles de hasta el 25% para los iPhone fabricados fuera de territorio estadounidense.

Un dardo político directo al corazón de Apple

Las palabras de Navarro no son un exabrupto aislado. En un episodio reciente del podcast ‘Pod Force One’, el asesor comercial acusó a Tim Cook de haber engañado al público y al propio Gobierno cuando habló de trasladar producción del iPhone a Estados Unidos. Según su versión, Cook habría utilizado el compromiso de fabricar en casa como moneda de cambio para conseguir exenciones arancelarias, mientras mantenía la estructura productiva esencial en Asia.

Navarro ya había calificado la relación de Apple con China como “la telenovela más larga de Silicon Valley”, reprochando al CEO que lleve años pidiendo más tiempo para reducir su dependencia del gigante asiático sin dar el salto definitivo. La novedad ahora es el verbo: mentir. Este hecho revela un salto cualitativo en el tono de la Casa Blanca, que ya no se limita a presionar en público, sino que cuestiona la honestidad de uno de los ejecutivos más influyentes del mundo.

Para Apple, el riesgo va más allá del ruido mediático. Si el enfrentamiento se consolida en el discurso político, el iPhone —que genera más del 50% de los ingresos del grupo— puede convertirse en símbolo de deslocalización “traicionera” en plena campaña. La marca que durante años se vendió como el rostro amable de la innovación corre el riesgo de ser presentada como el ejemplo perfecto de capitalismo globalizado que promete empleo local, pero produce a miles de kilómetros.

La promesa del “iPhone made in USA” y la realidad de la cadena de suministro

La crítica de Navarro se apoya en una brecha muy concreta: la distancia entre el relato y la realidad industrial. Cook ha anunciado en los últimos años planes de inversión en Estados Unidos por más de 500.000 millones de dólares en fábricas, centros de datos y proyectos de “manufactura avanzada”, incluida una planta en Texas para determinados componentes y servidores.

Sin embargo, ningún anuncio ha implicado hasta ahora mover el grueso del ensamblaje del iPhone al territorio estadounidense. Los hechos son tozudos: el dispositivo estrella de Apple integra unos 2.700 componentes procedentes de 28 países y se apoya en una red de casi 200 proveedores que llevan décadas afinando procesos en los clústeres industriales chinos.

Este hecho revela la naturaleza del compromiso de Cook: más inversión, más empleo cualificado, más centros de innovación en Estados Unidos… pero no una ruptura frontal con la arquitectura global que ha hecho posible que el iPhone exista al precio actual. Para la política, esa matización técnica importa poco. Para la economía, lo es todo.

En la práctica, el “iPhone estadounidense” del que hablan algunos discursos se reduce hoy a una mezcla de ensamblaje parcial, diseño en California y producción dispersa entre China, India y Vietnam. Un mosaico complejo que choca con la simplicidad del eslogan.

China, India y la huida imposible del ‘gigante fábrica’

Desde la guerra comercial de la primera Administración Trump, Apple ha intentado diversificar su exposición a China. El movimiento más visible ha sido India, donde la compañía ya ensambla iPhone por un valor de 22.000 millones de dólares anuales, con exportaciones cercanas a los 17.500 millones. El objetivo oficioso: que en los próximos años hasta el 25% de todos los iPhone salgan de plantas indias operadas por socios como Foxconn.

Sin embargo, el diagnóstico es inequívoco: la dependencia de China sigue siendo estructural. Ningún otro país ofrece hoy la combinación de escala, mano de obra entrenada, infraestructura logística y ecosistema de subproveedores que Apple ha construido allí durante dos décadas. Expertos citados en diversos análisis estiman que un traslado masivo de la producción a Estados Unidos podría disparar el precio de un iPhone hasta los 3.000-3.500 dólares, multiplicando por dos o por tres el coste para el consumidor.

Lo más grave, desde el punto de vista industrial, no es solo el precio, sino el tiempo. Levantar nuevas plantas, formar a decenas de miles de trabajadores y replicar la precisión de la cadena asiática llevaría años, quizá una década. En términos políticos, es una eternidad. De ahí que Navarro califique la situación de “soap opera” interminable: cada ciclo electoral exige resultados inmediatos que la ingeniería de la producción simplemente no puede entregar.

Aranceles, ultimátums y el uso del iPhone como arma electoral

El conflicto se enmarca en una estrategia más amplia de la Casa Blanca: utilizar los aranceles como palanca para forzar reindustrialización. Trump ha amenazado con imponer tarifas del 25% o más a los iPhone fabricados fuera de Estados Unidos, una medida que afectaría directamente a los márgenes de Apple y, previsiblemente, al precio final para el consumidor.

En paralelo, Navarro no duda en presentar a la compañía como un “outlier” frente a otras multinacionales que sí habrían acelerado su regreso productivo al país. El contraste con la narrativa oficial —Estados Unidos recuperando empleos industriales— resulta demoledor: mientras se celebran proyectos millonarios en semiconductores o baterías, el producto tecnológico más emblemático del mundo sigue siendo, básicamente, ensamblado fuera.

El riesgo para Apple es doble. Por un lado, se expone a una cascada de medidas regulatorias y fiscales diseñadas ad hoc. Por otro, queda atrapada en el centro de un relato político que la presenta como símbolo de globalización “abusiva”. En campaña, pocos mensajes resultan tan eficaces como señalar a una empresa gigantesca que “se negó” a producir en casa pese a tener beneficios récord.

¿Mintió Tim Cook o exageró la política sus promesas?

La acusación de Navarro plantea una cuestión clave: ¿hubo engaño o simplemente expectativas irreales? Hasta ahora, Cook ha hablado de incrementar la fabricación en Estados Unidos, invertir en proveedores locales y desarrollar capacidades avanzadas —por ejemplo, en vidrio, chips específicos o servidores para inteligencia artificial—, pero ha evitado prometer un traslado completo del ensamblaje del iPhone.

En el ecosistema político, esa matización se diluye. Una frase como “queremos fabricar más en Estados Unidos” se traduce en titulares sobre el “retorno del iPhone” y se incorpora a la munición electoral. Años después, cuando la realidad muestra que la mayor parte del dispositivo sigue saliendo de China o India, el espacio para la interpretación se abre: para la Casa Blanca, Cook habría “mentido”; para Apple, habría cumplido con inversiones, pero no con un imposible industrial.

Lo más relevante es el precedente. Si un CEO puede ser acusado públicamente de mentir por la forma en que comunica sus planes industriales, otros gigantes tecnológicos deberán revisar al milímetro su narrativa sobre relocalizaciones, sostenibilidad o empleo. La frontera entre marketing corporativo y promesa política se estrecha peligrosamente.

El espejo europeo: lecciones para la autonomía estratégica

El pulso entre Washington y Apple ofrece también lecciones para Europa. La UE habla de “autonomía estratégica abierta”, impulsa su propio CHIPS Act y trata de reducir dependencias críticas en tecnología, energía o materias primas. Sin embargo, la experiencia del iPhone muestra hasta qué punto repatriar cadenas de valor completas puede ser técnicamente posible, pero económicamente devastador.

Mientras Estados Unidos presiona para que Apple fabrique más en su territorio, Europa sigue siendo, en esencia, un gran mercado de consumo para el iPhone, pero no su fábrica. El contraste es elocuente: Washington combina subvenciones, presión política y aranceles; Bruselas apuesta por incentivos regulatorios y fondos, pero carece de una pieza clave: la capacidad de convertir empresas concretas en emblemas de su estrategia industrial.

Si la batalla por el “iPhone hecho en casa” termina arrancando a Apple parte de su producción, será Estados Unidos —no Europa— quien se lleve los empleos y las inversiones asociadas. El Viejo Continente asistirá, una vez más, como espectador a un pulso donde se decide dónde se fabrican los dispositivos que marcan el estándar tecnológico global.