Trump: "puse arancel del 30%, muy bajo. Recibí llamada de emergencia, creo que de la primera ministra de Suiza. Muy agresiva, realmente no me gustó la forma en que nos habló, así que en lugar de darle una reducción, lo subí a 39%"

EP TRUMP LLAMADA
El presidente de EEUU presume de elevar del 30% al 39% un arancel a Suiza porque no le gustó el tono de su interlocutora, en un nuevo ejemplo de política comercial guiada por el ego más que por los datos

La escena la ha descrito él mismo, en televisión y sin titubear: «Puse un arancel del 30%, que es muy bajo. Recibí una llamada de emergencia, creo que de la primera ministra de Suiza… No me gustó cómo nos habló, así que, en lugar de darle una reducción, lo subí al 39%». La frase de Donald Trump, pronunciada en una entrevista con Fox Business, no solo revela una anécdota colorida. Destapa algo mucho más preocupante: la personalización extrema de una herramienta tan delicada como la política arancelaria. Según su propio relato, un desacuerdo de tono en una llamada bastó para encarecer de golpe casi un 10 puntos porcentuales el comercio con uno de los socios más relevantes de Estados Unidos en Europa.

Todo ello en un contexto en el que la relación económica con Suiza está lejos de ser marginal: el comercio bilateral de bienes y servicios superó los 188.000 millones de dólares en 2024, con un déficit de EEUU en bienes de 38.300 millones, mientras registraba un amplio superávit en servicios. La combinación de esos datos con la anécdota del 30% al 39% dibuja un cuadro inquietante para empresas e inversores: las decisiones de aranceles pueden depender menos de modelos económicos que del estado de ánimo del Despacho Oval.

 
Trump: "So I put on a 30% tariff, which is very low. I got an emergency call from I believe the prime minister of Switzerland. She was very aggressive ... I didn't really like the way she talked to us, so instead of giving her a reduction, I raised it to 39%."
by u/sylsau in InBitcoinWeTrust

 

De un 30% a un 39%: la anécdota que lo cambia todo

La secuencia que Trump relata es simple y brutal. Primero, un arancel del 30% a Suiza, que califica de «muy bajo». Después, una llamada “de emergencia” de la que dice ser la «primera ministra» —una figura que Suiza no tiene—, en realidad la entonces presidenta de la Confederación, Karin Keller-Sutter, cuestionando la medida y recordando que el país alpino es «pequeño». El presidente asegura que no le gustó el tono, «muy agresivo», y que, en vez de rebajar el impuesto, decidió subirlo al 39%.

Ese aumento del 9 puntos no se presenta como el resultado de un informe técnico, una revisión de la balanza de pagos o una negociación compleja, sino como una respuesta emocional a una conversación incómoda. Lo más grave no es solo el gesto de revancha, sino que se explicite en público como si fuera una demostración de fuerza negociadora. Trump incluso presume de que, tras inundarse de llamadas desde Suiza, terminó reduciendo el arancel, en el marco de un acuerdo que lo situó finalmente en torno al 15%, acompañado de compromisos de inversión por parte de la industria suiza.

La conclusión que se desprende es clara: los aranceles dejan de ser una herramienta calibrada y se convierten en un palanca de presión personal, lo que eleva el riesgo percibido por cualquier socio comercial.

Detrás del “agravio”: el verdadero tamaño del déficit con Suiza

Trump justifica su ofensiva asegurando que Suiza mantiene un «gran déficit» comercial con Estados Unidos, que cifra en torno a 42.000 millones de dólares. La realidad estadística es algo distinta, aunque el desequilibrio existe. Los datos de la Oficina del Representante Comercial de EEUU sitúan el déficit de bienes con Suiza en 38.300 millones de dólares en 2024, tras un salto del 56% frente al año anterior.

Sin embargo, ese número solo cuenta media historia. Si se incorporan los servicios —financieros, de consultoría, propiedad intelectual, tecnología—, Estados Unidos pasa a registrar un superávit de casi 30.000 millones con Suiza en 2024. Es decir, mientras el discurso político se centra en las fábricas que pierden competitividad, la realidad es que la economía estadounidense gana mucho dinero con Suiza en el terreno de los servicios avanzados.

Este hecho revela la fragilidad de un enfoque de política comercial que se apoya solo en déficits de bienes y que ignora la creciente importancia de los servicios y de las cadenas de valor intangibles. La consecuencia es evidente: se toman decisiones de alto impacto sobre una fotografía incompleta, que además se adereza con agravios personales.

Suiza: socio minoritario en población, mayoritario en inversión

El otro dato que convierte esta historia en algo más que una pelea retórica es el peso de Suiza como inversor. Lejos de ser un socio menor, las empresas suizas figuran entre las que más capital han comprometido en Estados Unidos: 352.000 millones de dólares de inversión directa acumulada en 2023, alrededor del 7% del total de inversión extranjera en EEUU, y más de 399.000 empleos directos generados en suelo estadounidense.

Además, los grupos helvéticos lideran la inversión extranjera en I+D en Estados Unidos, con unos 15.000 millones de dólares anuales, concentrados en sectores como farmacéutico, químico o equipamiento industrial, clave para el propio tejido productivo norteamericano.

Colocar un arancel del 39% a un socio con ese perfil de inversión equivale, en la práctica, a disparar también contra la propia base industrial estadounidense, que depende de ese capital para financiar innovación y empleo cualificado. Que esa decisión se presente como reacción a una llamada «demasiado insistente» añade una capa inquietante de volatilidad política.

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Política arancelaria guiada por el ego: el mensaje al resto del mundo

El relato de Trump no se limita a Suiza. En la misma entrevista, el presidente llega a sugerir que sus aranceles han evitado «seis de ocho guerras», mezclando comercio y seguridad en un discurso que borra las fronteras entre herramientas económicas y pulsiones geopolíticas.

La señal para el resto de socios es clara: cualquier líder que “moleste” al presidente puede ver cómo se encarecen de la noche a la mañana sus exportaciones a EEUU. No se trata solo de una cuestión de estilo; es un factor de riesgo que las empresas tienen que empezar a incorporar a su planificación.

En un entorno en el que la Unión Europea sufre ya el impacto de los nuevos aranceles estadounidenses y de la competencia china, con una caída del 12,6% de las exportaciones europeas a EEUU en 2025, episodios como el de Suiza refuerzan la percepción de que el comercio transatlántico se ha vuelto estratégicamente inestable.

Europa toma nota: precedentes peligrosos para la UE y para España

Aunque el blanco de este episodio sea Suiza, Bruselas y las capitales europeas toman nota. Si un país que aporta cientos de miles de empleos y un volumen de inversión récord puede verse sometido a un arancel del 39% por una simple llamada tensa, nada garantiza que socios como Alemania, Italia o España queden al margen de decisiones similares.

En el caso español, los sectores más expuestos serían automoción, bienes de equipo, agroalimentario y químicos, pilares de las exportaciones a EEUU. Una escalada arancelaria de esa magnitud, decidida al margen de la OMC y de los cauces habituales de negociación, tendría un impacto directo sobre margen empresarial, empleo industrial y balanza por cuenta corriente.

El contraste con el discurso comunitario sobre «previsibilidad» y «seguridad jurídica» es demoledor. Mientras la UE intenta blindar su política comercial con reglas, el principal socio atlántico exhibe que un desacuerdo telefónico puede alterar de golpe el marco regulatorio.

Lo que anticipa para la próxima ola de guerras arancelarias

Más allá de la anécdota, la confesión de Trump encaja en una tendencia más amplia: la normalización de los aranceles de doble dígito como arma política rutinaria. El acuerdo anunciado en noviembre de 2025 para rebajar el arancel a Suiza a un 15% a cambio de hasta 200.000 millones de dólares de inversión comprometida hasta 2028 muestra que Washington está dispuesto a usar el castigo arancelario como moneda de cambio directa en la negociación de inversiones y proyectos industriales.

El riesgo es que otros gobiernos tomen nota y respondan con la misma lógica, alimentando una espiral de represalias que erosione la arquitectura multilateral de comercio. Para empresas europeas y españolas, el escenario futuro pasa por diversificar mercados, reforzar coberturas contractuales y geográficas y, sobre todo, asumir que la política comercial ya no está blindada frente a las pulsiones personales.

En ese contexto, la frase de Trump sobre el salto del 30% al 39% no es un simple exabrupto. Es un aviso de que la era de los aranceles “al gusto del líder” ha llegado para quedarse. Y que su coste, como siempre, lo pagarán primero las empresas y los trabajadores que dependen del comercio internacional.