OTAN

Trump agita la OTAN al reivindicar la propiedad de Groenlandia

OTAN EPA-EFE/TOMS KALNINS

El presidente insinúa incluso el uso de la fuerza y obliga a Dinamarca y a las capitales europeas a prepararse para un choque inédito entre aliados

Cuando el mapa geopolítico parecía haber encontrado un frágil equilibrio, Donald Trump ha decidido abrir un nuevo frente. El presidente estadounidense ha vuelto a plantear, esta vez en términos abiertamente coercitivos, que quiere que Estados Unidos sea “dueño” de Groenlandia, una isla de apenas 56.000 habitantes pero con un peso estratégico descomunal en el Ártico. Lo que en otros tiempos habría sonado a excentricidad aislada hoy se formula como una reivindicación territorial respaldada por la primera potencia militar del planeta, que no descarta “ninguna opción”, incluida la fuerza.


El movimiento ha encendido todas las alarmas en Dinamarca, soberana del territorio, y ha obligado a los socios europeos a exhibir una inusual firmeza frente a Washington. En el trasfondo late una pregunta incómoda: ¿qué queda del vínculo transatlántico si un miembro de la OTAN está dispuesto a presionar militarmente a otro aliado por una pieza de territorio ártico?

Una declaración que dinamita los usos diplomáticos

Las palabras de Trump no fueron un desliz improvisado, sino un mensaje calculado. El presidente no solo reiteró su interés en Groenlandia; dejó caer que Estados Unidos “no renunciará a ser propietario” de la isla y que está dispuesto a emplear “todas las herramientas disponibles” para lograrlo. En diplomacia, la frase equivale a poner sobre la mesa el espectro del uso de la fuerza.

Hasta ahora, las aspiraciones estadounidenses se habían manifestado en forma de ofertas de compra y acuerdos de cooperación. Que la Casa Blanca hable ya sin tapujos de “garantizar la propiedad” marca un antes y un después. El lenguaje recuerda más a las potencias del siglo XIX que a una alianza que se reivindica como garante del orden liberal.

El mensaje cala de inmediato en tres audiencias. A su base interna, Trump le vende la idea de un Estados Unidos que recupera “espacio vital” y se asegura recursos frente a China y Rusia. A sus socios europeos, les recuerda quién manda realmente en el flanco norte. Y a sus adversarios estratégicos, les señala que el Ártico entra de lleno en la lista de prioridades estadounidenses, aunque eso implique tensionar las costuras de la OTAN.

Dinamarca responde y pide blindaje europeo

En Copenhague, la reacción fue tan rápida como inusual. El Gobierno danés subrayó que “Groenlandia no está en venta” y que cualquier intento de alterar su estatus constituiría una violación directa de su integridad territorial. Pero las palabras no se quedaron ahí: fuentes del Ejecutivo reconocen que se estudian refuerzos militares y presencia de socios europeos en el territorio como señal de disuasión.

La posibilidad de desplegar tropas de la UE en suelo danés —y, por extensión, groenlandés— introduce un elemento nuevo: Europa empieza a verse a sí misma como garante de seguridad frente a Washington, no solo frente a Moscú. La reacción tiene un fuerte componente simbólico: recordarle a Trump que Groenlandia no es un vacío de poder, sino parte de una comunidad política y jurídica con casi 450 millones de ciudadanos.

Las autoridades groenlandesas, por su parte, han reiterado su aspiración a un mayor autogobierno, pero han rechazado frontalmente la idea de convertirse en propiedad de otro Estado por decisión externa. Para una sociedad que ha luchado durante décadas por salir de la sombra colonial, la retórica de “compra” o “posesión” resulta difícilmente digerible.

Macron, Starmer y Sánchez: frente común inédito

El nuevo episodio ha provocado algo poco habitual en la política europea: un frente común visible y coordinado. El presidente francés, Emmanuel Macron; el primer ministro británico, Keir Starmer, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, han alzado la voz en defensa de Dinamarca, insistiendo en que la soberanía sobre Groenlandia es “indiscutible” y que cualquier cambio de estatus debe pasar por acuerdos plenamente voluntarios y conforme al derecho internacional.

“La integridad territorial de un aliado europeo no se negocia en una mesa de ofertas”, habría dicho uno de ellos en privado, según fuentes diplomáticas. La frase resume el temor de muchas capitales: si hoy se consiente el mercadeo con una isla ártica, mañana podría normalizarse la compra o presión sobre otros territorios estratégicos, desde bases en el Mediterráneo hasta enclaves en el Báltico.

Este cierre de filas europeo tiene también un cálculo interno. En un momento en que se cuestiona la utilidad de la OTAN y se discute el reparto de cargas —con Estados Unidos exigiendo que todos los socios alcancen el 2% del PIB en defensa—, aceptar sin chistar el ultimátum de Trump sobre Groenlandia habría supuesto una cesión de enorme coste político.

Groenlandia: mucho más que hielo

En el centro del terremoto está una isla gigantesca: 2,1 millones de kilómetros cuadrados, cuatro veces la superficie de España, pero habitada por apenas 56.000 personas. Bajo el hielo, sin embargo, se esconden recursos y posiciones de un valor nada simbólico.

Su ubicación permite controlar rutas marítimas emergentes que, por efecto del deshielo, podrían reducir hasta en un 30% los tiempos de tránsito entre Asia y Europa. Además, estudios geológicos apuntan a la presencia de tierras raras, uranio, zinc y otros minerales críticos para la industria tecnológica y militar. En un mundo que compite por el acceso a materiales estratégicos, tener mano sobre Groenlandia es asegurar un asiento privilegiado en la carrera.

En el plano militar, la isla ya acoge instalaciones clave como la base aérea de Thule, integrada en el sistema de alerta temprana y defensa antimisiles de Estados Unidos. Aumentar el control sobre el territorio significaría no solo consolidar ese escudo, sino poder proyectar fuerza con mayor facilidad sobre el Ártico y el Atlántico Norte, en un momento en que Rusia refuerza sus rompehielos armados y China se declara “Estado cercano al Ártico”.

Greenland cc pexels-denis-ovsyannikov-1411283-3670415

La “importancia psicológica” y el coste jurídico

Trump ha justificado su obsesión con Groenlandia con una frase peculiar: la isla sería “psicológicamente importante” para Estados Unidos. La expresión parece minimizar el peso jurídico y político de su pretensión, pero en realidad revela una visión de fondo: consolidar el estatus de hiperpotencia capaz de fijar, también en el Ártico, las reglas del juego.

El problema es que la “importancia psicológica” choca con principios muy concretos. El derecho internacional establece que la integridad territorial de un Estado solo puede modificarse mediante:

  • Acuerdo libre y explícito entre las partes implicadas.

  • Decisiones de autodeterminación debidamente reconocidas.

  • O, en el peor de los casos, procesos de fuerza que acaban siendo legitimados a posteriori.

Ninguno de esos supuestos encaja con la idea de comprar un territorio estratégico a golpe de talonario o forzarlo mediante una amenaza militar abierta. Si Washington persistiera en esa línea, no solo se enfrentaría a un choque con Dinamarca, sino a un posible aislamiento jurídico en foros como la ONU, el Consejo de Europa o incluso la propia OTAN, obligada a tomar postura.

La OTAN ante su crisis de sentido más delicada

La alianza atlántica nació para defender a Europa de amenazas externas, no para arbitrar conflictos entre sus propios miembros. El pulso por Groenlandia la coloca ante una situación para la que no tiene manual. ¿Qué ocurre si el país que presiona a un aliado es, precisamente, el que aporta más del 70% del gasto militar conjunto de la organización?

Por ahora, las reacciones oficiales de la OTAN se han limitado a llamamientos genéricos al diálogo. Pero en los cuarteles generales de Bruselas se reconoce en privado que un choque prolongado entre Estados Unidos y Dinamarca sobre un asunto tan sensible como la soberanía territorial puede erosionar la confianza en el paraguas de seguridad común.

El riesgo es que la disputa acelere debates que ya estaban abiertos en Europa: mayor autonomía estratégica, refuerzo de la defensa propia y reducción de la dependencia crítica respecto a Washington. El propio hecho de que Dinamarca contemple la presencia de tropas europeas en Groenlandia es un síntoma de que la relación ya no se da por sentada.

Europa, atrapada entre el miedo y la oportunidad

Para la Unión Europea, la crisis tiene un doble filo. Por un lado, alimenta el temor a una deriva unilateralista de Estados Unidos, dispuesto a forzar situaciones límite incluso con sus aliados cuando están en juego intereses estratégicos. Por otro, ofrece la oportunidad de rearmar políticamente el proyecto europeo, presentándolo como garante de un orden basado en reglas frente a los impulsos transaccionales de la Casa Blanca.

Si Europa logra responder con unidad —apoyo firme a Dinamarca, presencia reforzada en el Ártico, política coordinada sobre minerales críticos— puede salir de la crisis con una mayor credibilidad geopolítica. Si, por el contrario, se fragmenta en posiciones tibias y cálculos comerciales de corto plazo, el mensaje para el mundo será devastador: la UE no es capaz de defender ni siquiera el territorio de uno de los suyos frente a la presión de un socio.

En ese tablero, la disputa por Groenlandia deja de ser una excentricidad de Trump para convertirse en un test de estrés del sistema transatlántico. Y la forma en que se gestione marcará, probablemente, el tono de la relación entre Washington y Europa durante la próxima década.