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Temen de falta de antibióticos en las farmacias a finales de este año: "Y los alimentos subirán"

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“Se viene un segundo semestre de miedo”. La frase de Juan Antonio Aguilar no va de apocalipsis, va de cuellos de botella: medicamentos que pueden faltar en mostrador, fertilizantes disparados que recortan siembras y un petróleo que, incluso si el conflicto terminara hoy, tardaría en volver a una rutina “barata”. En mayo de 2026, la combinación ya está sobre la mesa: el Banco Mundial proyecta un repunte energético del 24% este año y un alza de fertilizantes del 31%. Y cuando energía y abonos se encarecen a la vez, la factura acaba en el carro de la compra.

Farmacias bajo presión: el riesgo no es raro, es recurrente

La alarma sobre antivirales no surge en el vacío. España ya vivió episodios de falta de medicamentos de gripe en campañas recientes, con farmacias reportando roturas de stock en plena demanda estacional. El problema es estructural: producción concentrada, picos de consumo imprevisibles y cadenas logísticas que no toleran bien el estrés prolongado. Por eso la advertencia de Aguilar —“no tengo seguridad de que a finales de año no haya problemas”— encaja con una dinámica europea más amplia: si la demanda se adelanta y el suministro llega tarde, el mostrador se queda sin margen.

Además, los antivirales (como oseltamivir) no son un lujo: su eficacia depende del tiempo, de actuar en las primeras 48 horas desde el inicio de síntomas. Cuando escasean, el sistema se desplaza hacia urgencias y atención primaria, justo donde el invierno ya aprieta.

Fertilizantes: la subida que recorta cosechas antes de que se note

Aquí está el núcleo del “miedo” que describe Aguilar: los alimentos no suben solo por sequías o guerras; suben porque los agricultores compran menos insumo y siembran menos superficie. Reuters ha documentado una subida de la urea en EE UU de más del 46% desde el inicio del conflicto del 28 de febrero, arrastrada por la tensión del gas y el desajuste global. Y el Banco Mundial ya avisa: fertilizantes al alza en torno al 31% en 2026, con efecto directo sobre costes de producción y, por extensión, sobre precios finales.

La consecuencia es clara: el golpe no se ve en la estantería el mismo día que sube el abono, sino meses después, cuando llega la cosecha. Si muchos agricultores “no han podido sembrar todo lo que querían”, el mercado recibe menos oferta y el ajuste se hace por precio.

Petróleo: normalizar no es volver atrás

Aguilar sostiene que el mercado del crudo no se “normalizará” al menos en dos años aunque el conflicto acabe hoy. Los escenarios oficiales no hablan en esos términos, pero sí en una idea compatible: la guerra ha convertido la energía en shock persistente. El Banco Mundial proyecta un encarecimiento energético del 24% en 2026 y contempla niveles de Brent de hasta 115 dólares si la tensión continúa. El FMI, por su parte, advierte que un escenario severo podría llevar el petróleo a 125 dólares y empeorar crecimiento e inflación globales.

Y lo más importante: aunque el precio baje, la “normalidad” previa no vuelve intacta. Aseguradoras, navieras y traders internalizan el riesgo y lo dejan como prima permanente. Ormuz, en este ciclo, ya no es un paso: es un recargo.

La inflación que viene: del campo al ticket de caja

Cuando el fertilizante se encarece y la energía también, la inflación se cuela por todas las rendijas: riego, transporte, almacenamiento, frío industrial. El FMI estima que la guerra ya está empujando los costes de fertilizantes un 30%-40%, con un impacto potencial en precios de alimentos del 3%-6%. No es una predicción exacta para cada país, pero sí una señal: el segundo semestre puede traer un salto visible, especialmente en economías importadoras de energía o dependientes de fertilizantes.

Aquí el matiz es brutal: la inflación alimentaria castiga más al que menos tiene. Porque la cesta básica no se puede “recortar” como un viaje o un móvil. Si el golpe llega a final de año, llegará con un añadido político: los gobiernos tendrán que elegir entre subsidios (déficit) o dejar que el precio haga su trabajo (malestar social).

No es pánico, es logística

El mensaje de Aguilar se puede exagerar en redes, pero el diagnóstico de fondo no es exótico. Un invierno con demanda sanitaria alta, una agricultura global que ajusta por costes y una energía con prima geopolítica forman un triángulo difícil. Lo más grave es la simultaneidad: si fallan fármacos en farmacia y sube la comida, la percepción social es de descontrol, aunque las causas sean externas.

La salida no es épica, es técnica. Compras anticipadas, diversificación de proveedores, reservas estratégicas y transparencia. Porque el peor escenario no es que suban los precios: es que el ciudadano crea que el sistema no tiene plan. Y cuando eso ocurre, el “segundo semestre de miedo” deja de ser una frase y se convierte en comportamiento.