Un sacerdote se harta de la "leyenda negra" de España: "América jamás fue una colonia"

El sacerdote Valentín Aparicio. Foto: Youtube.

Aparicio insiste en que “tan español eras si nacías en Lima como si nacías en Toledo”. La frase busca subrayar una realidad jurídica: la Corona organizó sus dominios como reinos y virreinatos, no como “colonias” en el sentido moderno británico. La estructura se consolida pronto: Nueva España (1535) y Perú (1542), y más tarde Nueva Granada (1717/1739) y Río de la Plata (1776). Es decir, cuatro grandes virreinatos que funcionaban como un Estado multinuclear con capitales, audiencias y administración propia.

Esto no convierte el sistema en idílico. Hubo violencia de conquista, jerarquías raciales, tributos, explotación y conflictos. Pero sí introduce un matiz: el modelo hispánico pretendía gobernar y poblar, no solo instalar factorías de ultramar. Esa diferencia explica por qué la discusión sobre “colonia” no es un tecnicismo: cambia el veredicto automático y obliga a mirar el diseño institucional, no solo el saqueo.

Universidad y hospitales: cuando el imperio replica instituciones

El argumento fuerte de Aparicio es el institucional: “se crean sistemas universitarios, sistemas sanitarios, se crea de todo”. Aquí hay datos que pesan. En 1551, la Corona autoriza la Universidad de San Marcos (Lima) y la Real y Pontificia Universidad de México. No es anecdótico: es un gesto de largo plazo. Crear universidades en el siglo XVI en América no era “exportar cultura”; era construir una administración capaz de producir juristas, médicos, clérigos, funcionarios y élites locales.

Ese despliegue convivió con desigualdad y con exclusiones evidentes, sí. Pero el contraste con un esquema de extracción pura es claro: una potencia que solo quiere riqueza rápida no invierte en formación superior a esa escala. La consecuencia es visible en la propia América: redes urbanas, instituciones, archivos, derecho, burocracia y una tradición de educación superior que sobrevivió incluso a la ruptura del siglo XIX.

“Conquistar no colonizar”: el truco del lenguaje y su límite

Aparicio afirma: “España conquistaba, no colonizaba”. Es un giro retórico eficaz porque invierte el insulto: conquistar sería “hacer tu casa” lo conquistado. El problema es que el lenguaje puede encubrir realidades duras. La conquista fue guerra, dominación y reorganización social. La colonización, también. El verbo no limpia el hecho.

Pero el matiz útil del planteamiento está en otro lado: la Corona necesitaba integrar. La Monarquía no podía sostener un continente solo con guarniciones; necesitaba alianzas, mestizaje, administración y legitimidad religiosa. Por eso el sistema se llena de “categorías” —repúblicas de indios, castas, fueros— que hoy suenan insoportables, pero revelan algo importante: el imperio estaba obsesionado con ordenar, clasificar y regular una sociedad mixta. Y esa obsesión es precisamente lo contrario del relato de “simple expolio sin Estado”.

La Recopilación de Leyes de Indias: controlar también es gobernar

Una pieza que suele omitirse en la discusión es el esfuerzo normativo. En 1680, Carlos II manda publicar la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias, un cuerpo legal que compila disposiciones para gobernar territorios, población, comercio, justicia y administración. Esto no absuelve abusos; los documenta indirectamente. Porque si hace falta legislar tanto, es que el sistema tenía conflictos permanentes.

Aquí aparece el punto incómodo: la ley no siempre protegía, a veces encorsetaba. Pero el hecho de que existiera un marco jurídico amplio rompe la caricatura del imperio improvisado y “depredador sin más”. Lo que hubo fue un aparato que pretendía regularlo todo —incluida la explotación— y que vivió atrapado entre la distancia, la corrupción local y la necesidad de sostener el orden. La “leyenda negra” simplifica; el archivo complica.

El mito de “instalación industrial”: la economía que no encaja del todo

Aparicio dice que una colonia es “una instalación industrial de ultramar para generar riqueza”. Ahí su argumento apunta al modelo británico y holandés de comercio y plantación, y al papel de compañías. En el mundo hispánico hubo extracción —plata sobre todo— y hubo monopolios y puertos-control. Pero también hubo algo que no encaja con una fábrica: ciudades, cabildos, órdenes religiosas, universidades, y una élite criolla que no era un “equipo de paso”, sino población asentada.

Eso no elimina el problema central: la riqueza viajó y el poder se concentró. Pero sí explica por qué la ruptura independentista del XIX no fue la emancipación de “colonias” sin Estado, sino el colapso de un Estado imperial con múltiples reinos, cada uno con intereses propios. De ahí que el debate sea tan emocional: no hablamos solo de historia, hablamos de identidad política.

La “leyenda negra” como producto: el negocio del relato fácil

Cuando Aparicio llama “terrible” a la leyenda negra, está atacando su función: fabricar un relato en el que España es excepción monstruosa. Ese relato ha servido durante siglos para competir por prestigio internacional y para justificar proyectos nacionales en América. También ha servido, dentro de España, para explicar fracasos modernos como si todo viniera de una culpa original.

El diagnóstico es inequívoco: la historia no necesita propaganda inversa. Ni España fue un ángel civilizador, ni un demonio único. Fue un imperio con instituciones, violencia, mestizaje, evangelización, derecho, explotación y conflicto. Y precisamente por eso el debate no debería resolverse con “colonia sí/no”, sino con una pregunta más útil: ¿qué modelo político se construyó y a quién benefició realmente? Ahí empieza la conversación adulta que la consigna intenta evitar.