Petróleo 2026: impacto geopolítico y equilibrio de mercado tras el caso Venezuela

LWS108. MIDLAND (ESTADOS UNIDOS), 07/04/2020.- Una bomba petrolífera en funcionamiento al amanecer cerca de la población tejana de Midland, Estados Unidos, este martes. EFE/ Larry W. Smith

A día de hoy el mercado del petróleo combina dos planos que a veces parecen contradictorios. Por un lado, los organismos internacionales consideran que la capacidad potencial de producción sería suficiente para cubrir la demanda prevista en esta década. Por otro, los agentes de mercado perciben un sistema con poco margen de seguridad, condicionado por tensiones geopolíticas, sanciones y cuellos de botella logísticos más que por una escasez física de barriles.

En este contexto, el denominado “caso Venezuela” se ha convertido en un ejemplo ilustrativo, no tanto por el volumen inmediato de crudo que puede aportar, sino porque refleja hasta qué punto el petróleo está hoy fuertemente influido por decisiones de política exterior y de seguridad, y no sólo por la oferta y la demanda tradicionales.

Venezuela: peso real del “botín” petrolero

Venezuela mantiene las mayores reservas probadas de crudo del mundo, pero su producción efectiva se sitúa muy por debajo del potencial tras años de infra-inversión y deterioro de sus infraestructuras. La reapertura parcial al mercado internacional mediante licencias negociadas con Estados Unidos ha puesto el foco en varios cargamentos almacenados durante años, cifrados en varias decenas de millones de barriles.

Estas cantidades tienen impacto en el equilibrio a corto plazo, pero deben compararse con un consumo mundial en torno a 100 millones de barriles diarios. Lo que se presenta como un “botín” relevante equivale, en la práctica, a unos pocos días de demanda global y afecta sobre todo a inventarios, rutas comerciales y precios regionales, más que al balance agregado del mercado.

A medio plazo, se plantean escenarios en los que importantes programas de inversión elevarían la producción venezolana. Incluso así, el incremento adicional seguiría siendo limitado frente al peso de la OPEP+ en su conjunto o al crecimiento del petróleo no convencional en otros países.

Donde Venezuela sí mantiene un papel específico es en la calidad de su crudo, en su mayoría pesado, adecuado para determinadas configuraciones de refino, especialmente en el Golfo de México. Este factor explica que los cambios en el flujo de crudo venezolano no se reflejen con claridad en algunos diferenciales de precios y en los márgenes de refino.

OPEP+, oferta no convencional y cuellos de botella

El equilibrio petrolero en 2026 descansa sobre tres pilares: la política de producción de la OPEP+, el comportamiento del petróleo de esquisto (shale oil) y las restricciones logísticas y políticas que afectan a la producción y al transporte.

La OPEP+ mantiene en torno al 40 % de la producción mundial y ajusta sus cuotas para intentar estabilizar los precios en una banda compatible con sus necesidades fiscales y con la viabilidad de la demanda. Paralelamente, Estados Unidos se ha consolidado como primer productor mundial gracias al desarrollo del petróleo de esquisto, caracterizado por una capacidad de respuesta relativamente rápida a cambios de precios, aunque condicionado por un umbral de rentabilidad que influye en las decisiones de inversión en capital.

A este marco se añaden los “puntos de estrangulamiento” del sistema, como el estrecho de Ormuz o determinados puertos y terminales en el Caspio, el Mediterráneo o América. Incidentes, sanciones o restricciones en estas zonas pueden alterar temporalmente la disponibilidad de crudo y provocar repuntes de precios, incluso sin variaciones bruscas en la producción global.

Sobre esa base física se superpone un elemento que ha ganado peso en la formación de precios: la actividad en los mercados de derivados.

Futuros y derivados: cuando el “papel” guía al barril físico

En la práctica, el precio de referencia del petróleo que siguen los mercados es el de los contratos de futuros (acuerdos para comprar o vender en una fecha futura a un precio prefijado), no el de las entregas físicas inmediatas. En teoría, el precio a futuro refleja el precio actual más los costes de almacenamiento y financiación, menos el beneficio de disponer del crudo desde hoy. Esa relación genera incentivos de arbitraje entre precio al contado y precio a futuro.

Desde comienzos de siglo, la creciente presencia de fondos de inversión, bancos y productos indexados —lo que suele denominarse “financiarización” de las materias primas— ha reforzado la idea de que el proceso de formación de precios arranca a menudo en el mercado de derivados y se traslada después al mercado físico. En el caso del petróleo, numerosos análisis indican que los movimientos en los futuros tienden a anticipar los cambios en el precio al contado, especialmente a corto plazo.

Este comportamiento se observa con claridad cuando la estructura de precios adopta formas como la backwardation (situación en la que los precios de los futuros son más bajos que el precio al contado, típica de mercados tensos) o el contango (precios futuros más altos que el contado, asociado habitualmente a abundancia relativa o altos costes de almacenamiento). Cambios rápidos en el posicionamiento de grandes inversores pueden amplificar las reacciones a una noticia geopolítica, aunque la cantidad de crudo disponible apenas haya variado.

Para el mercado físico, los precios de futuros actúan como señal de expectativas. Si las cotizaciones a varios meses se encarecen, los productores pueden adelantar decisiones de oferta y los compradores tienden a cubrirse o a adelantar compras. Ese efecto puede trasladar la tensión al precio al contado. Al mismo tiempo, la entrada de inversores puramente financieros tiende a incrementar la volatilidad y a reforzar la correlación del petróleo con otros activos de riesgo.

Sin embargo, a medio y largo plazo los fundamentales siguen imponiéndose. Si existe exceso persistente de oferta o debilidad estructural de la demanda, el sistema de arbitraje acaba corrigiendo desviaciones prolongadas entre los precios financieros y la realidad física.

Un equilibrio inestable, pero no necesariamente de escasez

La combinación de geopolítica, OPEP+, petróleo de esquisto, cuellos de botella y derivados configura un mercado difícil de encajar en etiquetas simples. Por un lado, el planeta dispone de recursos suficientes y de proyectos que permitirían abastecer el consumo previsto en condiciones normales. Por otro, el reducido margen de capacidad ociosa, la concentración de rutas clave y el peso de las sanciones hacen que la sensación de fragilidad sea recurrente.

De ahí que coexistan episodios en los que se teme un exceso de oferta con otros en los que se percibe un mercado ajustado, y que oscilaciones de varios dólares por barril en plazos cortos se hayan vuelto relativamente habituales.

Implicaciones para inversores y empresas españolas

Para el lector español, tanto inversor como directivo, el contexto descrito tiene varias implicaciones.

En primer lugar, la volatilidad del precio del petróleo se ha convertido en una característica estructural. Para las empresas consumidoras de energía —transporte, aerolíneas, logística, industria intensiva en energía— esto sugiere la conveniencia de desarrollar políticas de cobertura más sistemáticas, empleando contratos a plazo o derivados con un enfoque de gestión de costes, no de especulación.

En segundo lugar, el entorno favorece a las compañías energéticas con disciplina financiera y capacidad de generación de caja en distintos escenarios de precio. El mercado suele valorar positivamente estructuras de inversión prudentes en capex (gasto de inversión a corto plazo) y políticas de retribución al accionista claras, frente a modelos basados únicamente en el crecimiento de volumen.

En tercer lugar, para el inversor minorista el petróleo debería verse como un riesgo a integrar en una cartera diversificada, más que como un activo para apuestas concentradas. Vehículos como acciones del sector, fondos especializados o ETF (fondos cotizados en bolsa) pueden tener sentido, pero siempre dentro de una estrategia global y entendiendo que la forma de la curva (backwardation o contango) puede provocar resultados distintos del simple movimiento del barril.

Por último, para la economía española en su conjunto, lo relevante no es tanto el riesgo de desabastecimiento como el de episodios de precios elevados que erosionen márgenes empresariales y renta disponible de los hogares. La evolución del petróleo seguirá siendo un factor clave en la inflación, en la competitividad de sectores intensivos en energía y en las decisiones de inversión de muchas compañías.

En suma, el “caso Venezuela” es un elemento más de un sistema en el que geopolítica, logística y mercados de derivados interactúan con los fundamentos de oferta y demanda. No implica por sí solo una reconfiguración del mapa energético mundial, pero ayuda a entender por qué, en 2026, el equilibrio del petróleo se percibe como más sensible a los factores políticos y financieros que en etapas anteriores.