El incremento del control europeo sobre inversiones extranjeras que se avecina
¿Puede ser mala una inversión que trae millones de euros y cientos de puestos de trabajo? Hasta hace no tanto, la respuesta era un rotundo "no". Pero ahora, en los despachos de Bruselas y en las monclas europeas, esa pregunta se repite como un mantra. La Comisión Europea acaba de lanzar a consulta pública un nuevo reglamento delegado que, en esencia, amplía la manga de lo que Bruselas considera "opinable" en materia de inversiones foráneas. Ojo, que estos dictámenes no son vinculantes, pero pesan como una losa. Cuando la Comisión dice algo, ningún gobierno nacional se atreve a hacerle el feo, y el tejido empresarial lo sabe.
Si uno se queda con el titular, podría pensar que Europa se está volviendo proteccionista, que está subiendo la persiana metálica. Pero la cosa es más compleja. No es un cierre de fronteras, sino un cambio de chip. La evaluación de una inversión ya no se mira solo con la calculadora del PIB y el empleo. Ahora también se mira con las gafas de la seguridad económica, de la autonomía estratégica y de las cadenas de suministro. Bajo este nuevo prisma, tanto Estados Unidos como China aparecen en el punto de mira, aunque por motivos radicalmente distintos.
España, por cierto, está en el pelotón de cabeza de este control, codo con codo con Francia. Solo en 2025, la Junta de Inversiones Exteriores se tuvo que poner a currar con 196 solicitudes de autorización previa, un 19% más que el ejercicio anterior. Pero no somos los únicos: Alemania se ha puesto las pilas y disparó sus controles un 30%, alcanzando los 339 casos. Los expertos coinciden: esto no es un bache puntual, es la nueva normalidad.
II. El escudo antiopas que llegó para quedarse
Todos recordamos aquella medida de la pandemia, ese escudo antiopas que aprobó España para evitar que las empresas nacionales, con la caja tocada, fueran devoradas por tiburones extranjeros a precio de saldo. En teoría era una solución transitoria. En la práctica, ha llegado para quedarse. Ya no hay vuelta atrás: el control sobre las inversiones extranjeras en sectores estratégicos es un instrumento fijo en el arsenal del Gobierno.
El mecanismo es más o menos así: si un inversor de fuera de la UE quiere meter dinero en un sector sensible y supera ciertos umbrales, tiene que pasar por el aro de la Junta de Inversiones Exteriores. El Gobierno tiene tres opciones: dar el visto bueno sin más, aprobar con condiciones, o plantar un veto. Eso sí, la puerta giratoria de los vetos no está muy engrasada. En España apenas hemos bloqueado una operación en 2024 y otra en 2022. En la gran mayoría de los casos, se acaba aprobando, casi siempre con algunas condiciones que el inversor se traga sin rechistar.
La clave, sin embargo, no está en los vetos, sino en el embudo. Lo que está creciendo es el número de operaciones que tienen que pasar por ese filtro. Alemania va líder con sus 339 casos en 2025; Francia e Italia, aunque no han soltado los datos de 2024, ya venían con subidas de dos dígitos: Italia analizó 835 situaciones (un 15% más) y Francia tuvo en su punto de mira 392 operaciones (un 27% más). Vamos, que el famoso escudo antiopas ya no es cosa de españoles, se ha convertido en un estandarte continental.
III. Estados Unidos y China: dos caras de la misma moneda
Cuando los funcionarios europeos miran el mapa de inversiones, hay dos focos que les hacen entrecerrar los ojos: Estados Unidos y China. Pero el tratamiento es bien diferente. El primero es el socio mayoritario (el 40% de la inversión total en Europa), un aliado histórico. El segundo representa aún un porcentaje modesto (un 6% en España, un 9% en el conjunto de la UE). Ahora bien, ¿por qué asusta tanto China si sus números son tan pequeños? Pues porque ese 6% no está repartido en chorradas; se concentra como un misil en automoción, renovables y puertos.
Aquí España es un caso de libro. Por un lado, le hemos abierto la puerta de par en par al gigante asiático: SAIC aterrizando en Galicia, la compra de parte de la planta de Ford en Almussafes, la presencia de Three Gorges en nuestras renovables, y Cosco metiéndose en la gestión portuaria. Por otro lado, también somos el paraíso de los americanos, con Amazon y Microsoft levantando macrocentros de datos en Aragón y American Tower en telecomunicaciones.
La diferencia de trato es clara. La inversión de EE.UU. se percibe como carne de nuestro mismo ecosistema occidental. La china, en cambio, genera resquemor. No es que sea mala per se, pero detrás tiene una estrategia de Estado donde la geopolítica y la influencia van de la mano del negocio. Y en el nuevo clima de desconfianza europeo, eso la convierte en un objetivo prioritario de escrutinio.
IV. El papel de Francia y el contraste con la política española
Francia juega en otra liga en esto de la protección. Es mucho más intervencionista que España. Mientras aquí hemos vetado dos operaciones en tres años, los franceses pusieron límites a 99 operaciones solo en 2024. Esto habla de dos filosofías políticas: la gala, más dada a meter la mano en el mercado para defender lo suyo, y la española, tradicionalmente más abierta (con la excepción del escudo antiopas).
El resultado, como apunta Carlos Ochoa, de FTI Consulting, es que vamos a ver este mecanismo de control utilizado cada vez más, sobre todo en tecnologías críticas y defensa. Pero Ochoa también lanza un mensaje tranquilizador: si miramos el global de la UE, solo el 5% de las operaciones notificadas son retiradas o denegadas, y un 11% pasan con condiciones.
V. El sector automovilístico como campo de batalla
Si hay un sector donde este pulso se nota en la calle, ese es el del automóvil. Llevamos décadas siendo el jardín de la inversión extranjera en coches, con Ford, Volkswagen y Stellantis instaladas aquí. Pero la irrupción de los eléctricos chinos ha cambiado las reglas del juego. La llegada de SAIC a Galicia y su movimiento en Almussafes ha puesto en alerta a Bruselas.
No es que inviertan, es que lo hacen con un modelo de negocio que mezcla producción local con importación de componentes de su país, todo ello apuntalado con ayudas públicas que distorsionan la competencia. La Comisión está apretando las tuercas a China, y eso está forzando a las marcas asiáticas a cambiar su estrategia, apostando por más alianzas locales y por un mayor diálogo institucional.
VI. El caso de España y la puerta abierta a China
España está en una posición delicada. Históricamente, ser un país abierto al capital extranjero nos ha dado de comer. Pero ser el principal receptor de inversión china en ciertos sectores nos coloca en el punto de mira de nuestros socios europeos, que nos ven como el eslabón débil de la cadena.
El Gobierno español se defiende: las chinas crean empleo y punto. Pero Bruselas mira el mapa y ve una concentración de riesgo, no tanto por el dinero, sino por el control estratégico.
VII. Reflexiones finales: el control de inversiones como nueva normalidad
Al final, la cuestión de fondo es si este nuevo escenario va a espantar a los inversores. La mayoría de los analistas cree que no. El dinero va a seguir fluyendo, porque Europa sigue siendo un mercado jugoso. Pero las empresas tendrán que asumir que la era de la inversión sin preguntas ha terminado. Ahora toca lidiar con la burocracia, con las condiciones y, sobre todo, con la percepción de que la seguridad económica pesa tanto como la cuenta de resultados.
La pandemia y la guerra en Ucrania han dejado una lección: la autonomía estratégica no es un capricho, es una necesidad. Y aunque el nuevo reglamento delegado de la Comisión aún está en consulta, su espíritu ya está marcando el ritmo de todos los movimientos de capital en el continente.