El peligro que revela el manifiesto de Palantir

Palantir, EPA/HANNIBAL HANSCHKE

I Una empresa de vigilancia que se atreve a publicar un ideario político

El pasado fin de semana, la cuenta corporativa oficial de Palantir Technologies en la red social X publicó un hilo de 22 tesis que resumían el libro de su director ejecutivo, Alex Karp, titulado The Technological Republic. Lo que en apariencia podía ser una promoción editorial rutinaria se convirtió rápidamente en un terremoto político. La empresa, proveedora de software de análisis de datos y vigilancia para agencias gubernamentales de Estados Unidos y Europa, había lanzado algo más que un manifiesto empresarial: había expuesto sin pudor una cosmovisión que muchos críticos no han dudado en calificar de “tecnofascismo”.

Karp no es un ejecutivo tecnológico cualquiera. Figura en la lista Time 100 de las personas más influyentes del mundo, y su empresa ha sido clave en la guerra contra Irán —con su software de captación de objetivos Maven proporcionando datos para ataques aéreos— y en la vigilancia masiva de ciudadanos a través de plataformas como Gotham, utilizada por la CIA y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos. Que una compañía con ese historial publique un ideario político no es un gesto inocente. Es una declaración de intenciones.

Lo anterior me sugiere que nos encontramos ante un fenómeno nuevo en las relaciones entre tecnología, poder y política. Silicon Valley solía esconder sus inclinaciones políticas detrás de eslóganes edulcorados como “no seas malvado” o “conectamos al mundo”. Palantir ha decidido romper esa hipocresía y mostrar su cara más cruda. El peligro no está solo en lo que dice el manifiesto, sino en quién lo dice y qué poder respalda sus palabras.

II. El fin de la era nuclear y el nacimiento de las armas de inteligencia artificial

Una de las tesis más inquietantes del manifiesto sostiene que “la era nuclear está llegando a su fin” y que la disuasión ya no se logrará mediante arsenales atómicos, sino mediante sistemas de inteligencia artificial. La afirmación es técnicamente discutible —la humanidad sigue viviendo bajo la sombra de miles de ojivas nucleares— pero políticamente reveladora. Palantir está diciendo que el futuro de la seguridad global pertenece a quienes dominen la inteligencia artificial aplicada al conflicto.

El manifiesto es aún más explícito: “La cuestión no es si se construirán armas de inteligencia artificial, sino quién las construirá y con qué propósito”. La frase, que podría haber sido pronunciada por cualquier estratega militar, adquiere un significado especial cuando se sabe que Palantir ya está construyendo esas armas. El software Maven, desarrollado por la empresa, ha sido utilizado por el Ejército estadounidense para seleccionar objetivos en ataques aéreos contra Irán. No se trata de un futurismo hipotético, sino de una realidad operativa.

Hay que reseñar que el manifiesto rechaza explícitamente los debates éticos que rodean a las armas autónomas. “Los adversarios no se perderán en debates teatrales, sino que avanzarán”, afirma. Esta es una lógica de carrera armamentista clásica: si no lo hacemos nosotros, lo harán ellos. Lo que falta en el argumento es cualquier consideración sobre el control humano de los sistemas letales, o sobre la responsabilidad por los errores de una inteligencia artificial que toma decisiones de vida o muerte.

III. La defensa del poder duro frente al poder blando

Otra de las tesis centrales del manifiesto postula la necesidad de instrumentos de poder “duros” con soporte de software: “Se han revelado los límites del poder blando y la retórica grandilocuente”. El ataque a la diplomacia y a la persuasión como herramientas de la política exterior es explícito. Palantir aboga por un retorno a la Realpolitik más cruda, donde el software de vigilancia y análisis se convierte en un multiplicador de fuerza.

El pensamiento lateral permite conectar esta tesis con el historial de la empresa. Palantir no vende solo software; vende la capacidad de convertir ingentes cantidades de datos —recogidos de fuentes públicas y privadas, sin siempre el consentimiento de los afectados— en inteligencia accionable para operaciones militares y policiales. Su producto estrella, Gotham, es utilizado por la CIA para construir perfiles de sospechosos a partir de datos bancarios, de vuelos, de redes sociales y de comunicaciones. Eso es poder duro en su forma más moderna.

El manifiesto añade una frase que ha llamado especialmente la atención: “La castración de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse”. La expresión, violenta y cargada de historia, se refiere al desarme impuesto a las potencias del Eje después de la Segunda Guerra Mundial. Palantir considera que Europa paga ahora un alto precio por ese desarme, y que Japón corre el riesgo de perder su posición en Asia si mantiene su “devoción sumamente teatral al pacifismo”. No es una postura neutral. Es una defensa del rearme alemán y japonés como herramienta geopolítica.

IV. El ataque al pluralismo y la defensa de la cultura homogénea

El manifiesto no se limita a la geopolítica. Entra de lleno en el terreno sociocultural con afirmaciones que han sido interpretadas como un respaldo al trumpismo. Palantir sostiene que, en el discurso actual, está “prohibido” hablar de las distintas historias de éxito de diversas “culturas”. También afirma que Estados Unidos debe resistir la tentación de un “pluralismo vacío y superficial”.

El investigador neerlandés especializado en populismo, Cas Mudde, ha sido contundente en su análisis: el manifiesto es un llamamiento a un mundo dominado por un Estados Unidos autoritario y controlado por empresas de vigilancia tecnológica. “Puro tecnofascismo”, escribió en LinkedIn, añadiendo que el documento descalifica a Palantir “como socio comercial para cualquier otro país”. Mudde fue más allá: Europa no solo debería detener toda nueva cooperación con Palantir, sino también poner fin a todas las inversiones en esta empresa.

Sin embargo, el manifiesto evita congraciarse descaradamente con Donald Trump o con cualquier líder político concreto. Afirma que “la psicologización de la política moderna nos desvía del camino correcto” y que buscar la plenitud en los políticos solo conduce a la decepción. Esta aparente independencia es, en realidad, una táctica astuta: Palantir no necesita un líder político concreto si puede influir en el sistema desde dentro mediante su software y sus contratos gubernamentales.

V. La deuda moral de Silicon Valley y el llamado a la lucha contra el crimen

El manifiesto dedica varias tesis a la relación entre la industria tecnológica y el Gobierno estadounidense. “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que propició su auge”, afirma. Esta frase, aparentemente patriótica, esconde una reivindicación de la colaboración público-privada en el ámbito de la vigilancia y la seguridad. Palantir está diciendo que las empresas tecnológicas deben poner sus capacidades al servicio del Estado, sin escrúpulos sobre la privacidad o los derechos civiles.

En concreto, la empresa aboga por ir más allá de las aplicaciones de consumo y por una economía tecnológica que siga generando crecimiento y seguridad. “Silicon Valley debe desempeñar un papel en la lucha contra los delitos violentos”, afirma. Palantir ya lo hace: sus sistemas son utilizados por fuerzas policiales en todo el mundo, incluidas las de varios estados federados alemanes como Hesse y Baviera. En Renania del Norte-Westfalia, un contrato plurianual expira en octubre, y el estado ha convocado una nueva licitación en la que Palantir puede participar.

Lo anterior me obliga a deducir que el manifiesto es, en realidad, una campaña de marketing dirigida a los gobiernos. Palantir no solo vende software; vende una ideología que justifica la vigilancia masiva y el uso de inteligencia artificial en aplicaciones militares y policiales. Al publicar sus tesis, la empresa está diciendo a sus clientes potenciales: “Nosotros pensamos como ustedes, o deberían pensar como nosotros”.

VI. La reacción de los críticos: del sarcasmo a la condena abierta

Las reacciones al manifiesto no se han hecho esperar. El economista y exministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, fue uno de los más duros: “¡Si el mal pudiera tuitear, este sería el contenido!”. Eliot Higgins, fundador de Bellingcat, una plataforma de investigación de código abierto, respondió con ironía, señalando que es “sumamente normal y aceptable” que las empresas tecnológicas publiquen declaraciones políticas de esta naturaleza.

Pero la crítica más sistemática ha venido de Cas Mudde, cuyo análisis en LinkedIn ha calificado el manifiesto de “tecnofascismo”. Mudde sostiene que el documento revela la verdadera naturaleza de Palantir: una empresa que aspira a controlar el mundo mediante la vigilancia y la fuerza, sin importarle los valores democráticos o los derechos humanos. Su recomendación a los gobiernos europeos es clara: romper toda relación con Palantir y desinvertir en ella.

Hay que reseñar que estas críticas no proceden de activistas antisistema, sino de académicos e investigadores de prestigio. Varoufakis es una figura reconocida internacionalmente. Higgins ha sido galardonado por su trabajo periodístico. Mudde es una autoridad en populismo. Que tres personalidades de este nivel coincidan en la condena es indicativo de la gravedad del asunto.

VII. El origen de Palantir y la sombra de Peter Thiel

El nombre Palantir proviene de la obra de J.R.R. Tolkien El Señor de los Anillos. En la saga, las piedras videntes son poderosas herramientas de comunicación que terminan en manos de los villanos que desean subyugar a los pueblos libres de la Tierra Media. La elección del nombre no es casual. Palantir se presenta como una herramienta que otorga a sus poseedores una visión total —y, con ella, el poder.

El cofundador e inversor clave de Palantir es Peter Thiel, un multimillonario cuya importancia en el ascenso político de Donald Trump es bien conocida. Thiel nació en Frankfurt y vivió en Alemania durante varios años, al igual que el actual CEO, Alex Karp. Thiel ha financiado causas libertarias y ha sido un crítico abierto de la democracia liberal, llegando a afirmar en una ocasión que no confiaba en que la libertad y la democracia fueran compatibles.

La conexión Thiel-Trump-Palantir es relevante porque el manifiesto, aunque evita mencionar a Trump, comparte muchos de sus postulados: el ataque al pluralismo, la defensa del poder duro, la desconfianza hacia las instituciones internacionales y la idea de que Estados Unidos debe imponerse sin complejos. Thiel ha sido descrito como el “padrino intelectual” de la corriente que quiere refundir Silicon Valley como un apéndice del complejo militar-industrial.

VIII. El software de Palantir ya está en Europa: el caso alemán

El manifiesto no es solo teoría. Sus consecuencias prácticas ya se están sintiendo en Europa. Varios estados federados alemanes utilizan versiones modificadas del software de Palantir para labores de investigación policial. El Gobierno federal alemán planea introducir una legislación que permitiría a un software analizar grandes cantidades de grabaciones públicas —voces y rostros en publicaciones de redes sociales— y crear perfiles biométricos. Esto facilitaría las investigaciones de las agencias de seguridad que ya utilizan Palantir o aplicaciones de la competencia.

Los críticos alemanes advierten de que esta legislación supondría un paso hacia un Estado de vigilancia. Y el manifiesto de Palantir parece respaldar exactamente esa dirección. La empresa no solo vende la tecnología, sino que también ofrece la justificación ideológica: la lucha contra los delitos violentos, el fin de la era nuclear, la necesidad de poder duro. Es un paquete completo.

Entiendo que los gobiernos europeos que contratan a Palantir deberían leer el manifiesto y preguntarse si quieren asociarse con una empresa que abiertamente aboga por revertir el desarme alemán, limitar el pluralismo y construir armas de inteligencia artificial sin restricciones éticas. No es una cuestión menor. Es una cuestión de coherencia con los valores democráticos.

IX. La estrategia de la provocación como herramienta de marketing

Una lectura más fría del manifiesto sugiere que Palantir ha utilizado deliberadamente la provocación para generar debate y posicionarse como una empresa sin complejos. En un mercado donde competidores como Google o Microsoft suavizan su discurso para no ofender a nadie, Palantir ha optado por la estrategia contraria: decir lo que otros callan, captar la atención de los gobiernos más militaristas y presentarse como la única empresa dispuesta a ensuciarse las manos.

Esta estrategia tiene riesgos. La reacción de Mudde y Varoufakis puede influir en la opinión pública y en las decisiones de contratación de gobiernos sensibles a la presión ciudadana. Sin embargo, Palantir no depende tanto de la opinión pública como de los contratos gubernamentales a largo plazo. La CIA no va a dejar de usar Gotham porque un académico holandés hable de tecnofascismo. El Ejército estadounidense no va a abandonar Maven porque un economista griego tuitee su indignación.

Lo anterior me sugiere que el manifiesto de Palantir no va dirigido al público general, sino a sus verdaderos clientes: los gobiernos y las agencias de seguridad. A ellos les dice: “Nosotros entendemos que el poder se ejerce con decisión. Nosotros no tenemos miedo de construir las armas del futuro. Nosotros estamos a su lado, sin complejos”.

X. Reflexión final sobre el tecnofascismo como realidad emergente

El manifiesto de Palantir no es un documento aislado, sino un síntoma de un fenómeno más amplio: la convergencia entre el poder tecnológico y el poder político en una alianza que prescinde cada vez más de los valores democráticos tradicionales. Lo que Cas Mudde ha llamado “tecnofascismo” no es una exageración retórica, sino una descripción precisa de un sistema en el que las empresas de vigilancia proporcionan a los Estados las herramientas para controlar a sus poblaciones, y los Estados ofrecen a las empresas contratos multimillonarios y protección regulatoria.

El peligro que revela el manifiesto no es solo lo que dice, sino lo que representa: la normalización de un discurso que hace treinta años habría sido considerado extremista. “La castración de Alemania debe revertirse”, “el poder blando ha fracasado”, “el pluralismo es vacío y superficial”. Estas frases, escritas por el CEO de una empresa tecnológica y publicadas en su cuenta oficial, son legibles por millones de personas sin que medie ningún escudo ideológico.

Europa se enfrenta ahora a una disyuntiva. Puede seguir contratando los servicios de Palantir, aceptando implícitamente su ideario. O puede romper la relación, buscando alternativas europeas que respeten los derechos fundamentales. La decisión no es solo técnica, sino profundamente política. El manifiesto de Palantir, al mostrar sin tapujos las ideas que sustentan su negocio, ha quitado a los gobiernos europeos la excusa de la ignorancia. Ya saben quiénes son. Ya saben lo que piensan. Ahora deben decidir si quieren ser sus socios. El “tecnofascismo” de Palantir ya no está en las sombras. Está escrito en 22 tesis, publicado en una red social, al alcance de cualquiera que quiera leerlo. Y lo que está escrito, difícilmente puede ser negado después.