Ormuz arde y España conquista el Mundial: dos crisis, una misma lección sobre el poder

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El día tiene dos temperaturas y una sola lección. La primera es la del Golfo, donde la guerra de temperatura variable que vengo describiendo desde hace dos años alcanza otro de sus picos febriles: nuevos bombardeos norteamericanos sobre Irán durante la noche, un intento turco-catarí de resucitar el memorando de junio y un crudo que no baja de la zona alta. La segunda es más liviana en apariencia, pero no menor en significado: España es campeona del mundo, y lo es a pesar de una FIFA que parece empeñada en dinamitar la credibilidad del deporte que dice gobernar.

Dos noticias, por tanto, y a continuación un análisis pormenorizado de cómo las cuenta la prensa internacional. Nada de resúmenes: los hechos, las implicaciones y los escenarios, uno por uno.

 

II. NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS

1. Ormuz: la fiebre que nadie sabe bajar

Hechos. El alto el fuego que Washington y Teherán apuntalaron con un memorando de entendimiento en junio ha vuelto a saltar por los aires. Tras los ataques a petroleros en el estrecho, la Casa Blanca reanudó los bombardeos, reimpuso el bloqueo naval sobre los puertos iraníes el 13 de julio y ensayó incluso un peaje del veinte por ciento sobre la carga que atraviesa Ormuz, retirado horas después ante el clamor por su ilegalidad y reconvertido en compromisos de inversión del Golfo. El presidente Trump ha confirmado esta madrugada nuevos golpes «muy duros» contra Irán, en respuesta a la muerte de militares estadounidenses, y reitera que Teherán no tendrá el arma nuclear. La represalia iraní ha alcanzado a Bahréin, Kuwait, Catar y Omán, y ha impactado dos petroleros en aguas omaníes —con un tripulante indio muerto—. El tránsito por el estrecho se ha desplomado de unos ciento treinta buques diarios a menos de diez, el Brent se mantiene en el entorno de los ochenta y cinco dólares —cerca de un cuarenta por ciento por encima del arranque del año— y Catar llegó a declarar fuerza mayor sobre su gas licuado. En paralelo, el ministro de Exteriores turco, Hakan Fidan, pide regresar al memorando y Catar mueve sus canales diplomáticos, con Omán como mediador. Sobre este tablero se consolida como árbitro interno el general Ahmad Vahidi, comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria desde el 1 de marzo, hombre de la línea más dura y reclamado por la justicia argentina por el atentado de la AMIA, que gobierna de facto en un triunvirato inestable con un Mojtaba Jameneí herido y oculto —que, según fuentes de seguridad, redacta a través de Vahidi sus comunicados y ha llegado a tachar de «papel mojado» la firma de Trump— desde que un ataque israelí matara a su padre el 28 de febrero.

Implicaciones. Estamos ante la manifestación química, casi de laboratorio, de la paradoja del descabezamiento. Se eliminó al jefe sin desmantelar la estructura, y la estructura no colapsó: se dispersó, se volvió más caótica, más distribuida y, por ello, más peligrosa. La consecuencia operativa es demoledora: no hay interlocutor. Se puede firmar con Irán, pero no con quien no responde de lo que firma. La oligarquía yihadista de Teherán ha comprendido antes que nosotros que sobrevivir es ganar, y que para sobrevivir no necesita vencer: le basta con no terminar. Conviene, además, no pasar de puntillas sobre el cambio de blancos hacia centrales eléctricas y puentes, porque detrás de una red eléctrica hay quirófanos, bombeo de agua y cadenas de frío. Lo digo sin la menor simpatía por un régimen cuyos brazos —Hizbulá, los hutíes, Hamás, las milicias iraquíes— he calificado siempre de organizaciones terroristas, sin comillas ni relativismos, sino precisamente porque la superioridad moral de Occidente no es un adorno retórico: es su principal activo estratégico, y se dilapida con una entrevista televisada. La ejecución militar es sobresaliente; la planificación geoestratégica, un suspenso que se repite. Y quien no controla los grandes estrechos —esas nueve llaves que cierran el candado del comercio mundial y de las que Europa no domina ninguna— no es soberano de su comercio: es un mercado.

Perspectivas y escenarios. Tres caminos. El primero, la reanimación del memorando por la vía de Doha y Ankara: posible, pero frágil, porque exige un interlocutor que hoy no existe. El segundo, y más probable, la continuación del conflicto de baja resolución y altísima destrucción, que sube y baja de intensidad como la fiebre de un enfermo crónico y se instala en la principal arteria energética del planeta. El tercero, la deriva hacia una guerra de infraestructuras con víctimas civiles a gran escala y precios del crudo de tres dígitos. La incógnita que ordena las tres es una sola: hasta dónde llega la ambición de Vahidi, y si el triunvirato administra su supervivencia o se despedaza en el intento. Conviene vigilarlo de cerca.

 

2. España, campeona del mundo; la FIFA, en su laberinto

Hechos. España se proclamó ayer campeona del mundo en el estadio de Nueva Jersey al vencer a Argentina por un gol a cero, con tanto de Ferran Torres en la segunda parte de la prórroga (minuto 106). El dominio de la Roja fue aplastante —veinte remates a favor por tres en contra— y solo la actuación descomunal de Emiliano Martínez, con doce paradas, un récord para una final, mantuvo con vida a una Argentina que no remató entre los tres palos en el tiempo reglamentario y que jugó los últimos treinta minutos con diez hombres tras la segunda amonestación y expulsión de Enzo Fernández. A España se le anularon dos goles: el de Nico Williams en el minuto 96, por una falta previa muy discutida, y un segundo tanto de Torres por un ajustadísimo fuera de juego «de hombro»; el propio arbitraje del esloveno Slavko Vinčić fue señalado por su permisividad con la dureza argentina. La ceremonia de clausura, con un descanso que se estiró casi media hora y una parafernalia norteamericana que retrasó el saque inicial, cosechó críticas casi unánimes. El presidente Trump entregó el trofeo junto a Gianni Infantino. Messi, con lágrimas y calificaciones muy bajas de la prensa especializada, apura lo que parece su despedida del Mundial. Con este título, España pasa a ser el primer país que ostenta a la vez la Copa del Mundo masculina y la femenina. El torneo ha estado marcado de principio a fin por la polémica arbitral y el VAR, con la eliminación de Egipto ante Argentina en octavos —gol anulado y penalti no concedido— como episodio más sonado; el jefe de árbitros de la FIFA, Pierluigi Collina, defendió las decisiones.

Implicaciones. Que quede clara una cosa antes que ninguna otra: España mereció el título sin discusión, y la alegría es enorme y legítima. Dicho lo cual, y esto es mi análisis y mi opinión, la reflexión de fondo tiene varias capas y ninguna es menor. La primera es la arrogancia insoportable de una FIFA que se comporta como una potencia por encima de los Estados: una ceremonia de clausura hortera, con la palabra FIFA por todas partes y un himno corporativo ridículo entonado, nada menos, después del himno de los Estados Unidos; y hasta el trofeo paseado en un estuche de lujo, símbolo perfecto de una institución de nuevos ricos que ha confundido el fútbol con su propia mercadotecnia (marketing).

La segunda capa, y más grave, es el daño que esa desmesura y una parcialidad arbitral escandalosa más que incomprensible están infligiendo a la credibilidad del deporte más universal del planeta, el que se juega descalzo en cualquier rincón del mundo y apasiona a miles de millones. Porque los arbitrajes de este Mundial han favorecido a Argentina de principio a fin, y hay que decirlo sin eufemismos. El caso más escandaloso y bochornoso fue la eliminación de Egipto en octavos: goles egipcios anulados, penaltis inexistentes pitados a favor de Argentina, expulsión de miembros del cuerpo técnico egipcio y una lluvia de amonestaciones contra Egipto —hasta trece— frente a ninguna para una Argentina que cometió muchas más faltas y mucho más graves. Argentina no mereció superar aquella eliminatoria, y a partir de ahí llegó a la final más por la vía de la conspiración arbitral que por la del fútbol, porque ha hecho un campeonato mediocre y sin argumentos.

La tercera capa es la tolerancia hacia el juego brutal, que no es folclore, sino un peligro real para la integridad física de los jugadores: la dureza intolerable de Paraguay, la crudeza de Uruguay contra España y, ayer mismo, los agarrones, los placajes de rugby, las patadas en los tobillos y en las espinillas y los empujones constantes de Argentina, que el árbitro toleró de principio a fin. Cuando un jugador comete una catarata de faltas, casi todas de tarjeta, acaba en la calle —como acabó, con toda justicia, Enzo Fernández—; pero ayer tendría que haber acabado en la calle más de uno.

Y llegamos al arbitraje de la final, que a mí me pareció sencillamente escandaloso, sin precedente alguno. Se le anularon a España dos goles legítimos: uno por un fuera de juego rigurosísimo y otro por una supuesta falta a un portero que se cayó solo. Como aficionado, antes incluso que, como español, estoy indignado con el comportamiento del colegiado y con el favoritismo de una FIFA cuya bestial arrogancia y petulancia ya no conocen límite. Da toda la impresión de que se arbitró con una consigna: coronar a Messi con un segundo Mundial y convertir a Argentina en tetracampeona, cuando no había un solo argumento, ni futbolístico ni de ninguna otra naturaleza, que lo justificara. Una organización más poderosa que muchos Estados, cuyo presidente cultiva la amistad de jefes de Estado y dispensa favores como el capo de una gran organización de la mafia, no puede seguir gobernando el deporte más influyente del mundo con esta impunidad. Quizá algún día tenga que surgirle un competidor, porque lo que hemos visto tiene que parar.

Perspectivas y escenarios. La presión por una reforma seria del arbitraje y del VAR será creciente, y haría bien la FIFA en escucharla antes de que el descrédito se vuelva irreversible. La cuestión de la gobernanza —y de la excesiva connivencia entre la cúpula del fútbol y el poder político— seguirá sobre la mesa. Para España, en cambio, se abre una etapa dorada: dentro de la alegría de haber ganado contra toda esta caterva de tramposos, esta generación tiene mimbres para dominar el próximo ciclo.

 

III. RACK DE MEDIOS

Análisis del tratamiento de las dos noticias por la prensa internacional, bloque por bloque, con la cautela debida ante la propaganda de los medios de Estado.

A. La guerra de Ormuz y el pulso Estados Unidos–Irán

Prensa angloamericana (NYT, Washington Post, CNN, NPR, AP) — reconstruyen hora a hora la escalada: la reanudación de los bombardeos, el bloqueo y el efímero peaje del veinte por ciento, con Trump amenazando centrales y puentes y Teherán golpeando a los Estados del Golfo. El foco dominante es jurídico y humanitario: si atacar deliberadamente infraestructura civil constituye un crimen de guerra.

Reuters, AFP, Bloomberg, Financial Times y The Economist — leen la crisis en clave geoeconómica: el tránsito por Ormuz desplomado a un goteo, el Brent en la zona alta, el disparo de las primas de seguro de guerra y el temor a un choque energético prolongado. The Economist Intelligence Unit y la gran banca revisan al alza la inflación importada.

Prensa del Golfo y árabe (Al Jazeera, Al Arabiya, Arab News, Asharq Al-Awsat, Gulf News, Khaleej Times, Times of Oman, The Peninsula) — viven la guerra como propia: los ataques iraníes sobre Bahréin, Kuwait, Catar y Omán, el buque catarí de gas alcanzado, la mediación omaní y el nuevo régimen de control del estrecho ocupan sus portadas. La condena a Teherán convive con la inquietud por la deriva bélica en su vecindario.

Prensa israelí (Jerusalem Post, Times of Israel, Haaretz, Yediot Ahronot, Israel Hayom) — centran el foco en la cúpula iraní: un Mojtaba Jameneí herido y oculto que, según fuentes de seguridad, arde en deseos de venganza; un Vahidi que redacta de facto sus mensajes; y la denuncia de un complot para asesinar a Trump. Subrayan las divisiones internas que amenazan a la propia Guardia Revolucionaria.

Prensa turca (Hürriyet) y catarí — acompañan la ofensiva diplomática de Ankara y Doha para resucitar el memorando, con Fidan reclamando el regreso al acuerdo y Omán en el papel de mediador discreto.

Prensa india y asiática (Times of India, Hindustan Times, WION, South China Morning Post, China Daily) — miden el golpe energético: India, que importa por Ormuz la mayor parte de su gas licuado y de su gas de cocina, encara subidas de combustible e inflación —y llora a un tripulante muerto en un petrolero—; la prensa china, cauta, recuerda que buena parte de los pocos buques que aún cruzan invocan vínculos con Pekín, principal socio de Teherán.

Prensa continental europea (Le Monde, Le Figaro, FAZ, Die Welt, Corriere della Sera, La Croix) y L'Osservatore Romano — insisten en la dimensión jurídica y moral —los avisos del Comité Internacional de la Cruz Roja sobre los ataques a servicios esenciales— y en la incómoda impotencia europea ante una crisis que decide su factura energética. El órgano vaticano apela a la protección de los civiles.

Medios de Estado ruso e iraní (TASS, RT, Press TV, Tasnim, IRIB) — reproducen el relato de Teherán: los bombardeos como «crímenes de guerra», el estrecho como «línea roja infranqueable» y sus propios ataques a la navegación como legítima defensa. Se citan a título de contraste, nunca de fuente fiable.

Think tanks (RUSI, IISS, CSIS, IFRI, EIU) — coinciden en el diagnóstico de fondo: sin ocupación no hay victoria posible, la eliminación del vértice ha producido dispersión y no colapso, y el conflicto tiende a instalarse en la gran arteria energética del planeta.

B. La final del Mundial y la FIFA

Prensa deportiva y generalista internacional (ESPN, BBC, CBS, Yahoo, Washington Post, CNN) — coinciden en el dominio abrumador de España —veinte remates por tres, doce paradas de Martínez— y en el adiós de Messi, con calificaciones muy bajas y lágrimas en la ceremonia. No esconden las polémicas: el gol anulado a Nico Williams por una falta fantasma, el segundo de Torres invalidado por un fuera de juego milimétrico y un arbitraje que toleró la dureza argentina. La parafernalia de la clausura, con un descanso de casi media hora, se lleva críticas unánimes.

Prensa española (El País, Marca, AS, La Razón, El Debate) — celebran una gesta histórica: España, campeona por segunda vez, se convierte en el primer país que ostenta a la vez el Mundial masculino y el femenino, con una generación llamada a dominar el próximo ciclo.

Prensa argentina (Clarín, Olé, La Nación) — lloran la despedida de Messi y el final de un ciclo, entre el orgullo por la trayectoria y el lamento por una final sin fútbol; el debate arbitral que en octavos había favorecido a la Albiceleste se vuelve ahora en su contra en la lectura internacional.

 

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

●  Guerra EE. UU.–Irán y estrecho de Ormuz: crítico. Escalada activa, sin interlocutor y con blancos civiles sobre la mesa.

●  Choque energético global (crudo, GNL, gas de cocina): muy elevado. Tránsito reducido a un goteo y precios en la zona alta del año.

●  Legalidad y superioridad moral de Occidente: alto. Los ataques a infraestructura civil comprometen el principal activo estratégico occidental.

●  Gobernanza deportiva global (FIFA): reputacional. Sin riesgo sistémico, pero con un descrédito institucional creciente.

 

V. COMENTARIO EDITORIAL

Hay una aritmética que describe el estado del mundo mejor que muchos informes de inteligencia: costó dos meses negociar página y media de memorando entre Washington y Teherán, y bastaron tres semanas para deshacerla. Eso no es un accidente diplomático; es el funcionamiento normal de un sistema roto. Lo que vemos en el Golfo no es un estadio intermedio hacia la paz o hacia la guerra total: es el destino, no la escala. Una guerra de temperatura variable que sube y baja de intensidad y que convierte la frontera entre la guerra y la paz en una línea deliberadamente borrosa, porque a quienes la libran les conviene esa penumbra.

La lección se repite y no la aprendemos: cuando se descabeza al jefe sin desmantelar la estructura, la estructura sobrevive y se vuelve más fanática, más caótica y más impredecible. Soleimani en 2020, Nasralá y Sinwar en 2024, Jameneí en 2026. Nuestra política exterior sigue anclada en la fe reconfortante de que existe un hombre cuya eliminación resuelve un problema. Planificación y ejecución militar, sobresalientes; planificación geoestratégica, deficiente. Llevo meses escribiendo esta frase y no encuentro motivos para corregirla.

Y mientras tanto, Europa duerme. Nuestra incapacidad para articular siquiera una doctrina sobre los grandes estrechos —esas nueve llaves de las que no controlamos ninguna— nos deja a la intemperie. Esta semana se ha decidido, sin nosotros y a nuestra costa, quién cobra por el aire que respira nuestra economía; y nuestra respuesta ha sido un comunicado. La pregunta que vengo formulando desde hace meses sigue sobre la mesa: ¿está Europa dispuesta a ser sujeto de la historia o se conformará con ser su objeto? Las dos opciones tienen consecuencias; solo una tiene futuro.

De la política exterior de Trump cabe reconocer aciertos pragmáticos cuando actúa con prudencia y bien aconsejado por Marco Rubio; cabe también criticar, sin acritud, pero sin complacencia, la deriva transaccional y errática que confía más en la intuición y el exabrupto que en el diseño. Uno espera que el sistema y la sensatez de quienes le rodean acaben imponiéndose. Porque la superioridad moral de Occidente no es un lujo retórico: es su principal activo estratégico, y no se defiende con menos firmeza contra el terror, sino con más inteligencia sobre el día después.

Queda, para cerrar, la nota más ligera y, sin embargo, reveladora. España ha ganado el Mundial con brillantez y mala fortuna de cara al gol, y la alegría es enorme y merecida. Pero conviene decirlo alto: una FIFA cada día más arrogante, con unos arbitrajes que han empujado a Argentina hasta la final y una escenografía de nuevo rico, está muy cerca de cargarse el invento. El deporte más universal del planeta no puede gobernarse como un cortijo. También ahí, como en tantas cosas, el problema no es la falta de talento sobre el césped, sino la mediocridad —y algo peor— de quienes deberían custodiar las reglas. El mundo está en guerra, aunque no lo llame así; y quien no lo entienda, ya ha empezado a perderla.