Vahidi asciende, Netanyahu se aísla y Trump vuelve a negociar a golpe de amenaza

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Amanece la semana con el péndulo geopolítico oscilando, una vez más, entre la diplomacia y el exabrupto. En la apacible península suiza de Bürgenstock, sobre el lago de los Cuatro Cantones, concluyó anoche la primera ronda sustantiva de conversaciones bajo el memorando de entendimiento (Memorandum of Understanding) firmado la semana pasada por los presidentes de Estados Unidos e Irán; los mediadores —el Emirato de Qatar y Pakistán— la calificaron de «positiva y constructiva» y fijaron una hoja de ruta hacia un acuerdo final en sesenta días. Y, sin embargo, mientras sus negociadores pactaban una línea de desescalada en el estrecho de Ormuz, el presidente Trump amenazaba desde Truth Social y Fox News con «golpear muy fuerte» de nuevo a Teherán y con «apoderarse» de la vía marítima. Esta simultaneidad —la mano tendida y el puño cerrado en el mismo amanecer— condensa la fractura sistémica contenida que vengo describiendo desde el lanzamiento de Operación Epic Fury: un conflicto que nadie puede ganar ni permitirse perder, una de esas guerras de temperatura variable de baja resolución y altísima destrucción que definen este siglo desnortado.

A esa partida central se suman hoy cinco frentes de primer orden: la consolidación del general Ahmed Vahidi al frente de la Guardia Revolucionaria y la pregunta —decisiva— de quién gobierna realmente en Teherán; el aislamiento estratégico de Israel, dejado «out in the cold» (a la intemperie) por un acuerdo que no negoció; la mayor campaña de drones de toda la guerra de Ucrania, que ha llevado el fuego al corazón de Moscú; el giro a la derecha de Colombia con la ajustadísima victoria de Abelardo de la Espriella y la derrota de un fanático ultraizquierdista que de haber sido elegido habría acabado hundiendo aún más al país en la violencia (más de 12.000 homicidios en Colombia en el año 2026) y la cesión a las bandas narco-terroristas; y el ocaso de Sir Keir Starmer en Londres, empujado hacia la puerta de salida por la arrolladora victoria del carismático alcalde del gran Manchester Andy Burnham en Makerfield. Seis noticias, un hilo conductor central: la incapacidad de las clases dirigentes del siglo XXI para estar a la altura de su tiempo.

 

II. LAS NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS

1. Bürgenstock: la primera ronda del MoU concluye “en clima constructivo” mientras Trump amenaza con apoderarse de Ormuz

Hechos. 

En el complejo de Bürgenstock, junto a Lucerna, concluyó en la madrugada la primera sesión de alto nivel bajo el memorando de catorce puntos rubricado el miércoles por Donald Trump y Masud Pezeshkian. La delegación estadounidense la encabezó el vicepresidente J. D. Vance, acompañado del enviado Steve Witkoff y de Jared Kushner; mediaron Qatar, verdadero artífice del acuerdo, y acompañó Pakistán —el primer ministro Shehbaz Sharif y el mariscal de campo Asim Munir—. El comunicado conjunto de los mediadores anunció la creación de un «Comité de Alto Nivel» de supervisión política y una hoja de ruta hacia un acuerdo definitivo en sesenta días, con grupos técnicos sobre el contencioso nuclear, las sanciones y la resolución de disputas. Se estableció además una línea de comunicación para el «paso seguro» de los buques comerciales por el estrecho de Ormuz y otra de desescalada para el Líbano. El ministro Abás Araqchí proclamó la suspensión de las sanciones petroleras, la liberación de activos congelados y un «gran plan de reconstrucción». Todo ello, no obstante, bajo la sombra de las amenazas de Trump, que prometió «golpear a Irán muy fuerte de nuevo» si Hizbulá no cesa sus ataques y advirtió a Pezeshkian de que «vigile su boca» («he better watch his mouth»); Teherán, que el sábado había vuelto a declarar cerrado el estrecho, protestó formalmente por boca de Tasnim.

Implicaciones. 

Conviene no dejarse deslumbrar por la coreografía suiza. El llamado Memorando de Islamabad no es un tratado de paz sino un compromiso de negociar —su debilidad estructural, que he analizado de manera monográfica la semana pasada, es precisamente esa—: un andamiaje que confunde la fotografía con la arquitectura. Que un mismo amanecer reúna el comunicado «constructivo» de los mediadores y la bravata de «apoderarse del estrecho» retrata la política exterior errática y transaccional del presidente norteamericano, gobernada por la intuición y el exabrupto más que por una doctrina o un plan estratégico claro. Persiste mi crítica de fondo: se atacó a la oligarquía yihadista, dictatorial y mafiosa de Irán sin un plan serio para el día después, y hoy se negocia su reconstrucción sin garantías de desmantelamiento nuclear verificable.

Perspectivas y escenarios. 

Escenario A (35 %): los grupos técnicos avanzan y se sostiene una tregua imperfecta, con Ormuz semiabierto y el petróleo en banda alta pero sin colapso. 

Escenario B (40 %): la tregua se prolonga sin acuerdo de fondo —ni desarme nuclear verificable ni retirada israelí del Líbano—, en un equilibrio inestable de baja temperatura. 

Escenario C (25 %): un incidente en Ormuz o en el sur libanés reactiva la fase cinética y descarrila el proceso. Las probabilidades suman 100 %.

 

2. Quién gobierno realmente en Teherán: el general Vahidi y la paradoja del descabezamiento

Hechos. 

El general de brigada Ahmed Vahidi es comandante en jefe del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) desde el 1 de marzo, tras la muerte de su antecesor Mohamad Pakpur en la jornada inaugural de Operación Epic Fury, el 28 de febrero —el mismo ataque que mató a Ali Jameneí—. Su hijo, Mojtabá Jameneí, desaparecido del ojo público, fue elevado a líder pese a estar, según los informes, herido y oculto. Múltiples investigaciones —del Institute for the Study of War (ISW), del Washington Institute y de Iran International— coinciden en que Vahidi decide de facto imponiéndole sus decisiones al líder “supremo” a Mojtabá Jamaneí, bloquea los nombramientos del presidente Pezeshkian e impone que en tiempo de guerra los cargos sensibles los designe el CGRI. El 25 de marzo forzó la entrada de Mohamad Bager Zolqadr como secretario del consejo de seguridad nacional, tras la eliminación de Ali Lariyaní. Sobre Vahidi pesa una notificación roja de Interpol por el atentado de la AMIA (Buenos Aires, 1994) y capas sucesivas de sanciones estadounidenses y europeas.

Implicaciones. 

Estamos ante el corazón analítico de la crisis, que solo se ilumina con la paradoja del descabezamiento. No se trata —insisto, porque el lugar común yerra— de que hayan sido eliminados los moderados, pues no los había. La paradoja es de gobernanza: los duros supervivientes carecen, individualmente, de la autoridad ideológica, el rango jerárquico y la personalidad dominante para imponer su voluntad a sus pares y forzar la aceptación de concesiones negociadoras que está tratando de imponer con amenaza y amedrentamiento Vahidi, sin auctoritas real. Jameneí padre podía imponer disciplina interna; el triunvirato del CGRI —Vahidi como comandante en jefe, Zolqadr en el consejo de seguridad nacional y Rezaei como asesor militar interino— son iguales sin un líder claro, de momento. De ahí que Ghalibaf y Araqchí no puedan decidir sin el visto bueno de los Guardianes, y que el viernes el CGRI desautorizara al propio ministro reabriendo y cerrando Ormuz en cuestión de horas. Quien controla la guerra controla la negociación; y quien controla ambas es esta oligarquía yihadista.

Perspectivas y escenarios. 

Mientras Vahidi calcule que la confrontación intermitente sirve mejor a sus intereses que un pacto, toda tregua será un alto el fuego para rearmarse. La pregunta no es si Irán quiere un acuerdo, sino si el comandante del CGRI cree necesitarlo: y todo indica que apuesta a que Trump pierda la paciencia antes que él.

 

3. “Israel out in the cold”: Netanyahu, herido políticamente, mantiene la zona de seguridad mientras la tregua con Hizbulá pende de un hilo

Hechos. 

Israel no es parte del memorando, y ahí radica su drama. Teherán exige, como condición, la retirada israelí del sur del Líbano; Netanyahu replica que las Fuerzas de Defensa permanecerán en su «zona de seguridad» —una franja de unos cuarenta kilómetros dentro del territorio libanés— «el tiempo que haga falta», y reitera que Irán «no tendrá armas nucleares». El viernes se alcanzó un alto el fuego con Hizbulá tras el repunte más mortífero desde la firma del acuerdo, pero es frágil: la organización terrorista considera una violación la mera presencia israelí, e Israel acusa a sus terroristas de disparar más de cincuenta proyectiles. En el plano interno, la oposición arrecia: Yair Lapid describió a Netanyahu como «débil, enfermo, aislado e impotente»; Ehud Barak habló de «soberbia y ceguera»; Avigdor Lieberman, de «catástrofe». Hay elecciones este otoño. El propio Trump, desde el G7 en Francia, se mostró irritado con el manejo israelí de lo que llamó su «pequeña guerra» con Hizbulá.

Implicaciones. 

He sostenido desde el primer día una posición que hoy se ve vindicada: favorable a los ataques contra el programa nuclear iraní, pero severamente crítico con la ausencia absoluta de planificación para el día después. Netanyahu condujo a Trump a una guerra sobrevendida en sus objetivos y se ha encontrado con que el presidente lo saca del conflicto antes de que Israel se sienta listo, atándole las manos en el Líbano antes de cumplir sus metas declaradas. El resultado es paradójico y amargo: Irán emerge negociando su reconstrucción; Israel, aislado, contempla a sus proxies enemigos —Hizbulá en el Líbano, Hamás en Gaza— todavía en pie. No es maximalismo lo que cabía pedir, sino coherencia estratégica que ha brillado por su ausencia.

Perspectivas y escenarios. 

La tregua libanesa es el eslabón más débil de toda la arquitectura: un solo proyectil de Hizbulá, una sola incursión israelí en Beirut, bastarían para descarrilar Bürgenstock. Netanyahu, debilitado y con las urnas a la vista, tiene incentivos contradictorios; y un primer ministro acorralado es, históricamente, un factor de riesgo de huida hacia adelante, no de moderación.

 

4. Ucrania lleva la guerra al corazón de Moscú: la mayor campaña de drones golpea la refinería de Gazprom Neft y estrangula la logística rusa

Hechos. 

En la noche del 18 de junio, Ucrania lanzó su mayor ataque con drones de toda la guerra contra Moscú, alcanzando por segunda vez en una semana la refinería de Gazprom Neft en el sureste de la capital; Rusia afirmó haber derribado 555 aparatos, unos 180 en las cercanías de Moscú. Una nueva generación de drones de medio alcance —los FP-2 y los «Behemoth», de 50 a 300 kilómetros de radio— está asfixiando las líneas de suministro rusas, aislando Crimea y provocando desabastecimiento de combustible; según el ISW, las misiones de medio alcance se han multiplicado por veintiocho en un año, redefiniendo la profundidad de la «zona de exterminio» (kill zone). El Kremlin promete «ataques masivos en grupo» y Lavrov tilda de «terroristas» los golpes ucranianos. Zelenski los presenta como respuesta al bombardeo ruso del monasterio de Pechersk Lavra y como acicate para la diplomacia. Concluido el frente iraní, Trump reorienta su atención hacia Ucrania: anuncia el envío de Witkoff y Kushner a Moscú, promete más asistencia a Kiev e insta a Putin a «cerrar un trato».

Implicaciones. 

Mi posición es inequívoca: contrarios a la agresión rusa y al uso de la fuerza como medio de adquirir territorios. Lo que la campaña de drones demuestra es que la asimetría tecnológica puede invertir la lógica de una guerra de desgaste; Kiev ha encontrado, por fin, una palanca para llevar el coste de la guerra al interior de Rusia. Mantengo, eso sí, una crítica moderada a Trump en lo tocante a sus negociaciones con Moscú: su intermitencia —ahora reengancha, ahora se desentiende— concede a Putin el activo más valioso, el tiempo. Y no callaré ante la chocante actitud de ciertos analistas pro-rusos en España, que difunden bulos y justifican la represión, llegando a atribuir las protestas internas a la CIA y al Mossad.

Perspectivas y escenarios. 

La «fortaleza y vulnerabilidad» simultáneas de Ucrania —que titula esta semana The Economist— marcan el dilema: golpea hondo, pero depende del reenganche norteamericano y de unas defensas rusas que aprenden. Si Witkoff y Kushner aterrizan en Moscú con una propuesta que premie el statu quo territorial, Europa —ausente de la mesa— volverá a ser objeto y no sujeto de su propia seguridad.

 

5. Colombia gira a la derecha: De la Espriella, respaldado por Trump, gana por un margen mínimo y Cepeda impugna el recuento

Hechos. Abelardo de la Espriella, abogado de 47 años, doble nacional colombiano-estadounidense y «outsider» sin cargo electo previo, ganó la segunda vuelta del 21 de junio al senador izquierdista Iván Cepeda, aliado del presidente saliente Gustavo Petro, por un margen estrechísimo: en torno al 49,7 % frente al 48,7 %, menos de 250.000 votos, el más ajustado de la historia reciente del país; con casi trece millones de papeletas, es el candidato más votado de la historia colombiana. Cepeda reconoció el recuento preliminar pero anunció la impugnación en 33.000 mesas. De la Espriella —partidario del «puño de hierro», de megacárceles al estilo del salvadoreño Bukele y de una agenda de libre mercado y batalla cultural— fue felicitado por Trump, Milei, Noboa y Flavio Bolsonaro. Tomará posesión el 7 de agosto, aunque su movimiento apenas cuenta con cuatro escaños en el Senado.

Implicaciones. 

La derrota de la izquierda bolivariana colombiana que ha protagonizado un desastroso mandato del inepto y radical presidente Gustavo Petro, que coqueteó con el «volvimos como Venezuela», debe causarnos alivio. A pesar del estrecho margen y la polarización de la sociedad colombiana el rechazo en las urnas del marxismo de nuevo cuño y crueldad e incompetencia tan antigua como la ideología misma es muy buena noticia. 

Pero la coherencia obliga a una cautela: los extremismos de derechas y de izquierdas no son la fórmula de un gobierno sensato, respetosos de los derechos fundamentales y al servicio de los intereses de los ciudadanos. Sin embargo hay que darle un voto de confianza pues es más que probable que el ejercicio del poder lo modere. En todo caso era de lejos la mejor opción. 

La ola conservadora latinoamericana —Milei, Noboa, Bukele— responde a un hartazgo legítimo con la inseguridad y el narcotráfico; pero el remedio del hombre fuerte ha arruinado demasiadas veces a la región. Sí al fin del chavismo y de su narcoterrorismo; no a su imagen especular.

Perspectivas y escenarios. 

Sin mayoría parlamentaria, De la Espriella deberá elegir entre tender puentes o forzar la máquina apelando a su popularidad; lo segundo, con un país partido por la mitad, sería temerario. Washington recupera un socio en la lucha antinarco-terrorismo, pero la judicialización del resultado y el pulso con el petrismo prometen una transición tensa hasta el 7 de agosto.

 

6. El ocaso de Keir Starmer: Burnhan arrasa en Makerfield y se perfila como próximo primer ministro británido tras la dimisión de Starmer

Hechos. 

Andy Burnham, hasta hace una semana alcalde del Gran Mánchester, ganó con holgura la elección parcial (by-election) de Makerfield el 18 de junio —54,8 % de los votos, casi 25.000 papeletas, doblando la mayoría laborista— y toma posesión hoy lunes como diputado, con el declarado propósito de disputar el liderazgo del Partido Laborista. Tras un fin de semana de reflexión en Chequers, la residencia campestre de los primeros ministros, Sir Keir Starmer ha anunciado que renunciará a su cargo y prepara el calendario de su salida. Es el sexto primer ministro británico en una década. La crisis venía incubándose durante meses: desplome de popularidad desde el triunfo arrollador de julio de 2024, incumplimiento de las promesas de crecimiento y de reparación de los servicios públicos, el escándalo del nombramiento de Peter Mandelson —amigo del fallecido Epstein— como embajador en Washington, las dimisiones en Defensa por el gasto militar, la pérdida del Senedd galés y el descalabro en las municipales, todo ello con el ascenso imparable de Reform UK, el partido de Nigel Farage. El exministro de Sanidad Wes Streeting concurriría si hay contienda; la titular de Exteriores, Yvette Cooper, figura entre quienes le reclaman el paso atrás. Hasta Trump terció, augurando su dimisión y culpando a la inmigración y a la energía.

Implicaciones. 

Seis primeros ministros en diez años no es una anécdota: es el síntoma de la mediocre y miope clase política que vengo denunciando, incapaz de ofrecer estabilidad ni rumbo. Pero el dato que de verdad debería inquietar a los liberales del «mainstream» (la corriente central de la sensatez) es el vaciamiento del centro razonable: mientras el laborismo se dispone a virar hacia su ala blanda con Burnham, Reform UK lidera los sondeos por la derecha populista. Rechazo por igual ambos extremos. Conviene además no olvidar el único activo internacional de Starmer —su papel atlantista a la hora de aglutinar el apoyo europeo a Ucrania y de amortiguar la onda expansiva del conflicto iraní—, que vuelve especialmente delicado el momento del relevo: el Reino Unido, potencia nuclear y miembro permanente del Consejo de Seguridad, cambia de timonel en plena posguerra iraní y con la guerra de Ucrania abierta.

Perspectivas y escenarios. 

Si Starmer dimite de forma ordenada, la incógnita es si Burnham obtiene una coronación o debe lidiar una contienda con Wes Streeting y algún otro aspirante; en cualquier escenario, el alcalde del Gran Mánchester parte como favorito indiscutible y, salvo sorpresa mayúscula, será el próximo inquilino de Downing Street. El reto de fondo, sin embargo, no es Burnham: es si el laborismo sabrá frenar a Reform UK sin renunciar a la sensatez o si Londres seguirá atrapada en la inestabilidad crónica que ya ha consumido a cinco premiers.

 

III. RACK DE MEDIOS

III. RACK DE MEDIOS

Lo que dicen las principales cabeceras y servicios internacionales en las últimas horas (síntesis propia, contrastada con varias fuentes):

The Economist — titula su «World in Brief» con las amenazas de Trump al concluir la primera ronda iraní y la victoria de la derecha dura en Colombia; en piezas aparte aborda a «Israel out in the cold» y las «fortalezas y vulnerabilidades» de Ucrania.

CNN — informa de la conclusión «constructiva» en Suiza, la línea de paso seguro por Ormuz y el choque entre las amenazas de Trump y la protesta iraní; documenta además la campaña de drones que asfixia la logística rusa hacia Crimea.

NBC News — subraya la hoja de ruta a sesenta días pactada en Bürgenstock y recoge la advertencia presidencial de «golpear de nuevo» a Irán por sus proxies en el Líbano.

NPR — centra la cobertura en el alto el fuego libanés y en la insistencia de Netanyahu en mantener la «zona de seguridad»; analiza el aislamiento del primer ministro israelí.

ABC News — reconstruye la cronología desde Epic Fury (28 de febrero) hasta la firma del MoU, con Vance proclamando «grandes progresos».

CBS News — destaca la posición de Araqchí de que la presencia israelí en el Líbano constituye una violación del memorando, y el reproche de Trump al manejo de la «pequeña guerra».

The New York Times — ahonda en las fracturas de las facciones iraníes y en el papel de Vahidi en la sucesión y captura del Estado por gestión de crisis.

The Washington Post / The Washington Times — examinan el coste interno de una guerra impopular y el viraje de Trump hacia Ucrania una vez «cerrado» el frente iraní.

The Wall Street Journal / Bloomberg / CNBC — ponen el foco en las tensiones del crudo, la liberación de reservas estratégicas y el efecto de Ormuz sobre los mercados energéticos.

Financial Times — analiza la reconstrucción iraní y el redireccionamiento de activos congelados hacia los Estados del Golfo.

Reuters / AFP / AP / DPA — difunden el comunicado conjunto de los mediadores qatarí y pakistaní y las imágenes de la refinería de Gazprom Neft en llamas.

Le Monde / Le Figaro / Libération — analizan la posguerra iraní, el aislamiento de Israel y la incógnita del liderazgo europeo tras el tambaleo de Londres.

La Tribune / La Croix / Le Point / France Info — siguen el impacto del pulso por Ormuz en los mercados energéticos y el terremoto político británico.

FAZ / Die Welt / Die Zeit / Handelsblatt — examinan, desde Berlín, la onda expansiva del conflicto iraní y la continuidad del apoyo europeo a Ucrania ante el relevo en Downing Street.

The Times / The Telegraph / The Guardian / The Observer / BBC — vuelcan su cobertura en la inminente dimisión de Starmer y en la arrolladora victoria de Burnham en Makerfield, junto a la diplomacia de Trump entre Irán y Ucrania.

Al Jazeera / Al-Arabiya — documentan los ataques israelíes en el sur del Líbano y la emergencia de Vahidi como árbitro de la negociación.

Haaretz / The Jerusalem Post / Yedioth Ahronoth / Israel Hayom — recogen la ofensiva de la oposición —Lapid, Barak, Lieberman— contra un Netanyahu «aislado» a las puertas de las elecciones.

An-Nahar / L’Orient-Le Jour / The Daily Star (Beirut) — narran el regreso de civiles a las aldeas del sur y la fragilidad de la tregua.

Arab News / Asharq Al-Awsat / Gulf News / Khaleej Times — atienden a la línea de desescalada en Ormuz y al papel mediador de Qatar y de los Estados del Golfo.

Ukrainska Pravda / Kyiv Independent / Kyiv Post / Ukrinform — celebran el alcance de la campaña de drones y citan a Zelenski: «es hora de que la guerra termine».

TASS / Russia Today / Vesti — amplifican la promesa rusa de «ataques masivos en grupo» y la narrativa de Lavrov sobre el «terrorismo» de Kiev.

The Times of India / Hindustan Times / Indian Express / WION — siguen la diplomacia del Golfo, el papel mediador de Pakistán y el reacomodo de los mercados energéticos.

South China Morning Post / China Daily — subrayan cómo Pekín capitaliza la distracción occidental —de Oriente Próximo a la inestabilidad europea— mientras mantiene el pulso por las tierras raras.

Clarín / El Mercurio / Reforma — leen la victoria de De la Espriella como parte de la ola conservadora latinoamericana, con felicitaciones de Milei y Noboa.

Foreign Affairs / The National Interest / Politico / Axios / The Hill — debaten el carácter transaccional de la diplomacia de Trump y el riesgo de premiar el statu quo territorial en Ucrania.

Boletines de RUSI, IISS, CSIS, IFRI y The Economist Intelligence Unit — coinciden en señalar la captura del Estado iraní por el CGRI y el retroceso de la cooperación europea en defensa como tendencias de fondo.

 

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

Ámbito

Nivel

Lectura

Golfo Pérsico / Estrecho de Ormuz

Crítico

Cierre y reapertura intermitentes; línea de paso seguro pactada pero reversible a las primeras de cambio.

Irán: estructura de poder (CGRI / Vahidi)

Crítico

El régimen terrorista de Irán, capturado por el triunvirato del CGRI; la negociación depende de quien controla la guerra.

Líbano / Israel–Hizbulá

Alto

Alto el fuego frágil; la presencia israelí en la «zona de seguridad» puede descarrilar el MoU en cualquier momento.

Guerra de Ucrania

Alto

Campaña de drones de gran alcance e inminente reenganche de Trump; riesgo de pacto que premie el statu quo territorial.

Reino Unido / transición laborista

Moderado

Caída inminente de Starmer y ascenso de Burnham; relevo previsiblemente ordenado, pero con Reform UK al alza y dudas sobre el liderazgo europeo en Ucrania.

Defensa europea / FCAS

Crítico

Entierro del caza de sexta generación; fractura franco-alemana que arrastra al MGCS y desnuda la incapacidad estratégica europea.

América Latina / Colombia

Moderado

Giro a la derecha por margen mínimo; impugnación del recuento y mandato débil hasta la toma de posesión del 7 de agosto.

Venezuela (régimen chavista)

Alto

El narco-régimen de los hermanos Rodríguez, presionado por la ola regional y por los ataques a narcolanchas.

China / Indo-Pacífico

Moderado

Pekín capitaliza la fragmentación europea en aviación de combate y mantiene el pulso por tierras raras y rutas marítimas.

Mercados energéticos / petróleo

Alto

Volatilidad por Ormuz; liberación de reservas estratégicas estadounidenses para contener el precio.

España — Santa Sede

Estable

Sin novedad significativa en las últimas 24 horas; relación en cauce ordinario.

Leyenda: ● crítico   ● alto   ● moderado   ● estable

 

V. COMENTARIO EDITORIAL

Hay días en que la geopolítica se ofrece con una nitidez casi pedagógica, y este es uno de ellos. Seis noticias aparentemente dispersas —un complejo suizo, un general iraní acusado de terrorismo en masa, un primer ministro israelí acorralado, un enjambre de drones sobre Moscú, las urnas colombianas— dibujan, juntas, el retrato de una época huérfana de estadistas. El common thread (hilo común) es la desproporción entre la magnitud de los desafíos y la pequeñez de quienes deben afrontarlos.

En Bürgenstock se ha vuelto a confundir la coreografía con la sustancia. Celebro, como el que más, que callen los cañones; pero un memorando que es promesa de negociar y no acuerdo de fondo no resuelve nada: aplaza. Y aplaza, además, sobre un cimiento agrietado, porque del otro lado de la mesa no hay un interlocutor con autoridad para cumplir. Esa es la paradoja del descabezamiento: la oligarquía yihadista iraní sobrevivió a la decapitación, pero lo hizo fragmentándose en un triunvilato de iguales sin árbitro; Vahidi manda, mas no puede imponer disciplina como la imponía Jameneí. Negociar con quien no controla a los suyos es construir sobre arena. Lo advertí desde el primer día, y lo reitero: se atacó sin plan para el día después, y el vacío lo ha llenado el más despiadado, no el más sensato.

Israel paga hoy el precio de aquella improvisación. Sostuve —y los hechos me acompañan— que cabía respaldar el golpe al programa nuclear y, a la vez, censurar sin paliativos la falta de planificación. El resultado es un primer ministro «out in the cold», sacado de la guerra antes de ganarla, mientras Hizbulá —organización terrorista, y terroristas cada uno de sus miembros— sigue en pie. No pedía maximalismo; pedía coherencia. Y la misma exigencia vuelvo a dirigir, sin complejos, al Gobierno de España, cuya postura de neutralidad bordea la irresponsabilidad: hay una incoherencia palmaria entre la realidad militar de Rota y Morón —partes activas del sostén logístico operativo— y el discurso público del Ejecutivo. No reclamo alineamiento ciego; reclamo, una vez más, coherencia.

Sobre Ucrania, mi brújula no se mueve: contra la agresión rusa y contra el uso de la fuerza para anexionar territorios. Que Kiev haya llevado el fuego a las refinerías de Moscú no es terrorismo —por más que lo proclame Lavrov y lo coreen los habituales analistas pro-rusos que entre nosotros difunden bulos—, sino legítima defensa que traslada el coste de la guerra a quien la inició. Mi reproche, moderado pero firme, es para la intermitencia de Trump: su política exterior, cuando es prudente y se deja aconsejar por Marco Rubio, ha cosechado éxitos diplomáticos reales; cuando se gobierna por la intuición y el exabrupto, regala a Putin el único activo que el Kremlin no puede fabricar, que es el tiempo. Confío en que el sistema y la sensatez de su entorno acaben prevaleciendo; pero la confianza no exime de la vigilancia.

Colombia y el Reino Unido cierran el cuadro por sus extremos. En Bogotá, el péndulo se ha ido a la derecha por un suspiro; saludo el rechazo del bolivarianismo, pero como liberal de centroderecha que rechaza por igual los extremos, no confundiré nunca el fin del chavismo con la entronización de un caudillo plebiscitario que gobierne por decreto sobre medio país. Y en Londres, la caída de Sir Keir Starmer —el sexto primer ministro en una década— eleva a categoría el problema que más me preocupa de las democracias maduras: la inestabilidad crónica y el vaciamiento del centro sensato. Que el laborismo se disponga a virar hacia su ala blanda con Andy Burnham mientras Reform UK lo acecha por la derecha populista retrata a una política europea que ha desaprendido a gobernar desde el sentido común.