La agencia eleva a 100.000 dólares el pago por pistas y difunde una descripción detallada del sospechoso

El FBI duplica la recompensa por el caso Nancy Guthrie

EPA/MICHAEL REYNOLDS

Cien mil dólares. Esa es ya la cifra que ofrece el FBI por cualquier información que permita localizar a Nancy Guthrie o detener y condenar a los responsables de su desaparición. La mujer, de 84 años, madre de la presentadora de televisión Savannah Guthrie, fue sacada de su casa en la urbanización de Catalina Foothills, a las afueras de Tucson, en la madrugada del 1 de febrero.
La oficina de FBI Phoenix ha decidido duplicar la recompensa —de 50.000 a 100.000 dólares— y publicar una descripción pormenorizada del sospechoso tras un análisis forense de las imágenes de un timbre con cámara. Mientras tanto, los agentes tratan de ordenar más de 13.000 pistas llegadas desde el 1 de febrero, un volumen inusual incluso para un caso de alto perfil.

Un secuestro que sacude a Arizona

Guthrie fue vista por última vez la noche del 31 de enero, cuando su yerno la dejó en casa en la zona acomodada de Catalina Foothills. Al día siguiente no acudió a un encuentro religioso virtual, algo que encendió las alarmas entre sus allegados. La familia acudió a la vivienda, encontró dentro sus pertenencias esenciales —teléfono, documentación, objetos de uso diario— y llamó al 911. Los agentes del Pima County Sheriff’s Department no tardaron en concluir que no se trataba de una simple desaparición voluntaria: los indicios apuntaban a que la mujer había sido sacada contra su voluntad.

Desde entonces, el caso se ha convertido en prioridad para las autoridades locales y federales. No sólo por la vulnerabilidad de la víctima —84 años, movilidad reducida— sino por su vínculo con el prime time televisivo estadounidense: Guthrie es madre de una de las caras más reconocibles de NBC News y del programa matinal Today.
Este hecho revela hasta qué punto la biografía de una víctima puede alterar la escala de recursos movilizados en una investigación: helicópteros, equipos cinológicos, analistas de vídeo y unidades especializadas del FBI se han desplegado en cuestión de días, mientras el caso copa titulares en todo el país.

La decisión de duplicar la recompensa

La subida de la recompensa a 100.000 dólares es algo más que un gesto mediático. En la práctica, supone reconocer que la investigación atraviesa una fase en la que las pistas “fáciles” ya se han agotado y es necesario incentivar a testigos reticentes o incluso a posibles colaboradores del sospechoso. Según el propio FBI, la cifra inicial de 50.000 dólares se había quedado corta tras casi dos semanas de búsqueda sin resultados concluyentes.

En Estados Unidos, los incrementos de recompensa suelen coincidir con un cambio de estrategia. Primero se explota el entorno inmediato de la víctima; después, cuando las horas críticas —las primeras 72 horas— han pasado, la prioridad pasa a romper círculos de silencio más amplios: vecinos que no quieren implicarse, conocidos del sospechoso o personas que pudieron ver algo en carretera y pensaron que no era relevante. La consecuencia es clara: el dinero se convierte en un acelerador de conciencia, un incentivo para que quien sabe algo deje de guardar silencio.
Sin embargo, también implica un riesgo: la entrada masiva de pistas irrelevantes que saturen a los analistas. De ahí que la subida venga acompañada de un segundo movimiento clave: una descripción más afinada del sospechoso para filtrar mejor los avisos.

El rastro del sospechoso y la mochila negra

La pieza central del nuevo llamamiento es el análisis forense de las imágenes captadas por el timbre con cámara de la casa de Guthrie. De ese vídeo, la división tecnológica del FBI ha extraído una descripción hoy más precisa: un hombre de entre 1,75 y 1,78 metros de altura (5’9’’–5’10’’), complexión media, que aparece vestido de oscuro, con mascarilla y guantes.

El detalle que se ha convertido en símbolo del caso es la mochila: una Ozark Trail Hiker Pack negra de 25 litros, un modelo comercializado en grandes cadenas minoristas y plataformas en línea. Las autoridades han difundido fotografías de un modelo idéntico y piden a la población que avise si recuerda a alguien con ese tipo de mochila en la zona de Catalina Foothills o en los alrededores de Tucson en los días previos a la desaparición.
La apuesta es doble. Por un lado, activar la memoria visual de vecinos, repartidores o conductores. Por otro, cruzar esa información con registros de compra: pagos con tarjeta, pedidos en línea, cámaras de seguridad en aparcamientos. El diagnóstico es inequívoco: en 2026, casi cualquier objeto de consumo deja un rastro financiero o digital capaz de estrechar el cerco sobre un sospechoso.

Trece mil pistas y un centro de mando 24/7

Desde el 1 de febrero, el FBI asegura haber recibido más de 13.000 avisos relacionados con el caso, entre llamadas, correos electrónicos y formularios a través de la web tips.fbi.gov.
El volumen es tal que la oficina de Phoenix ha instalado un centro de mando operativo las 24 horas del día, con equipos dedicados únicamente a clasificar, priorizar y derivar cada información a los agentes sobre el terreno.

La experiencia de otros casos de alto impacto indica que menos del 5% de las pistas acaban aportando datos realmente útiles, y que muchas son duplicadas, imprecisas o fruto de teorías conspirativas que circulan en redes sociales. La consecuencia es un trabajo de criba titánico, en el que se combinan algoritmos de búsqueda automática de patrones con la lectura manual de cada relato.
Sin embargo, los investigadores insisten en un mensaje: ningún detalle es demasiado pequeño. Un coche aparcado a deshora, una compra inusual de material de camping, un comentario oído en un bar... Todo puede encajar más tarde en un puzle que hoy parece caótico. El contraste con otros casos menos mediáticos resulta demoledor: miles de desapariciones de personas mayores en Estados Unidos nunca llegan a generar un flujo de información semejante.

La presión mediática de una familia muy conocida

Desde los primeros días, Savannah Guthrie ha utilizado su escaparate televisivo para pedir ayuda. La presentadora ha hecho llamamientos en directo, ha difundido el cartel de búsqueda y ha agradecido públicamente el trabajo de los equipos desplazados a Arizona.
En sus intervenciones subyace un mensaje insistente: la familia no pierde la esperanza de encontrar con vida a Nancy y confía en que “alguien que sabe algo dé el paso”.

La fama, en este contexto, funciona como una espada de doble filo. Por un lado, amplifica el alcance del caso, multiplica el número de testimonios y obliga a las autoridades a mantener un flujo constante de información. Por otro, alimenta un ecosistema mediático en el que tertulianos y presentadores reconstruyen el caso a diario, a menudo con poca información verificable.
Analistas mediáticos en Estados Unidos ya comparan la cobertura con la de otros secuestros de alto perfil, poniendo el foco en cómo la televisión puede alterar prioridades policiales. El diagnóstico es incómodo: no todas las víctimas tienen el mismo poder de megáfono y, por tanto, no todas reciben la misma atención institucional.

Riesgos, hipótesis y un reloj que corre en contra

Doce días después de la desaparición, las hipótesis siguen abiertas. La primera, la de un robo que derivó en secuestro, pierde fuerza a medida que pasan las horas sin demandas económicas claras. Otra posibilidad es la de un ataque planificado contra una mujer mayor, sola y con rutina previsible en una zona residencial.
Las autoridades, por ahora, evitan hablar de motivaciones concretas y se centran en reconstruir cada minuto de la noche del 31 de enero y de la madrugada siguiente.

Lo más grave, desde el punto de vista estadístico, es que las probabilidades de encontrar con vida a una persona secuestrada disminuyen drásticamente conforme pasan los días. Ese dato sobrevuela cada comparecencia oficial, aunque nadie lo verbalice con crudeza. A la vez, los investigadores recuerdan que hay casos en los que la resistencia de la víctima y los errores del secuestrador permiten rescates incluso semanas después.
La consecuencia es una carrera contra el tiempo en la que cada pista útil puede marcar la diferencia entre un rescate y una recuperación tardía del cuerpo.

Tecnología, criptomonedas y el nuevo mapa de la investigación

El caso Guthrie ha puesto también el foco en la evolución de las herramientas de investigación. A las tradicionales entrevistas puerta a puerta se suman ahora peticiones masivas de acceso a cámaras de seguridad privadas: timbres inteligentes, sistemas de videovigilancia domésticos y grabaciones de comercios o urbanizaciones cerradas. El FBI ha pedido expresamente a los vecinos de varias zonas de Tucson que revisen cualquier grabación entre el 1 y el 2 de febrero y la compartan con los agentes.

En paralelo, especialistas en cibercrimen analizan posibles rastros financieros. Cadenas locales han informado de que la investigación ha reabierto el debate sobre el uso de criptomonedas en secuestros y extorsiones, y sobre la capacidad real de las fuerzas de seguridad para seguir esos flujos en la cadena de bloques.
Aunque no existe, por ahora, ninguna confirmación de que en este caso se haya producido un pago o una exigencia en activos digitales, el simple hecho de que la cuestión aparezca en la agenda revela un cambio estructural: las grandes investigaciones criminales ya no se disputan sólo en la escena del crimen, sino también en servidores, nubes y registros de transacciones.