Sólo 14 países operan portaaviones (y 7 de ellos son sólo para helicópteros)

El portaaviones Juan Carlos I, 26.000 toneladas al detalle: rampa de salto y aviación embarcada en un LHD “made in Spain”

El buque insignia de la Armada regresa de un despliegue clave y se reivindica como la principal herramienta de proyección militar e industrial de España en el Mediterráneo
Juan Carlos I (L-61)
Juan Carlos I (L-61)

Tras mes y medio de operaciones en el Mediterráneo, hace un año el portaaviones anfibio Juan Carlos I (L-61) regresó a la base naval de Rota al frente del Grupo Expedicionario de Combate Dédalo 24. Más de 1.600 militares han participado en maniobras con socios de la OTAN, en un momento en el que el flanco sur y el escenario euro-mediterráneo vuelven a estar bajo presión.
El almirante Antonio González del Tánago, comandante del Dédalo 24, subraya que la misión ha tenido una doble vertiente: operación nacional para proteger líneas de comunicación marítima y aérea, y instrumento de política exterior al servicio del Gobierno.
Pero el despliegue ha servido también para algo más: mostrar al detalle un barco que concentra 26.000 toneladas, 231 metros de eslora y tecnología mayoritariamente española.
El Juan Carlos I no es solo una “ciudad flotante”: es la pieza que permite a España estar en la primera división naval de la OTAN y vender su industria a medio mundo.

ADRIATIC SEA (Feb. 22, 2023) An MH-60S Sea Hawk helicopter attached to Helicopter Sea Combat Squadron (HSC) 5 and two Spanish navy SH-60B helicopters fly near the Spanish navy multi-purpose amphibious assault ship ESPS Juan Carlos I (LHD 61) during interoperability training in the Adriatic Sea, Feb. 22, 2023. Carrier Air Wing (CVW) 7 is the offensive air and strike component of Carrier Strike Group (CSG) 10 and the George H.W. Bush CSG. The squadrons of CVW-7 are Strike Fighter Squadron (VFA) 143, VFA-103, VFA-86, VFA-136, Carrier Airborne Early Warning Squadron (VAW) 121, Electronic Attack Squadron (VAQ) 140, HSC-5, and Helicopter Maritime Strike Squadron (HSM) 46. The George H.W. Bush CSG is on a scheduled deployment in the U.S. Naval Forces Europe area of operations, employed by U.S. 6th Fleet to defend U.S., allied and partner interests. (U.S. Navy photo by Mass Communication Specialist 3rd Class Samuel Wagner) - wikipedia
ADRIATIC SEA (Feb. 22, 2023) An MH-60S Sea Hawk helicopter attached to Helicopter Sea Combat Squadron (HSC) 5 and two Spanish navy SH-60B helicopters fly near the Spanish navy multi-purpose amphibious assault ship ESPS Juan Carlos I (LHD 61) during interoperability training in the Adriatic Sea, Feb. 22, 2023. Carrier Air Wing (CVW) 7 is the offensive air and strike component of Carrier Strike Group (CSG) 10 and the George H.W. Bush CSG. The squadrons of CVW-7 are Strike Fighter Squadron (VFA) 143, VFA-103, VFA-86, VFA-136, Carrier Airborne Early Warning Squadron (VAW) 121, Electronic Attack Squadron (VAQ) 140, HSC-5, and Helicopter Maritime Strike Squadron (HSM) 46. The George H.W. Bush CSG is on a scheduled deployment in the U.S. Naval Forces Europe area of operations, employed by U.S. 6th Fleet to defend U.S., allied and partner interests. (U.S. Navy photo by Mass Communication Specialist 3rd Class Samuel Wagner) - wikipedia

Un portaaviones anfibio 100% español

El LHD Juan Carlos I (L-61) es, oficialmente, un Buque de Proyección Estratégica. Traducido a la práctica: un portaeronaves y buque de asalto anfibio capaz de llevar aviones, helicópteros, infantería de Marina y vehículos de combate en una sola plataforma. Con 26.000 toneladas de desplazamiento, 231 metros de eslora y 32 metros de manga, es el mayor buque de guerra construido jamás en España y el actual buque insignia de la Armada.

Su origen está directamente ligado al aumento de compromisos internacionales de España a comienzos de los 2000. Autorizado en 2003, diseñado y construido por Navantia en Ferrol, el barco supuso 3,1 millones de horas de trabajo de fabricación y otras 775.000 horas de ingeniería. Un programa industrial de primer orden que consolidó al astillero gallego en la liga de los grandes constructores navales militares.

Como recuerda González del Tánago, “nuestros barcos tienen una ventaja inmensa: son de construcción y diseño enteramente nacional, con un elevadísimo porcentaje de componentes españoles”. Sensores, sistema de combate, control de plataforma, buena parte de la electrónica y parte de la propulsión están firmados por la industria española, lo que convierte cada salida al exterior en una campaña de imagen para el país.

Del proyecto BPE al buque insignia de la Armada

El diseño del entonces llamado Buque de Proyección Estratégica (BPE) fue aprobado en septiembre de 2003, en un contexto de aumento de presupuesto y de ambición internacional. El objetivo era claro: disponer de una plataforma capaz de mover una brigada conjunta de Infantería de Marina, actuar como transporte estratégico y, al mismo tiempo, servir de plataforma para la aviación embarcada.

Inicialmente debía complementar al portaaviones Príncipe de Asturias, actuando como “segunda pista” cuando este estuviera en dique o en obras. La realidad presupuestaria y los planes de austeridad acabaron acelerando la baja del Príncipe de Asturias en 2013. Desde entonces, el Juan Carlos I es el único buque español capaz de operar aeronaves de ala fija y el centro de gravedad de la Flota.

La entrega oficial se produjo el 30 de septiembre de 2010, en un acto presidido por el rey Juan Carlos I en Ferrol. Desde entonces, el buque ha encadenado cruceros de resistencia, ejercicios OTAN, despliegues en el Báltico, apoyo a operaciones en Irak, misiones humanitarias –como tras los terremotos de Turquía y Siria– y, ahora, el Dédalo 24. El diagnóstico es inequívoco: todo el modelo de proyección naval de España pivota ya sobre este casco.

Dimensiones, autonomía y vida a bordo

Más allá de la foto, el Juan Carlos I es una ciudad flotante pensada para operar lejos de casa durante semanas. Su dotación propia ronda los 260 marinos, pero su capacidad total se eleva hasta 1.200 tropas adicionales, entre Estado Mayor, fuerza de desembarco de Infantería de Marina, Grupo Naval de Playa y unidades aéreas embarcadas. En configuración de grupo expedicionario, supera holgadamente los 1.600 efectivos.

El buque ofrece una autonomía de 9.000 millas náuticas a 15 nudos, suficiente para cruzar el Atlántico sin reabastecer y sostener operaciones prolongadas. Su velocidad máxima de 21–21,5 nudos le permite integrarse en agrupaciones de la OTAN y acompañar a escoltas como las fragatas F-100 sin penalizar el ritmo.

En el interior, los 6.000 m² de garajes y hangares se distribuyen en dos niveles capaces de soportar hasta 6.000 toneladas de carga entre vehículos ligeros, pesados y material logístico. A ello se suma un hospital de a bordo completo –con dos quirófanos, UCI, rayos X y laboratorio– que convierte al buque en una pieza muy valiosa también para misiones de ayuda humanitaria y evacuación médica.

Dique inundable y garajes: el músculo del asalto anfibio

La cara menos visible del Juan Carlos I es, quizá, la más determinante a la hora de proyectar fuerza sobre la costa. Su dique inundable de casi 1.000 m² puede alojar hasta cuatro lanchas de desembarco LCM-1E y otras embarcaciones rápidas, e incluso está preparado para operar un hovercraft LCAC. Desde ese dique se despliega el grueso de la Infantería de Marina hacia la playa o el puerto objetivo.

El garaje de vehículos pesados suma unos 1.400 m², mientras que el de vehículos ligeros alcanza los 1.880 m², configurables según la misión: desde cadenas y blindados de ruedas hasta camiones logísticos y vehículos ligeros de reconocimiento. Esta flexibilidad permite adaptar el grupo de desembarco tanto a operaciones de combate como a misiones de paz o catástrofes naturales.

En conjunto, el diseño responde a la evolución doctrinal de la Armada, que ha dejado de centrarse sólo en el control del mar abierto para apostar por la proyección de poder desde el mar hacia tierra, en entornos litorales y fluviales. El Juan Carlos I es la pieza que hace posible esa transición: lleva la fuerza, la apoya desde el aire y la sostiene logísticamente.

La cubierta de vuelo: del Harrier al futuro portadrones

La imagen icónica del Juan Carlos I es su cubierta de vuelo de 202 × 32 metros, rematada por un ski-jump de 12 grados que permite operaciones de aviones V/STOL. Actualmente, el buque opera con AV-8B Harrier II Plus, helicópteros NH-90, SH-60 Seahawk, CH-47 Chinook y otros modelos, pudiendo tener simultáneamente hasta seis helicópteros medianos o cuatro pesados en cubierta.

En configuración aérea, sumando hangar y cubierta, dispone de más de 3.000 m² para aeronaves. Dependiendo de la misión, puede albergar 30 helicópteros medios y pesados, o entre 10 y 12 Harrier AV-8B+ combinados con helicópteros. Sus dos ascensores de gran capacidad están dimensionados incluso para operar el F-35B en el futuro, y el buque ya ha probado en cubierta convertiplanos MV-22 Osprey de los Marines estadounidenses.

El problema está en el calendario. La vida útil de los Harrier se ha extendido hasta 2034, pero no hay aún una decisión política cerrada sobre su sustituto. Sin relevo –sea el F-35B o una combinación de drones y nuevos sistemas–, el Juan Carlos I corre el riesgo de quedarse sin ala fija, convirtiéndose de facto en portahelicópteros y portadrones, como su “primo” turco TCG Anadolu. Lo más grave sería perder una capacidad estratégica que ha costado décadas construir.

Cerebro y corazón: sensores, sistema de combate y propulsión

El buque concentra también buena parte del saber hacer tecnológico español. Su sistema de combate SCOMBA, desarrollado por FABA (Navantia Sistemas), integra sensores y armas en un entorno similar a los grandes estándares internacionales, pero con desarrollo nacional. Los radares LANZA-N y ARIES de Indra, sistemas optrónicos y enlaces de datos Link-11 y Link-22 de empresas españolas completan un paquete que permite al buque dirigir operaciones complejas y actuar como buque de mando de una agrupación OTAN.

En cuanto a la propulsión, el Juan Carlos I fue el primer buque de la Armada en utilizar una planta CODLAG diésel-eléctrica mejorada: una turbina de gas de casi 20 MW, dos generadores diésel de 7,86 MW y dos propulsores azimutales Azipod de 11 MW cada uno. Este esquema busca combinar eficiencia a baja velocidad con potencia suficiente para operaciones aéreas y anfibias, manteniendo consumos contenidos en largas distancias.

La consecuencia es un buque relativamente económico de operar para su tamaño, con buena maniobrabilidad en puerto y capacidad de mantener velocidades sostenidas razonables en despliegues lejanos. A cambio, la Armada ha tenido que lidiar con problemas de ruido, vibraciones y fiabilidad, hasta el punto de encargar estudios para una posible sustitución o modificación de parte del sistema de propulsión.

Vulnerabilidades: defensa de punto y problemas de fiabilidad

No todo son fortalezas. El Juan Carlos I comparte con otros buques de alto valor de la Armada una debilidad llamativa: la ausencia de un sistema CIWS (defensa de punto de alta cadencia) plenamente operativo. Aunque se han previsto reservas de espacio para integrar misiles de corto alcance o sistemas de artillería especializados, a día de hoy el buque depende de ametralladoras Browning de 12,7 mm, MG-3 de 7,62 mm y futuras torres remotas Guardián 2.0 para su defensa cercana, además de la protección que le brindan las fragatas escoltas.

En un entorno de misiles antibuque hipersónicos, drones kamikaze y enjambres de pequeñas embarcaciones, esta carencia resulta difícil de justificar. El propio Ministerio de Defensa ha firmado estudios con MBDA y empresas nacionales para evaluar soluciones basadas en misiles Mistral y sistemas antiaéreos de nueva generación, pero aún no se ha materializado una defensa de punto específica.

A ello se suman los mencionados problemas de propulsión, ruido y vibraciones, que han obligado a paradas prolongadas en dique y a encargos de ingeniería adicionales. El contraste es claro: España ha logrado diseñar y vender un buque de referencia internacional, pero necesita rematar la inversión para blindarlo frente a amenazas modernas y asegurar su disponibilidad operativa plena.

Un diseño exportable: Australia, Turquía y lo que viene después

El impacto del Juan Carlos I va más allá de la Armada española. Su diseño ha dado lugar a la clase Canberra de la Armada australiana –dos buques LHD basados en el casco del L-61– y al TCG Anadolu turco, construido con transferencia de tecnología española. Solo el contrato australiano superó los 1.400 millones de euros, de los que unos 915 millones correspondieron a Navantia, con cerca de 9,3 millones de horas de trabajo ejecutadas en España.

Turquía, por su parte, ha anunciado planes para un segundo buque gemelo, el TCG Trakya, también basado en el diseño español. Otros países –desde Bélgica hasta Malasia, pasando por Chile o Sudáfrica– han mostrado en distintos momentos interés por soluciones similares. La consecuencia es evidente: el Juan Carlos I se ha convertido en una carta de presentación de la industria naval española en los mercados más exigentes del mundo.

Cada despliegue, cada ejercicio OTAN, cada escala en puertos extranjeros es, en la práctica, una feria flotante donde Navantia y el conjunto del sector muestran lo que pueden ofrecer. En un país donde la política industrial suele ir a remolque, el L-61 es uno de los pocos proyectos que combinan soberanía tecnológica, empleo de alto valor añadido y proyección exterior real.

Qué significa el Juan Carlos I para la estrategia naval de España

El regreso del Juan Carlos I tras el despliegue del Dédalo 24 confirma que España dispone hoy de una herramienta de proyección que muy pocos aliados europeos pueden igualar. El buque permite desplegar fuerza en el Mediterráneo, en el Atlántico o allí donde la OTAN lo requiera, con capacidad para mando y control, aviación embarcada, asalto anfibio y apoyo logístico.

Sin embargo, el futuro plantea decisiones inaplazables. La sustitución del Harrier, la integración de sistemas de defensa de punto, la solución definitiva a la propulsión y la continuidad de la apuesta por una Infantería de Marina bien equipada marcarán el verdadero alcance del proyecto. El contraste con países como Italia o Reino Unido, que ya han dado el salto al F-35B, resulta cada vez más evidente.

El diagnóstico es claro: el Juan Carlos I ha colocado a España en el mapa de las grandes marinas aliadas, pero mantener ese estatus exigirá inversiones sostenidas y decisiones políticas valientes. Por ahora, el buque insignia descansa en Rota tras su último despliegue mediterráneo. Todo indica que no será por mucho tiempo: el contexto internacional y las propias ambiciones de España apuntan a que esta ciudad flotante de 26.000 toneladas seguirá siendo protagonista en los próximos años.

Comentarios