KLM detiene vuelos a Tel Aviv ante el agravamiento del conflicto en Oriente Medio
La decisión de KLM de suspender de forma indefinida todos sus vuelos a Tel Aviv a partir del 1 de marzo añade una nueva capa de incertidumbre a un mapa aéreo ya tensionado por la inestabilidad en Oriente Medio. La compañía, integrada en el grupo Air France-KLM, justifica el movimiento en un elemento que pesa más que cualquier cuenta de resultados: la seguridad. Tras varias semanas de ajustes, cancelaciones puntuales y planes de reanudación que se han ido deshaciendo casi a la misma velocidad con la que se anunciaban, el mensaje es ahora nítido: no habrá operaciones a Israel “por el momento”, sin horizonte claro de retorno. La medida afecta a una ruta que, sumando a KLM y al resto de operadores, movilizaba hasta 17 vuelos semanales entre Ámsterdam y Tel Aviv, con una capacidad cercana a 13.000 plazas a la semana.
Un giro que confirma el riesgo
La suspensión de KLM no es un gesto aislado ni improvisado. Llega después de varias jornadas de stop & go en las que la compañía anunció primero cancelaciones puntuales, después una reanudación parcial y, finalmente, un nuevo frenazo por la combinación de riesgos de seguridad y falta de “viabilidad operativa”. Este zigzag refleja hasta qué punto la situación en Oriente Medio es cambiante: cualquier alteración en el equilibrio militar o diplomático se traduce de inmediato en evaluaciones de riesgo aéreo, restricciones de espacio aéreo y rediseños de rutas.
En las últimas semanas, diversos informes han alertado del aumento del peligro para la aviación civil en la región, especialmente por el uso de misiles y drones en un entorno saturado de tráfico comercial y militar. Autoridades europeas han emitido recomendaciones para evitar o limitar los vuelos sobre determinadas zonas, incrementando tiempos y costes para las aerolíneas que deciden mantener operaciones. En ese contexto, la opción de KLM ha sido clara: cortar de raíz la exposición en Tel Aviv, incluso mientras reabre destinos como Riad o Dammam, considerados —por ahora— más manejables desde el punto de vista del riesgo.
Una ruta estratégica para el ‘hub’ de Ámsterdam
El impacto de la decisión va más allá de los pasajeros con billete en la mano. La ruta Ámsterdam-Tel Aviv es una pieza relevante en la red de KLM y del propio ‘hub’ de Schiphol, puerta de entrada al mercado europeo para miles de viajeros de negocios procedentes de Israel y puente hacia Norteamérica o Asia. Antes de la última escalada, KLM operaba siete frecuencias semanales entre ambas ciudades, en línea con lo que ya había programado en anteriores reanudaciones tras episodios de tensión.
A esto se suma la presencia de otras aerolíneas —El Al, Arkia, próximamente easyJet— que completan un corredor aéreo muy denso para un trayecto de algo más de 2.000 millas (3.300 kilómetros). El resultado es un flujo estable de tráfico corporativo, tecnológico y turístico de alto valor añadido. La suspensión de KLM rompe una de las piezas de ese engranaje y obliga a redistribuir la demanda hacia compañías alternativas o a itinerarios con escala adicional. El contraste con otras rutas de la red de KLM, que se mantienen estables, subraya hasta qué punto el riesgo percibido en Israel es hoy diferencial.
Pasajeros entre reembolsos, cupones y planes rotos
En el corto plazo, la prioridad de la aerolínea es gestionar el coste reputacional y operativo con sus clientes. KLM ha abierto la puerta a que los pasajeros con billetes emitidos hacia Tel Aviv puedan reprogramar su viaje sin penalización o solicitar un reembolso completo, en línea con la práctica habitual del sector ante cancelaciones por seguridad.
La letra pequeña, sin embargo, introduce matices. La reprogramación suele estar limitada a un cierto horizonte temporal y a rutas alternativas disponibles dentro del grupo Air France-KLM. Para muchos viajeros corporativos, esto se traduce en desvíos vía París o en la búsqueda de soluciones con terceros operadores, a menudo con incrementos de precio superiores al 15-20% respecto a la opción original. Las agencias de viajes y los departamentos de compras de grandes empresas europeas se ven obligados a rediseñar políticas internas y a ampliar márgenes de tiempo en los desplazamientos hacia Israel.
Para el cliente vacacional, el golpe es más directo: cambios de fechas, paquetes turísticos que deben redimensionarse y una incertidumbre que desincentiva la reserva anticipada. Lo más grave es que nadie puede ofrecer una fecha razonable de normalización, lo que convierte cada nueva compra en un acto de fe más que en una decisión planificada.
Efecto contagio en las aerolíneas europeas
La suspensión de KLM se inscribe en un patrón que se repite en otras grandes compañías europeas. Air France, Lufthansa, British Airways o varias aerolíneas norteamericanas han reducido frecuencias, limitado operaciones a horas diurnas o suspendido rutas completas hacia Israel y algunos destinos del Golfo. El mapa resultante es el de un corredor aéreo parcialmente vaciado cada vez que el termómetro geopolítico supera cierto umbral.
Este efecto contagio tiene dos lecturas. Por un lado, muestra una creciente coordinación —formal o tácita— entre las grandes compañías a la hora de interpretar las recomendaciones de los reguladores y los servicios de inteligencia. Por otro, evidencia que la tolerancia al riesgo comercial se ha reducido notablemente desde episodios como el derribo del vuelo MH17 en Ucrania o el ataque con misiles al aeropuerto de Tel Aviv en 2025, que ya provocaron cierres temporales del espacio aéreo israelí. El diagnóstico es inequívoco: cuando las amenazas combinan alta intensidad militar y complejidad técnica, la vía más prudente para las aerolíneas es salir del mapa.
El precedente de otras crisis aéreas recientes
La industria conoce bien el impacto que tienen las crisis regionales sobre las rutas. En 2024, KLM ya decidió paralizar sus vuelos a Tel Aviv hasta final de año, una medida que entonces se interpretó como extraordinaria y asociada a una fase concreta de la escalada. La diferencia ahora es la sensación de cronificación del riesgo: la palabra “indefinido” se impone frente a calendarios cerrados de reapertura.
Algo similar ha ocurrido en otros escenarios. Las restricciones sobre el espacio aéreo ruso desde 2022 obligaron a redibujar rutas entre Europa y Asia, con sobrecostes de combustible y tiempos de vuelo que, en algunos casos, crecieron más de un 30%. La gestión de los cielos sobre Irak, Irán o Siria ha seguido una lógica parecida, con corredores que se abren y cierran en función de cada estallido de tensión. La consecuencia es clara: las aerolíneas se ven empujadas a operar con una planificación mucho más corta, donde los programas de temporada quedan condicionados por análisis de riesgo casi diarios. Tel Aviv se convierte, una vez más, en el epicentro visible de ese modelo.
El impacto económico: turismo, negocios y carga
Detrás de cada vuelo cancelado hay un flujo económico que se frena. Israel mantiene una intensa relación comercial y tecnológica con Países Bajos y el resto de la UE. Los vuelos directos con KLM no sólo trasladaban turistas, sino también ejecutivos del sector tecnológico, farmacéutico y financiero, además de carga de alto valor, desde componentes electrónicos hasta productos frescos.
La interrupción indefinida de la ruta obliga a buscar alternativas que, en el mejor de los casos, añaden una escala adicional y entre 2 y 4 horas más de viaje. Para determinados sectores, esto supone retrasos logísticos y encarecimiento del transporte. Los aeropuertos que sirven de conexión —sobre todo hubs de Europa central— pueden beneficiarse parcialmente de ese tráfico desviado, pero el balance neto para el conjunto del ecosistema es negativo.
En el ámbito turístico, la combinación de inseguridad percibida y menor conectividad tiende a reducir las llegadas internacionales. Experiencias previas apuntan a caídas de entre el 10% y el 25% en los meses posteriores a grandes episodios de tensión, cifras que afectan directamente a hoteles, restauración y comercio local. Cada semana sin vuelos directos desde mercados emisores clave representa ingresos que difícilmente se recuperan más adelante.