Claves del día: EEUU humilla a Europa en Davos, el cisne negro puede ser la OTAN y el oro disparado
El precio del oro se ha disparado por encima de 4.800 dólares la onza, un máximo histórico, mientras los líderes mundiales se miran de reojo en Davos. El detonante no ha sido una guerra declarada, sino la ofensiva de Donald Trump para controlar Groenlandia, convertida de repente en pieza crítica del tablero ártico. Europa, atrapada entre la defensa de la soberanía danesa y su dependencia militar de Estados Unidos, ha quedado expuesta como un actor fragmentado y reactivo. Y en el centro de todo asoma el verdadero “cisne negro” de esta crisis: una OTAN tensionada desde dentro, por el choque entre Washington y sus aliados. Los mercados ya han emitido su veredicto: ventas masivas en bolsa, repunte de la volatilidad y un mensaje claro a los gobiernos —el margen de error es mínimo.
Groenlandia, el nuevo epicentro del choque transatlántico
Lo que hace apenas unos años parecía una excentricidad —la idea de “comprar” Groenlandia— se ha convertido en doctrina estratégica oficial de Washington. Trump ha llegado a Davos después de repetir que “no hay marcha atrás” en su intención de traer la isla bajo control estadounidense y de negarse a descartar incluso el uso de la fuerza.
Groenlandia no es un capricho geográfico. Su posición en el corredor GIUK (Groenlandia-Islandia-Reino Unido), la presencia de la base espacial y de alerta temprana de Pituffik (antigua Thule) y el control de las rutas del Atlántico Norte convierten la isla en un activo militar de primer orden para EEUU y la OTAN. A ello se suma el atractivo económico: reservas de minerales críticos y tierras raras que pueden reducir la dependencia de China en cadenas de suministro estratégicas.
Desde la óptica estadounidense, “externalizar” la seguridad ártica ya no es una opción. El mensaje en Davos ha sido explícito: Washington no dejará en manos de terceros un territorio que considera clave para su defensa hemisférica. El problema es que ese “tercero” es un aliado: Dinamarca, con Groenlandia como territorio autónomo. El resultado es una escena incómoda para Europa: Trump marca la agenda, los europeos reaccionan.
Europa, dividida y a la defensiva
Las declaraciones estadounidenses han abierto una brecha que recorre toda la Unión Europea. De un lado, los gobiernos que apuestan por evitar la confrontación abierta con Washington, temiendo represalias comerciales o una retirada de garantías de seguridad. Del otro, quienes denuncian abiertamente un episodio de “nuevo colonialismo” y exigen una respuesta firme en defensa de la soberanía danesa y groenlandesa.
Emmanuel Macron ha intentado encarnar esa tercera vía: “calma, pero sin renunciar a los principios europeos ni aceptar tácticas intimidatorias”, vino a decir en los pasillos de Davos, según fuentes francesas. La Comisión Europea, por su parte, ha calificado de “error” las amenazas de aranceles del 10% contra varios socios europeos por oponerse al plan sobre Groenlandia, y el Parlamento Europeo estudia congelar acuerdos comerciales y responder con contramedidas sobre hasta 93.000 millones de dólares en exportaciones estadounidenses.
Mientras en los salones de Davos se repiten los llamamientos a la “autonomía estratégica”, en las calles de Copenhague y Nuuk se han visto las mayores manifestaciones de la historia reciente bajo el lema “Hands off Greenland” y gorras parodia de las MAGA con un mensaje inequívoco: “Make America Go Away”.
Este contraste revela la verdadera fragilidad europea: mucha retórica y poca palanca de poder. Bruselas puede hablar de derecho internacional y soberanía, pero, en última instancia, la seguridad del flanco norte sigue dependiendo de la misma potencia que hoy está forzando ese límite.
La OTAN como posible cisne negro
Lo más inquietante para los mercados no es solo la escalada verbal, sino su escenario de fondo: la primera gran crisis interna de la OTAN en la que un miembro presiona directamente a otro sobre su territorio. El Tratado de Washington nunca imaginó la hipótesis de que la tensión principal dentro de la Alianza no fuese Rusia, sino la propia Casa Blanca.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha pedido en Davos “diplomacia cuidadosa” para rebajar el conflicto, consciente de que un paso en falso puede abrir una grieta estructural. En paralelo, el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, se ha apresurado a describir la crisis como prueba de que la organización atraviesa una “crisis profunda”, señalando cínicamente que el orden occidental se resquebraja por dentro.
En lenguaje de riesgo, el escenario empieza a parecerse a un cisne negro: un acontecimiento improbable en manuales, pero de impacto potencial enorme. La mera posibilidad de que la OTAN se vea paralizada —o fracturada— por un pulso territorial entre aliados introduce una prima de incertidumbre en cualquier activo vinculado a Europa.
“Si un miembro se siente autorizado a presionar militarmente a otro, la credibilidad del artículo 5 se resiente para todos”, admiten off the record diplomáticos de países del Este. La consecuencia es clara: no se trata solo de Groenlandia, sino de la percepción global de que la arquitectura de seguridad occidental ya no es un ancla estable, sino una fuente adicional de volatilidad.
Mercados en modo riesgo-off: ventas masivas y rebote frágil
La reacción de los mercados ha sido inmediata. En la sesión del martes, el mundo asistió a una venta sincronizada de renta variable en Wall Street, Europa y Asia tras las amenazas de nuevos aranceles a ocho países europeos y la insistencia de Trump en que su postura sobre Groenlandia es innegociable.
El S&P 500 llegó a caer en torno a un 2,5%, el Nasdaq superó descensos del 3% y los principales índices europeos —con el EuroStoxx 50 y el DAX a la cabeza— se dejaron entre un 1,5% y un 2,5% en una sola jornada, en muchos casos la segunda peor del año. En Londres, el FTSE 100 retrocedió un 0,7%, arrastrado por bancos, aseguradoras y farmacéuticas, mientras solo brillaban las mineras de oro y otros metales preciosos.
Las ventas no se limitaron a la bolsa. La deuda estadounidense vio cómo sus rendimientos repuntaban con fuerza y la curva se empinaba, reflejando la combinación de miedo a más déficit por estímulos y menor apetito por activos denominados en dólares. La volatilidad implícita, medida por el VIX, repuntó más de un 30% desde los mínimos de la semana previa, señal de que los inversores comienzan a pagar caro por protección a corto plazo.
En las últimas horas se ha visto un rebote parcial en futuros y algunos índices, más fruto de la búsqueda de oportunidades tácticas que de una convicción de fondo. La estructura del mercado —rotación hacia defensivas, castigo a financieras y cíclicas, huida a refugio— indica que el modo riesgo-off sigue activado. Mientras la crisis de Groenlandia permanezca sin resolver, será difícil que el apetito por riesgo vuelva a niveles de principios de año.
El oro pulveriza máximos y marca el pulso del miedo
Si hay un activo que sintetiza el estado de ánimo global, es el oro. En esta crisis ha roto todas las referencias: el metal precioso ha superado por primera vez los 4.800 dólares por onza, encadenando varios máximos consecutivos y acumulando subidas de más del 6% en la semana.
El movimiento no es marginal. Los analistas señalan tres motores principales: el temor a que la confrontación EEUU–UE derive en una guerra comercial de segunda generación, el cuestionamiento del dólar como refugio absoluto y la percepción de que la política fiscal y monetaria estadounidense seguirá presionando al alza la deuda y, en última instancia, la inflación.
En la práctica, muchos gestores internacionales han convertido el oro en una especie de seguro sistémico frente al riesgo Trump. “Los inversores no están comprando solo cobertura frente a la volatilidad puntual, sino frente a un deterioro estructural de la relación transatlántica”, resume una gestora europea. El siguiente nivel psicológico, los 5.000 dólares la onza, ya se menciona abiertamente en informes de casas de análisis.
El rally se extiende a mineras auríferas y a otros metales preciosos, aunque con menos intensidad. Paradójicamente, mientras los líderes debaten sobre seguridad energética y materias primas en Davos, el mercado ya ha emitido un veredicto: en tiempos de crisis geopolítica, el recurso verdaderamente escaso es la confianza.
El eco de las guerras comerciales y del crash de 2025
Para muchos inversores veteranos, la escena tiene ecos familiares. La combinación de amenazas arancelarias, choque con aliados y desplome bursátil recuerda al crash de 2025, cuando las llamadas “Liberation Day tariffs” desencadenaron la mayor caída de los mercados desde la pandemia.
Entonces, la ola de tarifas contra China, Canadá y México hundió al S&P 500 más de un 10% en cuestión de días, se evaporaron más de 6,6 billones de dólares de capitalización y el Nasdaq entró en mercado bajista prácticamente de la noche a la mañana. Esa experiencia pesa en la memoria de los gestores: saben que, con Trump, la línea entre negociación y ruptura puede cruzarse en un tuit.
La diferencia ahora es cualitativa. No estamos ante una simple disputa comercial, sino ante un pulso que afecta directamente a la arquitectura de seguridad occidental y a la integridad territorial de un aliado. El riesgo ya no es solo un shock de crecimiento global, sino una reconfiguración de alianzas que altere la prima de riesgo geopolítico de Europa durante años.
Ese recuerdo de 2025 explica por qué, a pesar de que las caídas actuales son todavía inferiores a las de entonces, la reacción ha sido tan rápida. Los modelos de riesgo incorporan hoy escenarios de “cisne negro” donde la OTAN queda dañada, la UE responde con más autonomía estratégica y el comercio transatlántico se fragmenta en bloques. Los mercados no están pronosticando que vaya a ocurrir, pero se niegan a descartarlo, y por eso pagan pólizas de seguro cada vez más caras.