El metal precioso refuerza su papel como refugio ante el temor a una guerra comercial

El oro se dispara a máximos históricos de 4.820 dólares

El oro ha dado un nuevo salto en su rally histórico y ha superado este martes la barrera de los 4.820 dólares por onza, impulsado por el aumento de la tensión política entre Estados Unidos y la Unión Europea. Tras una comparecencia de Donald Trump en la Casa Blanca que no logró calmar los ánimos, los inversores han vuelto a huir hacia los activos refugio. En paralelo, la plata ronda ya los 95 dólares, el platino se consolida por encima de los 2.450 dólares y el paladio se mantiene cerca de los 1.850 dólares. El movimiento confirma un giro defensivo global en los mercados y alimenta el debate: ¿estamos ante una burbuja dorada o ante un nuevo nivel estructural de precios que ha llegado para quedarse?

El oro se dispara a máximos históricos de 4.820 dólares

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El oro se dispara a máximos históricos de 4.820 dólares UNSPLASH / ZLATÁKY.CZ

Un récord histórico en el refugio por excelencia

Los datos de la sesión dibujan un movimiento contundente. El oro llegó a avanzar un 1,35% hasta los 4.820,60 dólares por onza a las 20:27 horas (ET), y más tarde aceleró la subida hasta rozar los 4.875 dólares, con un alza intradía cercana al 2,5%. En apenas unas jornadas, el metal ha añadido más de 200 dólares a su cotización, consolidando una revalorización anual que los analistas sitúan ya por encima del 25%.

En el resto del complejo de metales preciosos, el mensaje es igualmente claro. La plata suma un 0,7% y se mueve en torno a los 94,9 dólares, niveles impensables hace solo unos años. El platino, tradicionalmente ligado a la industria automovilística, se mantiene cerca de los 2.450 dólares, mientras que el paladio alterna ligeras subidas y bajadas alrededor de los 1.850 dólares.

Este comportamiento dibuja un patrón clásico de refugio: las materias primas monetarias, y en particular el oro, se ven impulsadas cuando aumenta la percepción de riesgo sistémico. Como sintetizaba un gestor de patrimonios europeo, «no es tanto el nivel exacto del precio, sino el mensaje: los inversores ya no se fían del tablero político». La consecuencia es clara: el oro vuelve a convertirse en termómetro del miedo global.

Trump, Groenlandia y el fantasma de una nueva guerra comercial

El detonante inmediato del último tramo de la subida ha sido la rueda de prensa de Donald Trump en la Casa Blanca. El presidente defendió con contundencia su intención de lograr algún tipo de control político y estratégico sobre Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, y no ofreció señales de distensión hacia Bruselas. La comparecencia, lejos de reducir la tensión, reforzó la percepción de que Washington está dispuesto a utilizar la vía comercial como palanca de presión.

En Europa, las primeras reacciones no se han hecho esperar. Fuentes comunitarias han dejado entrever que una escalada en el pulso sobre Groenlandia podría desembocar en nuevos aranceles cruzados o en la reactivación de antiguos litigios sobre subsidios, acero o automóviles. El recuerdo de las guerras comerciales de 2018 y 2019 sigue muy presente en las capitales europeas, donde se teme un impacto directo sobre las exportaciones.

En este contexto, el mensaje que reciben los mercados es inequívoco: aumenta el riesgo de una fragmentación comercial en el eje transatlántico justo cuando la economía mundial crece por debajo del 2,5%, según estimaciones de distintos organismos. «Cualquier golpe adicional al comercio entre Estados Unidos y la UE tiene un efecto multiplicador inmediato sobre la confianza global», señalaba un economista de una gran gestora. El oro, de nuevo, se presenta como el refugio preferido frente a un escenario en el que ganan peso la imprevisibilidad y el ruido político.

Metales preciosos: el desacople frente al resto del mercado

Mientras el oro y la plata marcan récord tras récord, el comportamiento de otros activos dibuja un panorama cada vez más complejo. Los principales índices bursátiles europeos han encadenado varias sesiones de caídas moderadas, con retrocesos acumulados superiores al 4% en algunas plazas en lo que va de mes. En Wall Street, los índices avanzan de forma errática, con rotaciones sectoriales violentas y volúmenes de negociación crecientes en sectores defensivos.

Los metales preciosos, en cambio, muestran una trayectoria mucho más homogénea. El oro lidera el movimiento, pero la plata —tradicionalmente más volátil— ha acompañado con subidas incluso más intensas en determinados momentos del año. El platino y el paladio, más ligados al ciclo industrial, se comportan de manera más mixta, pero también se benefician de la narrativa de protección frente a shocks de oferta y cambios regulatorios.

Este desacople revela una realidad incómoda para muchos gestores: las coberturas tradicionales —como los bonos soberanos a largo plazo— han perdido parte de su eficacia en un entorno de tipos reales cercanos o incluso inferiores al -0,5% en algunas economías desarrolladas. Con las curvas de deuda fuertemente intervenidas por los bancos centrales y la inflación todavía por encima de los objetivos oficiales en varias jurisdicciones, el oro reemerge como una de las pocas coberturas “puras” frente a escenarios extremos. «En un mundo en el que el dinero barato se ha convertido en norma, el oro vuelve a ser la única moneda sin banco central», resumen en una boutique de inversión londinense.

Tipos reales negativos, bancos centrales y el combustible del rally

Más allá del titular político, el ascenso del oro se alimenta de una serie de factores estructurales que llevan gestándose años. El primero, y más evidente, es el entorno de tipos de interés reales persistentemente negativos. Con las tasas oficiales en muchos países desarrollados aún en niveles bajos y la inflación subyacente instalada en torno al 3%, el rendimiento real de la deuda pública a largo plazo sigue siendo escaso cuando no directamente negativo.

El segundo motor es la demanda de los bancos centrales. En los últimos doce meses, distintas estimaciones sitúan sus compras netas de oro por encima de las 1.000 toneladas, con un protagonismo creciente de países emergentes que buscan diversificar sus reservas y reducir su dependencia del dólar. Esta presión compradora actúa como suelo estructural para los precios, incluso en fases de corrección.

A ello se suma el papel de los fondos cotizados respaldados por oro físico (ETF), cuyas tenencias se aproximan a máximos históricos equivalentes a más de 3.500 toneladas bajo gestión. Cada episodio de tensión política o financiera provoca nuevas entradas de dinero en estos vehículos, alimentando un círculo en el que la subida de precios refuerza el atractivo del activo. El diagnóstico es inequívoco: incluso si se disipara el ruido en torno a Groenlandia, el mercado del oro seguiría sostenido por una combinación de tipos reales deprimidos, déficit públicos elevados y un sistema financiero global acostumbrado a operar bajo la red de seguridad de los bancos centrales.

Consecuencias para inversores, Estados y sectores económicos

El nuevo nivel de precios del oro tiene ganadores y perdedores claros. Entre los primeros figuran las compañías mineras, cuyos márgenes se han disparado. Con costes de extracción medios estimados por debajo de los 1.300 dólares por onza en muchas explotaciones, los precios actuales ofrecen colchones de rentabilidad sin precedentes y explican el fuerte repunte bursátil del sector en los últimos trimestres.

Sin embargo, el impacto sobre la economía real es más ambiguo. Un oro tan caro encarece la joyería y ciertos usos industriales, lo que puede lastrar la demanda física en mercados clave como India o China. Para los Estados, el efecto depende de su posición neta: los países con elevadas reservas de oro —como Estados Unidos, Alemania o Italia— ven cómo su balance patrimonial mejora de forma indirecta, mientras que otros con reservas reducidas quedan más expuestos a la volatilidad de sus monedas y de la deuda.

Para los inversores particulares, la situación plantea un dilema clásico. Quienes entraron en el metal por debajo de los 3.000 dólares se enfrentan a la tentación de tomar beneficios, mientras que los recién llegados asumen el riesgo de comprar cerca de máximos históricos. «El oro funciona como seguro, no como apuesta táctica permanente», recuerdan en una gran entidad española. La cuestión clave es cuánto de este precio responde a fundamentos sólidos y cuánto al miedo coyuntural ligado a la agenda política de Washington.

Escenarios si estalla la guerra comercial entre Estados Unidos y Europa

El posible choque comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea añade una capa de complejidad adicional. En un escenario suave, en el que la disputa sobre Groenlandia se traduce en retórica elevada pero sin medidas arancelarias de gran calado, el impacto sobre el crecimiento global podría limitarse a unas décimas del PIB y el oro podría estabilizarse en una banda entre 4.500 y 4.800 dólares.

En un escenario adverso, con aranceles cruzados sobre sectores sensibles —automoción, agroalimentario, aeronáutica— y represalias jurídicas en la Organización Mundial del Comercio, el golpe al comercio transatlántico sería mucho más severo. En ese contexto, no sería descartable ver al oro acercarse a la cota psicológica de los 5.000 dólares, especialmente si los bancos centrales se ven obligados a responder con nuevas medidas de estímulo que hundan aún más los tipos reales.

Finalmente, un escenario de desescalada negociada —por ejemplo, mediante algún tipo de acuerdo simbólico sobre la presencia estadounidense en Groenlandia que permita salvar la cara a todas las partes— podría aliviar la presión sobre el metal. Sin embargo, incluso en ese caso, el episodio dejaría una huella: confirmaría a muchos inversores que el riesgo político es un componente permanente del nuevo orden económico global y reforzaría el papel del oro como cobertura estructural en las carteras.

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