Dow Jones pierde los 50.000 y Lagarde convierte el comercio en un asunto de seguridad nacional para Europa

La presidenta del BCE avisa en Múnich de que las cadenas de suministro son ya vulnerabilidades estratégicas y reclama una autonomía “selectiva” frente a Estados Unidos, China y Rusia
Bruselas
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Europa vuelve a mirarse al espejo en plena tormenta geopolítica. Desde el escenario de la Conferencia de Seguridad de Múnich, Christine Lagarde rompió el guion clásico de un banquero central y habló menos de tipos de interés y más de cadenas de suministro, armas económicas y seguridad. Su mensaje fue tan directo como incómodo: en un mundo de bloques, “el comercio es tanto una cuestión de seguridad como un asunto económico” y la interdependencia que durante décadas se vendió como garantía de estabilidad se ha convertido en punto débil explotable por potencias rivales.

En paralelo, la presidenta del BCE recordó el viejo mantra de los padres fundadores: “Europa crece en tiempos de crisis”, y aseguró que la Unión “es más fuerte y mejora cuando atraviesa dificultades”, en referencia a la pandemia, la guerra de Ucrania, la inflación energética y ahora la fragmentación geoeconómica. El reto, admitió, es transformar esta nueva ola de choques en una agenda coherente de autonomía estratégica sin destruir la competitividad de las empresas europeas.

Un rally de los transportes que no es el “semáforo verde” definitivo

El reciente comportamiento del Dow Jones Transportation Average ha despertado euforia entre los alcistas. Desde finales de octubre hasta el 12 de febrero, el índice de transportes ha subido en torno a un 23%, frente a apenas un 4% del Dow Jones Industrial Average. Es decir, una “alpha” cercana a los 20 puntos porcentuales en poco más de tres meses, suficiente para que muchos en Wall Street hablen de “luz verde” para el ciclo alcista y de una confirmación casi canónica de la vieja Dow Theory.

Sin embargo, reducir el análisis a un simple titular de confirmación técnica es, como mínimo, simplificador. La rotación reciente refleja que sectores rezagados empiezan a despertar tras años de dominio casi exclusivo de un puñado de mega-tecnológicas. Esa ampliación del liderazgo sí es una señal saludable: un mercado alcista sólido “funciona a varios cilindros”, no solo con cinco o seis grandes nombres tirando del índice.

Pero de ahí a concluir que cualquier fase de outperformance de los transportes garantiza nuevas subidas generalizadas hay un salto que los datos no respaldan. El rally dice más sobre la normalización del ciclo de sectores cíclicos que sobre una profecía inapelable para el conjunto del mercado.

Lo que revela un siglo de datos sobre industriales y transportes

El propio Mark Hulbert ha puesto a prueba la narrativa alcista con algo más que intuición. Tomando como referencia el S&P 500, calculó para cada día de los últimos 100 años la “alpha” de los transportes frente a los industriales en ventanas móviles de 72 sesiones (aprox. tres meses y medio, el mismo tramo desde el giro de finales de octubre). El resultado es incómodo para los entusiastas: el S&P 500 lo ha hecho mejor, de media, cuando los industriales superaban a los transportes, y no al revés.

Es cierto que la diferencia no es estadísticamente significativa al 95%, de modo que la conclusión honesta es que no hay evidencia robusta de que el liderazgo de los transportes anticipe nada especial para la bolsa en su conjunto. En promedio, el mercado se comporta de forma similar tanto si mandan los industriales como si lo hacen los transportes.

La lección de fondo es doble. Primero, que conviene desconfiar de los relatos demasiado elegantes construidos a partir de un solo indicador. Segundo, que lo verdaderamente positivo del momento actual no es el “mensaje” místico del Dow de transportes, sino que la subida empieza a repartirse por más sectores, un requisito clásico para que un mercado alcista sea sostenible en el tiempo.

Europa en modo crisis permanente

Lagarde llegó a Múnich con una lista de crisis que parece no tener fin: la pandemia y sus cuellos de botella, la guerra en Ucrania, la arma energética de Rusia, las tensiones comerciales con China y las amenazas de nuevos aranceles estadounidenses si Bruselas no se alinea con la Casa Blanca.

En este contexto, la presidenta del BCE rescató la idea de que la UE se ha construido a golpe de shock: de la crisis del carbón y del acero al euro, pasando por la gran recesión y la respuesta conjunta a la COVID con el fondo Next Generation. Ahora, el desafío es distinto: no se trata solo de levantar mecanismos internos, sino de reposicionar a Europa en un tablero global donde el mercado deja de ser neutral y los flujos de bienes, energía y tecnología se usan como palanca de presión.

La paradoja es evidente. Europa es, en palabras de Lagarde, “la economía más abierta entre las grandes potencias”, profundamente integrada en las cadenas globales de valor. Esa apertura fue una ventaja durante décadas, pero hoy la expone más que a nadie al corte de suministros, a los vetos tecnológicos y a las guerras de aranceles. El viejo modelo de crecimiento basado en energía barata rusa, demanda china y paraguas de seguridad estadounidense ha quedado definitivamente roto.

Las cadenas de suministro, nuevo frente de riesgo

El núcleo del discurso de Lagarde fue técnico pero demoledor. Según el análisis del Eurosistema, un corte repentino del 50% de las importaciones procedentes de proveedores “geopolíticamente lejanos” provocaría una caída de entre el 2% y el 3% del valor añadido manufacturero en la zona euro, con especial impacto en equipos eléctricos, química y electrónica. En sectores ya sometidos a márgenes estrechos, ese golpe bastaría para poner contra las cuerdas a cientos de empresas medianas.

Lo más grave es que muchas de esas dependencias son difíciles de diversificar o sustituir en el corto plazo: materias primas críticas, componentes de alta tecnología, insumos para baterías o semiconductores. El mensaje a los gobiernos y a los consejos de administración es claro: la gestión del riesgo de suministro ha dejado de ser una función periférica para convertirse en pieza central de la seguridad económica.

En paralelo, los datos del mercado energético confirman ese giro de fondo. El recuento semanal de Baker Hughes muestra que Estados Unidos mantiene 551 plataformas activas, con 409 dedicadas a petróleo y 133 a gas, pero con una caída de 72 equipos respecto al año anterior. Menos rigs hoy pueden implicar mayor volatilidad de precios mañana, justo cuando Europa aún digiere el corte del gas ruso y busca proveedores alternativos.

Tres estrategias para una autonomía que aún no encaja

Lagarde ordenó el caótico debate sobre “autonomía estratégica”, “reshoring” y “friendshoring” en tres estrategias distintas: independencia, indispensabilidad y diversificación.

  • Independencia: reconstruir en casa partes críticas de la cadena de valor, aunque salga más caro, para reducir la exposición a terceros países.

  • Indispensabilidad: no intentar producirlo todo, sino ser imbatibles en eslabones clave, de forma que el resto del mundo necesite a Europa.

  • Diversificación: repartir riesgos entre varios socios para que ningún corte aislado paralice la economía.

Todas son legítimas, reconoció, pero no son intercambiables. Pretender plena independencia en sectores donde Europa llega tarde —citó el caso de los chips avanzados— puede generar “campeones huecos”: empresas subvencionadas, protegidas en su mercado doméstico pero incapaces de competir fuera y que además suministran tecnología de segunda a industrias estratégicas.

Al mismo tiempo, confiar ciegamente en el libre comercio, incluso dentro de alianzas, también es arriesgado: “los socios de confianza no siempre lo siguen siendo”, advirtió. La conclusión es inequívoca: Europa necesita una cartografía granular de sus dependencias, priorizar dónde tiene sentido pagar más por capacidad propia y dónde basta con diversificar proveedores.

El BCE se blinda: euro como ancla en un mundo fragmentado

Aunque el discurso no era de política monetaria, Lagarde aprovechó para anunciar un movimiento con fuerte carga estratégica: la expansión de la línea EUREP, el mecanismo permanente que ofrece liquidez en euros a bancos centrales de fuera de la zona euro a cambio de colateral de alta calidad.

Hasta ahora, muchas de esas líneas eran temporales y regionales. Con la reforma, el BCE pasa a ofrecer acceso continuo y global, con un principio llamativo: el acceso se concede por defecto salvo que haya motivos para limitarlo. Es decir, el euro se consolida como moneda de refugio para bancos centrales de todo el mundo ante episodios de estrés financiero derivados, precisamente, de crisis de suministro o tensiones geopolíticas.

El objetivo de fondo es evitar que, ante un shock en los mercados, los bancos centrales extranjeros se vean obligados a vender masivamente activos denominados en euros para conseguir liquidez, lo que podría bloquear la transmisión de la política monetaria y agravar la volatilidad. La jugada encaja con la ambición de Bruselas de reforzar el papel internacional del euro y de reducir la dependencia del dólar en un entorno de sanciones cruzadas y controles de capital.

Inflación rusa, petróleo y la factura de la seguridad económica

Las advertencias de Lagarde llegan con un telón de fondo inquietante: la inflación rusa ha vuelto a repuntar al 6% en enero, frente al 5,6% de diciembre, impulsada por la subida del IVA y por las tensiones de oferta de una economía en guerra. El dato confirma que la utilización del comercio y la energía como armas —tanto por parte del Kremlin como de los países occidentales mediante sanciones— tiene un coste macroeconómico palpable.

Para Europa, el shock energético de 2022-2023 fue una lección acelerada de vulnerabilidad: gas ruso cortado, precios disparados y factura fiscal de decenas de miles de millones para proteger a hogares y empresas. Esa experiencia explica que la presidenta del BCE insista ahora en que “las dependencias se han convertido en vulnerabilidades de seguridad” y que el debate sobre la competitividad europea ya no pueda separarse de la geopolítica.

La tensión sobre la oferta de crudo y gas —con menos plataformas en Estados Unidos, sanciones a Rusia y un mercado cada vez más concentrado— anticipa episodios de volatilidad que pueden volver a presionar la inflación europea, justo cuando el BCE intenta consolidar el regreso al entorno del 2% objetivo.

Europa “crece en las crisis”, pero a costa de más deuda y más subsidios

Cuando Lagarde afirma que “Europa crece en tiempos de crisis”, no se refiere solo al tamaño de la economía, sino a la integración institucional: más fondos comunes, más competencias compartidas, más instrumentos de estabilización. Pero cada escalón ha llegado acompañado de más deuda, más subsidios y más regulación.

El informe Draghi sobre competitividad, respaldado por la propia Lagarde, ya alertó en 2024 de que la UE corría el riesgo de quedarse atrapada entre un Estados Unidos hiperinnovador y una China agresiva en precio y escala si no simplificaba su marco regulatorio y no daba salto en inversión público-privada. La nueva ola de subsidios industriales —chips, baterías, hidrógeno— corre el riesgo de dispersarse en proyectos poco coordinados si no se conecta con el mapa real de dependencias que el BCE y la Comisión empiezan a dibujar.

El diagnóstico es claro: Europa no puede permitirse una autonomía estratégica basada solo en cheques. Necesita prioridades, disciplina y una evaluación honesta de qué sectores pueden ser realmente punteros y cuáles es mejor asegurar mediante alianzas y contratos a largo plazo.

Del discurso a las hojas de ruta

El paso de Lagarde por Múnich marca un punto de inflexión: la seguridad económica deja de ser un asunto de diplomáticos y ministros de Defensa para entrar de lleno en la agenda de bancos centrales, empresas y supervisores.

En los próximos meses, la Comisión Europea y los Estados miembros tendrán que concretar:

  • Listas cerradas de sectores y productos críticos, con objetivos de independencia, indispensabilidad o diversificación para cada uno.

  • Incentivos coordinados para evitar una carrera de subsidios nacionales que fragmente aún más el mercado interior.

  • Mecanismos de coordinación financiera, en los que el BCE, con su red de líneas de liquidez en euros, actúe como cortafuegos en crisis de confianza.

Para las empresas, el mandato implícito es evidente: auditar sus cadenas de suministro, simular escenarios de corte del 50% en insumos clave y decidir si el riesgo se gestiona con almacén, con contratos alternativos o con relocalización parcial. Quien se adelante tendrá ventaja cuando llegue el próximo shock; quien llegue tarde descubrirá que la “autonomía estratégica” se ha construido sin él.

Lagarde ha puesto las palabras: el comercio es seguridad, y Europa solo crecerá de verdad en esta nueva crisis si sabe traducir el diagnóstico en decisiones concretas. El tiempo, y los próximos sobresaltos de la geopolítica, dirán si el continente está a la altura de su propio relato.

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