Atlas/3I: ¿la NASA está borrando anomalías del registro histórico en tiempo real?
La polémica por los meteoros interestelares ha salido de los seminarios de astrofísica para instalarse en el terreno más delicado: la integridad de las bases de datos científicas oficiales. Según un análisis forense publicado por The Sentinel, especializado en OSINT, la NASA/JPL habría modificado de forma silenciosa un registro clave del catálogo de bolas de fuego de CNEOS menos de 24 horas después de que el astrónomo Avi Loeb y su equipo difundieran un artículo que identificaba dos meteoros (de 2022 y 2025) como candidatos a objetos interestelares.
Loeb sostiene que ese cambio —invertir el signo de un componente de velocidad del meteoro de 2025— tiene un efecto decisivo: “aterriza” matemáticamente el objeto dentro del sistema solar y elimina su carácter anómalo. El episodio se suma a una cadena de rechazos editoriales que, según el propio investigador, están bloqueando trabajos sobre el enigmático 3I/ATLAS, el posible tercer objeto interestelar detectado.
La acusación es grave: pasar de la sana controversia científica a una “curaduría” activa de datos incómodos. Para unos, un choque más en el debate sobre estándares y controles. Para otros, la señal de que parte del “establishment” estaría intentando cerrar la puerta a investigaciones sobre inteligencia no terrestre antes incluso de que entren en revisión.
Un catálogo de meteoros en el punto de mira
El catálogo de bolas de fuego de CNEOS (Center for Near Earth Object Studies) es, en apariencia, uno de los repositorios más asépticos del ecosistema NASA: kilómetros por segundo, coordenadas, horas, energía liberada. Años de impactos registrados por sensores militares y civiles resumidos en tablas que, hasta ahora, se consideraban inmutables salvo corrección documentada.
Según reconstruye The Sentinel, Loeb y su postdoc Richard Cloete se fijaron en dos eventos (uno de 2022 y otro de 2025) cuyos parámetros de velocidad, analizados estadísticamente, apuntaban a un origen interestelar con probabilidad muy elevada. No sería la primera vez: el propio Loeb ya defendió en 2019 el carácter interestelar del meteoro IM2, apoyado después por una carta del Comando Espacial de EEUU.
El nuevo trabajo, colgado en abierto, extendía esa lógica: si el sistema solar es permeable, los impactos interestelares serían más frecuentes de lo que sugiere el consenso actual. Para una parte de la comunidad, solo una curiosidad estadística. Para otros, un indicio de que la frontera entre “rocas naturales” y posibles artefactos de origen artificial merece ser explorada con menos prejuicios.
La “edición silenciosa” y el rastro en el archivo web
El giro llega, según el relato de Loeb y el análisis de The Sentinel, cuando menos de un día después de difundirse el preprint, la NASA/JPL actualiza el registro del meteoro de 2025. No hay nota técnica, ni comunicado, ni aviso visual. Solo un cambio en una columna: el signo de una componente de la velocidad.
Ese detalle, irrelevante para un lector casual, altera por completo el resultado del cálculo: la trayectoria deja de exigir una velocidad hiperbólica respecto al Sol y pasa a ser compatible con un objeto ligado gravitatoriamente al sistema solar. En la práctica, el meteoro deja de ser candidato “interestelar” y se convierte en un dato más de la serie histórica.
Loeb detecta el cambio porque, como cualquier analista de código abierto, había guardado copia previa y recurre al Internet Archive para documentar el “antes” y el “después”. Desde su blog, denuncia que una corrección de esa magnitud debería ir acompañada de una explicación pública: “Si el dato era incorrecto, la integridad científica exige una fe de errores, no una edición retroactiva silenciosa”, viene a argumentar.
La NASA, de momento, no ha ofrecido una versión detallada en abierto sobre el caso concreto citado. La ausencia de contexto alimenta la crítica de The Sentinel: cuando el cambio se produce justo después de hacerse público un resultado incómodo, la sospecha de “gatekeeping” se dispara, aunque la explicación pudiera ser tan simple como una revisión de calidad de los datos de origen militar.
El muro editorial: “de poco interés para la comunidad”
El análisis cita un segundo frente: la resistencia en las revistas científicas. Loeb relata que un editor asociado de una prestigiosa publicación de astrofísica rechazó enviar su nuevo artículo sobre meteoros interestelares a revisión externa con un argumento repetido palabra por palabra en al menos tres ocasiones: “Creo que su trabajo sería de escaso interés para la comunidad”.
Entre los textos rechazados con esa fórmula figuran, según el propio Loeb, un estudio sobre la física de la “anti-cola” de 3I/ATLAS y otro sobre su rotación y bamboleo anómalos. El primero acabaría siendo aceptado en otra revista —Monthly Notices of the Royal Astronomical Society— y recibió buenas críticas, lo que refuerza la idea de que el problema no era la calidad técnica, sino una percepción previa de qué temas encajan o no en el marco “aceptable”.
El resultado práctico es un cuello de botella: si un reducido grupo de editores dispone de la capacidad de bloquear sistemáticamente líneas de trabajo incómodas, el famoso filtro de la revisión por pares deja de ser un mecanismo de control de calidad para convertirse, en términos de The Sentinel, en “filtro de realidad”. La frontera entre escepticismo sano y conservadurismo bloqueante se vuelve difusa.
Cazadores de datos frente a curadores del consenso
The Sentinel describe el choque como una bifurcación dentro de la comunidad científica. Por un lado estarían los Data Hunters: investigadores que explotan sensores, satélites y bases de datos abiertas con mentalidad OSINT, dispuestos a seguir cualquier anomalía hasta sus últimas consecuencias. En este grupo situaría a Loeb, al Proyecto Galileo y a analistas independientes que revisan catálogos públicos en busca de señales fuera de guion.
En el otro extremo estarían los Curators: quienes se ven a sí mismos como guardianes de la estabilidad del modelo estándar y que, según la crítica, tenderían a filtrar o relativizar cualquier dato que amenace ese equilibrio. En teoría, su papel es evitar falsas alarmas y modas especulativas; en la práctica, pueden acabar descartando lo que Loeb llama “los bebés nonatos del descubrimiento científico” antes de que lleguen al “incubador” de la revisión formal.
El debate no es nuevo —cada revolución científica tuvo su batalla entre innovadores y guardas del templo—, pero la digitalización lo amplifica: hoy es posible reconstruir cada cambio en una base de datos, cada rechazo editorial y cada correo de respuesta estándar. Eso da munición a quienes hablan de “supresión”, pero también obliga a todos los actores a ser más transparentes en sus decisiones.
Riesgos de la corrección retroactiva sin transparencia
Más allá de la figura de Loeb, el caso plantea una cuestión de fondo: cómo se corrigen grandes bases de datos públicas en un entorno de vigilancia permanente. Nadie discute que existan errores de medición o de transcripción; la ciencia se corrige a sí misma precisamente afinando datos. El problema aparece cuando esos ajustes se hacen sin trazabilidad visible y coinciden en el tiempo con la publicación de un análisis polémico.
Para la comunidad, el riesgo es doble. En primer lugar, se erosiona la confianza en las instituciones: si un simple cambio de signo puede alterar el estatus de un objeto sin que quede rastro de quién, cuándo y por qué lo ordenó, la tentación de ver conspiraciones donde quizá solo hay burocracia crece. En segundo lugar, se invita a que los investigadores más heterodoxos trasladen sus trabajos a canales alternativos —blogs, substacks, medios como The Sentinel—, fuera de los mecanismos tradicionales de contraste.
La consecuencia puede ser paradójica: el intento de preservar la “respetobilidad” de las revistas y catálogos oficiales acaba generando una esfera paralela de publicaciones donde conviven análisis rigurosos y teorías infundadas, difícil de distinguir para el público general. La mejor defensa frente a esa deriva no es cerrar más, sino abrir procesos, documentar correcciones y asumir que los errores también forman parte de la historia científica.
De los datos macro a la climatología
El episodio recuerda a debates ya vividos en otras disciplinas. En economía, los cambios metodológicos en series de PIB o de inflación suelen ir acompañados de revisiones históricas y notas técnicas de decenas de páginas. En climatología, los reajustes en registros de temperatura se documentan con extremo detalle para evitar cualquier sospecha de “cocina” ideológica.
En esos ámbitos, la comunidad ha aprendido —a veces a golpe de escándalo— que explicar demasiado es mejor que explicar demasiado poco. Cada corrección sin nota, cada tabla actualizada sin “changelog”, alimenta la narrativa de quienes sostienen que los datos se alteran a conveniencia. Lo que The Sentinel denuncia en el caso CNEOS no es tanto la existencia de un error, sino la opacidad del proceso de corrección.
Para una agencia como la NASA, cuya credibilidad pública es un activo estratégico que vale miles de millones en financiación y apoyo político, estos debates no son menores. La reputación de rigor se construye en décadas y puede erosionarse en unos pocos episodios mal gestionados.
Más ojos sobre los catálogos
El efecto inmediato del artículo de The Sentinel y de las entradas de blog de Loeb es previsible: más ojos revisando catálogos. No solo el de CNEOS, sino cualquier base de datos que alimente debates sensibles, desde los TLE de satélites hasta archivos de observatorios militares desclasificados. La cultura OSINT aplicada a la ciencia ha llegado para quedarse.
A corto plazo, cabe esperar que instituciones como NASA/JPL refuercen sus protocolos de transparencia: historiales públicos de cambios, sellos temporales, explicaciones técnicas cuando se alteren parámetros cruciales. No por miedo a conspiraciones, sino por higiene metodológica en un contexto donde cada línea de datos puede ser replicada en segundos en cualquier parte del mundo.
A medio plazo, el verdadero reto es equilibrar escepticismo y apertura. La comunidad no puede convertir cada anomalía en prueba de vida extraterrestre, pero tampoco puede permitirse que la defensa del consenso derive en un reflejo de censura preventiva. Si algo enseña la historia de la ciencia es que muchas de las grandes revoluciones empezaron como puntos raros en una hoja de datos. Borrarlos en silencio no los hace desaparecer; solo traslada la discusión a otro lugar, menos controlado y, quizá, menos exigente.

