El nuevo relevo de cuatro astronautas alarga la vida de la Estación Espacial Internacional

SpaceX afianza su hegemonía con la misión Crew-12 de la NASA

La madrugada de este viernes, un Falcon 9 volvió a iluminar el cielo de Florida. Desde la base espacial de Cabo Cañaveral despegó la misión Crew-12, con cuatro astronautas rumbo a la Estación Espacial Internacional, donde permanecerán alrededor de ocho meses. Es la duodécima rotación regular de tripulación contratada por la NASA a SpaceX y el vigésimo vuelo tripulado de la cápsula Crew Dragon. Detrás de la espectacularidad del lanzamiento late un dato económico contundente: cada asiento en este vuelo resulta decenas de millones más barato que las alternativas que manejaba Washington hace apenas una década. Al mismo tiempo, Europa y Rusia confirman su dependencia del hardware estadounidense para mantener vivo el gran laboratorio orbital. La tripulación la forman la astronauta estadounidense Jessica Meir, que ya vivió a bordo de la estación durante la primera caminata espacial íntegramente femenina, el también estadounidense Jack Hathaway, la francesa Sophie Adenot y el cosmonauta ruso Andrey Fedyaev. Todos viajarán en la cápsula Freedom, reutilizada por quinta vez, que tardará unas 34 horas en acoplarse al complejo en órbita baja.

 

EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

El nuevo golpe de SpaceX al viejo modelo espacial

Crew-12 despegó a las 5.15 de la mañana (hora local) desde la plataforma SLC-40 de Cabo Cañaveral, impulsada por un Falcon 9 de dos etapas que, como ya es rutina, recuperó su primer escalón pocos minutos después sobre una nueva zona de aterrizaje en tierra firme. La aceleración de hasta 2 g durante el ascenso y la apertura posterior de la cofia marcaron el inicio de una misión de entre ocho y nueve meses que devolverá a la Estación Espacial Internacional (ISS) a su configuración estándar de siete tripulantes.

La Estación Espacial Internacional (ISS) venía operando con una dotación mínima desde la vuelta anticipada de Crew-11, obligada por la primera evacuación médica en la historia del complejo. Crew-12 actúa así como refuerzo de emergencia para un programa que lleva más de 25 años de ocupación continua y que sigue siendo, pese a su edad, la infraestructura científica más cara jamás construida en órbita, con una inversión acumulada superior a los 100.000 millones de dólares entre todos sus socios. La escena del Falcon 9 elevándose sobre el Atlántico oculta, sin embargo, otro cambio de fondo: la transición de la exploración tripulada de baja órbita hacia un esquema en el que el Estado compra billetes, no cohetes.

Por qué NASA vuelve a apostar por lo privado

El lanzamiento de Crew-12 se enmarca en el Programa de Tripulación Comercial de la NASA, la estrategia diseñada por la agencia estadounidense tras la retirada de los transbordadores en 2011 para dejar en manos de la industria el transporte rutinario a la ISS. Entre 2011 y 2020, Washington tuvo que comprar 70 asientos en cápsulas Soyuz rusas para sus astronautas, pagando hasta 90 millones de dólares por plaza en los últimos años. La dependencia geopolítica resultaba cada vez más incómoda y el coste, difícilmente sostenible.

La respuesta fue un concurso que, en 2014, adjudicó a SpaceX y Boeing contratos por 2.600 y 4.200 millones de dólares respectivamente para desarrollar y operar sistemas de transporte tripulado. Los informes de la Oficina del Inspector General de la NASA estiman que el coste por asiento en Crew Dragon ronda los 55-70 millones de dólares, frente a los unos 90 millones previstos para la cápsula Starliner de Boeing. La consecuencia es clara: cada rotación como Crew-12 ahorra a los contribuyentes estadounidenses decenas de millones respecto a seguir volando con Rusia… y también respecto a la opción de su gran contratista tradicional.

“La diferencia de costes por asiento ya no es una cuestión técnica, sino política”, resume un veterano analista del sector consultado por este diario. “Mientras la NASA mantenga la ISS hasta 2030, cada misión que vuela con el proveedor más caro erosiona su capacidad de financiar el siguiente salto: la Luna y, después, Marte.”

Dragon Freedom: la cápsula reutilizada que abarata el billete a órbita

Crew-12 viaja en la cápsula Freedom, identificada como C212. Es su quinto vuelo al espacio y el tercero con una tripulación completamente nueva, tras haber servido ya en las misiones Crew-4, Axiom-2, Axiom-3 y Crew-9. Entre su último aterrizaje y el lanzamiento de hoy han pasado 503 días, un plazo de reacondicionamiento que ilustra la madurez industrial del sistema.

El Falcon 9 que la impulsa se ha convertido en el auténtico caballo de batalla de la economía espacial: suma ya en torno a 600 misiones, con más de 550 aterrizajes exitosos de sus primeras etapas, cifras impensables cuando la regla era desechar el cohete tras un solo uso. Cada reutilización amortiza el coste de producción y recorta el precio efectivo de cada lanzamiento, permitiendo ofrecer a la NASA tarifas competitivas incluso dentro de un contrato a precio fijo firmado antes de que el sistema demostrara plenamente su capacidad de reuso.

“Con Freedom volando cinco veces y un cohete que aterriza de rutina, SpaceX ha convertido el acceso a la órbita baja en una línea de producción casi en serie,” señalan fuentes del sector. “Ese es el verdadero salto cualitativo frente a la era del transbordador: no solo es más seguro, sino que permite planificar misiones con márgenes económicos que antes eran inimaginables.” El diagnóstico es inequívoco: sin esta lógica industrial, la ISS difícilmente habría podido prolongar su vida útil hasta finales de la década.

El laboratorio en órbita que prepara el salto a la Luna y Marte

Más allá del transporte, el objetivo de Crew-12 es reforzar la agenda científica de la ISS. Durante los próximos meses, la tripulación participará en experimentos que van desde el comportamiento de bacterias asociadas a la neumonía en microgravedad hasta la interacción planta-microbio para garantizar cultivos estables en misiones de muy larga duración. También se pondrá a prueba un nuevo dispositivo de ejercicio multifunción destinado a futuras bases lunares, pensado para reducir la pérdida de masa ósea y muscular de los astronautas.

Los cuatro miembros de Crew-12 contribuirán además a estudios sobre preservación de fluidos intravenosos, salud cerebral y visión en microgravedad, así como al crecimiento de plantas en sistemas cerrados, todos ellos factores clave de cara a misiones a Marte en la década de 2030. Estos proyectos se solaparán en el tiempo con Artemis II, el vuelo tripulado alrededor de la Luna que la NASA prevé lanzar también en 2026, lo que permitirá cruzar datos entre tripulaciones en órbita baja y tripulaciones en órbita lunar. El contraste con otras épocas resulta demoledor: hoy, cada rotación a la ISS está pensada como un ensayo general del siguiente escalón del programa lunar y marciano.

Un reparto de costes que penaliza a Boeing y premia a SpaceX

El éxito rutinario de Crew-12 llega en un momento delicado para el otro gran proveedor del Programa de Tripulación Comercial, Boeing. Su cápsula Starliner acumula años de retrasos y sobrecostes de más de 2.000 millones de dólares asumidos por la propia compañía, según sus informes financieros. La primera misión tripulada terminó con dos astronautas atrapados durante nueve meses en la ISS por problemas en el sistema de propulsión, hasta que la NASA decidió devolver el vehículo vacío y traer a los tripulantes de regreso en una misión de SpaceX.

Ante esta cadena de fallos, la agencia estadounidense ha recortado de seis a cuatro las misiones garantizadas a Starliner y ha dejado las dos últimas como opcionales, mientras estudia exigir incluso un tercer vuelo de prueba no tripulado antes de volver a enviar personas a bordo. En paralelo, ha ampliado hasta 14 el número de rotaciones encargadas a Crew Dragon, elevando el valor del contrato con SpaceX hasta casi 4.930 millones de dólares. Lo más grave, desde el punto de vista de la política industrial estadounidense, es que la NASA está pagando, de facto, más del doble por asiento en Starliner que en Dragon para lograr exactamente el mismo servicio: llevar cuatro personas a la ISS y mantenerlas allí unos seis u ocho meses.

Europa y Rusia: socios imprescindibles, pero sin nave propia

La presencia de Agencia Espacial Europea (ESA) en Crew-12, a través de la francesa Sophie Adenot, tiene una lectura incómoda para el Viejo Continente. La astronauta viajará en un vehículo diseñado, fabricado y operado por una compañía estadounidense, lanzado desde suelo estadounidense y pagado mayoritariamente con presupuesto estadounidense. Europa aporta tecnología a la ISS, módulos científicos y financiación, pero continúa sin disponer de un sistema propio de transporte tripulado, más allá de los planes aún embrionarios para futuras cápsulas reutilizables.

En el caso ruso, la participación del cosmonauta Andrey Fedyaev refleja una realidad similar: tras décadas en las que la Soyuz era prácticamente la única puerta de acceso al espacio para los occidentales, la corporación Roscosmos ha pasado a compartir tripulación con su antiguo cliente. Entre 2006 y 2020, la NASA gastó cerca de 3.900 millones de dólares en comprar esos 70 asientos a Rusia, y el precio llegó a escalar hasta los 86-90 millones por plaza antes de la entrada en servicio de Crew Dragon. Hoy el intercambio de astronautas sirve para mantener cierta cooperación en plena tensión geopolítica, pero también subraya que el centro de gravedad tecnológico se ha desplazado con claridad hacia la costa de Florida.

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