Avi Loeb va más allá con 3I/ATLAS: "Podría ir sembrando vida por la galaxia"

La hipótesis de usar un objeto interestelar como arca biológica reabre el debate sobre cómo pudo sembrarse la vida en el Universo
NASA’s Hubble Space Telescope reobserved interstellar comet 3I/ATLAS Nov. 30, with its Wide Field Camera 3 instrument.
NASA, ESA, STScI, D. Jewitt (UCLA), M.-T. Hui (Shanghai Astronomical Observatory). Image Processing: J. DePasquale (STScI)
NASA’s Hubble Space Telescope reobserved interstellar comet 3I/ATLAS Nov. 30, with its Wide Field Camera 3 instrument. NASA, ESA, STScI, D. Jewitt (UCLA), M.-T. Hui (Shanghai Astronomical Observatory). Image Processing: J. DePasquale (STScI)

La visita fugaz del cometa interestelar 3I/ATLAS, descubierto en julio de 2025, ha disparado una de las preguntas más provocadoras de la astrobiología reciente: ¿podría llevar vida en su polvo… o incluso ser usado por humanos para sembrarla en otros sistemas estelares? El astrofísico Avi Loeb sostiene que, por menos de 4.000 millones de dólares, una misión actual podría inyectar microbios terrestres en el interior del objeto y convertirlo en un mensajero biológico a 60 km por segundo, durante miles de millones de años.
Los nuevos datos de James Webb Space Telescope (JWST) y SPHEREx muestran una mezcla abundante de agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono, metano y moléculas orgánicas en su coma, con patrones temporales de emisión que han desconcertado a los investigadores.
El contraste es claro: mientras la comunidad científica pide prudencia ante cualquier atisbo de “biofirma”, Loeb va un paso más allá y plantea si la propia humanidad debería practicar “panspermia dirigida” utilizando visitantes interestelares como este. La pregunta de fondo es tan incómoda como estimulante: si podemos imaginarlo, ¿y si otra civilización ya lo hizo antes?

Un visitante interestelar y una oportunidad irrepetible

3I/ATLAS es solo el tercer objeto interestelar detectado en nuestro Sistema Solar, tras ‘Oumuamua y 2I/Borisov. Fue descubierto el 1 de julio de 2025 por el sistema de telescopios ATLAS de NASA, y las observaciones posteriores lo han descrito como el visitante extragaláctico más grande y luminoso visto hasta ahora. Viaja a una velocidad de unos 245.000 km/h, suficiente para escapar definitivamente del campo gravitatorio solar.

Desde su hallazgo, una batería de instrumentos —entre ellos SPHEREx y el infrarrojo medio de JWST— ha seguido su evolución antes y después del perihelio, que se produjo a finales de octubre de 2025. Las imágenes en el rango de 0,75 a 5 micras muestran una envoltura de polvo y compuestos orgánicos con forma “de pera”, incluyendo una anti-cola que apunta hacia el Sol, mientras seis plumas de gas aparecen casi circulares y simétricas.

Lo más relevante para los astrobiólogos no es solo su rareza estadística, sino el hecho de que su composición se parece sorprendentemente a la de muchos cometas del Sistema Solar: agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono y metano en cantidades apreciables. El diagnóstico es inequívoco: 3I/ATLAS ofrece una ventana única para comparar la “química del hielo” de otros sistemas planetarios con la nuestra y, de paso, para ensayar mentalmente cómo podría viajar la vida entre las estrellas.

De Marte a la panspermia: la vieja idea de sembrar vida

La idea de que la vida pueda saltar de un mundo a otro no es nueva. La hipótesis de la panspermia sostiene que microbios resistentes pueden viajar protegidos en rocas expulsadas por impactos o en granos de polvo helado, sobrevivir durante millones de años en el espacio y reactivarse al caer sobre un planeta fértil.

Ya se sabe que hubo intercambio de materiales entre Marte y la Tierra en la juventud del Sistema Solar. Meteoritos como el famoso ALH84001 prueban que fragmentos marcianos pudieron llegar aquí sin superar los 40 ºC durante el viaje, un rango compatible con la supervivencia de ciertas bacterias. Estudios genómicos sitúan al último ancestro común universal (LUCA) hace unos 4.200 millones de años, apenas unos cientos de millones de años después de la formación de la Tierra, lo que deja abierta la posibilidad de que la chispa original de la vida llegara “importada” desde Marte.

Sin embargo, este mecanismo natural es extremadamente ineficiente: solo una fracción minúscula de rocas expulsadas escapa de su planeta, menos aún sobreviven al espacio profundo y una proporción todavía menor aterriza en un entorno habitable sin abrasarse en la atmósfera. “La naturaleza hace panspermia, pero muy mal”, viene a decir Loeb. De ahí el salto conceptual: si la transferencia de vida es posible aunque rara, ¿por qué una civilización tecnológica no iba a optimizarla?

La propuesta radical: usar 3I/ATLAS como arca biológica

En su ensayo, Loeb plantea un experimento mental con calendario muy concreto. Según su relato, si tras el descubrimiento de 3I/ATLAS el 1 de julio de 2025, las agencias espaciales hubiesen reaccionado con máxima prioridad, podrían haber lanzado un interceptor destinado a encontrarse con el objeto en torno a su máximo acercamiento a la Tierra, el 19 de diciembre de 2025.

El plan sería que la nave impactara suavemente contra el cometa y depositara en su interior una cápsula sellada con microbios terrestres y nutrientes básicos. En el interior, una fuente de calor basada en material radiactivo mantendría el entorno en un rango de temperatura compatible con la vida, permitiendo que las colonias microbianas se estabilizaran y formasen una biopelícula dentro del hielo y el polvo.

Desde ese momento, 3I/ATLAS se convertiría en una especie de arca biológica interestelar, viajando a unos 60 km/s durante miles de millones de años, hasta cruzar la órbita de algún planeta habitable en otro sistema estelar. Cuando la radiación de su nueva estrella evaporase el hielo superficial, el polvo cargado de microorganismos se dispersaría como semillas de diente de león.

Loeb compara este proyecto con las “obras públicas cósmicas” que podrían justificar nuestra existencia como especie: en lugar de pirámides o rascacielos, dejaríamos como legado ecosistemas enteros floreciendo en otros rincones de la galaxia. La consecuencia es clara: la escala temporal del “monumento” pasaría de siglos a eones.

Metano, orgánicos y una química que desconcierta

Más allá de la especulación, los datos sobre la coma de 3I/ATLAS son objetivamente llamativos. Las observaciones combinadas de JWST y SPHEREx revelan que, además de agua y dióxido de carbono, el objeto libera monóxido de carbono (CO), metano (CH₄), metanol (CH₃OH), formaldehído (H₂CO) y etano (C₂H₆), con una tasa de producción de orgánicos que ronda el 14% de la del agua.

Lo que intriga a los investigadores es el patrón temporal de esa liberación. El metano, un hielo extremadamente volátil, no fue detectado en las primeras observaciones antes del perihelio, cuando debería sublimar con facilidad, pero sí aparece de forma clara después de que el objeto pase cerca del Sol. En cambio, el monóxido de carbono —aún más volátil— se detectó antes que el metano, en aparente contradicción con lo esperable si todo se debiera a capas superficiales de hielo expuestas de forma uniforme.

Una explicación posible es que el metano esté depletado en las capas externas y solo se libere cuando el calor solar penetra en profundidad, descongelando bolsas internas. Otra, más especulativa, es que parte del metano tenga un origen no puramente geoquímico. En la Tierra, una fracción significativa del metano atmosférico procede de actividad biológica. De ahí la pregunta deliberadamente provocadora de Loeb: ¿y si parte del metano de 3I/ATLAS es producido por vida?

Por ahora, el consenso prudente es tajante: no hay evidencia de vida, solo una química compleja que exige modelos más refinados sobre la formación y evolución de cometas interestelares. Pero el caso ilustra cómo una simple anomalía en los datos puede reabrir debates de fondo sobre el origen de la biología en el cosmos.

Un proyecto espacial más barato que un rascacielos

Uno de los argumentos más llamativos de Loeb es económico. Según sus cálculos, una misión de siembra biológica como la descrita —un interceptor con carga útil modesta y tecnología conocida— costaría menos que un gran rascacielos emblemático. El propio artículo cita el caso de One World Trade Center, en Nueva York, cuyo coste de construcción se aproxima a los 4.000 millones de dólares, convirtiéndolo en uno de los edificios de oficinas más caros del mundo.

En comparación, las grandes misiones científicas de la NASA —como algunos telescopios espaciales— se mueven en presupuestos similares o incluso inferiores, y una sonda de sobrevuelo sin necesidad de aterrizar ni regresar podría situarse claramente por debajo de esa cifra. La barrera tecnológica tampoco sería insalvable: sistemas de navegación autónoma, etapas de inyección rápida y fuentes de calor radiactivo son tecnologías dominadas desde hace décadas.

El contraste con otras prioridades resulta incómodo. ¿Tiene más sentido dedicar miles de millones a infraestructura simbólica en la Tierra o a proyectos que potencialmente extiendan la biosfera a otros sistemas estelares? La respuesta no es solo financiera; entra de lleno en el terreno de la ética, el derecho espacial y la gobernanza internacional: ¿quién decide qué vida se siembra, dónde y con qué controles?

El debate científico: fascinación, escepticismo y precedentes

La figura de Loeb no es neutral en este debate. El astrofísico lleva años defendiendo interpretaciones heterodoxas de fenómenos como ‘Oumuamua, que ha llegado a describir como posible artefacto tecnológico, lo que le ha granjeado tanta atención mediática como críticas de parte de la comunidad. En el caso de 3I/ATLAS, algunos colegas han advertido ya del riesgo de sobrerreaccionar ante patrones químicos que pueden tener explicaciones puramente físicas.

La historia ofrece precedentes elocuentes. En los años noventa, un equipo anunció posibles microfósiles en el meteorito marciano ALH84001, desatando titulares sobre vida en Marte. Décadas después, la interpretación biológica sigue siendo minoritaria y la mayoría de los expertos se inclina por procesos abióticos. El diagnóstico es inequívoco: la ciencia avanza sometiendo las hipótesis más audaces a los filtros más rigurosos.

El paso de 3I/ATLAS por el vecindario solar es breve, pero su legado científico será largo. Telescopios como JWST, Hubble y grandes observatorios terrestres seguirán exprimiendo los datos de 2025 y 2026 para reconstruir la rotación, estructura interna y composición del núcleo, así como la evolución de sus chorros de gas y polvo.

En paralelo, estudios recientes sugieren que en cualquier momento podría haber al menos un objeto del tamaño de 3I/ATLAS dentro de un radio de 4,5 unidades astronómicas, lo que implica que estos visitantes quizá sean menos excepcionales de lo que pensamos. Si es así, la idea de una misión de respuesta rápida —lista para lanzarse en cuanto se detecte uno nuevo— dejará de sonar a ciencia ficción estratégica y empezará a parecer un plan razonable para agencias espaciales y consorcios privados.

Para Europa y países como España, con una cadena industrial aeroespacial consolidada, el debate no es solo filosófico. Participar en futuras misiones a objetos interestelares —ya sea con fines científicos puros o, algún día, para probar una forma controlada de “jardinería galáctica”— podría situar a sus empresas en la vanguardia de una nueva economía del espacio profundo.

Mientras tanto, la pregunta central formulada por Loeb seguirá resonando sobre este cometa que cruza la Vía Láctea: “¿Fue la vida mayoritariamente sembrada de forma natural o artificial?” La respuesta, si llega, no solo redefinirá la astrobiología, sino también la forma en que una civilización como la nuestra entiende su papel en el cosmos.

 

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