Daniel Lacalle

Lacalle alerta: EEUU cede ante China, mientras el Dow Jones se atasca por el posible shutdown del 31

Daniel Lacalle advierte de que el primer año del segundo mandato de Trump acelera la política “America First” y abre una pugna por el Ártico que puede redefinir alianzas, bloques y soberanía económica

Daniel Lacalle durante la entrevista en Negocios TV donde analiza el panorama geopolítico y económico global<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Daniel Lacalle durante la entrevista en Negocios TV donde analiza el panorama geopolítico y económico global

La entrevista con Daniel Lacalle en Negocios TV llega en un momento en el que la geopolítica ha dejado de ser ruido de fondo para convertirse en el eje de la economía mundial. El primer año del segundo mandato de Donald Trump se ha traducido en una ofensiva económica y estratégica que pretende recentrar a Estados Unidos en el tablero, incluso a costa de incomodar a aliados históricos.
Mientras Estados Unidos sigue representando en torno al 24% del PIB mundial, China ya roza el 18% y una Unión Europea fragmentada supera el 17%, el reparto formal del poder se parece cada vez menos a la realidad política.
En este contexto, la doctrina “America First” no es solo un eslogan, sino una hoja de ruta que combina aranceles, presión diplomática y reconfiguración de alianzas. Y, como subraya Lacalle, el mapa de riesgos ya no se entiende sin mirar a un punto aparentemente periférico: Groenlandia, convertida en enclave clave del poder global.

Un primer año que quiebra la vieja globalización

Para Lacalle, el balance del primer año de este segundo mandato es claro: la globalización tal y como la conocíamos ha dejado de existir. Trump ha desplegado una agenda que combina subidas arancelarias selectivas, renegociación de acuerdos y amenazas explícitas a socios que no sigan la línea marcada por Washington. No se trata de gestos aislados, sino de una acumulación de decisiones que, en apenas doce meses, ha cambiado el clima económico internacional.

Estados Unidos busca ahora repatriar producción estratégica, blindar cadenas de suministro críticas y revisar acuerdos que se firmaron en un mundo donde China estaba lejos de ser una potencia sistémica. El mensaje a sus socios es inequívoco: o se adaptan al nuevo orden o quedarán fuera de los grandes consensos comerciales y de defensa.

Este hecho revela una ruptura con las décadas en las que se priorizaba la apertura de mercados casi a cualquier precio. Ahora pesan más la seguridad económica, la dependencia tecnológica y el control de recursos que el aumento marginal del comercio. La consecuencia es clara: empresas y gobiernos se enfrentan a decisiones de inversión de largo plazo en un entorno donde las reglas cambian más rápido que los ciclos económicos.

Reordenando el tablero: la nueva economía política de Washington

Lacalle subraya que la política comercial bajo Trump “no ha sido un simple capricho, sino un intento deliberado de recolocar a Estados Unidos en el centro de la escena económica”. Tras más de tres décadas de déficit comercial estructural, la Casa Blanca interpreta que ha llegado el momento de ajustar las balanzas a golpe de presión.

Las herramientas son múltiples: subida de aranceles, limitación de inversiones extranjeras en sectores sensibles, revisión de cadenas de suministro y utilización de la regulación financiera como palanca geopolítica. Europa observa con creciente incomodidad cómo estas decisiones afectan a su industria exportadora, desde el automóvil hasta el agroalimentario, pasando por componentes tecnológicos de alto valor añadido.

Al mismo tiempo, el estancamiento del crecimiento y de los salarios reales en buena parte de las economías occidentales contrasta con la capacidad de China para seguir ganando cuota en comercio, tecnología y financiación internacional. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa discute sobre reglas fiscales, Pekín refuerza su influencia a través de rutas, puertos y préstamos estratégicos.

El diagnóstico es inequívoco: la economía política ha vuelto al centro del escenario. Ya no se trata solo de eficiencia o competitividad, sino de poder, dependencia y capacidad de veto.

“America First”: protección legítima o aislamiento estratégico

Defender los intereses nacionales puede resultar legítimo, incluso necesario, en un contexto de competencia creciente. Pero Lacalle advierte del riesgo de confundir protección con cerrazón. “Si Estados Unidos se protege sin construir alianzas fuertes, acabará más solo y con menos margen de maniobra justo cuando más lo necesita”, subraya.

La doctrina “America First” ha derivado en una suerte de “diplomacia de ultimátum”: se exige a los socios comerciales y militares alineamiento casi total a cambio de acceso preferente a mercado y defensa. A corto plazo, esta estrategia puede arrancar concesiones. A medio plazo, sin embargo, alimenta incentivos para que otros actores –Europa incluida– busquen vías alternativas de financiación, comercio y seguridad.

Lo más grave, apunta Lacalle, es que la política proteccionista tiene ida y vuelta. Los mismos aranceles que se utilizan para proteger sectores domésticos pueden desencadenar represalias, desviar inversiones y acelerar la búsqueda de proveedores alternativos en Asia o América Latina. El resultado es un mundo que se encamina a tres grandes bloques, con reglas, estándares y monedas de referencia cada vez más diferenciados.

Un cierre mixto que delata el nerviosismo de los mercados

La sesión en Wall Street dejó una imagen nítida de esa incertidumbre estructural. El Dow Jones Industrial Average retrocedió un 0,58%, arrastrado por el mal tono de la banca de inversión. Goldman Sachs cayó en torno al 3,6%, convirtiéndose en símbolo de un sector expuesto a la regulación, a los tipos de interés y al frenazo de la actividad corporativa. Frente a ese castigo, el Nasdaq 100 avanzó un 0,34%, apoyado en valores tecnológicos y de ciberseguridad como Fortinet, que llegó a subir más de un 5%. El S&P 500, prácticamente plano, quedó atrapado en un incómodo punto medio.

Este comportamiento divergente revela una rotación soterrada en las carteras. Los inversores reducen exposición a compañías sensibles al ciclo y al endurecimiento regulatorio mientras preservan posiciones en negocios con crecimiento estructural y márgenes altos. La lectura de fondo es inquietante: el mercado asume que la volatilidad política y geopolítica ha venido para quedarse y solo tolera ese riesgo donde ve visibilidad de ingresos.

En palabras de un gestor citado por Lacalle, “el dinero ya no huye del riesgo, huye de la falta de narrativa creíble”. Esa frase resume por qué el índice industrial sufre, el Nasdaq resiste y el S&P se limita a esperar el próximo catalizador macro o geopolítico.

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Groenlandia: del hielo remoto al corazón del poder global

En ese tablero de bloques, Groenlandia deja de ser una periferia helada para convertirse en pieza central del Ártico. Lacalle detalla cómo la isla concentra tierras raras, minerales críticos y potencial energético imprescindibles para la transición tecnológica y militar. Algunas estimaciones sitúan en torno al 10%–15% de ciertas reservas estratégicas las que podrían estar vinculadas directa o indirectamente a su entorno geológico, un porcentaje suficiente para alterar equilibrios de mercado.

Pero el verdadero salto se produce con la apertura progresiva de nuevas rutas marítimas gracias al deshielo. Controlar puertos, infraestructuras de comunicaciones y bases militares en la zona equivale a tener una palanca sobre una parte creciente del comercio global. Más de un 80% del comercio mundial viaja por mar; recortar varios días una ruta entre Asia y Europa tiene consecuencias logísticas y financieras masivas.

La disputa por Groenlandia no es solo diplomática. Afecta al control de infraestructuras vitales, a la deuda estratégica, a los marcos legales y a las capacidades de defensa. Europa, vinculada a la isla a través de Dinamarca, se encuentra con las manos atadas: cada sanción, cada veto, cada arancel lleva consigo un coste doméstico que ningún gobierno quiere asumir a la ligera. Este hecho revela hasta qué punto la soberanía europea está condicionada por sus propias dependencias energéticas y tecnológicas.

Competencia Rusia-China y la sombra que se proyecta sobre Europa

Groenlandia es, en realidad, el símbolo visible de una rivalidad más profunda. Rusia y China se mueven con agilidad, ocupando los espacios que deja una presencia estadounidense menos predecible. Moscú refuerza su despliegue militar en el Ártico, mientras Pekín utiliza inversiones, créditos y acuerdos comerciales para ganar influencia en infraestructuras clave: puertos, carreteras, cables submarinos.

Europa aparece en esta foto como un actor que lucha por definir una postura clara sin renunciar a su autonomía, pero sin los instrumentos completos para ejercerla. La dependencia de materias primas críticas procedentes de Rusia, China o terceros países supera en algunos casos el 40%–50% del consumo europeo, lo que limita la capacidad real de imponer sanciones o condicionar comportamientos.

Lacalle resume el problema en una frase que suena a advertencia: “Europa corre el riesgo de convertirse en el espacio donde se libran las batallas de otros, sin poder fijar las reglas”. El contraste con la determinación mostrada por las otras grandes potencias resulta, de nuevo, demoledor. Mientras unos diseñan estrategias a veinte años vista, otros siguen atrapados en ciclos electorales de cuatro años y debates internos interminables.

Europa, la OTAN y la fragilidad de la relación transatlántica

La tensión en torno a Groenlandia y el Ártico se suma a un deterioro progresivo de la relación transatlántica. Trump exige a los socios europeos de la OTAN cumplir y superar el famoso objetivo del 2% del PIB en gasto de defensa, al tiempo que cuestiona públicamente el valor de ciertas garantías de seguridad. La consecuencia es un clima de desconfianza que se filtra a la política comercial y energética.

La OTAN, señala Lacalle, “pende de un hilo más político que militar”. La capacidad operativa permanece, pero el consenso estratégico se resquebraja. Europa duda entre reforzar su vínculo con Washington, avanzar hacia una defensa más autónoma o tratar de cuadrar un difícil equilibrio entre ambas opciones. Cada elección tiene implicaciones directas para su industria, su política energética y su posición en las cadenas de valor globales.

Este hecho revela una paradoja: cuanto más inestable se vuelve el entorno geopolítico, más débil aparece la voz europea. Sin una estrategia clara hacia Estados Unidos, hacia Rusia y hacia China, la UE corre el riesgo de ver cómo sus decisiones se convierten en meras reacciones a movimientos ajenos. Lo más grave es que esa falta de rumbo común se traduce en señales contradictorias para empresas e inversores.

Un nuevo paradigma de bloques, tecnología y soberanía

La entrevista concluye con una reflexión que se queda flotando en el aire. La disputa en torno a Groenlandia, la política “America First”, la rivalidad Rusia-China y la fragilidad de la OTAN apuntan en la misma dirección: el mundo se encamina hacia un paradigma de bloques, competición tecnológica y negociación cruda, “sin medias tintas”, como señala Lacalle.

La pregunta de fondo es si este cambio será reversible o si estamos, como sugiere el economista, ante un giro estructural en las alianzas y en las fronteras del poder. La respuesta dependerá de si Europa logra articular una voz propia, de si Estados Unidos es capaz de combinar liderazgo con cooperación y de hasta dónde llega la capacidad de China y Rusia para consolidar alternativas creíbles al sistema dominado por Occidente.

“Más allá de los salpicaos formales, los próximos meses serán decisivos para entender quién manda realmente en el tablero mundial”, resume Lacalle. El diagnóstico es inequívoco: lo que está en juego no es solo el reparto de cuotas comerciales, sino la capacidad de cada bloque para fijar reglas, estándares y monedas de referencia. Y en esa partida, Groenlandia se ha convertido, inesperadamente, en una de las casillas más disputadas del mapa.

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