SpaceX aparca Marte para lanzarse a la Luna en 2027
La compañía aeroespacial fundada por Elon Musk ha decidido apartar a un lado, por ahora, su misión a Marte para priorizar un alunizaje no tripulado con su cohete Starship en marzo de 2027. Según avanzó The Wall Street Journal y confirmó después Reuters, SpaceX ha comunicado a inversores que el foco inmediato pasa a ser la Luna, en coordinación con el programa Artemis de la NASA, relegando el plan de enviar hasta cinco naves hacia el planeta rojo en la ventana de 2026.
De Marte a la Luna: el cambio de prioridades
Hasta hace pocos meses, el relato oficial de Musk era inequívoco: Marte como destino prioritario y una primera flotilla de cinco Starships no tripuladas rumbo al planeta rojo a finales de 2026, aprovechando una ventana orbital especialmente favorable. La propia web corporativa de SpaceX seguía fijando “2026” como horizonte para las primeras naves de prueba, destinadas a recopilar datos de entrada y aterrizaje en la tenue atmósfera marciana.
Sin embargo, las últimas comunicaciones internas de la compañía y las filtraciones al Journal dibujan otro calendario. La nueva prioridad es completar un alunizaje no tripulado con Starship en marzo de 2027, paso obligatorio dentro del contrato que la NASA adjudicó en 2021 a SpaceX para desarrollar el módulo de alunizaje del programa Artemis, por un importe de 2.890 millones de dólares.
En la práctica, el giro supone desplazar al menos dos años el plan marciano. La ventana de lanzamiento de 2026 —cuando la distancia entre la Tierra y Marte se reduce y el viaje resulta energéticamente más eficiente— es difícilmente recuperable si Starship y su sistema de repostaje en órbita siguen centrados en ensayos lunares. La consecuencia es clara: Marte será un objetivo de la década de 2030, no de finales de los 20, salvo milagro técnico.
La presión de la NASA y el riesgo de perder Artemis
El cambio de rumbo no se entiende sin la presión creciente de la NASA. La agencia estadounidense seleccionó a SpaceX como proveedor exclusivo del primer módulo de alunizaje tripulado de Artemis III y, posteriormente, amplió el contrato para una segunda misión, también con Starship como vehículo clave.
Pero ese privilegio venía acompañado de un calendario ambicioso que SpaceX no está cumpliendo. En los últimos meses, altos cargos de la NASA han advertido públicamente de que el desarrollo de Starship va retrasado y que, si no se acelera, la agencia podría verse obligada a abrir la puerta a otros proveedores para no comprometer la vuelta de astronautas estadounidenses a la superficie lunar antes del final de la década.
En este contexto, redirigir recursos —técnicos, humanos y financieros— hacia el alunizaje de 2027 es casi una obligación defensiva para SpaceX. Un fracaso en esa demostración pondría en juego no solo un contrato de casi 3.000 millones, sino la posibilidad de participar en futuras fases de Artemis, que algunos analistas estiman en más de 10.000 millones de dólares en licitaciones adicionales a repartir entre la próxima generación de proveedores lunares. Lo más grave, desde un punto de vista estratégico, sería dejar el flanco abierto para competidores como Blue Origin, que aspira a arrebatar a Musk parte del negocio lunar.
Un modelo de negocio que se juega 1,25 billones
El giro lunar se produce, además, en un momento en el que SpaceX consolida una valoración sin precedentes. Según las últimas transacciones privadas y filtraciones a inversores, la compañía habría alcanzado una valoración agregada de unos 1,25 billones de dólares tras pactar la adquisición de la firma de inteligencia artificial xAI —también de Musk— por alrededor de 250.000 millones.
En esa cifra está embebido no solo el valor de Starlink y del negocio de lanzamientos, sino la expectativa de que Starship se convierta en la espina dorsal del transporte espacial pesado durante las próximas dos décadas. Un Starship plenamente operativo y reutilizable podría reducir el coste por kilo en órbita en más de un 80% frente a los cohetes actuales, abriendo la puerta a nuevos mercados: desde la minería espacial hasta los centros de datos en órbita que Musk ya comienza a perfilar para alojar parte de la infraestructura de IA.
Este hecho revela la lógica económica del cambio de prioridades: para justificar esa valoración, SpaceX necesita demostraciones visibles y de alto impacto en plazos razonables. Un alunizaje para la NASA, con retransmisión global y carga simbólica de carrera espacial, cumple mejor ese papel que un intento de aterrizaje robótico en Marte, técnicamente más arriesgado y con menos retorno político inmediato.
Tecnología al límite: el cuello de botella del repostaje en órbita
Detrás de las decisiones estratégicas se encuentra una realidad técnica incontestable: Starship aún no ha demostrado repetibilidad operativa. Aunque los últimos vuelos de prueba han mejorado notablemente —más de la mitad de los lanzamientos superan ya las fases críticas sin fallo total, frente a un 0% en los primeros ensayos—, la compañía sigue lejos de la cadencia casi semanal que Musk ha prometido a sus inversores.
Además, el verdadero cuello de botella no es el lanzamiento, sino el repostaje de metano y oxígeno en órbita, requisito imprescindible tanto para ir a Marte como para aterrizar en la Luna con carga útil significativa. Los planes internos de SpaceX contemplan hasta 10 u 11 lanzamientos de Starship para llenar los depósitos de la nave que finalmente viajará al destino. Cualquier retraso o fallo en esta secuencia multiplica el riesgo y el coste.
La Luna, paradójicamente, ofrece un escenario de ensayo más controlable. La distancia es mucho menor, las comunicaciones son casi en tiempo real y existe una infraestructura institucional —la de la NASA— para apoyar las operaciones. Marte exige tiempos de vuelo de seis a nueve meses y una autonomía operativa casi total. El diagnóstico es inequívoco: antes de soñar con colonias marcianas, SpaceX debe demostrar que puede operar una “autopista” Tierra-Luna fiable y barata.
La carrera con China: la geopolítica entra en la ecuación
Mientras SpaceX reorganiza su agenda, el reloj geopolítico no se detiene. China avanza con un programa lunar metódico y sostenido, culminado en 2024 con el éxito de Chang’e 6 y con nuevas misiones previstas al polo sur lunar para 2026 y 2028, como Chang’e 7 y Chang’e 8, orientadas a buscar agua y ensayar el uso de recursos in situ.
Pekín ha anunciado su objetivo de lograr un alunizaje tripulado antes de 2030 y poner en marcha, en colaboración con Rusia y otros socios, una estación de investigación internacional en la superficie. El contraste con el modelo estadounidense resulta demoledor: frente al control estatal chino, Washington ha delegado buena parte de la ejecución técnica en empresas privadas como SpaceX, bajo la premisa de que la competencia reducirá costes y acelerará la innovación.
En este contexto, el éxito o fracaso del alunizaje Starship de 2027 tendrá una lectura mucho más amplia que la de un simple contrato cumplido. Si Musk llega tarde o falla, no solo se resiente la reputación de SpaceX: Estados Unidos vería debilitada su narrativa de liderazgo tecnológico frente a China en el terreno más simbólico de todos, el retorno a la Luna. No es casual que, según fuentes conocedoras, la Casa Blanca siga de cerca la evolución del programa Artemis y del calendario de pruebas de Starship.
Inversores divididos: gloria científica o disciplina financiera
El giro hacia la Luna también refleja un cambio en la psicología inversora alrededor de Musk. Durante años, el relato del empresario se sostuvo sobre promesas de colonización marciana a 20 o 30 años vista, difíciles de contrastar pero eficaces para atraer capital paciente. Ahora, con una valoración que roza 1,25 billones y más de 15.000 empleados en nómina, los grandes fondos que han entrado en las últimas rondas exigen hitos concretos, flujos de caja previsibles y contratos públicos sólidos.
Un alunizaje para la NASA —precedido por varios hitos de certificación— encaja mejor en esta lógica de retorno medible que una apuesta directa por Marte, cuyo calendario está supeditado a alineaciones planetarias y desafíos tecnológicos no resueltos. Como resumía un inversor citado por medios estadounidenses, “la gloria científica está muy bien, pero lo que paga las facturas son los hitos facturables a la NASA”.
La consecuencia es clara: SpaceX entra en una fase de disciplina financiera mucho mayor, con la Luna como plataforma de negocio y Marte como horizonte inspiracional, útil para la narrativa pero secundario para la cuenta de resultados a corto y medio plazo.
