En directo

La NASA vuelve a sacar el SLS: el negocio (caro) de volver a la Luna después de los debates del 3I/Atlas

El cohete más potente en servicio rueda otra vez hacia la rampa mientras se disparan los costes, la presión política y la competencia comercial por el nuevo mercado cislunar
NASA
NASA

La NASA ha vuelto a sacar el Space Launch System (SLS) del edificio de ensamblaje de vehículos para llevarlo de nuevo a la plataforma de lanzamiento. La imagen es poderosa: el cohete más potente en servicio, emblema del programa Artemis, avanzando lentamente sobre el crawler hacia la rampa desde la que debe despegar en la próxima gran misión lunar tripulada. Pero detrás de la foto hay mucho más que épica espacial.

El SLS es, a la vez, símbolo de ambición tecnológica, de inercia industrial y de un modelo de contratación pública que ha convertido cada lanzamiento en un producto de lujo: se estima que cada misión puede superar los 4.000 millones de dólares, una cifra que el propio inspector general de la NASA considera insostenible si se pretende una presencia estable en la Luna. Mientras tanto, competidores como SpaceX, Blue Origin o empresas europeas afinan cohetes reutilizables que prometen rebajar drásticamente el coste por kilo puesto en órbita.

La pregunta ya no es solo si Estados Unidos volverá a pisar la Luna, sino a qué precio, con qué actores privados y con qué reparto de poder geopolítico y económico en el nuevo “mercado cislunar” que se está dibujando.

Que se puede ver en directo en el siguiente enlace: Mission Artemis II

Mission Artemis II
Mission Artemis II

SLS: el cohete más potente… y uno de los más caros

El SLS es un heredero directo del transbordador espacial: reutiliza motores RS-25, segmentos de aceleradores sólidos y buena parte de la cadena industrial que durante décadas alimentó el programa Shuttle. Sobre el papel, ofrece más de 4 millones de kilos de empuje al despegue y capacidad para enviar a la órbita lunar más de 40 toneladas en configuración tripulada, suficiente para la cápsula Orion y módulos de carga crítica.

Pero esa potencia tiene un coste desproporcionado. Auditorías internas han estimado que cada lanzamiento de Artemis con SLS puede situarse entre los 4.000 y los 4.500 millones de dólares, sumando hardware, operaciones y contratos asociados. Eso significa que poner a cuatro astronautas en órbita lunar puede costar lo mismo que el presupuesto anual de investigación de toda una agencia espacial europea de tamaño medio.

Este hecho revela la gran contradicción del programa: el SLS fue concebido para asegurar empleo y continuidad industrial en estados clave de Estados Unidos, más que para competir en precio con la nueva generación de cohetes comerciales. La consecuencia es clara: si el objetivo es una presencia lunar sostenida, con múltiples misiones de carga y tripuladas, el modelo SLS a “precio de oro” tiene fecha de caducidad.

El rodaje a la rampa como mensaje político

Cada vez que la NASA rueda el SLS hacia la plataforma, no solo mueve un cohete: envía una señal al Congreso, a la industria y a sus socios internacionales. Mostrar el vehículo completo, plenamente integrado, es la forma más efectiva de justificar un programa que acumula retrasos de casi una década y desvíos multimillonarios sobre el presupuesto inicial.

En un contexto en el que el Congreso discute cuentas ajustadas, el mensaje implícito es: “El hardware existe, está aquí, estamos cerca del siguiente hito, no se puede parar ahora”. Detrás hay una realidad política tozuda: el SLS reparte contratos en una constelación de empresas y estados —Alabama, Florida, Luisiana, California, Utah— donde se juegan escaños decisivos. Cancelar o recortar el programa tendría un coste electoral que pocos senadores están dispuestos a asumir.

El rodaje a la rampa funciona, por tanto, como acto de comunicación interna y externa: demuestra progreso técnico, refuerza la narrativa de liderazgo espacial y dificulta cualquier intento serio de replantear desde cero el modelo de acceso pesado al espacio.

La carrera por el negocio cislunar: contratos, minería y datos

Volver a la Luna ya no es solo una cuestión de prestigio. La órbita y la superficie lunar son el próximo gran mercado estratégico: comunicaciones, navegación, observación, extracción de recursos, fabricación en microgravedad y, a medio plazo, apoyo logístico a misiones hacia Marte.

La NASA ha articulado alrededor de Artemis un ecosistema de contratos que ya suma decenas de miles de millones de dólares: módulos de alunizaje comercial, estaciones orbitales privadas, servicios de carga y experimentos científicos. Empresas como SpaceX, Blue Origin, Lockheed Martin, Northrop Grumman o nuevas firmas especializadas en comunicaciones lunares compiten por esos contratos.

El SLS es, en esa arquitectura, la columna vertebral gubernamental que garantiza el transporte tripulado “seguro” según los estándares de la NASA. Pero todo lo que se pueda colocar en manos de la iniciativa privada se está externalizando: módulos de aterrizaje reutilizables, remolcadores espaciales, satélites de relé. El mensaje es inequívoco: la Luna será, además de laboratorio científico, un campo de negocio. Y quien controle la logística de acceso controlará buena parte del valor.

China y la nueva geopolítica lunar

El programa Artemis no puede entenderse sin su espejo asiático. China, junto con Rusia y otros socios, impulsa su propio plan de Estación Internacional de Investigación Lunar, con cronogramas que apuntan a presencia robótica intensiva y, más adelante, misiones tripuladas. La carrera ya no es solo por plantar banderas, sino por fijar normas, estándares tecnológicos y acuerdos de explotación de recursos.

Estados Unidos promueve los Acuerdos Artemis, un marco legal que interpreta el Tratado del Espacio Ultraterrestre de forma favorable a la explotación comercial privada de recursos lunares, siempre que se respeten ciertas zonas de seguridad. China y Rusia, que no se han sumado a esos acuerdos, exploran alternativas normativas.

En este contexto, sacar el SLS de nuevo a la rampa es también un gesto hacia Pekín: un recordatorio de que, pese a los retrasos, Washington mantiene la capacidad de proyectar poder humano y tecnológico más allá de la órbita baja. Cada lanzamiento exitoso de SLS refuerza esa narrativa, pero cada retraso o sobrecoste alimenta la sensación de que el modelo estadounidense tradicional puede verse superado por proyectos más ágiles y centralizados.

Reutilizable vs. desechable: la batalla de los costes

Mientras el SLS avanza lentamente hacia la rampa montado sobre un crawler que ya era icónico en tiempos del Apolo, el resto del sector se mueve hacia otra dirección: reutilización masiva. SpaceX ha demostrado con Falcon 9 que aterrizar primeras etapas y reutilizarlas puede reducir el coste por kilo a una fracción de los cohetes clásicos. Su próximo salto, Starship, aspira a ser completamente reutilizable y capaz de poner más carga que el propio SLS.

En paralelo, Blue Origin desarrolla New Glenn, Europa intenta recuperar terreno con Ariane 6 y se plantea un futuro Ariane reutilizable, y Japón, India y otros países ensayan tecnologías similares. En ese tablero, el SLS, que se desecha casi por completo en cada vuelo, se asemeja más a un Rolls-Royce hecho a mano que a un sistema de transporte serie.

Este hecho revela el dilema de fondo para la NASA: ¿hasta cuándo tiene sentido sostener un cohete desechable de altísimo coste si existen alternativas comerciales en rápido desarrollo? A corto plazo, por razones de certificación y seguridad, la agencia seguirá volando SLS. A medio plazo, resulta difícil imaginar una presencia lunar intensiva basada en un vehículo que quema miles de millones en cada lanzamiento.

Industria, empleo y el factor “too big to kill”

El SLS no es solo tecnología; es un ecosistema de empleo e influencia política. Decenas de miles de trabajadores participan en su cadena de suministro: desde las líneas de ensamblaje de motores hasta las plantas que producen la espuma de los tanques criogénicos o los segmentos de los aceleradores sólidos.

Cada euro o dólar destinado al programa genera una cascada de subcontrataciones, patentes, centros de ensayo y formación especializada. Esa capilaridad convierte al SLS en un proyecto “too big to kill” en términos políticos: cancelar el cohete significaría cerrar fábricas, despedir ingenieros y admitir que años de inversión han producido un sistema económicamente inviable.

Por eso, la NASA está optando por una estrategia intermedia: mantener el SLS como columna vertebral de las primeras misiones Artemis, mientras ensaya modelos mixtos donde cohetes comerciales asuman un papel creciente en logística, carga y, eventualmente, transporte humano. El rodaje a la rampa es, en este contexto, casi una escenificación de esa resistencia a un cambio brusco de paradigma.

Comentarios