Irán amenaza con llevar el petróleo a 200 dólares

Teherán eleva el pulso energético y avisa de un shock global si continúan los ataques de Estados Unidos e Israel sobre su infraestructura petrolera y gasista.

EPA/GUILLAUME HORCAJUELO
EPA/GUILLAUME HORCAJUELO

La guerra en torno al estrecho de Ormuz ha dado este lunes un salto cualitativo: Irán ha advertido públicamente de que el barril de crudo podría dispararse hasta los 200 dólares si Estados Unidos e Israel mantienen los ataques contra su infraestructura energética. El aviso llega en un momento en el que el Brent ya ha superado la cota de 100 dólares por primera vez desde 2022, tras diez días de bombardeos cruzados y sabotajes en refinerías, depósitos y oleoductos de toda la región.

El mensaje, lanzado por un portavoz del cuartel general Khatam al-Anbiya a la televisión estatal IRIB y recogido por medios como Baha News, no deja espacio a la ambigüedad: “Si Washington y Tel Aviv pueden tolerar precios por encima de 200 dólares el barril, que continúen con sus ataques”. Lo más inquietante es que los mercados han empezado a tomar en serio esa posibilidad. Y la consecuencia es clara: el conflicto ha pasado del plano militar al bolsillo de hogares y empresas de todo el planeta.

Un aviso en plena escalada del estrecho de Ormuz

La amenaza de Teherán no se produce en el vacío. Llega después de que el Brent haya rebasado los 100 dólares y haya llegado a tocar en algunos momentos los 118-120 dólares, en un movimiento que recuerda a los repuntes previos a grandes recesiones globales. La combinación de ataques sobre infraestructuras críticas, caída de la producción en varios países del Golfo y dudas sobre la seguridad del transporte marítimo ha reabierto un escenario que muchos analistas daban por superado tras la crisis energética de 2022 vinculada a la invasión rusa de Ucrania.

La novedad ahora es la centralidad absoluta de Irán. El país no solo está siendo objeto de ataques contra refinerías y depósitos –incluido un golpe reciente sobre tanques de almacenamiento cerca de Teherán–, sino que ha respondido con misiles y drones contra instalaciones en Arabia Saudí, Irak, Kuwait y otros productores clave. La consecuencia inmediata es una reducción de oferta y un aumento de la denominada “prima de riesgo geopolítico” que los mercados incorporan al precio del barril.

Mientras tanto, en las capitales occidentales se multiplican las reuniones de emergencia. El G7, el FMI y los principales bancos centrales han empezado a modelizar el impacto de un petróleo por encima de 150 dólares. Nadie se atreve aún a asumir como escenario central los 200 dólares que menciona Irán, pero el mero hecho de que esa cifra haya entrado ya en el lenguaje oficial del conflicto es, en sí mismo, un síntoma de la gravedad del momento.

El frente energético de la guerra EEUU–Israel–Irán

La guerra que estalló el 28 de febrero con la operación conjunta de Estados Unidos e Israel sobre objetivos militares y nucleares iraníes se ha trasladado rápidamente al corazón del sistema energético global. En los últimos días, Israel ha atacado decenas de depósitos de combustible y otras instalaciones logísticas en territorio iraní, en una operación que fuentes estadounidenses consideran más amplia de lo que se había coordinado previamente entre ambos aliados.

Irán, por su parte, ha respondido golpeando instalaciones petroleras y gasistas en países vecinos y lanzando amenazas explícitas sobre la navegación en el estrecho de Ormuz, un paso marítimo por el que transita cerca del 20% del petróleo que se comercializa en el mundo, unos 18-19 millones de barriles diarios, además de grandes volúmenes de gas natural licuado. Varias navieras han suspendido ya temporalmente sus operaciones en la zona, mientras aseguradoras y armadores revisan al alza las primas de riesgo.

Este hecho revela un diseño estratégico claro de Teherán: si no puede equilibrar la balanza militar, sí puede encarecer el conflicto para todo el planeta utilizando su posición geográfica como palanca. El diagnóstico es inequívoco para los traders de energía: cada nuevo ataque que acerque el conflicto a las rutas de exportación del Golfo se traduce en una subida inmediata de precios, independientemente del nivel real de daño sobre la producción física.

Por qué 200 dólares ya no es un tabú teórico

¿Es realista el umbral de 200 dólares planteado por el portavoz iraní? La mayoría de los modelos de casas de análisis sitúan ese nivel en un escenario extremo, pero no imposible. Estudios recientes sobre el impacto de la guerra en Oriente Medio calculan que un corte prolongado de suministros desde el Golfo –ya sea por daños directos o por cierre efectivo del estrecho de Ormuz– podría elevar el precio del Brent por encima de los 150 dólares, con picos puntuales que se acercarían a los 200 dólares si se combina con shocks en el gas.

La historia tampoco invita al optimismo. Las crisis del petróleo de 1973, 1979 o la invasión de Kuwait en 1990 muestran que, cuando confluyen guerra, embargos y desconfianza sobre las reservas disponibles, el mercado tiende a sobrerreaccionar. El precedente más reciente, en 2022, llevó el Brent a rozar los 140 dólares tras el inicio de la invasión de Ucrania, antes de moderarse con liberaciones coordinadas de reservas estratégicas y ajustes en la demanda.

La diferencia ahora es que el epicentro del conflicto está en la propia arteria por la que circula el crudo. Incluso sin un cierre formal del estrecho, basta con que el riesgo percibido se mantenga elevado para que parte de la flota decida evitar la zona. Si a ello se suma la posibilidad de nuevas sanciones, sabotajes o ciberataques sobre infraestructuras energéticas, el escenario de tres cifras altas deja de ser una provocación retórica de Teherán y se convierte en un escenario de trabajo para los departamentos de riesgos de bancos centrales y grandes corporaciones.

El impacto potencial sobre inflación y crecimiento

La macroeconomía mundial llegaba a esta crisis con una inflación moderándose, pero todavía por encima de los objetivos del 2% en muchas economías avanzadas. Un petróleo estabilizado en torno a 120-130 dólares durante varios trimestres podría añadir entre 0,5 y 1 punto porcentual a la inflación global, mientras que un episodio más severo, con picos cercanos a 180-200 dólares, podría elevar esa cifra hasta 1,5 puntos y forzar nuevas subidas de tipos o prolongar los niveles restrictivos actuales.

Lo más grave es el efecto combinado sobre crecimiento y expectativas. Sectores intensivos en energía –transporte, química, metalurgia, fertilizantes– verían dispararse sus costes justo cuando empezaban a recuperar márgenes. Para las economías emergentes importadoras netas de crudo, especialmente en Asia, el shock se traduciría en déficits por cuenta corriente más amplios, presiones sobre divisas y un aumento del riesgo de crisis de deuda.

Las instituciones internacionales ya han empezado a lanzar mensajes preventivos. El FMI advierte de que un escenario de disrupción prolongada en el Golfo podría restar entre 0,3 y 0,7 puntos al crecimiento mundial en 2026, y los ministros de Economía del G7 preparan planes de contingencia que combinan posibles liberaciones de reservas estratégicas con medidas de apoyo temporal a hogares vulnerables. El contraste con la relativa calma de hace apenas unas semanas resulta demoledor.

Europa y España: la vulnerabilidad energética reaparece

Europa afronta esta nueva crisis con las cicatrices aún frescas de 2022. Aunque ha reducido su dependencia del gas ruso, sigue siendo enormemente vulnerable a un shock simultáneo en petróleo y gas procedentes del Golfo. Países como Alemania, Italia o España han diversificado proveedores, pero buena parte del crudo y del GNL que sustituyó al gas ruso llega precisamente a través de rutas que hoy se ven amenazadas.

España, que mantiene una dependencia energética exterior superior al 70%, se ve expuesta por dos vías: el encarecimiento del crudo que refina para el mercado interno y el posible impacto sobre las importaciones de gas de Qatar, uno de los proveedores clave de Europa, cuya producción ya se ha visto afectada por ataques en el contexto de la guerra. Un barril por encima de 130 dólares podría trasladarse rápidamente a los precios de los carburantes, la electricidad y, en última instancia, los bienes básicos.

Este hecho revela un riesgo político evidente: el repunte de la inflación energética puede reactivar el malestar social y las tensiones sobre los márgenes empresariales justo antes de que se consolide la recuperación. Para España, además, el shock llega en plena implementación de los fondos europeos y con un déficit público todavía elevado, lo que limita el margen para repetir paquetes masivos de ayudas como los desplegados durante la pandemia y la crisis del gas ruso.

Los movimientos de Washington, Bruselas y la OPEP+

Ante este escenario, todas las miradas se dirigen a tres actores: Estados Unidos, la Unión Europea y la alianza OPEP+. Washington dispone de una herramienta inmediata, la liberación de reservas estratégicas de petróleo, aunque su uso repetido en los últimos años ha reducido el colchón disponible y genera dudas sobre su efectividad si el conflicto se prolonga. Bruselas, por su parte, debate ya la reactivación de instrumentos como el tope al precio del gas o nuevos esquemas de compra conjunta de hidrocarburos.

El tercer actor clave es la OPEP+ y, en particular, Arabia Saudí. El cártel dispone todavía de cierta capacidad ociosa, estimada por algunos analistas entre 2 y 3 millones de barriles diarios, pero su disposición a utilizarla en un contexto tan politizado no está clara. Riad se encuentra atrapado entre el interés en estabilizar el mercado y la oportunidad de beneficiarse de precios elevados para reforzar sus ingresos fiscales.

Mientras tanto, las grandes economías importadoras –desde la Unión Europea hasta India y China– intensifican la diplomacia energética, buscando garantías de suministro alternativo y explorando acuerdos bilaterales. El margen de maniobra es limitado: si el conflicto sigue deteriorándose en el Golfo, ninguna reconfiguración de flujos podrá compensar completamente el riesgo percibido en Ormuz.

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