La frase de Iturralde que puede explicar el próximo gran giro del dólar

Estados Unidos ha encontrado una nueva forma de convertir energía en poder: no ya el crudo, sino el gas natural licuado (GNL).
La jugada pretende blindar la influencia del dólar en el comercio energético justo cuando su hegemonía muestra desgaste: el billete verde bajó al 56,32% de las reservas asignadas, según el FMI.
El plan es simple en apariencia y brutal en sus efectos: controlar infraestructura, permisos y flujos para que Asia —y especialmente China— pague en dólares y asuma dependencia.
En paralelo, Oriente Medio y Ucrania aportan el combustible geopolítico perfecto para justificar la presión.
Miniatura del vídeo de Negocios TV que aborda la estrategia estadounidense para reemplazar el petrodólar con el petrogas dólar<br>                        <br>                        <br>                        <br>
La frase de Iturralde que puede explicar el próximo gran giro del dólar

El petrodólar fue, durante décadas, una mezcla de costumbre, finanzas profundas y seguridad marítima. Pero la mitología del “gran pacto” también tiene grietas: parte del dominio del dólar se explica por un hecho menos épico y más prosaico, TINA (There Is No Alternative), como han recordado análisis recientes sobre el origen real de aquel ecosistema financiero.

Ese matiz importa porque el giro actual no busca “reinventar” la hegemonía desde cero, sino reindustrializarla: desplazar el centro de gravedad hacia el GNL, donde EEUU compite con ventaja tecnológica y regulatoria. La consecuencia es clara: quien controla la molécula controla el contrato, y quien controla el contrato controla la moneda de referencia.

“No es solo vender energía: es vender estabilidad, dependencia y pagos en dólares durante veinte años”, resume un directivo del sector consultado por este medio.

La palanca está en las válvulas: permisos, terminales y contratos largos

El llamado “petrogas dólar” no se sostiene con discursos, sino con infraestructura y papel. El Departamento de Energía estima que EEUU exportó en 2024 12 Bcf/d de GNL y que en 2025 promediará 14 Bcf/d; hacia el final de la década, la cifra podría escalar hasta 26 Bcf/d si culminan los proyectos en construcción.

Este hecho revela la verdadera palanca: Washington puede modular el mercado no solo con producción, sino con autorizaciones y ritmos de puesta en marcha. En paralelo, los contratos de suministro —a menudo indexados y denominados en dólares— se convierten en un engranaje financiero: garantizan demanda de moneda estadounidense, sostienen inversión en terminales y fijan dependencias de largo plazo.

El resultado es un poder silencioso: cuando el GNL escasea, suben precios; cuando abundan cargamentos estadounidenses, se reordena la cadena global.

Asia, objetivo prioritario: el pulso con Pekín se libra en el GNL

La estrategia apunta a Asia porque ahí está el crecimiento y, sobre todo, el riesgo político. En 2024, Europa siguió como destino principal del GNL estadounidense, pero Asia aumentó su peso: pasó al 33% del total, unos 4,0 Bcf/d, según la EIA.

China, por su parte, volvió a rozar máximos: sus importaciones de GNL alcanzaron 76,65 millones de toneladas en 2024, de acuerdo con datos oficiales citados por medios especializados. La lectura en Washington es evidente: si una parte significativa de ese flujo depende de terminales, financiación y cargamentos ligados a EEUU, el suministro deja de ser un mercado y pasa a ser un instrumento.

Lo más grave para Pekín es que el gas no sustituye al carbón de la noche a la mañana, pero sí decide márgenes industriales, costes eléctricos y competitividad exportadora.

Rusia e Irán: castigo energético y ventana de oportunidad para Washington

La coyuntura ofrece un escenario ideal. La guerra en Ucrania ha demostrado que la energía puede ser frente y retaguardia a la vez: ataques sobre refinerías, puertos o nodos logísticos tienen impacto directo en ingresos fiscales y capacidad industrial. Al mismo tiempo, Irán sigue siendo el antagonista perfecto para justificar despliegues, sanciones y presión sobre rutas.

Aquí, el GNL funciona como sustituto estratégico: cuanto más gas flexible llega al mercado, más se estrechan los márgenes de Moscú y Teherán para usar la energía como chantaje. La Agencia Internacional de la Energía prevé una “ola” de capacidad: unos 300 bcm/año adicionales de exportación de GNL de aquí a 2030, impulsada principalmente por EEUU y Qatar.

La consecuencia es una guerra de cuotas. No siempre gana quien produce más, sino quien puede interrumpir menos y financiar mejor.

El Golfo se revuelve: aliados incómodos, competidores inevitables

Las monarquías del Golfo entienden la jugada y no todas la celebran. Qatar es socio y rival: comparte el podio del GNL y, a la vez, se beneficia de la tensión que dispara la prima geopolítica. Arabia Saudí y Kuwait, por su parte, miran con inquietud cualquier arquitectura que pretenda relegar su centralidad energética, aunque el petróleo siga siendo dominante.

En este tablero, la herramienta financiera pesa tanto como los buques metaneros. La amenaza —explícita o implícita— de congelación de activos o restricciones de acceso a mercados occidentales funciona como freno, pero también como recordatorio: el sistema no solo se sostiene por moléculas, sino por banca, seguros y compensación internacional en dólares.

Y ahí está el núcleo del “petrogas dólar”: no se trata solo de vender energía a Asia, sino de mantener el carril financiero por el que circula la influencia estadounidense.

El riesgo de boomerang: cuando el control acelera la alternativa

El plan tiene una cara B. Si el suministro se percibe como arma, los compradores buscarán salidas: más contratos con Qatar, más tubería donde sea posible, más carbón de emergencia, más nuclear, más renovables, más almacenamiento. Y, en el plano monetario, más incentivos para ensayar pagos fuera del dólar.

El FMI ya ha advertido —con datos, no con consignas— de que el peso del dólar en reservas se mueve, aunque parte de la caída responda a efectos de valoración y no a una fuga masiva. La consecuencia es clara: si Washington aprieta demasiado, puede convertir una ventaja comercial en una campaña global por reducir dependencia.

Además, la propia dinámica del GNL encierra su trampa: periodos prolongados de precios bajos pueden frenar inversión y estrechar el mercado después de 2030, según la IEA. Controlar hoy no garantiza estabilidad mañana.

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