¿Compra o invasión? EEUU despliega su estrategia en Venezuela y Groenlandia frente a la amenaza rusa
Washington combina tutela petrolera, ambiciones en el Ártico y choque naval con Moscú en un momento de máxima fragilidad global
Estados Unidos ha decidido mover ficha en tres tableros a la vez: un plan en tres fases para tutelar la Venezuela post-Maduro, una ofensiva diplomática y estratégica sobre Groenlandia y un pulso cada vez más peligroso con Rusia, tras el apresamiento de un petrolero ruso con crudo venezolano.
En el centro de la escena aparece el secretario de Estado, Marco Rubio, que detalla un esquema quirúrgico para controlar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano bajo supervisión directa de Washington. Al mismo tiempo, Moscú responde con amenazas de “respuesta militar” y ataques con torpedos a buques norteamericanos, mientras la Casa Blanca intensifica contactos con Dinamarca y Groenlandia para blindar el Ártico frente a Rusia y China. Todo apunta a una nueva fase de confrontación indirecta, donde el petróleo, el hielo y las rutas marítimas valen tanto como los misiles. La incógnita es si estos movimientos buscan evitar el caos o están sembrando las bases de una crisis mayor.
Un tablero global que se estrecha
La secuencia de acontecimientos es reveladora. Tras la captura de Nicolás Maduro en una operación liderada por EEUU, la Casa Blanca acelera un plan en tres pasos para Venezuela, al tiempo que extiende su presencia militar y diplomática desde el Caribe hasta el Ártico. El apresamiento de un petrolero ruso cargado —directa o indirectamente— con crudo venezolano cerca de Groenlandia funciona como hilo conductor: energía, rutas marítimas y esferas de influencia chocan en el mismo punto del mapa.
La reacción de Moscú, con el primer vicepresidente del Comité de Defensa, Alexey Zhuravlyov, hablando abiertamente de «respuesta militar» y hundimiento de buques estadounidenses, eleva el incidente a una categoría que roza el casus belli naval. En paralelo, Washington confirma reuniones con Dinamarca y autoridades groenlandesas para reforzar su presencia en el Ártico, región que concentra al menos un 13% del petróleo y un 30% del gas natural no descubiertos del planeta, según estimaciones habituales.
Este hecho revela una pauta clara: Estados Unidos intenta cerrar flancos a la vez que reordena su periferia energética, mientras Rusia se aferra a su papel de potencia indispensable en cualquier negociación que afecte a rutas y recursos. Europa, de momento, mira desde la barrera.
Venezuela: de la cuarentena petrolera al protectorado económico
El plan descrito por Marco Rubio parte de una premisa: controlar el flujo de petróleo venezolano es controlar la reconstrucción del país. La primera fase, la “estabilización”, pasa por una cuarentena estricta sobre cargamentos de crudo y productos refinados. Washington reconoce manejar ya un volumen retenido de entre 30 y 50 millones de barriles, procedentes de buques interceptados y contratos bloqueados por sanciones, que serán vendidos a precio de mercado.
La condición central es que ni un dólar vaya al antiguo entramado chavista. Los ingresos se canalizarán a través de estructuras financieras supervisadas por Estados Unidos, con la promesa de destinarlos a alimentos, medicinas y reconstrucción básica de infraestructuras. Sobre el papel, es una operación de estabilización; en la práctica, supone intervenir la principal fuente de divisas del país, que en tiempos normales llegó a representar más del 90% de sus exportaciones.
La cuarentena petrolera es, además, un mensaje hacia terceros: navieras, traders y gobiernos que pretendan operar al margen de Washington se arriesgan a perder cargamentos, barcos y acceso al sistema financiero occidental. El petróleo venezolano no solo cambia de destino; cambia de dueño político.
Las tres fases de Rubio: estabilizar, recuperar, transformar
Rubio detalla un esquema que va más allá del bloqueo puro y duro. La segunda fase, la “recuperación”, contempla abrir el mercado venezolano a empresas estadounidenses y occidentales, en sectores clave como energía, construcción, agroindustria y servicios básicos. La idea es que, una vez que el flujo de crudo y los dólares estén controlados, el tejido empresarial de EEUU y sus aliados ocupen el espacio económico vacante.
En esta etapa, se habla ya de contratos de servicio, joint ventures y concesiones que podrían movilizar inversiones por decenas de miles de millones de dólares en un horizonte de 5 a 10 años. La condición, insiste Rubio, es que la entrada de capital vaya acompañada de controles anticorrupción, supervisión internacional y objetivos medibles de mejora social.
La tercera fase, la “transición”, aspira a una apertura política gradual una vez que exista un mínimo de estabilidad económica y seguridad. «No puede haber democracia sobre ruinas», viene a sintetizar el secretario de Estado. Es la parte más ambiciosa y la más frágil: cualquier error en las dos primeras etapas —por exceso de intervencionismo o por falta de resultados tangibles— puede convertir la promesa de transición en una tutela indefinida difícil de legitimar, dentro y fuera de Venezuela.
Rusia y el petrolero: una amenaza que huele a pólvora
En el otro extremo del tablero, Rusia ha elegido una respuesta de alto voltaje. La detención de un petrolero ruso vinculado a crudo venezolano —y, según Washington, a redes de evasión de sanciones— ha llevado a Zhuravlyov a hablar abiertamente de ataques con torpedos y hundimiento de barcos norteamericanos. La frase, más allá de su literalidad, tiene un destinatario claro: disuadir nuevos apresamientos y recordar que Moscú conserva capacidad de daño en el mar.
Aunque el cargo del político ruso no implica mando directo sobre las fuerzas armadas, su posición y el contexto de guerra en Ucrania confieren a sus palabras un peso específico. La amenaza llega en un momento en que la Marina rusa intenta proyectar su presencia más allá del mar Negro, y en el que Estados Unidos combina operaciones en Caribe, Atlántico Norte y entorno ártico.
La consecuencia es obvia: la probabilidad de incidentes navales no planificados aumenta. Una colisión, un disparo “de advertencia” malinterpretado o un error de identificación en aguas saturadas de buques militares y mercantes puede bastar para desencadenar una crisis de gran escala. Cuando los discursos incluyen términos como “torpedear” y “hundir”, el margen para la desescalada se estrecha peligrosamente.
Groenlandia: el Ártico entra en la ecuación venezolana
El tercer vértice del triángulo es Groenlandia. Lo que podría parecer un frente separado —la ambición estadounidense sobre la isla ártica— se conecta, sin embargo, con la crisis del petrolero interceptado muy cerca de sus aguas. La Casa Blanca ha confirmado reuniones con Dinamarca y contactos directos con Groenlandia para explorar acuerdos en materia de energía, minerales críticos y presencia militar.
No se trata solo de tierras ricas en rare earths o de posibles yacimientos offshore. Groenlandia es un punto de control sobre rutas marítimas emergentes a medida que el hielo retrocede y el tráfico de gas, petróleo y mercancías se desplaza hacia el norte. Controlar su entorno supone vigilar de cerca cualquier intento ruso o chino de usar el Ártico como corredor alternativo a las rutas tradicionales.
En este contexto, que un petrolero ruso vinculado a crudo venezolano sea interceptado en esa zona no es casualidad geográfica: es una demostración de que Washington puede proyectar su política energética hasta el borde mismo del círculo polar. Para Dinamarca y la UE, el mensaje es incómodo: su soberanía formal sobre Groenlandia convive con un hecho práctico, Estados Unidos considera el Ártico parte de su perímetro de seguridad.
Europa, espectadora inquieta y sin palancas claras
Mientras Washington y Moscú miden fuerzas y el Ártico entra en la ecuación, Europa asiste al pulso con preocupación y margen de maniobra limitado. La UE depende aún de proveedores externos para más del 55% de su energía primaria, ha tenido que reemplazar en tiempo récord el gas ruso y mira con interés, pero también con recelo, el control estadounidense sobre el petróleo venezolano.
En teoría, Bruselas podría desempeñar un papel de mediador entre EEUU y Rusia o entre Washington y Caracas. En la práctica, la fragmentación interna, el calendario electoral y la dependencia en materia de defensa de la OTAN reducen su capacidad para influir de forma autónoma en los tres frentes abiertos.
El contraste resulta demoledor: mientras Estados Unidos despliega planes en tres fases, intercepciones navales y diplomacia ártica, Europa apenas acierta a emitir comunicados de preocupación. Si el petróleo venezolano reorientado termina alimentando sobre todo a refinerías estadounidenses y la presión en el Ártico se traduce en mayores costes logísticos, el continente podría descubrir que su papel en este tablero es más el de variable dependiente que el de actor decisor.
El nexo energético: petróleo, rutas y dependencia
El hilo de fondo que une Venezuela, Groenlandia y Rusia es energético. El control de 30–50 millones de barriles venezolanos, el apresamiento de petroleros rusos y la carrera por el Ártico forman parte de una misma lógica: reordenar quién suministra qué, a quién y por dónde en un mundo donde la energía sigue siendo el motor de la política.
Para Estados Unidos, anclar el petróleo venezolano a su órbita, limitar los flujos rusos hacia China y asegurarse posiciones de fuerza en el Ártico significa consolidar una ventaja estratégica a medio plazo. Para Rusia, perder esos espacios implica ceder terreno en el único campo en el que aún compite de igual a igual con Washington: el de gran proveedor energético global.
En este marco, la amenaza de hundir barcos y la negociación sobre Groenlandia no son episodios aislados; son piezas de una misma partida, donde los precios en pantalla —Brent alrededor de los 60 dólares, WTI en la zona de 56— esconden una pelea por quién se queda con la renta de cada barril. Y donde la “estabilización” de Venezuela es, al mismo tiempo, una operación de rescate y una colonización económica de nuevo cuño.