Alfredo Jalife alerta, "Rusia podría atacar con misiles Oreshnik o Sarmat contra el E3 en algún momento"

Alfredo Jalife alerta, "Rusia podría atacar con misiles Oreshnik o Sarmat contra el E3 en algún momento"
Análisis detallado de la nueva fase de la guerra en Ucrania y sus repercusiones geopolíticas. Alfredo Jalife alerta sobre la posibilidad de ataques rusos con misiles hipersónicos contra Europa, mientras se examinan los cambios estratégicos en Oriente Medio y las tensiones políticas en Estados Unidos.

La guerra de Ucrania entra en una fase más peligrosa: menos nuclear, pero más imprevisible. El analista Alfredo Jalife sostiene que Moscú no necesita recurrir a armas tácticas atómicas para elevar el coste de la guerra a Occidente. Le bastaría con utilizar vectores convencionales de alta capacidad, como el Oreshnik o el Sarmat, para enviar un mensaje estratégico a Kiev y a sus aliados europeos.
La hipótesis no equivale a una decisión confirmada del Kremlin, pero revela un cambio de clima.
Ucrania está llevando la guerra cada vez más lejos dentro de Rusia, mientras Moscú responde con presión en el frente terrestre y amenazas tecnológicas.
El riesgo ya no está sólo en el campo de batalla: está en la posibilidad de que Europa se convierta en parte directa del cálculo militar ruso.

Kiev ha intensificado sus ataques con drones de largo alcance contra refinerías, nodos logísticos e infraestructuras rusas. La nueva operación de presión, presentada como una campaña de 40 días, busca erosionar la capacidad militar y económica del Kremlin y forzar una negociación en mejores condiciones. Los ataques han alcanzado regiones rusas, Crimea ocupada y centros vinculados al suministro energético y militar.

Este giro confirma que Ucrania ya no se limita a resistir en el frente. Intenta trasladar el coste de la guerra al interior de Rusia. La profundidad estratégica rusa, antes ventaja, empieza a convertirse en vulnerabilidad. Moscú lo sabe, y por eso la respuesta puede no limitarse a Donbass.

El Oreshnik como advertencia

El Oreshnik aparece en el análisis de Jalife como el símbolo de una nueva fase de disuasión convencional. Fuentes militares ucranianas ya habían advertido en junio de una alta probabilidad de lanzamiento de un misil balístico de alcance intermedio desde Kapustin Yar, asociado a sistemas de nueva generación rusos.

Lo relevante no es sólo su potencia, sino su función política. Un misil hipersónico convencional permite a Rusia escalar sin cruzar formalmente el umbral nuclear. Golpear o amenazar objetivos estratégicos con armas no nucleares puede generar casi el mismo efecto psicológico que una advertencia atómica, pero con menor coste diplomático inmediato. Ahí reside su peligro.

Sarmat y la disuasión extrema

El Sarmat pertenece a otra categoría. Es un misil balístico intercontinental diseñado para disuasión estratégica, no para operaciones tácticas ordinarias. Jalife lo cita como ejemplo del arsenal ruso capaz de sortear defensas y alterar cualquier cálculo europeo, pero su empleo contra países del E3 —Reino Unido, Francia y Alemania— supondría una escalada de consecuencias incalculables.

Por eso el escenario debe leerse con cautela. No hay confirmación de una decisión rusa de atacar infraestructuras europeas. Sí existe, en cambio, una presión creciente dentro del sistema de seguridad ruso para responder con más contundencia a los ataques ucranianos en profundidad. La línea entre demostración de fuerza y error estratégico se estrecha.

Donbass, el desgaste útil

En tierra, Rusia mantiene una estrategia de avance sostenido en el este ucraniano. La presión sobre enclaves como Konstantinovka y Sumy busca desgastar las líneas defensivas de Kiev, forzar rotaciones y abrir el camino hacia objetivos mayores en el eje Sloviansk-Kramatorsk.

El método no es espectacular, pero sí persistente. Moscú combina artillería, drones, infiltraciones y presión logística. La consecuencia es clara: Ucrania necesita cada vez más defensa aérea, más hombres y más munición para sostener un frente demasiado largo. La crisis demográfica ucraniana agrava ese cálculo. Cada pérdida pesa más cuando la reserva humana se estrecha.

Ormuz complica a Washington

El tablero global tampoco ayuda a Estados Unidos. Irán ha rechazado planes respaldados por la ONU para evacuar buques atrapados en el estrecho de Ormuz y exige coordinar cualquier tránsito a través de sus propios mecanismos, lo que aumenta la incertidumbre en una de las rutas energéticas más críticas del mundo.

Jurídicamente, Ormuz no es una vía marítima ordinaria: sus aguas pertenecen a las zonas territoriales de Irán y Omán, aunque el derecho internacional impone obligaciones de paso. Esa ambigüedad convierte cada incidente en una negociación de fuerza. Washington no puede concentrarse sólo en Ucrania si el Golfo amenaza petróleo, inflación y seguridad naval.

Líbano, el acuerdo incompleto

En Oriente Medio, el acuerdo marco entre Israel, Líbano y Estados Unidos busca abrir una vía hacia la paz, pero nace con una debilidad evidente: Hezbolá lo rechaza. Marco Rubio lo presentó como un primer paso, aunque la exclusión práctica de los actores chiíes armados limita su viabilidad sobre el terreno.

El contraste es demoledor. Washington intenta cerrar frentes diplomáticos mientras se abren otros militares. Rusia observa ese agotamiento. Irán también. Y Europa, atrapada entre Ucrania, energía y defensa, descubre que la guerra ya no se mide sólo en kilómetros conquistados, sino en capacidad para sostener múltiples crisis simultáneas.