La mayor caída de la plata en años y el giro hawkish en la Reserva Federal desatan ventas en Wall Street

El Dow Jones se deja 179 puntos por el desplome de los metales

Dow Jones - Nasdaq

La sesión de este viernes 30 de enero dejó una estampa incómoda para los inversores: la plata se desplomó más de un 35% y el oro cedió un 12%, arrastrando a la renta variable estadounidense a números rojos. El Dow Jones Industrial Average perdió 179 puntos, un 0,36%, mientras el Nasdaq 100 se dejó un 1,28% y el S&P 500 retrocedió un 0,43%. La venta masiva coincidió con la nominación por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, del exgobernador de la Fed Kevin Warsh, de perfil claramente hawkish, como próximo presidente de la Reserva Federal, y con un nuevo pulso geopolítico de Washington con Irán, Canadá y Cuba. A ello se sumó la presión sobre la tecnología, con Applovin desplomándose un 16,9% y Visa cediendo un 3%. 

Metales preciosos en caída libre

El epicentro del temblor estuvo en los metales preciosos. La plata, tradicionalmente más volátil que el oro, se hundió más de un 35% intradía, una caída propia de un flash crash más que de una sesión ordinaria. El oro, que en los últimos años se había consolidado como activo refugio frente a la inflación y la incertidumbre política, retrocedió un 12%, borrando en horas el avance de varias semanas.

Este desplome llegó tras semanas de posicionamiento masivo de fondos cuantitativos y particulares en estos activos, vistos como la cobertura perfecta frente a unos bancos centrales “distractidos”. El anuncio de un posible presidente de la Fed con una trayectoria crítica con los programas de estímulo y los tipos ultrabajos actuó como detonante. El mercado empezó a desmontar de forma abrupta la narrativa del “dinero gratis para siempre”, provocando ventas forzadas por márgenes y liquidación de posiciones apalancadas.

Lo más grave no es sólo la magnitud del movimiento, sino su velocidad: movimientos de dos dígitos en cuestión de minutos indican la presencia de algoritmos, desajustes de liquidez y órdenes en cascada. El contraste con la imagen clásica del oro como colchón de estabilidad resulta demoledor: en esta sesión, el “refugio” cayó más que muchos activos de riesgo. Para los gestores, este episodio revela una realidad incómoda: cuando todo el mercado corre en la misma dirección, incluso los supuestos seguros pueden convertirse en otra fuente de volatilidad.

Un Dow Jones que pierde 179 puntos

En términos absolutos, 179 puntos y un 0,36% de caída en el Dow Jones podrían parecer un ajuste menor tras meses de subidas casi ininterrumpidas. Sin embargo, el movimiento fue mucho más feo por dentro de lo que sugiere el titular. Las compañías ligadas a materias primas y a la industria sufrieron recortes de entre el 2% y el 4%, mientras que los valores más defensivos apenas lograban capear la sesión en tablas.

El hecho de que Visa Inc. retrocediera un 3% refleja que el castigo no se limitó a sectores cíclicos. Los inversores comenzaron a rotar fuera de los grandes ganadores del último año, conscientes de que un cambio en el tono de la Fed puede encarecer la financiación, presionar los múltiplos y enfriar el consumo. En la semana, el índice industrial acumula ya una caída cercana al 1,5%, una cifra todavía moderada, pero que corta de raíz la sensación de “subida sin alternativa” que dominaba el mercado.

Este hecho revela algo más profundo: la correlación entre activos está aumentando. Cuando metales, bolsas y divisas se mueven en la misma dirección —venta de riesgo y huida hacia el dólar— el margen para diversificar se reduce. La consecuencia es clara: cualquier shock adicional, ya sea político o macroeconómico, puede traducirse en caídas más violentas de lo habitual.

El giro hawkish en la Reserva Federal

Buena parte del nerviosismo tiene nombre y apellido: Kevin Warsh, exgobernador de la Fed, conocido por su postura crítica con las rondas de expansión cuantitativa. Su nominación como futuro presidente de la Reserva Federal supone, a ojos del mercado, un giro explícito hacia una política monetaria más dura, con menos tolerancia a la inflación y más prisa por normalizar el precio del dinero.

Warsh ha defendido en varias ocasiones que los tipos demasiado bajos durante demasiado tiempo distorsionan la asignación de capital y alimentan burbujas en activos financieros. La mera perspectiva de que ese discurso pase de las tribunas académicas al despacho del presidente de la Fed ha llevado a los inversores a recalibrar las expectativas de subidas de tipos y reducción del balance. En el tramo largo de la curva, los rendimientos del bono a diez años repuntaron en torno a 15 puntos básicos, hasta niveles que no se veían desde hacía varios meses, encareciendo de golpe el coste de financiación para empresas y gobiernos.

“Este no es un ajuste técnico más; es el mercado empezando a descontar un banco central menos amigo de los activos de riesgo”, resumía un gestor de renta fija europea. El contraste con la etapa de discurso ultraacomodaticio resulta evidente y obliga a replantear estrategias: las compañías sobreendeudadas y los sectores más sensibles a los tipos empezarán a ser mirados con lupa.

Tensión geopolítica y comercial desde Washington

El segundo foco de inestabilidad llegó desde la política exterior de Washington. El tono más confrontativo hacia Irán, Canadá y Cuba reactivó temores de sanciones, represalias comerciales y bloqueos logísticos. En un contexto en el que las cadenas de suministro aún no se han normalizado del todo, cualquier amenaza adicional a la circulación de materias primas genera una prima de riesgo inmediata.

En esta ocasión, sin embargo, el movimiento fue paradójico: lejos de subir por miedo a una menor oferta, los metales preciosos se hundieron. Los inversores priorizaron el impacto de un dólar fuerte —alimentado por la expectativa de una Fed más agresiva— sobre la narrativa tradicional del oro como seguro frente a la inestabilidad internacional. El resultado fue un desplazamiento masivo de capital hacia activos denominados en dólares, desde deuda norteamericana hasta efectivo, en detrimento tanto de materias primas como de divisas emergentes.

Este endurecimiento del discurso americano añade una capa de incertidumbre adicional para las empresas europeas y españolas con exposición a esos mercados. Sectores como energía, infraestructuras y turismo podrían verse afectados si las tensiones se consolidan en forma de sanciones formales o restricciones comerciales. Por ahora, el mercado descuenta un escenario de ruido elevado pero impacto económico todavía contenido; sin embargo, la experiencia de anteriores episodios muestra que la línea entre el gesto político y el daño real es más fina de lo que parece.

Tecnología bajo presión: resultados y correcciones

La tecnología volvió a ser el termómetro del apetito por el riesgo. El Nasdaq 100 cayó un 1,28%, lastrado por correcciones significativas en los nombres de mayor crecimiento. El caso más llamativo fue Applovin Corporation, que se desplomó un 16,89% tras presentar unos resultados que, aun siendo razonables, no justificaban las valoraciones exigentes a las que cotizaba. La reacción del mercado fue inequívoca: cualquier desvío, aunque sea leve, se castiga con dureza cuando los tipos amenazan con subir.

Más allá de un nombre concreto, el mensaje que lanzan las pantallas es que la combinación de beneficios solo en línea con lo esperado y coste de capital al alza fuerza una relectura de los múltiplos. Empresas que hace un año se pagaban a más de 30 veces beneficios empiezan a enfrentarse a una compresión de valoración acelerada. En pocas sesiones, eso puede traducirse en caídas de entre el 10% y el 20% sin necesidad de grandes sorpresas en resultados.

El contraste con los valores de dividendo y los sectores defensivos resulta cada vez más acusado. Mientras las tecnológicas de alto crecimiento corrigen, utilities, alimentación o salud aguantan mejor el envite. No es todavía una rotación estructural, pero sí una señal temprana de que el mercado empieza a premiar el flujo de caja presente y penalizar las promesas demasiado lejanas.

El castigo a las divisas: euro a la baja

En el frente de divisas, el movimiento fue igualmente significativo. El euro cayó un 0,89% frente al dólar, hasta los 1,18530 dólares, reflejando el ajuste en las expectativas de tipos relativos entre Estados Unidos y la eurozona. A mayor probabilidad de un ciclo de subidas agresivo en la Fed, mayor atractivo del billete verde como activo de reserva global.

Para los inversores europeos, la depreciación del euro tiene un doble filo. Por un lado, beneficia a las compañías exportadoras, especialmente industriales y turísticas, que ven cómo sus ingresos denominados en dólares se traducen en más euros. Por otro, encarece las importaciones de energía y materias primas, en un contexto en el que la inflación ya se sitúa en niveles incómodos para hogares y empresas. Un movimiento adicional del 5% al 7% a la baja podría reabrir el debate sobre el margen de maniobra del Banco Central Europeo y complicar aún más la gestión de la deuda pública en los países más endeudados.

Este ajuste también tiene implicaciones para el inversor español minorista: las carteras excesivamente concentradas en activos denominados en dólares pueden haber disfrutado de un viento de cola, pero quedan ahora más expuestas a un eventual giro de la divisa si el mercado reconsidera la agresividad de la Fed o si Europa sorprende al alza en crecimiento.

Reacción de los gestores y señales para el inversor

Desde las mesas de gestión, el mensaje común es de prudencia, pero no de pánico. “No estamos ante un 2008, pero sí ante el fin de una complacencia peligrosa”, apuntaba un gestor de renta variable global. Muchos profesionales reconocen que la exposición a metales preciosos y tecnología de alto crecimiento había alcanzado niveles difíciles de justificar si los bancos centrales abandonaban su papel de “red de seguridad” permanente.

En las últimas semanas ya se habían observado movimientos de rotación hacia sectores más defensivos y hacia la deuda corporativa de alta calidad. La sesión de este viernes actúa como acelerador de esa tendencia: más coberturas, más liquidez y más énfasis en balances sólidos. Para el inversor particular, la lección es clara: las estrategias basadas en una sola idea —ya sea “los metales siempre suben” o “la tecnología nunca corrige”— tienen fecha de caducidad.

La recomendación que se repite es reforzar la diversificación real (no sólo de nombres, sino de factores de riesgo), revisar el nivel de apalancamiento y asumir que la volatilidad media de los mercados puede estar entrando en una fase estructuralmente más elevada frente a los últimos años.

Escenarios a corto plazo: volatilidad asegurada

¿Qué puede pasar ahora? En el corto plazo, el escenario más probable es el de varias sesiones adicionales de volatilidad elevada, con rebotes técnicos intercalados con nuevas oleadas de ventas si los datos macro o los mensajes desde la Fed confirman un cambio de ciclo. Un repunte adicional de los tipos a largo plazo por encima de 20-25 puntos básicos respecto a los niveles actuales sería suficiente para presionar de nuevo a las bolsas y a los activos más sensibles al coste del dinero.

En el frente de materias primas, la violencia del movimiento de hoy sugiere que parte del ajuste más extremo podría haberse consumido ya. Sin embargo, las posiciones apalancadas que aún no se han deshecho pueden provocar nuevas sacudidas si los precios no estabilizan rápidamente. No se puede descartar un escenario en el que la plata recupere un 10%-15% en cuestión de días, simplemente por cierre de cortos y normalización de spreads, sin que ello implique necesariamente un cambio estructural de tendencia.

La clave estará en los próximos mensajes de la Reserva Federal y en la confirmación —o rectificación— de la nominación de Warsh. Cualquier indicio de mayor gradualismo podría calmar temporalmente los mercados. Pero incluso en ese caso, el espejismo de un mundo de dinero perpetuamente barato ha quedado seriamente dañado.