Los inversores castigan los resultados débiles y el alza del gasto en inteligencia artificial en plena tensión geopolítica

El Dow Jones se hunde 600 puntos por la factura de la IA

Dow Jones - Nasdaq

La calma relativa que había vuelto a Wall Street ha durado poco. En la sesión de este jueves, el Dow Jones Industrial Average llegó a caer 611 puntos, un retroceso del 1,24% a media mañana, arrastrado por unos resultados empresariales por debajo de lo esperado y por el aviso de varias grandes tecnológicas: el ciclo de inversión en inteligencia artificial será más caro y más largo de lo que el mercado descontaba. Al mismo tiempo, el Nasdaq 100 se dejaba un 1,51% y el S&P 500 retrocedía un 1,36%, extendiendo las pérdidas de las últimas jornadas. La corrección se produce, además, en un contexto de nerviosismo geopolítico y de dudas sobre el ritmo de futuras bajadas de tipos en Estados Unidos. A las 10:29 horas, el euro se negociaba en torno a 1,1792 dólares, un 0,10% por debajo del cierre previo, reflejando la búsqueda de refugio en el billete verde.

Un desplome que corta la racha alcista

El ajuste llega después de semanas en las que los principales índices neoyorquinos coqueteaban con máximos históricos, impulsados por la narrativa de un “aterrizaje suave” de la economía estadounidense y por la euforia en torno a la inteligencia artificial. Este retroceso superior al 1% en las tres grandes referencias rompe ese relato y devuelve al mercado a un terreno más incómodo: el de las valoraciones tensas y los beneficios que no siempre acompañan.

Lo más significativo es el movimiento del Dow Jones, tradicionalmente menos expuesto a las grandes tecnológicas. Una caída de más de 600 puntos en un índice compuesto por compañías maduras y de perfil defensivo indica que la corrección no se limita ya al universo del “growth”, sino que empieza a contaminar sectores industriales, consumo y finanzas.

Los gestores consultados señalan que buena parte del ajuste responde a un simple mecanismo de toma de beneficios tras meses de escalada casi ininterrumpida. Sin embargo, reconocen que el mensaje que llega de los resultados del primer trimestre es menos cómodo: menor crecimiento de ventas, presión sobre márgenes y anuncios de capex multimillonario en IA que dilatan en el tiempo la promesa de retornos extraordinarios. “El mercado está pasando de la fase de entusiasmo inicial a la de hacer números finos sobre la rentabilidad real de estas inversiones”, resume un gestor de renta variable estadounidense.

Índice Dow Jones Industrial Average

Resultados flojos y la factura creciente de la IA

Detrás del giro de humor está el binomio que más preocupa hoy a los inversores: beneficios menos dinámicos y gasto más agresivo en tecnología. Varias grandes compañías han presentado guías para 2025 y 2026 en las que el aumento del gasto en centros de datos, chips y talento ligado a IA supera el 20% anual, mientras que el crecimiento previsto de los ingresos se mueve en bandas del 5%-8%. La aritmética no juega a favor de las valoraciones actuales.

El mercado había aceptado hasta ahora la idea de una “nueva ola de productividad” que justificaría múltiplos elevados, especialmente en el sector tecnológico. Sin embargo, a medida que los equipos directivos bajan a detalle el plan de inversión, el mensaje se vuelve más matizado: los proyectos son intensivos en capital, las ganancias de eficiencia tardarán años en materializarse y no todas las empresas podrán trasladar el coste al cliente final.

“No es que la IA haya dejado de ser una oportunidad, pero empieza a ser evidente que también es un agujero de gasto para muchas compañías”, explican en una gran gestora europea. Este hecho revela una fractura dentro del mercado: por un lado, un puñado de gigantes que concentran los beneficios del nuevo paradigma; por otro, una larga lista de empresas obligadas a invertir para no quedarse atrás, aun sin tener claro cómo monetizar esas inversiones. La consecuencia es clara: cada decepción en resultados se castiga con caídas de doble dígito y arrastra al conjunto de los índices.

Geopolítica y tipos: el cóctel perfecto para la volatilidad

El ajuste de este jueves no puede entenderse solo por los resultados empresariales. En paralelo, las tensiones geopolíticas en varios frentes —desde Oriente Medio hasta el eje Asia-Pacífico— siguen alimentando episodios de aversión al riesgo. El repunte de las primas de seguro frente a impagos soberanos y las oscilaciones en el precio del crudo añaden capas de incertidumbre a un mercado ya de por sí sensible.

A ello se suma el mensaje más matizado de la Reserva Federal de Estados Unidos. Los últimos discursos de sus miembros insisten en que cualquier relajación de tipos será gradual y dependiente de los datos, alejando la expectativa de recortes rápidos y agresivos. Para unas bolsas que habían descontado hasta tres bajadas de tipos en los próximos doce meses, cada matiz menos “dovish” se traduce en ventas, especialmente en los segmentos más sensibles al coste de financiación.

Este entorno de tipos relativamente altos, inflación aún por encima del objetivo y tensión geopolítica actúa como una especie de “triple mordida” sobre la renta variable: encarece el capital, frena el apetito por el riesgo y revaloriza activos alternativos como la deuda pública estadounidense a diez años, que sigue ofreciendo rentabilidades en el entorno del 4%. El contraste con las rentabilidades por dividendo de muchos valores del S&P 500 —inferiores al 2%— resulta demoledor.

El euro cede terreno frente a un dólar refugio

El movimiento en divisas completa el cuadro. A las 10:29 horas, el euro se cambiaba a 1,1792 dólares, lo que supone una caída del 0,10% en la sesión y consolida varias jornadas de debilidad frente al billete verde. La moneda única se resiente cada vez que el mercado percibe a Estados Unidos como un refugio relativo, bien sea por su crecimiento, bien por la solidez de su mercado laboral o por la mayor rentabilidad de su deuda.

Para los inversores europeos, este comportamiento tiene una doble lectura. Por un lado, un dólar más fuerte amortigua parcialmente las pérdidas en activos estadounidenses cuando se miden en euros. Pero, por otro, encarece las importaciones de materias primas y energía, denominadas mayoritariamente en dólares, lo que puede reavivar las presiones inflacionistas en la zona euro.

El papel del Banco Central Europeo es clave. Mientras la Reserva Federal mantiene un tono prudente, Fráncfort navega entre el deseo de apoyar el crecimiento y el miedo a que un recorte de tipos demasiado rápido debilite aún más la moneda. “La divergencia de políticas monetarias entre ambos lados del Atlántico puede volver a ser un factor de inestabilidad cambiaria en los próximos meses”, señalan desde un banco de inversión alemán.