Meta despide a 700 empleados

Los recortes golpean a Reality Labs, reclutamiento y otras áreas justo cuando la compañía acelera su apuesta por la inteligencia artificial, mantiene un metaverso ruinoso y encaja un revés judicial que puede cambiar su perfil de riesgo.

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Foto de Shutter Speed en Unsplash
Meta Foto de Shutter Speed en Unsplash

Meta volvió a recortar plantilla. La cifra, según varios medios estadounidenses, ronda los 700 empleados y afecta sobre todo a Reality Labs, además de equipos de reclutamiento, ventas y parte del negocio de Facebook. El dato ya sería relevante por sí solo. Pero lo que convierte este episodio en una señal de fondo es su secuencia: horas antes trascendió un nuevo programa de incentivos para seis altos ejecutivos y, casi al mismo tiempo, un jurado de California declaró a la empresa responsable por no advertir de los riesgos de diseño adictivo en sus plataformas.

Recorte pequeño, mensaje enorme

En términos estrictamente cuantitativos, el ajuste no parece devastador. Meta cerró 2025 con 78.865 empleados, de modo que unos 700 despidos equivalen a menos del 1% de la plantilla. Sin embargo, lo más grave no está en el volumen, sino en el patrón. Los recortes no llegan en una empresa en retroceso, sino en un grupo que elevó sus ingresos hasta 200.966 millones de dólares en 2025, aumentó su facturación un 22% interanual y siguió ampliando personal un 6% en el último ejercicio.

Ese contraste revela una lógica distinta a la del ajuste defensivo. Meta no está recortando porque no tenga caja, sino porque quiere redistribuir recursos. Cerró 2025 con 81.590 millones en efectivo, equivalentes y valores negociables, una posición que le da margen de maniobra de sobra. La consecuencia es clara: cuando una compañía rica recorta en áreas concretas mientras sigue contratando en otras, el mercado no lee austeridad, sino cambio de prioridades. Y en Meta la prioridad tiene un nombre cada vez menos discutible: inteligencia artificial.

Reality Labs deja de ser intocable

El gran perdedor vuelve a ser Reality Labs, la división que concentra la apuesta por realidad virtual, aumentada y metaverso. Meta reconoce en su documentación oficial que esa unidad redujo su beneficio operativo de 2025 en 19.190 millones de dólares y que espera que las pérdidas en 2026 se mantengan en niveles similares. Es una admisión extraordinaria por su crudeza: la compañía ya no presenta el metaverso como una promesa que justifica cualquier coste, sino como un negocio cuya factura empieza a exigir selección, poda y disciplina.

El ajuste actual tampoco nace de la nada. En enero, Bloomberg y otros medios ya avanzaron un recorte de alrededor del 10% en Reality Labs, con más de 1.000 puestos afectados, en una reorientación desde productos de realidad virtual y metaverso hacia wearables y funciones ligadas a la IA. El diagnóstico es inequívoco: el relato de Zuckerberg ha cambiado. El metaverso sigue vivo, sí, pero ha dejado de ser el centro de gravedad. Y cuando una división acumula pérdidas multimillonarias durante años, la paciencia estratégica se encoge aunque el discurso público siga siendo ambicioso.

La IA absorbe caja y talento

Si Reality Labs pierde peso relativo, no es solo por sus números rojos. También porque otra prioridad se ha vuelto mucho más voraz. Meta anticipa para 2026 unos gastos totales de entre 162.000 y 169.000 millones de dólares y unas inversiones de capital de entre 115.000 y 135.000 millones, frente a los 72.220 millones desembolsados en 2025. La propia empresa admite que el grueso del aumento vendrá de la infraestructura y que el segundo mayor motor del gasto será la compensación de empleados, impulsada por contrataciones en áreas prioritarias, “particularmente IA”.

Ahí está la clave. Meta no está encogiendo; está sustituyendo talento. Reduce posiciones donde ve menor retorno esperado y concentra chequera, fichajes y capacidad de cómputo donde cree que se jugará la siguiente década. El metaverso exigía paciencia; la IA promete monetización, productividad y relato bursátil casi inmediato. Por eso el contraste con otras etapas resulta demoledor. En 2023, el “año de la eficiencia” respondía a una digestión pospandemia. En 2026, la poda responde a otra cosa: la carrera por no quedarse atrás en la infraestructura, los modelos y el talento que van a definir la nueva jerarquía tecnológica.

Bonos al alza, plantilla a la baja

La dimensión más incómoda de esta historia no es financiera, sino política. Meta ya había aprobado en febrero de 2025 elevar el porcentaje objetivo del bonus anual para sus ejecutivos nombrados —excluido Mark Zuckerberg— desde el 75% hasta el 200% del salario base. La empresa justificó esa decisión alegando que la compensación de su cúpula estaba por debajo del percentil 15 frente a su grupo comparable y que, tras el cambio, pasaría a situarse en torno al percentil 50. Técnicamente, la explicación puede sostenerse. En términos de percepción, el problema es otro.

Porque el 25 de marzo trascendió además un nuevo programa de opciones sobre acciones para seis altos ejecutivos, vinculado a objetivos que se extienden hasta 2031 y que, en el escenario más agresivo, exigen que Meta alcance una capitalización bursátil de 9 billones de dólares. Diversos análisis citados por la prensa elevan el potencial de algunas adjudicaciones a 921 millones de dólares por ejecutivo. La combinación es explosiva: despidos en divisiones prescindibles para el nuevo relato estratégico y un horizonte de remuneración extraordinaria para quienes pilotan esa transición. La óptica es devastadora, aunque el consejo la considere racional para retener talento en plena guerra por la IA.

El jurado de California complica el tablero

Como si la tensión interna no bastara, Meta recibió además un golpe judicial con implicaciones mucho más amplias. Un jurado de California concluyó el 25 de marzo de 2026 que Meta y YouTube fueron responsables en todos los cargos de un caso que acusaba a ambas plataformas de haber contribuido al deterioro de la salud mental de una joven usuaria. Según el veredicto, las compañías actuaron con negligencia en el diseño de sus productos, conocían los riesgos de ese diseño y no advirtieron adecuadamente a los usuarios.

El jurado fijó 3 millones de dólares en daños compensatorios y recomendó además daños punitivos de 2,1 millones para Meta y 900.000 dólares para YouTube. También atribuyó a Meta el 70% de la responsabilidad. La cifra económica inmediata no parece capaz de alterar por sí sola el balance de la empresa. Lo relevante es el precedente. CNN subraya que la decisión puede afectar a cientos de casos similares y forzar cambios en la forma en que operan las plataformas sociales, especialmente con usuarios jóvenes. Es decir, mientras Meta redibuja su perímetro laboral y retributivo, su riesgo regulatorio y judicial también se está ensanchando.

No es austeridad, es una reasignación radical

La secuencia completa deja una conclusión incómoda para la compañía. Meta está diciendo a sus empleados, a sus inversores y a los reguladores tres cosas al mismo tiempo. Primero: que el metaverso ya no merece el mismo blindaje presupuestario. Segundo: que la inteligencia artificial sí justifica una escalada de inversión casi sin precedentes, incluso con un capex previsto de hasta 135.000 millones en 2026. Y tercero: que la dirección quiere alinear esa apuesta con incentivos excepcionales para su núcleo ejecutivo. Todo ello mientras admite que afronta más escrutinio en asuntos juveniles y que esos litigios podrían traducirse en una “material loss”, una pérdida material para el negocio.

Ese es el verdadero cambio de era. Durante años, Meta pudo permitirse financiar apuestas largas y errores caros gracias a la fortaleza de su negocio publicitario. Ahora también puede hacerlo, pero el listón de paciencia interna ha subido. El contraste con otras tecnológicas resulta revelador: en la nueva fase del sector, el talento ya no se reparte según el proyecto más visionario, sino según el que promete retorno más rápido, ventaja computacional y defensa bursátil. La empresa no está cerrando una etapa por falta de recursos, sino por exceso de exigencia estratégica. Y eso suele traducirse en más rotación, menos romanticismo y una cultura mucho más dura.

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