Warner juega a dos bandas con Netflix y Paramount por 83.000 millones
La guerra por el control de Warner Bros. Discovery (WBD) entra en su fase más delicada. La compañía se prepara para comunicar a los inversores que analizará el nuevo intento de opa de Paramount Skydance, pero sin retirar por ahora su apoyo al pacto sellado con Netflix, valorado en cerca de 83.000 millones de dólares. El anuncio, adelantado por fuentes del mercado, se espera antes de la apertura de Wall Street este martes, con la vista puesta en la junta del 20 de marzo, cuando los accionistas votarán el acuerdo con la plataforma de ‘streaming’.
La batalla por el control de Warner Bros. Discovery
La situación de Warner Bros. Discovery es inédita incluso para los estándares de un sector acostumbrado a las grandes operaciones. Por un lado, la compañía tiene un acuerdo definitivo firmado con Netflix para venderle sus estudios de cine y televisión, así como HBO y su plataforma de ‘streaming’, en una transacción que ya ha recibido el respaldo del consejo y que se ha simplificado a una oferta íntegramente en efectivo para dar más certidumbre al mercado.
Por otro, Paramount Skydance ha irrumpido con una opa hostil para hacerse con el conjunto del grupo, incluidos los canales lineales y la división de redes globales, proponiendo un precio superior por acción y presentándose como la opción que maximiza el valor inmediato para el accionista. El resultado es una guerra de ofertas en la que WBD intenta preservar una narrativa de orden: escuchar a Paramount sin dar sensación de debilidad frente a Netflix.
El contexto bursátil añade presión. Tras meses de rumores, las acciones de WBD se han revalorizado más de un 170% en 2025, impulsadas por la expectativa de consolidación y las sucesivas pujas. A estos niveles, cada dólar adicional en la oferta supone miles de millones de diferencia en valor agregado. El consejo debe equilibrar la tentación del precio más alto con los riesgos de ejecución, la estructura regulatoria de cada propuesta y el futuro industrial de la compañía resultante.
Dos ofertas muy distintas: precio, perímetro y riesgo
Detrás de la cifra por acción, las dos propuestas plantean arquitecturas radicalmente diferentes. Netflix solo quiere los activos de estudio y ‘streaming’, dejando fuera a los canales lineales, que se escindirían en una nueva compañía cotizada –Discovery Global– controlada por los actuales accionistas de WBD. Es un enfoque quirúrgico: la plataforma integra contenido, marcas y tecnología en su ecosistema global y deja a los inversores con una apuesta separada en televisión tradicional, un negocio en declive pero todavía generador de caja.
Paramount, en cambio, plantea una absorción total: 30 dólares por acción en efectivo por el 100% de la compañía, incluyendo el segmento de redes globales. La oferta implica una prima cercana al 8% sobre la propuesta económica de Netflix y, según la propia Paramount, un 139% sobre el precio de WBD antes de que trascendieran las conversaciones. A cambio, los accionistas dejan de ser dueños de cualquier pata del negocio y confían enteramente en la solvencia del comprador.
El riesgo regulatorio también es distinto. Una parte del mercado considera que la combinación entre Netflix y Warner podría encontrar más reticencias en competencia, al reforzar de forma muy visible la posición del líder global de ‘streaming’. En cambio, Paramount insiste en que su integración, aunque de mayor tamaño financiero, se enfrentaría a menos trabas porque concentra activos tradicionales y ‘streaming’ bajo un grupo que hoy no lidera el mercado. La realidad es que ambos caminos prometen meses de escrutinio por parte de las autoridades de competencia de EE.UU. y Europa.
La clave del voto del 20 de marzo
El hito inmediato es la junta de accionistas de WBD del próximo 20 de marzo, donde se someterá a votación el acuerdo con Netflix. Hasta ahora, el consejo ha recomendado mayoritariamente apoyar esa transacción, y el propio rediseño del acuerdo –pasando de efectivo y acciones a una oferta íntegramente en metálico– se interpretó como un gesto para facilitar el sí del accionariado institucional.
Sin embargo, la ofensiva de Paramount obliga a matizar el discurso. Lo que WBD comunicará al mercado es, en esencia, que está dispuesta a revisar una oferta mejorada, pero que sigue considerando el pacto con Netflix como “la mejor opción disponible” hasta que se demuestre lo contrario. En términos de buen gobierno, este equilibrio es clave: si el consejo se cerrase en banda, se expondría a demandas por no maximizar el valor; si se inclinase abiertamente por Paramount sin una propuesta firmemente superior, podría activar el temido efecto dominó en el precio de la acción.
En la práctica, el resultado del voto marcará el ritmo del proceso. Un apoyo contundente a Netflix reforzaría la actual hoja de ruta y dificultaría una opa hostil puramente financiera por parte de Paramount. Un respaldo tibio o muy dividido, en cambio, enviaría el mensaje de que una parte relevante del capital está abierta a cambiar de caballo a mitad del río.
La sombra de la política y el papel de Trump
Lo que hasta hace poco era una pugna estrictamente empresarial ha entrado también en el terreno político. El presidente Donald Trump ha utilizado su plataforma en redes sociales para presionar directamente a Netflix, advirtiendo de posibles consecuencias si no aparta de su consejo a Susan Rice, exasesora de Seguridad Nacional con el Gobierno Obama-Biden. El hecho de que Trump mantenga una relación cercana con David Ellison, máximo ejecutivo de Paramount Skydance, y con su padre, Larry Ellison, añade combustible a las sospechas de interferencia política.
Netflix, por su parte, ha tratado de minimizar el ruido y ha insistido en que la operación se guía por criterios estrictamente económicos y por el escrutinio habitual de los reguladores. Paramount ha evitado mostrarse como beneficiaria de esa presión, consciente de que cualquier vínculo explícito podría volverse en su contra en los procesos de autorización.
Este episodio revela hasta qué punto las grandes plataformas audiovisuales se han convertido en actores políticos de primer orden. La combinación de poder cultural, datos de usuarios y capacidad de influencia hace que cualquier cambio de control en un gigante del entretenimiento sea observado no solo por los mercados, sino también por la Casa Blanca y el Congreso. Para los inversores, el riesgo es claro: los calendarios regulatorios pueden alargarse si el clima político se envenena.
Impacto en el mapa global del ‘streaming’
Más allá de las primas por acción, lo que está en juego es el rediseño del mapa mundial del ‘streaming’. Si se consuma, la integración entre Netflix y Warner crearía un coloso con derechos sobre franquicias como Harry Potter, DC, Juego de Tronos o El Señor de los Anillos, integradas en una única plataforma global. El diagnóstico de muchos analistas es inequívoco: se trataría del mayor repositorio de contenido premium del mercado.
La consecuencia es clara: rivales como Disney+, Amazon Prime Video o las propias plataformas de Paramount se verían obligados a acelerar sus propias alianzas o adquisiciones. No se descarta una nueva ola de consolidación en Europa, donde los operadores tradicionales ya han empezado a compartir plataformas para ganar escala frente a los gigantes estadounidenses.
Si, por el contrario, la operación la gana Paramount, el efecto sería diferente. El grupo resultante sería un híbrido entre estudio clásico, operador de canales lineales y plataforma de ‘streaming’, con marcas repartidas entre Paramount+, Showtime y los activos de WBD. El reto entonces sería racionalizar marcas, evitar solapamientos y construir una narrativa de producto clara para el consumidor. En cualquier caso, el contraste con otras regiones resulta demoledor: ninguna compañía europea tiene hoy capacidad financiera para jugar en esta liga de operaciones por encima de los 70.000 u 80.000 millones de dólares.
Qué se juegan los accionistas y los bonistas
El diseño financiero de las dos ofertas también afecta de forma distinta a accionistas y bonistas. En el caso de Netflix, la estructura en efectivo, apoyada en caja, líneas de crédito y financiación comprometida, implica un aumento significativo de su apalancamiento y el uso intensivo de su capacidad de endeudamiento. Para los bonistas de WBD, la clave será cómo se refinancie la deuda vinculada a los activos de estudio y ‘streaming’ una vez cambie el perímetro.
Paramount, por su parte, ha garantizado que su opa cuenta con respaldo de bancos como Bank of America y Citi, además del capital de la familia Ellison y fondos como RedBird, y se ha comprometido a absorber el coste del ‘break-up fee’ con Netflix y los gastos de refinanciación. Se presenta así como la opción con menos incertidumbre sobre quién paga la factura si la operación se complica.
Para los accionistas minoritarios, el dilema es más sencillo de formular y más difícil de decidir: un precio ligeramente más alto hoy con Paramount, frente a un precio algo menor pero con la posibilidad de capturar a futuro el valor de Discovery Global si el negocio de televisión lineal logra estabilizarse o consolidarse. La historia reciente de escisiones similares, como la de Versant en Comcast –cuyo valor cayó más de un 35% tras su salida al mercado–, es un aviso de que no todas estas apuestas salen bien.
Escenarios si gana Netflix, si gana Paramount… o si fracasan ambos
A corto plazo, se dibujan tres grandes escenarios. Si triunfa la oferta de Netflix y supera sin grandes sobresaltos el filtro regulatorio, el mercado asistirá a una integración gradual de catálogos, marcas y equipos, con un foco claro en sinergias de contenido y tecnología. El riesgo principal será la digestión de una operación de más de 80.000 millones en un sector donde el crecimiento de suscriptores se ha ralentizado.
Si gana Paramount, el viraje será más profundo. Habría que reordenar no solo los activos de ‘streaming’, sino también la estructura de canales de pago y gratuitos, las ventanas de explotación y los acuerdos de distribución internacional. El margen para recortar costes –y, por tanto, para anunciar sinergias– es mayor, pero también lo es la tentación de recortes agresivos de plantilla y catálogo que podrían erosionar el valor creativo de Warner.
Existe, por último, un tercer escenario: que ninguna de las dos operaciones llegue a buen puerto, por rechazo del accionariado o por un veto regulatorio. En ese caso, WBD se vería obligada a seguir en solitario tras haber mostrado abiertamente su disposición a ser vendida, un contexto en el que el castigo bursátil podría ser severo y el poder negociador de la compañía frente a socios y distribuidores, menor. Es el desenlace que el consejo intenta evitar, pero que el mercado no descarta.