SoftBank impulsa en Ohio 33.300 millones para alimentar la IA

La firma japonesa y el Departamento de Energía de EEUU quieren levantar en Pike County un campus de datos de 10 GW apoyado por 9,2 GW de nueva generación, en su mayor parte con gas natural, sobre los terrenos del antiguo complejo nuclear de Portsmouth.
Masayoshi Son, chairman and chief executive officer of SoftBank Group Corp., speaks during the SoftBank World event in Tokyo, Japan, on Thursday, Oct. 3, 2024. Son sketched out one of the most aggressive timelines for the adoption of artificial intelligence yet, envisioning a near future where the technology would run entire households. Photographer: Kiyoshi Ota/Bloomberg
Masayoshi Son, chairman and chief executive officer of SoftBank Group Corp., speaks during the SoftBank World event in Tokyo, Japan, on Thursday, Oct. 3, 2024. Son sketched out one of the most aggressive timelines for the adoption of artificial intelligence yet, envisioning a near future where the technology would run entire households. Photographer: Kiyoshi Ota/Bloomberg

La carrera por la inteligencia artificial ya no se mide solo en chips, modelos o capital riesgo. Se mide en electricidad. Y, en ese terreno, el último movimiento de SoftBank eleva la apuesta a una dimensión inédita. El grupo japonés, a través de SB Energy, ha anunciado junto al Departamento de Energía de Estados Unidos un proyecto para desplegar 9,2 gigavatios (GW) de generación con gas natural y alimentar un nuevo centro de datos de 10 GW en el Portsmouth Site, en el condado de Pike (Ohio). La cifra impresiona por sí sola, pero lo verdaderamente revelador es el mensaje estratégico: Washington y Tokio asumen que la ventaja en IA dependerá de quién asegure antes la energía firme que las redes no están pudiendo ofrecer. La pregunta ya no es si habrá demanda. Es si un plan de este tamaño puede ejecutarse sin descarrilar por financiación, regulación u oposición local.

EPA/FRANCK ROBICHON
EPA/FRANCK ROBICHON

Una escala que desborda el mercado

El primer dato que coloca este anuncio fuera de rango es su tamaño. Los 9,2 GW previstos equivalen a aproximadamente 2,4 veces la capacidad de la mayor central de ciclo combinado actualmente operativa en Estados Unidos, la West County Energy Center (Florida), con 3.777 MW. El segundo dato es aún más elocuente: el centro de datos proyectado en Ohio tendría 10 GW de demanda potencial, cuando la nueva frontera industrial en Norteamérica se está moviendo hoy en campus de alrededor de 1 GW.

SoftBank no plantea una ampliación incremental. Plantea un salto de escala que multiplica por diez el estándar más ambicioso del sector. Lo relevante no es solo el volumen de inversión: es la voluntad de rediseñar el mapa energético alrededor de la computación. Si se ejecuta, Ohio dejaría de competir como un polo logístico del Medio Oeste para convertirse en un nodo crítico del músculo eléctrico que exige la IA. Y ese cambio altera la conversación sobre infraestructuras, suelo industrial y soberanía tecnológica.

Las letras de IA (Inteligencia Artificial) y la mano del robot se colocan en la placa base del ordenador, REUTERS/Dado Ruvic
Las letras de IA (Inteligencia Artificial) y la mano del robot se colocan en la placa base del ordenador, REUTERS/Dado Ruvic

La IA ya no compite por chips: compite por megavatios

Durante los últimos dos años, el relato dominante giró en torno a la escasez de semiconductores avanzados. Sin embargo, el cuello de botella se está desplazando. La Agencia Internacional de la Energía advierte de que los centros de datos explicarán casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica en Estados Unidos hasta 2030, y subraya que el despliegue de IA está convirtiendo la energía en el insumo decisivo del negocio digital.

Ese es el contexto real del movimiento de SoftBank: no se trata solo de construir servidores, sino de blindar el acceso a electricidad gestionable durante 24 horas. Sin suministro firme, la promesa de la IA industrial se convierte en una presentación de PowerPoint. La nueva economía digital ya no busca únicamente suelo, fibra y ventajas fiscales. Busca, por encima de todo, megavatios asegurados, con calendario de entrega y control operativo.

Gas, no renovables: el giro más incómodo

El rasgo políticamente más sensible del proyecto es su tecnología dominante. Frente al discurso corporativo que durante años vinculó la economía digital con renovables y neutralidad climática, Ohio apunta a una solución mucho más prosaica: gas natural a gran escala.

La elección no es casual. En Estados Unidos, el gas siguió siendo en 2024 la principal fuente de generación eléctrica, con una cuota del 43%, y el sistema mantiene una base de ciclos combinados amplia, madura y relativamente rápida de desplegar frente a otras alternativas firmes. La consecuencia es clara: cuando la urgencia pasa de la reputación a la ejecución, el mercado vuelve a la tecnología que puede entregar potencia continua sin esperar una década.

SoftBank está diciendo con hechos que la transición energética de la IA no será lineal ni limpia desde el primer día. El contraste con la retórica corporativa es contundente. Y, al mismo tiempo, anticipa una tensión que irá a más: cómo compatibilizar la descarbonización con el apetito eléctrico de modelos, nubes soberanas y superclusters.

El viejo Portsmouth vuelve al mapa industrial

El emplazamiento tampoco es menor. El campus se proyecta sobre el Portsmouth Site, en Piketon, un enclave federal de 3.777 acres asociado históricamente al enriquecimiento de uranio y sometido desde 1989 a procesos de descontaminación, desmantelamiento y remediación ambiental.

La operación tiene lógica desde el punto de vista del suelo disponible, la servidumbre industrial y el acceso a red. Pero abre una controversia evidente: el Estado quiere reconvertir un espacio aún marcado por su legado nuclear en una pieza central de la economía de la IA. En términos sociales y reputacionales, esa superposición de tiempos es explosiva. Ya hay resistencia local, con residentes preocupados por impacto ambiental y territorial de un megaproyecto que, por definición, reordena el entorno.

Este hecho revela hasta qué punto la nueva economía digital está dispuesta a reciclar espacios “duros”, complejos y políticamente sensibles con tal de ganar velocidad.

Japón pone el dinero y Washington el tablero

El proyecto no se entiende sin la dimensión geopolítica. El Departamento de Comercio de EEUU encuadra la operación dentro del acuerdo estratégico de inversión entre Washington y Tokio, una hoja de ruta que aspira a movilizar hasta 550.000 millones de dólares en sectores como energía, industria crítica e infraestructuras tecnológicas.

En ese marco, el complejo de Ohio aparece como una de las piezas más visibles: 33.000 millones de dólares para la instalación energética y 33.300 millones de financiación japonesa asociada al desarrollo anunciado, según la información difundida junto al acuerdo. El diagnóstico es inequívoco: la energía para la IA ha dejado de ser un asunto puramente empresarial y ha pasado a formar parte de la diplomacia económica entre aliados.

Washington aporta suelo estratégico, relato de seguridad tecnológica y cobertura política. Japón aporta capital, empresas industriales y capacidad de ejecución. No es filantropía. Es una respuesta coordinada a la evidencia de que la próxima hegemonía digital dependerá tanto de la potencia de cálculo como de la potencia eléctrica disponible detrás del enchufe.

La red también cuesta miles de millones

Hay un elemento decisivo que suele quedar oculto bajo los grandes titulares: sin red, no hay campus. La iniciativa incluye 4.200 millones de dólares en mejoras de transmisión asociadas a AEP Ohio, una cifra que por sí sola ya describe la magnitud del reto.

Las compañías sostienen que esas inversiones no repercutirán en la factura de los consumidores y que incluso permitirán verter excedentes a la red regional. Pero ahí está, hoy, la parte más delicada del relato. Porque el verdadero problema del auge de los centros de datos no es solo construir generación, sino integrarla en sistemas eléctricos tensionados por nuevos consumos, permisos lentos y cuellos de botella de interconexión.

La infraestructura digital se está comportando cada vez más como una infraestructura energética. Y eso obliga a revisar cómo se financian las líneas, quién asume el riesgo de activos sobredimensionados y qué ocurre si la demanda final no crece al ritmo prometido. El negocio de la IA ya no termina en el rack: empieza antes, en la subestación.

Los riesgos que pueden romper el relato

El anuncio es gigantesco, pero el grado de certeza todavía no lo es. Faltan detalles clave sobre calendario, tecnología exacta, ubicación final de parte de la generación y secuencia de permisos. Y en proyectos de esta dimensión, la ejecución es el filtro real: un plan de 9,2 GW no se gestiona como una central convencional, sino como una cartera entera comprimida en una sola operación.

El suministro de turbinas, la disponibilidad de gas, las licencias ambientales, el cierre financiero y la oposición local pueden convertir la narrativa de la rapidez en una cadena de cuellos de botella. Cuanto mayor es la escala, menor es el margen para improvisar. Y aquí la escala es extrema.

Por eso, más que ante una obra “asegurada”, el mercado está ante una declaración de intenciones de alto voltaje: viable sobre el papel, transformadora si sale bien y profundamente expuesta si falla alguno de sus pilares. Lo que está en juego no es solo un campus de centros de datos. Es el precedente. Si SoftBank y el Gobierno de EEUU consiguen materializar 10 GW de demanda con 9,2 GW de generación dedicada, el mensaje al mercado será brutal: la ventaja en IA se compra asegurando energía firme, no solo comprando GPU. Si, en cambio, el proyecto se atasca en permisos, financiación o contestación social, la lección será igual de contundente: la carrera por la IA puede frenarse no por falta de chips, sino por límites físicos, políticos y regulatorios del sistema eléctrico.

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