El cometa 3I/ATLAS reta a Júpiter y a la ciencia
El sistema solar se prepara para un experimento cósmico irrepetible. El objeto interestelar 3I/ATLAS, que entró en la Nube de Oort hace unos 8.000 años a una distancia de unas 100.000 veces la separación Tierra-Sol, inicia ahora la segunda mitad de su viaje: se aleja del Sol y se dirige hacia Júpiter. Las efemérides marcan una cita precisa: el 17 de marzo de 2026, el cometa pasará a apenas 53,61 millones de kilómetros del gigante gaseoso, prácticamente sobre el borde de su esfera de Hill.
Lo que hasta ahora era un caso de manual de dinámica orbital se ha convertido, sin embargo, en algo más. El astrofísico y analista Avi Loeb plantea un escenario tan fascinante como incómodo: si tras el encuentro aparece una nueva luna “número 96” en torno a Júpiter, el fenómeno podría ser una señal tecnológica, no un accidente natural.
La razón está en los números: la velocidad relativa de 66 km por segundo hace físicamente imposible que un simple fragmento desprendido del cometa quede atrapado en órbita joviana sin una “ayuda” artificial. La cita de marzo será, por tanto, algo más que un espectáculo astronómico: será un test empírico sobre lo que entendemos —o no— del cielo.
Un viajero interestelar en el vecindario de Júpiter
3I/ATLAS no es un cometa cualquiera. Es el tercer objeto interestelar detectado atravesando nuestro sistema solar, un visitante que no nació aquí y que, si nada lo altera, no volverá jamás. Tras perder energía y ser desviado al entrar en la Nube de Oort, lleva milenios cruzando silenciosamente las afueras del sistema solar hasta alcanzar ahora la vecindad de Júpiter.
El dato clave es la escala: hablamos de un trayecto que comenzó a unas 100.000 unidades astronómicas del Sol y que se ha ido comprimendo hasta acercarse a la región donde la gravedad de Júpiter se vuelve competitiva frente a la del propio Sol. Es justo ahí donde entra en juego la llamada esfera de Hill, el volumen espacial dentro del cual un planeta domina gravitatoriamente sobre las mareas solares.
En términos dinámicos, que un objeto interestelar roce esa frontera convierte el encuentro en una especie de experimento natural de captura. Si el cometa pasa, se dobla y se marcha, la historia será la esperada. Pero si deja algo detrás —fragmentos o “hijas” gravitacionalmente ligadas a Júpiter—, la física tendrá que dar muchas explicaciones.
La cita de marzo de 2026
Los cálculos orbitales son milimétricos. Incluyendo la aceleración no gravitatoria típica de los cometas —debida a la expulsión de gases y polvo—, se espera que el 16 de marzo de 2026 3I/ATLAS se sitúe a 53,61 millones de kilómetros de Júpiter, prácticamente sobre la esfera de Hill del planeta, de unos 53,5 millones de kilómetros. Es un cruce “al límite” del territorio gravitatorio joviano.
Un día después, el 17, el cometa pasará a 30,46 millones de kilómetros de la luna irregular Eupheme, una de las piezas menores del complejo sistema de satélites de Júpiter. En términos astronómicos, estas cifras son sorprendentemente pequeñas para un visitante interestelar: hablamos de distancias que, a escala solar, son rasantes en la periferia del gigante gaseoso.
Loeb subraya que este alineamiento no implica riesgo de colisión, pero sí ofrece una oportunidad única para estudiar la interacción entre un objeto interestelar y el campo gravitatorio de un planeta gigante. Lo que ocurra en ese entorno —o lo que no ocurra— será analizado al detalle por sondas como Juno y por los mayores telescopios terrestres. El calendario está marcado: marzo de 2026 será un mes de guardia para observatorios de medio mundo.
Eupheme y la familia de Ananke
En este juego de trayectorias, una pequeña luna adquiere protagonismo inesperado: Eupheme. Descubierta en 2003 con datos de Mauna Kea, se trata de un satélite irregular, de apenas 2 kilómetros de diámetro medio (para un albedo asumido de 0,04), integrante del grupo de Ananke, una familia de unas 15 lunas jovianas con órbitas similares.
Estas lunas no se comportan como los grandes satélites “clásicos” de Júpiter. Sus órbitas son altamente excéntricas, inclinadas y retrógradas, giran en sentido opuesto a la rotación del planeta y se sitúan muy lejos del plano ecuatorial joviano. Todo ello apunta a un origen común: el captura y posterior fragmentación de un cuerpo progenitor, probablemente destrozado por una colisión o por las fuerzas de marea de Júpiter.
Eupheme completa una vuelta alrededor del planeta cada 588 días. El 23 de enero de 2026, unas seis semanas antes del máximo acercamiento con 3I/ATLAS, alcanzará su distancia máxima desde Júpiter, unos 27,7 millones de kilómetros. Que el cometa pase tan cerca de su órbita no es “casualidad milagrosa”; con 95 lunas conocidas y una nube de restos en torno al gigante, las probabilidades de encuentros cercanos aumentan. Pero el fenómeno sí proporciona un laboratorio físico privilegiado.
Loeb y la hipótesis de la “firma tecnológica”
En este contexto entra la lectura de Avi Loeb, conocido por su defensa de tomar en serio la idea de firmas tecnológicas —señales indirectas de actividad inteligente— en fenómenos astronómicos. El astrofísico plantea un criterio muy concreto: si después del 16 de marzo aparece una nueva luna ligada a Júpiter con un origen dinámico incompatible con la física conocida, habrá que contemplar un origen artificial.
Loeb no habla de fe ni de especulación gratuita, sino de cinemática pura. Para que un fragmento de 3I/ATLAS quede atrapado como satélite joviano, tendría que recibir un “empujón” (kick) de velocidad que cancele casi por completo la diferencia de movimiento entre el cometa y el planeta. Ese kick, según sus cálculos, debería ser del orden de decenas de kilómetros por segundo, algo que ningún proceso natural asociado a la fragmentación de un cometa puede generar.
«Una luna 96 nacida de este encuentro, con los parámetros correctos, sería una firma tecnológica clara», resume el analista. La afirmación es provocadora, pero está firmemente anclada en un dato incontestable: la energía necesaria para amarrar un fragmento en órbita estable supera con creces la que puede suministrar una simple rotura gravitatoria.
La imposible luna número 96
Hoy, el catálogo registra 95 satélites conocidos en torno a Júpiter. El escenario que dibuja Loeb es aparentemente sencillo: si tras el paso de 3I/ATLAS se descubre un nuevo satélite (el hipotético número 96) con una órbita coherente con una captura reciente y atribuible al encuentro, habrá que preguntarse cómo llegó allí.
La clave está en la velocidad relativa de unos 66 km por segundo entre el cometa y Júpiter en el punto de máximo acercamiento. Frente a ella, la velocidad de escape desde la superficie de Júpiter es de unos 60 km por segundo. Ningún fragmento expulsado por procesos físicos —rotura mareal, colisión interna, explosión de volátiles— puede ser acelerado por encima de la velocidad de escape de su cuerpo progenitor. Mucho menos hasta valores que permitan “bajar” de 66 a apenas 2,2 km por segundo, que es la velocidad de escape en la distancia de perijove de 3I/ATLAS (53,61 millones de kilómetros).
En otras palabras: la ventana para que un trozo del cometa quede ligado al gigante es extremadamente estrecha. No basta con romperse: habría que impartir al fragmento un vector de velocidad preciso en módulo y dirección, ajustado al porcentaje exacto de la velocidad relativa. Loeb argumenta que ese tipo de ajuste fino desborda lo razonable para un proceso natural, pero encaja con lo que cabría esperar de una intervención deliberada.
Por qué la física descarta un origen natural
El razonamiento físico es el corazón de la tesis. En cualquier sistema gravitatorio, la energía disponible en una rotura natural está limitada por las tensiones de marea y por la energía de ligadura del cuerpo afectado. Para pequeños objetos como cometas o asteroides, esas tensiones generan fragmentos que se separan con velocidades del orden de metros por segundo, quizá decenas de metros en el caso de eventos extremos.
En el escenario de 3I/ATLAS, sin embargo, se necesitaría un “empujón” tres órdenes de magnitud mayor, de kilómetros por segundo, para cancelar el movimiento relativo con Júpiter. Además, la dirección del impulso debería alinearse con una geometría muy específica para que el fragmento quede justo al borde de la órbita ligada en lugar de escapar o caer hacia el planeta.
La comparación con el propio Júpiter es demoledora: ni siquiera el gigante gaseoso, con una masa 300 veces la de la Tierra, puede suministrar esa energía a partir de su propia gravedad sin destruir por completo el objeto. Si la naturaleza no puede, la hipótesis de que un fragmento de 3I/ATLAS termine convertido en luna solo deja dos opciones: un error en los cálculos o una intervención no natural. En marzo de 2026 se sabrá si la primera basta para explicar todo.
Juno, los grandes telescopios y un experimento único
Independientemente del desenlace, el encuentro entre 3I/ATLAS y Júpiter será objeto de un despliegue observacional sin precedentes. La sonda Juno, en órbita alrededor del planeta desde 2016, podrá monitorizar el entorno joviano durante el paso del cometa, registrando posibles cambios en el campo magnético, el entorno de partículas cargadas o incluso destellos asociados a fragmentaciones.
Desde la Tierra, los mayores telescopios ópticos e infrarrojos se centrarán en la zona para cazar cualquier indicio de actividad anómala: fragmentos que se desacoplen del cometa, cambios de brillo que delaten roturas, o la aparición de puntos de luz persistentes que puedan corresponder a nuevas lunas capturadas. Los instrumentos de radio y los futuros radiotelescopios de gran apertura podrían, además, buscar señales artificiales asociadas al objeto interestelar.
Avi Loeb insiste en que el valor del experimento no depende de que se confirme su hipótesis. «Si no vemos nada, habremos puesto un límite fuerte a la posibilidad de intervención tecnológica en este caso», argumenta. Si, por el contrario, algo inesperado aparece en las semanas posteriores al encuentro, la agenda científica —y filosófica— del siglo cambiaría de forma brusca.
Qué significará el veredicto de marzo
La cuenta atrás hasta el 16–17 de marzo de 2026 está en marcha. La fecha ha sido bautizada ya en algunos círculos como un “experimento de SETI dinámico”: una búsqueda de inteligencia extraterrestre basada no en señales de radio, sino en efectos físicos medibles en la dinámica de un cuerpo interestelar.
Si tras el paso de 3I/ATLAS no se detecta ninguna nueva luna ni anomalía orbital significativa, el resultado será, en cierto modo, tranquilizador: se confirmará que incluso encuentros tan cercanos se rigen por la física conocida. La hipótesis de Loeb quedará como ejemplo de cómo diseñar tests falsables para ideas audaces sin renunciar al método científico.
Si, por el contrario, el catálogo de satélites de Júpiter suma un enigmático número 96 con parámetros imposibles de reconciliar con un origen natural, el debate será inevitable. ¿Estamos preparados para aceptar una “firma tecnológica” en nuestro propio sistema solar? ¿Cómo se reescriben entonces las prioridades de la exploración espacial, la astrobiología y la propia economía del espacio?
Hasta entonces, la consigna del analista es sencilla: «mantengan la curiosidad y el calendario marcado en marzo de 2026». El resto lo dirán la dinámica celeste… y los datos.