El misterioso chorro ‘anticauda’ del cometa 3I/ATLAS
La última imagen del Hubble, tomada el 7 de enero de 2026, ha convertido al objeto interestelar 3I/ATLAS en uno de los enigmas más incómodos para la astrofísica actual. En ella se aprecia un chorro de material apuntando hacia el Sol, extendiéndose hasta unos 400.000 kilómetros del núcleo, una escala similar a la distancia Tierra-Luna. Para la NASA, el visitante “se comporta como un cometa regular”. Para Avi Loeb, catedrático de Harvard, es justo lo contrario: una anticauda física que rompe las reglas básicas del manual.
Loeb ha dedicado ya tres artículos científicos a este fenómeno, en los que subraya que el chorro no es un artefacto de perspectiva, sino una estructura real que se abre paso contra el viento solar. Sus cálculos añaden más leña al fuego: la orientación del eje de rotación y la alineación orbital de 3I/ATLAS con la eclíptica tendrían, combinadas, una probabilidad inferior al 0,01% de darse por azar.
Mientras los comunicados oficiales pasan de puntillas sobre estas anomalías, Loeb lanza un aviso a la comunidad: “La forma más fácil de decir que entendemos algo es ignorar precisamente lo que no entendemos”. La disputa ya no es solo sobre un cometa, sino sobre cómo decide la ciencia qué merece ser tomado en serio.
Un visitante interestelar que se sale del guion
3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar identificado que atraviesa el Sistema Solar, después de ‘Oumuamua (1I/2017) y 2I/Borisov. Procede de fuera de nuestra vecindad y recorre una trayectoria hiperbólica que le llevará de vuelta al espacio profundo en cuestión de meses. Su aparición debería haber engrosado el listado de cometas exóticos sin mayores sobresaltos.
Sin embargo, la primera imagen profunda del Hubble, del 21 de julio de 2025, ya encendió la luz de alarma. El halo luminoso que rodeaba al núcleo se extendía aproximadamente el doble hacia la dirección del Sol. Dado que la línea de visión se encontraba a apenas 10 grados de ese eje, el análisis geométrico reveló que el chorro real era 5,8 veces más largo de lo que se veía proyectado, es decir, unas 11,6 veces más largo que ancho.
En condiciones normales, cualquier estructura alargada de un cometa apunta lejos del Sol, empujada por el viento solar y la presión de radiación. En 3I/ATLAS ocurre lo contrario: la estructura dominante se orienta hacia la estrella. Para Loeb, el mensaje es claro: etiquetar a 3I/ATLAS como “cometa típico” es, como mínimo, prematuro.
La anticauda que apunta al Sol
El núcleo del misterio es esa anticauda, un chorro estrecho, brillante y dirigido de frente al Sol. Loeb insiste en que no se trata de una ilusión causada por el ángulo de observación —como en otros casos históricos de “anticolas”—, sino de un chorro físico cuya dirección se mantiene incluso después del perihelio, y desde perspectivas muy distintas.
Las nuevas imágenes, tomadas en los últimos meses, muestran que la anticauda se extiende hasta 400.000 kilómetros, un orden de magnitud mayor que su anchura. Ese nivel de colimación —un chorro casi cilíndrico, que apenas se abre— resulta difícil de reconciliar con el empuje constante del viento solar, que en un cometa convencional tendería a deshilachar cualquier estructura orientada hacia el Sol.
Lo más llamativo es que la anticauda domina sobre cualquier rastro de cola clásica. En lugar de ver una gran estructura alejándose del Sol y alguna asimetría menor hacia él, los astrónomos encuentran justo lo contrario: un haz principal contra el viento solar y apenas señal de una cola retrógrada significativa. Para Loeb, esto exige “mecanismos de eyección y canalización del material mucho más finos de lo que contemplan los modelos estándar”.
La imagen del 7 de enero: tres chorros y un filtro implacable
La última observación del Hubble, del 7 de enero de 2026, ha aportado una pieza crucial al rompecabezas. La imagen en bruto muestra el habitual resplandor circular de gas y polvo alrededor del núcleo, pero al aplicar un filtro de gradiente rotacional de Larson-Sekanina, que elimina las estructuras simétricas, emerge una configuración triple de chorros.
El resultado es tan nítido como incómodo: un chorro principal, estrecho y brillante orientado hacia el Sol, escoltado por dos chorros secundarios que se abren a ambos lados con separación angular similar. Ninguno de ellos apunta exactamente en dirección opuesta al Sol, lo que descarta la interpretación de “cola clásica + perturbaciones” que se esperaría en un cometa ordinario.
A escala, el conjunto ocupa una longitud comparable a la distancia Tierra-Luna, pero concentrada en haces de unos decenas de miles de kilómetros de grosor. Esta morfología recuerda más a un sistema de toberas bien alineadas que a una exhalación caótica de hielos sublimados. Loeb subraya que “la combinación de colimación, longitud e intensidad relativa de la anticauda no se parece a nada visto en cometas típicos del Sistema Solar”.
Alineaciones improbables: eje de rotación y órbita
La anticauda no llega sola. A partir del bamboleo del chorro observado mientras 3I/ATLAS se acercaba al Sol, Loeb y su colaborador Eric Keto dedujeron que el eje de rotación del objeto apunta hacia el Sol con una precisión mejor que 7 grados a grandes distancias. En otras palabras, el visitante se comporta como una peonza cuyo eje mira casi directamente a la estrella, algo muy poco probable si las orientaciones fueran aleatorias.
A esto se suma que la trayectoria de 3I/ATLAS está muy cerca del plano de la eclíptica, el mismo en el que orbitan los planetas. Loeb estima que tanto la orientación del eje como la alineación orbital tienen cada una probabilidades inferiores al 1% si se asume una distribución uniforme. Combinadas, la probabilidad de que ambas se den a la vez cae por debajo del 0,01%, es decir, menos de una entre diez mil.
Para el astrofísico, estas cifras no prueban nada de manera definitiva, pero sí obligan a tratar la geometría de 3I/ATLAS como un dato relevante, no como ruido. La NASA, sin embargo, evitó mencionar estas anomalías en su rueda de prensa del 19 de noviembre de 2025, donde concluyó que el objeto “se comporta como un cometa regular”. “Si uno ignora lo que no entiende —resume Loeb—, siempre podrá decir que no hay nada sorprendente”.
Avi Loeb contra el filtro invisible de la comunidad
El debate científico no se libra solo con telescopios, sino también en las redacciones de las revistas. Loeb cuenta que el primer artículo sobre la anticauda, firmado junto a Eric Keto, fue rechazado sin pasar a revisión por The Astrophysical Journal Letters. El editor justificó su decisión alegando que los resultados serían “de interés limitado para la comunidad astrofísica”.
Lejos de rendirse, el equipo envió el mismo trabajo a Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, donde fue aceptado tras un informe “muy favorable” del revisor. Para Loeb, el episodio ilustra cómo los filtros editoriales pueden actuar como paredes invisibles frente a ideas que desafían el consenso.
Su crítica no es menor: “El fundamento de la ciencia es la humildad de aprender, no la arrogancia de la experiencia”, escribe. Y advierte: “Nuestra capacidad de descubrir algo nuevo está limitada por nuestra disposición a admitir lo que desconocemos”. En otras palabras, si las anomalías como la de 3I/ATLAS se despachan como curiosidades sin importancia, la comunidad corre el riesgo de perder justo las pistas que conducen a avances disruptivos.
¿Qué física podría explicar una anticauda así?
Más allá del choque institucional, queda la pregunta central: ¿qué mecanismo físico puede sostener un chorro tan colimado contra el viento solar? Loeb ha esbozado varias posibilidades en sus artículos. Una es la existencia de regiones muy localizadas de actividad en la superficie, donde la combinación de composición, temperatura y geometría de fracturas concentre la eyección en un haz estrecho.
Otra hipótesis apunta a la interacción entre el material expulsado y campos magnéticos locales, capaces de canalizar las partículas en una dirección preferente, incluso si la presión del viento solar empuja en sentido contrario. La propia naturaleza interestelar del objeto abre también la puerta a composiciones inusuales que alteren la dinámica del polvo y el gas.
De momento, ninguna de estas explicaciones ha sido validada de forma concluyente. Lo que sí parece claro es que la combinación de longitud, colimación y orientación del chorro exige refinamientos en la física de chorros cometarios. La anticauda de 3I/ATLAS podría convertirse en un caso de estudio obligado para revisar modelos que, hasta ahora, daban por sentado un comportamiento mucho más simple.
Ciencia, curiosidad y el miedo a lo anómalo
En la parte final de su reflexión, Avi Loeb extrae una lección que trasciende a 3I/ATLAS. Recuerda que, a lo largo de la historia, los mayores avances han surgido cuando alguien se atrevió a tomar en serio los datos que contradecían el consenso: la órbita de Mercurio, las curvas de rotación de las galaxias, la radiación de fondo. “La ciencia es divertida mientras la tratemos como una experiencia de aprendizaje”, insiste.
Su preocupación es que una parte de la comunidad haya interiorizado una lógica distinta: la de proteger modelos y carreras más que la de abrir puertas. Cita incluso una conversación reciente con el historiador Niall Ferguson, quien le recordaba que la ciencia siempre ha estado entrelazada con el poder y que el siglo XX combinó avances espectaculares con niveles inéditos de destrucción.
Frente a ese riesgo, Loeb reivindica la “mente principiante”: la disposición a mirar fenómenos como la anticauda de 3I/ATLAS sin encajarlos a la fuerza en lo ya sabido. Tal vez, sugiere, la verdadera relevancia de este tercer visitante interestelar no esté solo en su chorro apuntando al Sol, sino en obligarnos a decidir qué tipo de comunidad científica queremos ser: una que archiva las anomalías o una que las convierte en punto de partida.