La agencia añade una misión orbital extra en 2027 y asume que el calendario previo era irreal para un programa de 93.000 millones de dólares

NASA reescribe Artemis: más pruebas y sin alunizaje hasta 2028

EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

La NASA ha decidido pisar el freno en la vuelta de Estados Unidos a la Luna. El nuevo administrador, Jared Isaacman, anunció este viernes una profunda revisión del programa Artemis y la incorporación de una misión de prueba adicional en 2027 antes de intentar de nuevo un alunizaje tripulado. La consecuencia inmediata es clara: Artemis II queda en pausa al menos hasta el 1 de abril, mientras que Artemis III ya no intentará pisar el suelo lunar, sino probar, en órbita terrestre, las maniobras de acoplamiento con los módulos de alunizaje de SpaceX y Blue Origin. Solo en 2028, y siempre que los ensayos salgan bien, llegarían una o incluso dos misiones de alunizaje bajo las denominaciones Artemis IV y Artemis V. La decisión llega tras un informe muy crítico del Aerospace Safety Advisory Panel (ASAP), que advertía de un cóctel de elementos no probados concentrados en una sola misión.

Un programa de 93.000 millones bajo revisión

Artemis no es una misión más, sino la piedra angular de la estrategia espacial estadounidense para la próxima década. Entre 2012 y 2025, la NASA habrá comprometido en el programa unos 93.000 millones de dólares, según la propia Oficina del Inspector General. De esa cifra, cerca de una cuarta parte corresponde al cohete Space Launch System (SLS), mientras que el resto se reparte entre la nave Orion, las infraestructuras en tierra, el futuro Gateway lunar y los módulos de alunizaje.

El problema es que, pese a esa inversión, el calendario se ha ido erosionando misión tras misión. Artemis I, el vuelo no tripulado de prueba, despegó finalmente en noviembre de 2022 tras casi cuatro años de retrasos y sobrecostes. Artemis II, el primer vuelo tripulado alrededor de la Luna, estaba llamado a consolidar el sistema en 2026. Ahora queda “en pausa” al menos hasta abril por problemas en el nuevo cohete.

El diagnóstico es inequívoco: el programa ha mezclado ambición política, complejidad técnica y una presión de calendario que la propia NASA reconoce ya como inasumible. El reajuste anunciado por Isaacman no solo reordena misiones; es un intento de salvar la credibilidad de un proyecto que aspiraba a ser la respuesta de Washington al avance de China hacia un alunizaje tripulado antes de 2030.

Del sueño de 2027 al realismo de 2028

El plan original contemplaba un alunizaje de Artemis III en torno a 2027, con cuatro astronautas volando en la nave Orion, acoplándose en órbita lunar a un módulo de descenso Starship de SpaceX y llevando a dos de ellos a la superficie, probablemente en la región del polo sur. Esa misión concentraba, de golpe, el primer uso tripulado del SLS, del sistema de soporte vital de larga duración de Orion, del módulo de alunizaje comercial y de nuevos trajes extravehiculares.

El ASAP llevaba meses avisando de que “la suma de primeras veces” convertía Artemis III en un salto demasiado arriesgado. La respuesta de la NASA es dividir el reto en escalones: Artemis III despegará ahora en 2027, pero se quedará en órbita terrestre probando las complejas maniobras de acoplamiento y transferencia de tripulación con los módulos lunares de SpaceX y Blue Origin.

Solo después, en 2028, se intentará al menos un alunizaje con Artemis IV, y quizá un segundo con Artemis V si los plazos de los contratistas lo permiten. En la práctica, el nuevo calendario asume un retraso de uno a dos años sobre las metas políticas exhibidas ante el Congreso, pero gana margen para probar sistemas, depurar procedimientos y reducir la probabilidad de un accidente en la primera misión de retorno a la Luna en más de medio siglo.

La advertencia del panel de seguridad

El giro no nace de la nada. El último informe anual del Aerospace Safety Advisory Panel dedica varios capítulos al programa Artemis y alerta de la combinación de plazos comprimidos, tecnologías inmaduras y dependencia de contratistas comerciales en elementos críticos como el módulo de alunizaje y los trajes.

En documentos previos, el panel ya había apuntado a la Starship HLS de SpaceX como un punto especialmente delicado, hasta el extremo de advertir que podía llegar “con años de retraso” respecto a la ventana prevista para Artemis III. A ello se suman las dudas sobre la logística de reabastecimiento en órbita —se necesitan hasta una decena de lanzamientos previos de naves cisterna para llenar los depósitos del módulo lunar— y sobre la madurez del sistema de gestión térmica de Orion tras los daños observados en el escudo térmico durante Artemis I.

En este contexto, la recomendación del panel ha sido clara: rebajar los objetivos de Artemis III y escalonar los riesgos. La NASA admite ahora que la hoja de ruta anterior, impulsada al calor de la presión política por “volver a la Luna antes que China”, empujaba al límite las curvas de seguridad. El contraste con la cultura de prudencia que la agencia exhibía tras los accidentes del Challenger y del Columbia resulta evidente.

SpaceX, Blue Origin y el cuello de botella tecnológico

La revisión del programa también vuelve a poner el foco en la apuesta de la NASA por la externalización de los módulos de alunizaje. SpaceX ganó el primer contrato para desarrollar el Human Landing System basado en su gigantesca Starship, mientras que Blue Origin lidera un segundo consorcio que debería entrar en juego a partir de Artemis V.

La teoría era seductora: aprovechar la innovación y la reutilización de los actores privados para abaratar misiones que, según la propia NASA, tienen hoy un coste de más de 4.000 millones de dólares por lanzamiento solo en SLS y Orion. La práctica está siendo más áspera. Starship ha firmado varios vuelos de prueba espectaculares, pero todavía lucha por encadenar una misión plenamente exitosa y demostrar su capacidad de reentrada controlada y reabastecimiento en órbita. Blue Origin, por su parte, ni siquiera ha llevado aún su cohete New Glenn a la órbita, y el desarrollo de su módulo de descenso sigue en fases tempranas.

Lo más grave es que Artemis se ha convertido en rehén de estos cuellos de botella tecnológicos. Si los landers no están listos, la NASA no puede alunizar, por muy maduros que sean el SLS y Orion. La nueva misión de prueba en 2027 busca precisamente anticipar problemas de integración y acoplamiento antes de arriesgar vidas humanas en el entorno mucho menos benigno de la órbita lunar.

El precedente de Apollo y la lección de la prisa

Isaacman ha justificado el nuevo enfoque recordando el precedente del programa Apollo. Antes de que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisaran la Luna en julio de 1969, la NASA encadenó en apenas nueve meses las misiones Apollo 7, 8, 9 y 10, cada una aumentando la complejidad: primeras pruebas en órbita terrestre, primeras vueltas a la Luna, primeros ensayos en órbita lunar del módulo de descenso.

“Vamos a llegar en pasos, como entonces; tenemos que volver a lo básico”, resumió el administrador al explicar que tres años entre vuelos resulta inaceptable para mantener equipos, lecciones aprendidas y competencia industrial. El contraste con la cadencia actual de Artemis, con un único vuelo (Artemis I) en 2022 y el siguiente no antes de 2026, resulta demoledor.

Sin embargo, las diferencias son profundas. Apollo se apoyaba en una NASA casi autosuficiente, con un ecosistema de contratistas pero un liderazgo técnico incontestado de la agencia. Artemis, en cambio, reparte piezas clave —landers, estaciones comerciales en órbita baja, incluso parte de la logística de comunicaciones— entre empresas que, a su vez, persiguen sus propias agendas comerciales. El riesgo de descoordinación aumenta, y con él la tentación de comprimir pruebas para cuadrar calendarios políticos.

La nueva carrera lunar: el reloj geopolítico corre

Mientras Washington recalibra su programa, China mantiene oficialmente su objetivo de lograr un alunizaje tripulado antes de 2030 y avanza en el desarrollo del cohete Larga Marcha 10, la nave Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Pekín ya ha detallado un calendario de pruebas que incluye ensayos de propulsión, vuelos suborbitales y misiones de demostración antes de llevar taikonautas a la superficie.

En la práctica, el reajuste de Artemis acerca aún más las fechas: si Estados Unidos logra alunizar en 2028 y China cumple su meta de 2030, la diferencia real será de apenas dos años, muy lejos del abismo simbólico que separó Apollo 11 del programa soviético. El margen de error político se estrecha. Un nuevo retraso hacia el final de la década alimentaría la narrativa de que Washington ha perdido la iniciativa en el espacio tripulado profundo.

No se trata solo de banderas y huellas en el regolito. La explotación de recursos, la construcción de bases semipermanentes y la definición de normas de comportamiento en la superficie lunar están en juego. Un programa Artemis percibido como errático o inseguro reduciría la capacidad de Estados Unidos para marcar las reglas de esa futura economía cislunar.