SpaceX registra su IPO en Nasdaq para captar 75.000 millones

El folleto preliminar desvela por primera vez sus cuentas y blinda el control de Musk con 85% del voto.

spacex-Ptd-iTdrCJM-unsplash
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SpaceX ha puesto fecha —y cifra— al salto más grande del mercado en décadas: una salida a Bolsa con la que aspira a levantar 75.000 millones de dólares y justificar una valoración cercana a 1,75 billones. La compañía de Elon Musk, hasta ahora hermética, ha abierto su contabilidad en un folleto que mezcla épica espacial y prosa de riesgos financieros. Lo más relevante no es el ticker —SPCX— ni el calendario —precio el 11 de junio y debut el 12—, sino el mensaje que subyace: el negocio ya no se vende solo como cohetes, sino como infraestructura estratégica para internet y, sobre todo, para la IA.

La operación que reescribe el tamaño del mercado

La magnitud lo cambia todo. Una colocación de 75.000 millones no compite con las tecnológicas recientes: compite con la historia. El listón de las grandes OPV globales lo fijó Saudi Aramco, que recaudó 25.600 millones en 2019 (y elevó la cifra con el “greenshoe” hasta 29.400 millones). SpaceX pretende triplicar ese hito en una sola tacada.
El mercado, sin embargo, no compra tamaño; compra credibilidad. Y por eso el folleto es relevante: no se limita a anunciar ambición, sino que enseña por qué necesita capital. El apetito por papel dependerá de si el inversor ve una empresa de infraestructuras con caja recurrente o una fábrica de capex perpetuo con narrativa de ciencia ficción.

Ingresos al alza, pero con pérdidas que no desaparecen

La compañía reconoce que el primer trimestre de 2026 cerró con 4.700 millones de ingresos, un +15% interanual. Aun así, la foto no es la de un “cash machine” puro: el documento retrata un negocio que crece mientras quema recursos a un ritmo compatible con su estrategia.
El contraste es quirúrgico: en 2025, SpaceX ingresó 18.700 millones, pero destinó más de 20.000 millones a inversiones. Y en los tres primeros meses de 2026 reconoce pérdidas por encima de 4.200 millones. Crecimiento sí; rentabilidad estable, todavía no.
En términos bursátiles, esto traslada el debate desde “¿cuánto vale SpaceX?” a “¿cuánto tiempo puede financiarse a sí misma sin diluir la promesa?”.

Starlink, el motor que paga la factura

El folleto confirma lo que el sector sospechaba: el corazón financiero está en la conectividad. Starlink aportó 11.400 millones en 2025 y 3.200 millones solo entre enero y marzo de 2026. En otras palabras, el satélite ya no es complemento del cohete; es su subsidio.
Ese dato explica por qué la OPV llega ahora. La empresa puede presentarse como plataforma de servicios recurrentes, con contratos, altas y una base global que estabiliza los ingresos frente a la ciclicidad de los lanzamientos. Pero también introduce un riesgo: si Starlink es el motor, cualquier choque regulatorio, de competencia o de saturación orbital se vuelve sistémico. La consecuencia es clara: el inversor no solo compra espacio; compra telecomunicaciones con exposición geopolítica.

El verdadero destino del dinero: capex, IA y órbita industrial

La tesis de SpaceX ha mutado. Donde antes el relato era Marte, ahora aparece la industria: centros de datos en órbita, conectividad masiva y computación para IA. En el propio folleto se admite que algunos de esos mercados “aún no existen” y podrían no desarrollarse como se espera.
Ese reconocimiento, lejos de debilitar la historia, la ordena: la empresa está pidiendo al mercado que financie una opción real sobre negocios futuros, con la ventaja competitiva de su integración vertical y su capacidad de lanzar barato. El problema es el de siempre: cuando el capex manda, el margen depende de que la demanda llegue a tiempo. El diagnóstico es inequívoco: la OPV es tanto una expansión como un salvavidas de liquidez para sostener una década de inversión.

Musk se blinda: el 85% del voto y una estructura de “control total”

La gobernanza es el punto más delicado. Elon Musk conservará el 85% del poder de voto mediante acciones con superderechos, un esquema que limita la capacidad de los futuros accionistas para condicionar decisiones estratégicas.
El folleto añade un dato revelador: Musk controla 849,5 millones de acciones Clase A y 5.570 millones de Clase B. Es decir, el mercado podrá comprar participación económica, pero el timón seguirá en manos del fundador.
En un contexto de conglomerado —con cruces entre empresas del propio Musk—, el riesgo no es abstracto. Es el de la asignación de capital: quién decide prioridades, qué proyectos se aceleran y cuáles se mantienen por narrativa. Para el inversor institucional, esto se traduce en una prima de descuento… o en una apuesta de fe.

El calendario del 11 de junio y lo que el parqué exigirá

La colocación podría fijar precio el 11 de junio y empezar a cotizar el 12. En ese estrecho margen, el mercado pedirá tres cosas: visibilidad de caja, disciplina de inversión y una historia creíble de monetización de la IA.
SpaceX intenta apuntalar el relato con una misión que mantiene el tono fundacional: “Our mission is to build the systems and technologies necessary to make life multiplanetary…”
Pero la Bolsa no premia la poesía: premia el “unit economics”. La pregunta que flota —y que decidirá el descuento o la euforia— es si Starlink basta para sostener el salto de escala sin convertir a SpaceX en un Aramco tecnológico: gigantesco, estratégico… y permanentemente sometido a expectativas imposibles.

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