Iturralde: "Viene el colapso de la deuda". Japón y EEUU harían estallar el rendimiento de los bonos

Japón se convierte en el eslabón más frágil del mercado de renta fija mientras EEUU y Reino Unido elevan el coste de financiación y la política de Trump intenta domar la inflación antes del midterm.

Iturralde: "Viene el colapso de la deuda". Japón y EEUU harían estallar el rendimiento de los bonos

El mercado está enviando un mensaje incómodo: la rentabilidad ya manda más que la narrativa. Japón roza el 2,8% en su bono a 10 años, niveles no vistos en décadas. Estados Unidos se mueve en torno al 4,6% y Reino Unido cerca del 5,0%: tres termómetros, la misma fiebre. Alberto Iturralde lo resume sin eufemismos: «viene el colapso de la deuda». Y cuando el precio del dinero se recalienta, el efecto dominó no pregunta a quién votas.

La mecha japonesa

Lo más grave de Japón no es solo el titular del día, sino el cambio de régimen que sugiere. El bono nipón a diez años se ha asentado alrededor del 2,79%, máximos desde finales de los noventa, un movimiento que descoloca a un sistema acostumbrado a décadas de rentabilidades anestesiadas. La consecuencia es clara: el “activo sin riesgo” que sostenía carteras globales empieza a comportarse como un foco de volatilidad.

Este hecho revela un riesgo doble. Primero, porque Japón es una columna de financiación internacional: si el rendimiento sube, el coste de cubrir posiciones y el apalancamiento cambian de golpe. Segundo, porque cualquier ajuste en la política del Banco de Japón se traduce en ventas forzadas, no en debates académicos. En palabras de Iturralde, «cuando el mercado deja de creer que la deuda es intocable, el ajuste llega por la puerta de atrás: con menos liquidez y más pánico».

EEUU y Reino Unido, el termómetro fiscal

El contraste con otras épocas resulta demoledor: el bono de Estados Unidos a diez años ronda el 4,59%, y el británico coquetea con el 4,99%-5,00%. No son cifras extremas en perspectiva histórica, pero sí lo son para economías que han construido su estabilidad sobre el supuesto de que la deuda siempre se refinancia “sin fricción”. El diagnóstico es inequívoco: el mercado está incorporando más prima por plazo y más sospecha fiscal.

En Reino Unido, además, el endurecimiento no opera en el vacío: cualquier repunte se traslada a hipotecas, a consumo y, por tanto, a recaudación. En Estados Unidos, la aritmética es aún más política: cada décima adicional eleva el ruido sobre el déficit y estrecha el margen de maniobra de la Casa Blanca. Iturralde insiste en que la deuda no es un “tema secundario” frente a titulares de guerra comercial: es el centro del tablero.

Petróleo: volatilidad real y la narrativa de control

En paralelo, la volatilidad del petróleo vuelve a funcionar como acelerante. No hace falta un barril disparado para tensionar bonos: basta con el miedo a que la energía reabra la herida inflacionaria. El Banco Mundial ya proyecta un Brent medio de 86 dólares en 2026 frente a 69 en 2025, un salto que, por sí solo, condiciona expectativas y bancos centrales. Y el mercado, cuando huele inflación, exige más rentabilidad.

Hay un elemento histórico que ayuda a medir el ruido: 2026 no es 1973, pero se le parece en una cosa decisiva, el canal psicológico. El recuerdo de los shocks energéticos hace que cualquier repunte se traduzca en prima de riesgo, incluso antes de que llegue al IPC. De ahí el vínculo con la tesis de Iturralde: si el petróleo añade presión, la deuda se convierte en el lugar donde todo se reprecifica a la vez, desde el coste de financiar Estados hasta la valoración de la tecnología.

Trump y la inflación antes del midterm

La estrategia política intenta, precisamente, contener ese contagio. Donald Trump llega a los comicios de mitad de mandato del 3 de noviembre de 2026 con una obsesión: que la inflación no vuelva a dominar la conversación económica. Por eso, cualquier tensión en energía o tipos se vuelve un problema electoral, no solo macroeconómico. Y el mercado lo sabe: si el votante percibe precios fuera de control, la disciplina fiscal deja de ser un debate técnico y pasa a ser un castigo en las urnas.

Aquí encaja la lectura geopolítica: presionar para estabilizar materias primas, enfriar expectativas y evitar que la Reserva Federal se vea forzada a endurecer más. Sin embargo, el mecanismo es frágil: si los bonos siguen pidiendo rentabilidad, la política tiene menos margen para “contar” una historia. El resultado es un escenario donde el coste de financiación se convierte en el verdadero opositor, uno que no se gana con titulares ni con mítines, sino con credibilidad.

SpaceX: el estreno que puede recalentar la euforia

En el frente corporativo, la narrativa gira hacia el evento que puede reordenar flujos: el esperado debut bursátil de SpaceX. Fuentes citadas por Reuters apuntan a una ventana de colocación con precio el 11 de junio y estreno el 12 en el Nasdaq, un movimiento que, de confirmarse, drenaría liquidez hacia un único nombre durante días. Parte del mercado ya habla de valoraciones que podrían rondar 1,75 billones de dólares, una cifra que, por sí sola, altera comparables y expectativas en todo el sector.

La consecuencia es clara: en un momento en el que la renta fija exige rentabilidad, la renta variable solo puede sostener múltiplos si mantiene la ilusión de crecimiento ilimitado. SpaceX sería el símbolo perfecto… y también la prueba de estrés. Si el estreno sale eufórico, empuja la burbuja; si decepciona, contagia al resto del Nasdaq. En mercados nerviosos, los debuts no son anécdotas: son termómetros.

Nvidia y China: el nudo que condiciona el Nasdaq

Y, como telón de fondo, Nvidia. El mercado mira sus resultados no solo por beneficios, sino por la guía y por China, esa frontera comercial que ya no es un matiz. La propia compañía ha reconocido el impacto de restricciones y licencias en productos orientados al mercado chino, con efectos contables relevantes. A día de hoy, su mensaje sigue siendo prudente: el “China risk” no está plenamente incorporado en previsiones, y el mercado penaliza la incertidumbre.

En paralelo, la renta fija aprieta: si el bono americano se mantiene cerca del 4,6%, el descuento de flujos futuros se vuelve más severo y la tecnología pierde red. El efecto dominó que viene no necesita una recesión formal: le basta con un cóctel de tipos altos, petróleo inquieto y un Japón que deja de ser la alfombra bajo los pies del sistema. Ahí es donde Iturralde clava la advertencia: la deuda, cuando se desordena, lo arrastra todo.

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