SpaceX suma 29 satélites Starlink y refuerza su hegemonía orbital
La maquinaria industrial de Elon Musk ha vuelto a funcionar casi en piloto automático. SpaceX ha lanzado 29 nuevos satélites Starlink desde la base de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral (Florida), en una misión que marca el 24º vuelo del mismo propulsor reutilizable y que volvió a concluir con un aterrizaje exitoso tras la separación de etapas. Con esta tanda, la constelación Starlink se aproxima ya a los 9.500 satélites operativos, lo que la convierte, con enorme distancia, en la mayor red comercial de la historia del espacio.
No es solo un logro tecnológico. Es la consolidación de una posición de dominio: Starlink representa aproximadamente el 65% de todos los satélites activos que rodean la Tierra y es la pieza central del plan de SpaceX para transformar un programa de más de 10.000 millones de dólares de inversión en una fuente de ingresos recurrentes. La consecuencia es clara: cada lanzamiento no solo mejora la cobertura de internet; también estrecha el margen de maniobra de los reguladores, presiona a los rivales y eleva las barreras de entrada a un mercado que, por primera vez, empieza a parecerse a un oligopolio orbital.
Una constelación sin rival en la órbita baja
Desde 2019, SpaceX ha ido poblando la órbita baja terrestre a un ritmo desconocido hasta ahora. La compañía ha desplegado ya más de 9.400 satélites Starlink y planea alcanzar inicialmente los 12.000 aparatos, con una posible ampliación a 34.400 unidades si los reguladores lo permiten. El contraste con cualquier competidor es demoledor: la constelación de Musk, por sí sola, concentra casi dos tercios de todos los satélites operativos del planeta.
La misión más reciente desde Florida se inscribe en una estrategia de cadencia casi industrial: lanzadores reutilizables que vuelan más de veinte veces, operaciones nocturnas en serie y una logística que convierte cada tanda de decenas de satélites en un trámite técnico.
Este hecho revela un cambio de época. Hasta hace una década, poner en órbita un satélite era un evento. Hoy, para SpaceX, es una línea de producción. Cada vuelo baja el coste marginal por satélite y acelera el despliegue de servicios de banda ancha, telefonía vía satélite o conectividad para aviones y barcos. Pero también eleva el peaje colectivo: saturación del espectro, riesgo de colisiones y creciente dependencia de un único operador privado para servicios críticos de comunicación.
El verdadero negocio detrás de Starlink
Bajo la narrativa de “internet para todos” se despliega un negocio de escala planetaria. Starlink cuenta ya con millones de clientes en más de 150 países y, según las cifras reportadas a reguladores europeos, habría alcanzado alrededor de nueve millones de suscriptores a finales de 2025. Si se asume un ingreso medio por usuario en el entorno de los 70 euros mensuales, la facturación potencial se sitúa en el rango de los 7.000 a 8.000 millones anuales.
Sin embargo, la foto real es más matizada. Documentación financiera presentada en Países Bajos revela que Starlink facturó en 2024 aproximadamente 2.700 millones de dólares, con un beneficio neto modesto, de apenas 72 millones. El diagnóstico es inequívoco: el servicio crece rápido, pero la amortización de la constelación, la fabricación de terminales y la carrera por ofrecer precios agresivos mantienen los márgenes bajo presión.
La apuesta de Musk es clásica: sacrificar rentabilidad en el corto plazo para construir una infraestructura casi imposible de replicar. Una vez hundido el coste fijo —cohetes, fábricas de satélites, estaciones de tierra— la red se convierte en una autopista de datos con peaje propio. “Quien controle la capa de conectividad global tendrá un poder de negociación enorme frente a Estados, telecos y plataformas digitales”, resume en privado un directivo de una gran teleco europea. Ese es el tablero en el que se inscribe cada nuevo lanzamiento de 29 satélites.
Dependencia silenciosa de Estados y grandes empresas
Starlink ya no es solo una opción para el usuario rural que no tiene fibra. Es un activo estratégico. Su red se ha utilizado en escenarios de conflicto, en emergencias climáticas y como respaldo de comunicaciones críticas en países con infraestructuras frágiles. Cada nuevo satélite amplía esa huella y refuerza el poder de negociación de SpaceX frente a gobiernos que, en muchos casos, carecen de alternativas locales.
La consecuencia es clara: varios países europeos están explorando contratos con operadores distintos a Starlink solo para reducir su exposición. Alemania, por ejemplo, ha financiado el uso de la red OneWeb en Ucrania como alternativa al servicio de Musk, pese a que el coste sea superior. Al mismo tiempo, aerolíneas, navieras y grandes grupos logísticos incorporan antenas Starlink a sus flotas para garantizar conectividad global, desplazando a proveedores tradicionales.
Este cambio tiene un efecto colateral sobre las telecos. La infraestructura de fibra y 5G, que exige inversiones de miles de millones en cada país, compite ahora con una constelación que se despliega desde Florida y se factura desde Estados Unidos. Para muchos reguladores nacionales, el riesgo no es solo tecnológico, sino fiscal y estratégico: ingresos que se escapan y decisiones clave que se toman a miles de kilómetros.
La carrera regulatoria que llega tarde
Mientras los cohetes de SpaceX despegan cada pocos días, los marcos regulatorios avanzan a ritmo burocrático. La Unión Europea trabaja en una regulación específica para mega constelaciones, con exigencias más estrictas en materia de desorbitado, gestión de residuos y coordinación de frecuencias. Pero el diseño de estas normas choca con un hecho incómodo: Starlink ya está ahí, con miles de satélites ocupando posiciones orbitales y espectro radioeléctrico bajo el principio de “primero en llegar, primero en servir” de la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
Bruselas mira con creciente inquietud el posible “acaparamiento” de frecuencias por parte de la constelación de Musk, especialmente en bandas clave para servicios gubernamentales y de defensa. Sin embargo, endurecer las reglas de forma unilateral tiene un efecto perverso: puede penalizar más a los operadores europeos emergentes que al gigante estadounidense ya consolidado.
“Europa corre el riesgo de regular de forma ejemplar a sus propios campeones mientras otros actores se mueven con mucho más margen”, advierte un analista del sector espacial consultado por este diario. El contraste con la agilidad operativa de SpaceX resulta demoledor: a cada borrador de directiva le corresponden decenas de nuevos satélites Starlink en órbita.
Basura espacial y el coste oculto del modelo
La otra cara de la hegemonía de Starlink es la saturación de la órbita baja. A mayor número de satélites, mayor probabilidad de colisión y de generación de fragmentos que multipliquen el riesgo en cascada. En respuesta a las crecientes alertas, SpaceX ha anunciado que rebajará la altitud de unos 4.400 satélites, pasando de los 550 a los 480 kilómetros durante 2026, con el argumento de que así será más fácil desorbitarlos rápidamente en caso de fallo.
El movimiento tiene lógica técnica, pero no resuelve el dilema de fondo: quién asume el coste de vigilar, coordinar y, llegado el caso, limpiar una órbita convertida en autopista comercial. Observatorios astronómicos llevan años denunciando el impacto de las “trazas” de Starlink en sus imágenes y el aumento del ruido radioeléctrico en determinadas bandas.
Lo más grave es que el incentivo económico sigue siendo lanzar más satélites, no menos. Mientras las tasas por uso de órbita y espectro sigan siendo testimoniales frente al potencial de ingresos de la banda ancha global, la lógica de negocio empuja a la expansión. La factura de una posible cadena de colisiones —con daños a otras constelaciones, servicios meteorológicos o satélites científicos— quedaría repartida entre múltiples actores, muchos de ellos públicos. Un ejemplo de manual de riesgo moral orbital.
Europa busca respuesta: de OneWeb a IRIS²
Consciente de su dependencia tecnológica, la UE ha impulsado su propia respuesta: el programa IRIS², una constelación de 290 satélites en órbita baja y media, con un coste estimado de 10.500 millones de euros, destinada a ofrecer comunicaciones seguras a gobiernos y, en una segunda fase, servicios comerciales de banda ancha. El proyecto, adjudicado al consorcio europeo SpaceRISE, aspira a estar plenamente operativo hacia 2030.
Mientras tanto, Europa sostiene al que hoy es prácticamente su único competidor real en órbita baja: Eutelsat/OneWeb, que acaba de encargar 440 nuevos satélites a Airbus en un programa valorado entre 2.000 y 2.200 millones de euros, apoyado por capital público francés y británico. La red OneWeb se utiliza además como plataforma de pruebas para 5G desde el espacio dentro del propio marco de IRIS².
El diagnóstico es claro: Europa está tratando de construir, con dinero público, una alternativa que llegue años después y con una escala significativamente menor que Starlink. Las decisiones de inversión de hoy condicionarán si, en la próxima década, los gobiernos europeos tienen o no una opción propia frente a la red de Musk.
El efecto dominó sobre el mercado de telecomunicaciones
La expansión de Starlink también reconfigura el mapa competitivo de las telecomunicaciones. Para las grandes telecos, la constelación es al mismo tiempo amenaza y oportunidad. Amenaza, porque puede captar clientes en zonas rurales o remotas donde estaban obligadas a desplegar redes de alto coste y baja rentabilidad. Oportunidad, porque abre la puerta a acuerdos de “roaming orbital” para ofrecer cobertura global sin desplegar infraestructura propia en otros continentes.
En paralelo, grupos satelitales tradicionales como SES o la propia Eutelsat se ven abocados a acelerar su transición desde modelos basados en satélites geoestacionarios —más caros y menos flexibles— hacia constelaciones en órbita baja y servicios gubernamentales de alto valor añadido. De ahí su apuesta por participar en IRIS² y por cerrar alianzas o fusiones de gran tamaño.
La entrada de nuevos actores como Amazon, con su proyecto Kuiper, añade más presión, pero ninguno se acerca todavía a la escala industrial que exhibe SpaceX. El resultado previsible es un mercado a varias velocidades: un líder claro en órbita baja, un puñado de competidores regionales con fuerte apoyo público y un grupo de telecos que tendrán que decidir si se convierten en socios, clientes o adversarios de Starlink.