24 días de guerra y EEUU e Irán mantienen el pulso sin un final a la vista

Mediadores regionales intentan abrir una salida, pero Washington y Teherán siguen discutiendo incluso las condiciones mínimas para hablar del final del conflicto.

Guerra

Foto de UX Gun en Unsplash
Guerra Foto de UX Gun en Unsplash

La guerra lanzada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado ya en una fase en la que la diplomacia existe, pero no manda. Hay contactos, mensajes cruzados y propuestas de intermediación, sí, pero sin un alto el fuego sólido ni una hoja de ruta común. Mientras tanto, el balance humano supera los 2.000 muertos, el estrecho de Ormuz sigue bajo máxima tensión y el mercado energético vuelve a mirar al Golfo como en sus peores momentos. Lo más grave no es solo que no haya acuerdo. Es que Washington y Teherán siguen peleando por el formato, el alcance y el precio político de sentarse a hablar.

Una diplomacia sin alto el fuego

La secuencia de las últimas semanas retrata una paradoja inquietante. El 27 de febrero, en Ginebra, EEUU e Irán cerraron otra ronda de contactos sin acuerdo, aunque Omán habló de “progreso significativo” y dejó programadas conversaciones técnicas posteriores. Días antes, Teherán ya había deslizado que aceptaría un diálogo “justo y equitativo”, pero su ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, dejó claro que “no hay planes” para reunirse formalmente con Washington. El resultado es una negociación que nunca termina de empezar del todo: existe en los canales indirectos, pero no en el terreno político que haría posible frenar la guerra.

Ese atasco se ha agravado. Según fuentes recogidas por Reuters y resumidas por varios observadores y medios en marzo, ni Irán ni Estados Unidos estaban preparados para abrir conversaciones sobre un alto el fuego, pese a la presión de mediadores como Omán y Egipto. Y aunque Donald Trump ha vuelto a sugerir en los últimos días que hay contactos “productivos”, la parte iraní ha negado que exista una negociación formal de paz. El diagnóstico es inequívoco: no se está discutiendo todavía cómo cerrar la guerra, sino qué concesiones previas tendría que aceptar cada bando para no parecer derrotado antes de sentarse.

El núcleo del desacuerdo

El problema de fondo sigue siendo el mismo que dinamitó tantos intentos anteriores, aunque ahora bajo bombardeos: Washington quiere una negociación más amplia que el átomo; Teherán solo acepta una negociación centrada en lo nuclear. En la ronda de Ginebra, la delegación iraní insistió en el levantamiento de sanciones y en preservar su derecho al enriquecimiento. La administración estadounidense, en cambio, ha reiterado que el expediente no puede limitarse al uranio: también exige abordar misiles balísticos y apoyo iraní a grupos armados en la región. Ese choque convierte cada reunión en una discusión sobre el perímetro mismo del acuerdo.

La consecuencia es clara. Para Washington, aceptar solo un pacto nuclear sería dejar intacta buena parte de la arquitectura militar iraní. Para Teherán, aceptar hablar de misiles, redes regionales y seguridad interna equivaldría a abrir la puerta a una negociación sobre su soberanía estratégica. “La atmósfera de desconfianza” sigue dominándolo todo. Y ese clima revela algo más incómodo: ambas partes parecen convencidas de que ceder primero cuesta políticamente más que prolongar la guerra unas semanas más.

El uranio que envenena cualquier salida

Sobre la mesa pesa además un dato que endurece cualquier margen de maniobra. El enviado estadounidense Steve Witkoff afirmó que los negociadores iraníes admitieron disponer de 460 kilos de uranio enriquecido al 60%, una cantidad que, llevada más lejos, podría alimentar el temor occidental a una capacidad de ruptura acelerada. No es un detalle técnico menor: es el argumento que utiliza Washington para sostener que el tiempo diplomático se ha estrechado al máximo y que un acuerdo parcial ya no basta.

El OIEA, por su parte, ha añadido otra capa de inquietud. La agencia informó de que parte sustancial de ese material altamente enriquecido se encontraba en el complejo subterráneo de Isfahán y ha expresado preocupación porque Irán no ha dado acceso suficiente para verificar plenamente esa instalación. Este hecho revela el origen de la actual rigidez: cuando la verificación se debilita, la confianza desaparece; y cuando la confianza desaparece, la negociación se desplaza del terreno técnico al militar. Por eso el pulso ya no es solo sobre centrifugadoras. Es, sobre todo, sobre quién acepta quedar expuesto primero a un mecanismo de control que interpreta como una derrota política.

Ormuz, la factura inmediata

La guerra no se juega únicamente en instalaciones nucleares o despachos diplomáticos. Se juega también en el estrecho de Ormuz, el cuello de botella por el que pasaron en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Además, por esa misma ruta transitó cerca de una quinta parte del comercio global de GNL, sobre todo desde Qatar. Lo decisivo aquí no es solo el volumen, sino la escasez de alternativas: según la EIA, Arabia Saudí y Emiratos solo podrían desviar en conjunto unos 2,6 millones de barriles diarios mediante rutas alternativas. El contraste entre lo que circula por Ormuz y lo que puede desviarse por tierra resulta demoledor.

Por eso la amenaza iraní de cerrar por completo el paso y los ataques que han frenado casi todo el tráfico de petroleros han colocado a la economía global ante una vulnerabilidad muy concreta. La guerra ya no afecta solo a la seguridad regional: afecta a seguros marítimos, cadenas energéticas, rutas aéreas y expectativas de inflación importada. Y aunque Europa depende menos directamente que Asia de ese flujo —la mayor parte del crudo que cruza Ormuz va a mercados asiáticos—, un shock en el Golfo termina contaminando el precio mundial del barril. La consecuencia es inmediata: cualquier semana adicional de conflicto encarece la prima geopolítica del petróleo incluso sin necesidad de un cierre total y sostenido.

La lógica política de ambos bandos

En este punto, la guerra se ha convertido también en una negociación interna. Trump necesita demostrar que la presión militar sirve para arrancar concesiones y que no retrocede ante un adversario al que acusa de buscar capacidad nuclear. Aceptar ahora un alto el fuego sin avances visibles sobre enriquecimiento, misiles o redes regionales podría leerse en Washington como un retroceso estratégico. De ahí que la Casa Blanca haya oscilado entre abrir la puerta a conversaciones y endurecer públicamente sus exigencias.

Teherán, mientras tanto, opera con una lógica simétrica. Varias informaciones coinciden en que Irán no quiere negociar mientras continúen los ataques y exige garantías frente a futuras ofensivas de EEUU o Israel. Esa posición no es solo táctica. Es también una forma de preservar legitimidad interna y de evitar que la negociación sea percibida como una capitulación bajo fuego. Lo más grave es que ambos cálculos son racionales desde la política doméstica, pero irracionales desde la estabilidad regional. Cada parte cree que resistir unas semanas más puede mejorar su posición; el problema es que esa misma lógica multiplica el coste económico y humano del conflicto.

Mediadores sin palanca real

Omán fue quien mejor explicó el fracaso de la ventana diplomática. Horas antes de que estallaran los ataques, su ministro llegó a decir que la paz estaba “al alcance” gracias a un posible entendimiento para no acumular más material enriquecido. Pocos días después, el propio Muscat tuvo que reclamar un alto el fuego urgente y admitir que aún existían “salidas” para la desescalada. La lectura es dura: los mediadores siguen siendo útiles para transmitir mensajes, pero ya no controlan el ritmo de los acontecimientos.

La ONU y las potencias europeas han intentado cubrir ese vacío. En el Consejo de Seguridad, António Guterres advirtió que la alternativa es un conflicto más amplio con consecuencias graves para civiles y para la estabilidad regional. Reino Unido, Francia y Alemania han pedido retomar las conversaciones sobre el programa nuclear iraní. Sin embargo, la distancia entre la retórica diplomática y la realidad operativa es enorme. Ninguno de esos actores dispone hoy de la palanca militar, energética o política necesaria para imponer un marco de negociación. La consecuencia es que la mediación existe, pero como acompañamiento del conflicto, no como su sustituto.

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