Los bombardeos conjuntos han acabado con la vida del ministro de Defensa, al jefe del Estado Mayor y a la cúpula de la Guardia Revolucionaria, abriendo un vacío de poder sin precedentes en Teherán

Abatido el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha dado este domingo un salto cualitativo con la muerte del jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes, Abdolrahim Mousavi, y del ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, en un bombardeo conjunto contra una reunión del Consejo de Defensa del país, según la televisión estatal. Junto a ellos han caído el comandante de la Guardia Revolucionaria, el general Mohammad Pakpour, y el influyente Ali Shamkhani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y viejo arquitecto de la estrategia militar del régimen. El golpe llega pocas horas después de la confirmación oficial de la muerte del líder supremo, Alí Jameneí, en la misma campaña de ataques lanzada por Washington y Jerusalén contra centros de mando, infraestructuras militares y objetivos del programa nuclear iraní. El resultado es un escenario inédito: un régimen teocrático sin guía suprema y con su cúpula militar prácticamente descabezada.

EPA/ABEDIN TAHERKENAREH
EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Según la narrativa oficial iraní, el ataque que ha costado la vida a Mousavi y Nasirzadeh se produjo cuando la cúpula de seguridad del país se encontraba reunida para evaluar la primera oleada de bombardeos estadounidenses e israelíes sobre Teherán y otras ciudades clave. La televisión estatal ha hablado de “martirio” de ambos mandos, en una elección de palabras que busca transformar una derrota estratégica en un elemento de cohesión interna.

Mousavi, que asumió la jefatura del Estado Mayor en 2025 tras otra serie de asesinatos selectivos israelíes, era el encargado de coordinar a las fuerzas regulares con la Guardia Revolucionaria. Nasirzadeh, antiguo jefe de la Fuerza Aérea, había sido ascendido a ministro de Defensa en plena escalada con Israel para reforzar la vertiente aeroespacial del disuasivo iraní.

El ataque habría eliminado también a Mohammad Pakpour, comandante de la Guardia Revolucionaria, y al veterano Ali Shamkhani, figura central en los contactos nucleares con Occidente y hombre de enlace entre el liderazgo político y los aparatos militares. En términos operativos, el mensaje es inequívoco: Washington y Jerusalén han convertido el Consejo de Defensa en un blanco prioritario, tratando de paralizar el mando y control del enemigo en cuestión de horas.

La decapitación militar tras la muerte de Jameneí

El impacto de estas muertes no puede entenderse al margen del asesinato del líder supremo, Alí Jameneí, confirmado por los propios medios iraníes y por agencias internacionales tras la destrucción de su complejo en Teherán durante la fase inicial de la operación, bautizada como Epic Fury por el Pentágono. La televisión estatal ha anunciado 40 días de luto nacional, una señal de hasta qué punto el régimen asume la magnitud del golpe.

En el diseño institucional de la República Islámica, Jameneí ocupaba simultáneamente el vértice político, religioso y militar. Con su desaparición y la de buena parte del Estado Mayor, el vacío de poder es triple: doctrinal, estratégico y operativo. Una junta provisional de tres miembros ha asumido de forma interina las funciones del líder supremo, mientras la Asamblea de Expertos se prepara para elegir sucesor en un contexto de máxima presión externa y fracturas internas latentes.

Lo más grave, a ojos de los analistas de defensa, es que la cadena de mando se ha visto alterada en plena respuesta iraní. Cuando la estructura de arriba se rompe, la tentación de decisiones impulsivas en los escalones intermedios aumenta de forma exponencial. Esa es, precisamente, la clase de riesgo de error de cálculo que más inquieta a las cancillerías europeas.

El vacío de poder y el riesgo de errores de cálculo

La desaparición simultánea del líder supremo y de la cúpula militar abre un periodo de opacidad en la toma de decisiones en Teherán. Sobre el papel, la Guardia Revolucionaria mantiene capacidades intactas para coordinar ataques con misiles, drones y milicias aliadas en Líbano, Siria, Irak o Yemen. Sin embargo, la muerte de Pakpour, nombrado jefe del cuerpo en 2025 tras otra ronda de asesinatos selectivos, deja a la organización sin una figura de consenso entre sus diferentes facciones.

En paralelo, la figura de Mojtaba Jameneí, hijo del líder supremo fallecido, emerge como posible heredero, pero su legitimidad es discutida tanto dentro del clero como entre los mandos militares supervivientes. El resultado es un tablero en el que varias élites —religiosa, militar y política— compiten por imponer su lectura de la crisis, mientras los impactos de los bombardeos se extienden por al menos 18 provincias, con más de un centenar de civiles muertos y varios cientos de heridos según recuentos preliminares.

Este hecho revela un riesgo adicional: cuanto más fragmentado sea el centro de poder iraní, más difícil será controlar a los actores periféricos. Desde las brigadas chiíes en Irak hasta Hizbulá en Líbano, pasando por grupos hutíes en Yemen, el ecosistema de milicias alineadas con Teherán podría optar por respuestas autónomas que amplifiquen la escalada.

Petróleo, Ormuz y el nuevo shock de oferta

En los mercados energéticos, la señal ha sido inmediata. Tras los primeros ataques contra Irán y la confirmación de la muerte de Jameneí, el precio del Brent se ha disparado en torno a un 10-12 % respecto a niveles previos a la escalada, con analistas anticipando saltos adicionales de hasta 20 dólares por barril si el Estrecho de Ormuz se ve seriamente afectado.

Por el Estrecho de Ormuz transita aproximadamente una quinta parte del crudo y del gas natural licuado que se comercia en el mundo. Cualquier interrupción prolongada en este corredor, aunque sea parcial, supone un golpe directo a las refinerías europeas y asiáticas, que ya operan en un entorno de precios elevados tras años de tensión geopolítica y transición energética incompleta. El contraste con otros episodios recientes —como las primeras oleadas de ataques israelíes en 2025, que ya elevaron el Brent más de un 7 % en una sola sesión— resulta demoledor: la economía mundial llega a esta crisis con muchos menos amortiguadores.

De momento, Washington ha descartado recurrir de inmediato a la Reserva Estratégica de Petróleo, confiando en que un eventual aumento de producción por parte de la OPEP+ contenga el alza por debajo de los 100 dólares por barril. Pero la vulnerabilidad es evidente: si Irán opta por un bloqueo efectivo de Ormuz o amplía sus ataques a infraestructura energética de terceros países del Golfo, el shock de oferta podría recordar a los de los años setenta.

Aviación, comercio y cadenas de suministro bajo presión

El componente energético no es el único factor de riesgo. La cadena logística global ya está acusando las primeras señales de estrés. La combinación de misiles iraníes contra bases estadounidenses en Qatar y la respuesta de los aliados ha llevado a un cierre temporal o severas restricciones en el espacio aéreo de varios países del Golfo, que se suma a las limitaciones previas en Irak y en la propia Irán por razones de seguridad.

En la práctica, esto significa desvíos de cientos de vuelos diarios, mayores tiempos de tránsito entre Europa y Asia y un incremento notable en los costes de combustible y seguros. En episodios anteriores de cierre de espacio aéreo, aerolíneas como Qatar Airways y Emirates se vieron obligadas a suspender temporalmente operaciones o a rediseñar sus rutas en cuestión de horas, con miles de pasajeros varados en Doha y Dubái.

En el ámbito marítimo, los puertos del Golfo están absorbiendo desvíos de tráfico procedente del mar Rojo por la inestabilidad en ese corredor, al tiempo que navieras y aseguradoras aplican recargos de riesgo a los buques que transitan cerca de aguas iraníes. El efecto dominó que se vislumbra combina más costes logísticos, posibles retrasos en componentes industriales y nuevas presiones inflacionistas justo cuando bancos centrales como el BCE y la Reserva Federal empezaban a plantearse recortes de tipos.

El cálculo estratégico de Washington y Jerusalén

¿Qué persiguen exactamente Estados Unidos e Israel con una operación tan arriesgada? Según el relato de la propia Administración Trump, el objetivo es “impedir que Irán adquiera armas nucleares y poner fin al régimen”, en palabras del presidente, que ha presentado la campaña como una combinación de autodefensa preventiva y cambio de régimen.

El diseño de los ataques apunta a una estrategia de decapitación escalonada: primero la cúspide política (Jameneí), después los mandos militares que garantizan cohesión y capacidad de respuesta coordinada. Al mismo tiempo, Israel ha intensificado los bombardeos sobre instalaciones vinculadas al programa nuclear y a las fuerzas aeroespaciales iraníes, buscando degradar la capacidad de Teherán para proyectar poder más allá de sus fronteras.

Sin embargo, este enfoque entraña riesgos evidentes. Cuanto más explícito es el objetivo de derribar un régimen, más incentivos tiene ese régimen para responder de forma maximalista. Además, en el plano interno estadounidense e israelí, la apuesta militar se entrelaza con calendarios electorales, divisiones parlamentarias y presiones de opinión pública, factores que pueden acotar el margen de maniobra o, por el contrario, empujar a una escalada para no aparecer como “débiles” ante el adversario.

Escenarios de escalada: del choque limitado a la guerra regional

El diagnóstico de los expertos en seguridad es que el conflicto ha entrado en una fase en la que los escenarios extremos ya no pueden descartarse. En el corto plazo, un primer camino sería el de una escalada controlada: Irán intensifica sus ataques contra bases estadounidenses y objetivos israelíes, pero evita cruzar ciertas líneas rojas, como el hundimiento de buques comerciales en Ormuz, mientras EEUU e Israel mantienen la presión sobre mandos militares y capacidad nuclear sin entrar en una invasión terrestre.

Un segundo escenario, mucho más preocupante, pasaría por una guerra regional abierta, con la implicación directa de Hizbulá en una ofensiva masiva contra el norte de Israel, ataques coordinados de milicias chiíes contra intereses estadounidenses en Irak y Siria y un incremento drástico de la actividad de grupos proiraníes en el mar Rojo y el Mediterráneo oriental. El contraste con crisis anteriores —como la respuesta tras el asesinato de Qassem Soleimani en 2020— es claro: ahora el nivel de destrucción en la cúpula iraní y el coste humano interno son muy superiores.

Un tercer camino, menos probable pero no imposible, sería el de una rápida negociación impulsada por actores como China, Rusia o la Unión Europea, que buscan evitar un shock económico global y preservar sus propios intereses energéticos. Para que este escenario cuaje, Teherán tendría que aceptar negociar desde una posición de extrema debilidad, algo que choca con la lógica histórica del régimen.

Comentarios