Berlín liga su “responsabilidad especial con Israel” al fin de la red de milicias y al abandono definitivo del arma nuclear por parte de Teherán

Alemania exige a Irán cortar su apoyo a Hamas y Hezbollah

EPA/MOHAMED HOSSAM

La diplomacia alemana ha elevado varios grados el tono frente a Irán. El ministro de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, advirtió este miércoles de que Teherán debe poner fin a su apoyo a Hamas, Hezbollah y los hutíes y abandonar cualquier ambición de dotarse de armamento nuclear. En una comparecencia junto a su homólogo belga, Maxime Prevot, el jefe de la diplomacia germana recordó que Alemania asume “una responsabilidad especial en la seguridad del Estado de Israel”, y que esa responsabilidad pasa hoy por contener la red de milicias respaldadas por la República Islámica. La portavoz del Ministerio, Kathrin Deschauer, completó el mensaje: Berlín espera que Irán “aproveche la oportunidad” de las próximas negociaciones para limitar su programa balístico, renunciar al arma nuclear y dejar de desestabilizar la región.

Una advertencia directa a Teherán

El mensaje de Wadephul no es un matiz técnico, sino una advertencia política explícita a Teherán. En la rueda de prensa, el ministro alemán vinculó por primera vez de forma tan abierta tres exigencias: el fin del apoyo iraní a Hamas, Hezbollah y los hutíes; la moderación del programa de misiles balísticos; y el abandono de cualquier vía hacia un arma nuclear.

En la práctica, Alemania está diciendo a Teherán que no puede aspirar a una normalización económica con Europa mientras siga financiando, armando y entrenando a milicias que atacan a Israel, a buques comerciales en el mar Rojo o a bases occidentales en la región. La combinación de drones, misiles de crucero y proyectiles balísticos que manejan esos grupos es ya un factor estructural de inestabilidad regional, con un impacto directo sobre rutas comerciales en las que Alemania depende para su industria exportadora.

En palabras de un diplomático europeo consultado por este periódico, “Berlín está anticipando que, si Irán quiere alivio de sanciones o inversiones europeas, tendrá que pagar un precio real en el terreno de la seguridad”. El mensaje, aunque envuelto en lenguaje técnico, apunta a un cambio de líneas rojas: ya no basta con hablar del acuerdo nuclear; ahora el comportamiento regional de Irán es parte central del expediente.

Responsabilidad histórica con Israel

El otro eje del discurso fue la identidad histórica alemana. Wadephul subrayó que su país tiene una “responsabilidad especial con la seguridad del Estado de Israel”, una fórmula que los sucesivos gobiernos de Berlín repiten desde hace dos décadas, pero que el actual Ejecutivo democristiano ha traducido en políticas más visibles: aumento de exportaciones de defensa a Israel, respaldo diplomático en foros multilaterales y una línea dura frente a actores que amenacen su existencia.

Esa responsabilidad se ha reactivado tras la masacre del 7 de octubre, cuando Hamas asesinó a más de 1.200 personas en territorio israelí y secuestró a unas 250 como rehenes, según datos israelíes ampliamente aceptados. Desde entonces, Berlín considera que cualquier análisis del conflicto debe partir del reconocimiento de Hamas como organización terrorista respaldada por Irán. Que el ministro hable en el mismo párrafo de Hamas, Hezbollah y los hutíes no es casual: para Alemania forman parte de una misma arquitectura de poder iraní.

“Sin seguridad para Israel, no hay estabilidad para Europa”, repiten en el entorno de Wadephul. La frase resume un diagnóstico que va más allá de la memoria histórica: un conflicto abierto entre Israel e Irán, con activación plena de todas las milicias proiraníes, dispararía el precio de la energía, tensionaría las rutas marítimas y obligaría a Europa a nuevas misiones militares en su vecindad.

El papel de Hamas, Hezbollah y los hutíes

El triángulo Hamas–Hezbollah–hutíes se ha convertido en el principal vector de presión de Irán sobre Israel y sobre los intereses occidentales en la región. Hamas opera en Gaza, Hezbollah en Líbano y Siria, y los hutíes controlan buena parte del noroeste de Yemen, desde donde han lanzado decenas de ataques contra buques en el mar Rojo y el golfo de Adén en los últimos meses, obligando a desviar rutas comerciales clave.

Alemania no es ajena a esta realidad. En 2020, el Gobierno federal prohibió todas las actividades de Hezbollah en su territorio y lo designó en su totalidad como organización terrorista, más allá de la distinción –ya obsoleta– entre “rama política” y “brazo armado”. La decisión respondió, entre otros factores, a informes de inteligencia que situaban a simpatizantes de Hezbollah recaudando fondos y haciendo propaganda en suelo alemán.

En el caso de los hutíes, la preocupación es más económica que doméstica: los ataques a la navegación han encarecido hasta un 30% algunos fletes de mercancías entre Asia y Europa, según estimaciones del sector naviero. Aunque estas cifras fluctúan, el mensaje desde Berlín es claro: cada misil lanzado por una milicia proiraní tiene un coste directo para la economía europea.

El frente nuclear y de misiles

La portavoz Kathrin Deschauer fue explícita al pedir a Irán que deje de “perseguir armas nucleares” y que limite su programa de misiles. Alemania, que fue uno de los arquitectos del acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA), considera que el colapso de aquel marco y el avance posterior del programa iraní han creado un escenario mucho más peligroso que hace una década.

Los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica señalan que Irán ha enriquecido uranio a niveles cercanos al 60%, muy por encima del límite del 3,67% fijado en el JCPOA y a pocos pasos técnicos del umbral militar del 90%. Aunque la comunidad internacional no ha confirmado que Teherán haya decidido fabricar una bomba, la combinación de altos niveles de enriquecimiento, reservas significativas de uranio y un programa de misiles de alcance superior a 2.000 kilómetros alimenta la percepción de amenaza en Europa e Israel.

En paralelo, la reciente decisión de la Unión Europea de incluir a los Guardianes de la Revolución (IRGC) en su lista de organizaciones terroristas, acompañada de sanciones a 247 individuos y 50 entidades iraníes, marca un salto cualitativo en la presión sobre el aparato de seguridad de Teherán. Alemania fue uno de los países que empujó ese giro, consciente de que el IRGC y su Fuerza Quds son el núcleo que conecta el programa nuclear con la red de milicias regionales.

Europa entre la diplomacia y las sanciones

El contexto europeo explica parte del movimiento alemán. Bruselas intenta desde hace meses articular una posición coherente frente a Irán que combine sanciones, presión diplomática y canales de diálogo. La designación de los IRGC, la revisión de algunos esquemas de comercio residual y la creciente coordinación con Estados Unidos y Reino Unido forman parte de esa estrategia.

En ese marco, la voz de Berlín pesa más que la de otros socios. Por tamaño económico, por su papel en la política de sanciones y por su relación histórica con Israel, Alemania se ha convertido en el termómetro europeo del endurecimiento frente a Teherán. Lo que diga Wadephul no solo anticipa la posición alemana en las próximas reuniones del Consejo de Asuntos Exteriores; también envía una señal a empresas e inversores europeos que, desde hace años, observan a Irán como un mercado potencial valorado en más de 80 millones de consumidores, pero bloqueado por la inseguridad jurídica y las sanciones.

“Mientras Irán utilice milicias para desestabilizar la región, no habrá negocios normales”, reconoce un directivo del sector energético. La consecuencia es clara: cada escalada militar o política retrasa de facto cualquier posibilidad de reapertura económica.

La posición de Bélgica y las fisuras en la UE

La comparecencia conjunta con Maxime Prevot no fue casual. Bélgica ha vivido en las últimas semanas un intenso debate diplomático por las acusaciones de antisemitismo vertidas por el embajador de Estados Unidos en Bruselas, a raíz de un caso judicial vinculado a la circuncisión ritual. El Gobierno belga respondió recordando los “límites” de la injerencia diplomática y defendiendo la independencia de su sistema judicial.

En ese contexto, el gesto de Prevot acompañando el mensaje alemán hacia Irán tiene un valor añadido: muestra que, pese a discrepancias puntuales con Washington o entre socios europeos, existe un consenso de fondo en torno a la amenaza que plantea la red de milicias proiraní. Sin embargo, no todos los Estados miembros comparten el mismo grado de firmeza. Algunos países del sur y del este de Europa temen que un endurecimiento excesivo cierre puertas a futuros canales de mediación o a acuerdos energéticos.

El contraste entre esa cautela y la contundencia verbal de Berlín revela una tensión de fondo: ¿hasta qué punto está dispuesta la UE a sacrificar posibles dividendos económicos futuros a cambio de seguridad inmediata para Israel y para las rutas comerciales globales?