¿Quién realmente controla Irán y por qué Trump presionó su programa nuclear?
La última intervención de Donald Trump en el Estado de la Unión reabrió un expediente geopolítico que nunca llegó a cerrarse: Irán y su programa nuclear. Sin embargo, tras los eslóganes y los gestos de fuerza se esconde una pregunta mucho más incómoda: ¿quién manda realmente en Teherán y hasta dónde puede llegar la presión estadounidense sin desestabilizar la región? El diplomático Gustavo de Arístegui dibuja un mapa de poder que no encaja con la idea simplificada de “gobierno iraní”, sino con un entramado donde el líder supremo y la Guardia Revolucionaria concentran un poder casi absoluto. Al mismo tiempo, Washington articula tres demandas esenciales –uranio, misiles y apoyo a milicias aliadas– mientras Europa observa el pulso con una vulnerabilidad creciente en defensa y tecnología estratégica. La paradoja es nítida: en plena disputa por el Ártico, Groenlandia y las nuevas rutas del poder global, Europa apenas dedica en torno al 5% de su gasto a defensa, quedando expuesta a riesgos que ya no son teóricos, sino tangibles.
El verdadero centro de poder en la República Islámica
En Irán, el poder no se mide en ministerios, sino en círculos de lealtad. De Arístegui recuerda que el núcleo duro se concentra en la figura del líder supremo, una autoridad religiosa y política que trasciende cualquier lógica de alternancia o control parlamentario. El presidente y el Gobierno gestionan el día a día, pero la última palabra en seguridad, política exterior y programa nuclear reside en ese vértice. Junto a él, la Guardia Revolucionaria actúa como brazo armado, árbitro interno y garante del sistema.
Este esquema genera un equilibrio peculiar: un Gobierno que, en apariencia, negocia con el exterior, y unas estructuras paralelas que conservan autonomía decisiva, sobre todo en materia militar y de inteligencia. El resultado es un régimen que absorbe las presiones, reconfigura su estrategia y evita ceder el control de los resortes clave. Como sintetiza el diplomático, “no se trata de un Estado clásico, sino de un sistema diseñado para no ceder nunca del todo”. La consecuencia es clara: cualquier intento de condicionar el comportamiento iraní que ignore esta arquitectura de poder está condenado a la frustración.
Guardia Revolucionaria: Estado dentro del Estado
La Guardia Revolucionaria es mucho más que un cuerpo militar de élite. Controla unidades estratégicas, fuerzas expedicionarias en terceros países y, además, un entramado económico que se extiende por sectores críticos. Según el análisis de De Arístegui, este cuerpo opera con una lógica propia, a menudo más dura que la de los órganos formales del Estado. Esa autonomía relativa convierte a la Guardia en un auténtico “Estado dentro del Estado”, con capacidad para condicionar tanto la política interior como las negociaciones internacionales.
Este hecho revela por qué las sanciones y los ataques puntuales apenas han erosionado el corazón del sistema. La Guardia Revolucionaria dispone de sus propios canales de financiación, sus redes regionales y una cultura de resistencia que capitaliza la narrativa de asedio exterior. Lo más grave, desde la perspectiva occidental, es que buena parte del desarrollo de misiles, drones y capacidades de guerra asimétrica se canaliza precisamente a través de esta estructura. Cualquier hoja de ruta que pretenda limitar de forma real el poder militar iraní debe, por tanto, afectar directamente a este entramado paralelo, algo que Teherán percibe como una amenaza existencial.
Las tres exigencias de Washington tras el Estado de la Unión
El discurso de Trump no solo reactivó la retórica contra Teherán; ordenó políticamente lo que Washington lleva años persiguiendo por la vía diplomática y sancionadora. Tres demandas sintetizan la estrategia estadounidense. La primera, limitar el enriquecimiento de uranio a niveles que descarten un salto rápido hacia el arma nuclear. No se trata únicamente de destruir centrifugadoras, sino de imponer techos verificables a un programa que ha demostrado capacidad para recomponerse tras cada sabotaje.
La segunda exigencia apunta al núcleo de la proyección militar iraní: detener la producción de misiles balísticos, hipersónicos y de crucero. En un entorno donde el alcance, la precisión y la velocidad determinan el equilibrio de disuasión, estos vectores son vistos en Washington como la columna vertebral de la capacidad ofensiva de Teherán. La tercera línea roja es el apoyo a grupos armados aliados en la región: milicias y organizaciones que actúan como prolongación de su influencia en varios frentes. Para Estados Unidos, estas tres piezas forman un paquete indivisible; para Irán, son precisamente los elementos que garantizan su supervivencia y su prestigio regional. De ahí que el margen de negociación sea tan estrecho.
Omán y Ginebra: diplomacia bajo presión
En este contexto, las negociaciones discretas en Omán y Ginebra adquieren un peso que trasciende el protocolo. No son simples rondas técnicas, sino un intento de reordenar un equilibrio estratégico que lleva años oscilando entre la escalada y el bloqueo. De Arístegui subraya que, pese a la retórica agresiva, Washington y Teherán han mantenido canales de diálogo abiertos en al menos dos escenarios paralelos, conscientes de que el coste de una confrontación abierta sería inasumible para ambos.
Las conversaciones se mueven en una tensión permanente: Estados Unidos exige garantías verificables, mientras Irán reclama alivio de sanciones y reconocimiento de su papel regional. “Cada concesión es percibida por Teherán como una amputación de su disuasión”, resume el diplomático. La consecuencia es una negociación donde cada avance se mide en milímetros y cada gesto tiene impacto regional: desde el precio del petróleo hasta la estabilidad de aliados clave. Lo que está en juego no es solo un acuerdo nuclear, sino el modelo de seguridad de Oriente Medio en los próximos años.
Europa: defensa mínima, riesgos máximos
Mientras tanto, Europa asiste a este pulso con un déficit estructural en defensa. De Arístegui pone el dedo en la llaga: el continente apenas destina en torno al 5% de su gasto total a defensa, una cifra que revela hasta qué punto se ha confiado durante décadas en el paraguas estadounidense y en un entorno de seguridad que ya no existe. La guerra en la sombra, los ciberataques y la proliferación de misiles de largo alcance han hecho saltar por los aires la idea de que la distancia geográfica es protección suficiente.
Lo más preocupante no es solo la magnitud del gasto, sino su fragmentación. Proyectos duplicados, industrias nacionales que compiten entre sí y una coordinación política insuficiente impiden que ese 5% se traduzca en capacidades reales. El contraste con otras potencias resulta demoledor: mientras actores rivales concentran recursos en pocos programas estratégicos, Europa dispersa esfuerzos en múltiples iniciativas que avanzan con lentitud. “Europa está tocando la puerta de la modernidad defensiva, pero sin decidirse a entrar”, sintetiza el análisis de Arístegui.
Brecha tecnológica y guerra híbrida
El retraso europeo se hace aún más evidente en tecnología antidrón, ciberseguridad y guerra híbrida. Los conflictos recientes han demostrado que un enjambre de drones baratos puede neutralizar activos que cuestan cientos de millones, y que un ataque de ciberespionaje puede paralizar infraestructuras críticas sin disparar un solo misil. Sin embargo, la capacidad de respuesta europea sigue siendo desigual, con pocos países en la vanguardia y muchos rezagados.
En este terreno, la carencia no es solo presupuestaria, sino también de visión industrial y estratégica compartida. Falta una política que integre investigación, producción y despliegue bajo estándares comunes. La consecuencia es inmediata: cuando actores como Irán avanzan en misiles o capacidades electrónicas vinculadas a su programa de defensa, Europa depende en exceso de tecnologías externas para protegerse. Esa dependencia tecnológica reduce su margen de maniobra diplomático ante crisis como la iraní y limita su capacidad de disuasión frente a amenazas que combinan lo físico y lo digital.
Groenlandia y el Ártico: la nueva frontera silenciosa
Uno de los giros más significativos del tablero internacional es el ascenso geopolítico de Groenlandia y el Ártico. La combinación de deshielo, nuevas rutas marítimas y recursos naturales convierte la región en una pieza codiciada por las grandes potencias. De Arístegui subraya que, mientras algunos países aceleran el despliegue de activos militares y tecnológicos en la zona, Europa llega con retraso a una partida que ya se está jugando.
El vínculo con el caso iraní no es casual. La competencia por el Ártico se cruza con la disputa energética, las rutas comerciales y el control de espacios de vigilancia estratégica. Potencias que invierten en armas hipersónicas y cazas de nueva generación aspiran a dominar también este espacio emergente. En ese contexto, un continente que discute todavía cómo financiar sus capacidades básicas de defensa corre el riesgo de quedar relegado a actor secundario en una región llamada a ser decisiva en el siglo XXI. La batalla es silenciosa, pero sus efectos pueden ser tan profundos como cualquier conflicto abierto.
