ANTONIO ALONSO: El fin de la alianza EEUU-Golfo: ¿Por qué Arabia Saudí mira ahora hacia Irán?

La foto de Putin con el canciller iraní certifica un cambio de era: Teherán sale del aislamiento y Europa vuelve a temer el petróleo.

ANTONIO ALONSO: El fin de la alianza EEUU-Golfo: ¿Por qué Arabia Saudí mira ahora hacia Irán?

El encuentro entre Vladímir Putin y el canciller iraní Abás Araqchi no es una simple reunión diplomática: es una señal de que Teherán ha roto el cerco. Mientras la administración Trump insiste en que el régimen está en “estado de colapso”, el terreno cuenta otra historia: los Ayatolás consolidan su mando y su narrativa de resistencia. Para Antonio Alonso, lo decisivo es el efecto dominó: Rusia se fortalece con un mercado energético más caro y con una OTAN incapaz de disuadir en Oriente Próximo. Y en ese nuevo tablero, Arabia Saudí empieza a mirar a Irán con un pragmatismo que antes era impensable.

La foto que deshace el aislamiento de Teherán

La imagen de Putin recibiendo a Abás Araqchi funciona como un comunicado sin sello: Irán no está solo, y ya no acepta ser tratado como un paria internacional. Antonio Alonso interpreta el gesto como la prueba de que el aislamiento diplomático de Teherán se agrieta justo cuando Washington y Tel Aviv presionan para arrinconar al régimen. La consecuencia es clara: la resiliencia se convierte en política exterior.

Este hecho revela una paradoja incómoda para Occidente. Cuanto más se repite que Irán se desmorona, más rentable resulta para Teherán exhibir continuidad institucional y alianzas alternativas. En el fondo, no se trata solo de acuerdos: es un mensaje de supervivencia. Y en Oriente Próximo, sobrevivir equivale a ganar tiempo, atraer socios y obligar a los rivales a recalcular riesgos. En esa lógica, Rusia aparece como el anfitrión perfecto: no ofrece moral, ofrece palanca.

El espejismo del “colapso” y la cohesión de los Ayatolás

La administración Trump sostiene que Irán está en un “estado de colapso”. Sin embargo, el análisis de Antonio Alonso subraya que el régimen se sostiene sobre algo menos visible que los indicadores económicos: la cohesión religiosa y el control simbólico. El liderazgo espiritual de los Ayatolás —reforzado por el misticismo alrededor del Líder Supremo— actúa como cemento político en momentos de presión.

Hay también una dimensión social que suele subestimarse. Irán ha vivido más de 40 años bajo sanciones y restricciones, y esa costumbre forja una cultura de aguante que reduce el impacto psicológico de cada nueva amenaza. “Se repite la idea del derrumbe, pero lo que se ve es una estructura que se recompone y una sociedad entrenada para resistir”, advierte Antonio Alonso. Lo más grave para Washington no es que Teherán aguante, sino que esté aprendiendo a convertir esa resistencia en influencia regional.

Putin, el gran beneficiario económico del conflicto

En la lectura de Antonio Alonso, el conflicto produce un ganador que rara vez figura en primer plano: Rusia. El alza del precio del petróleo —aunque sea un repunte puntual del 10% al 15%— tiene un efecto inmediato: fortalece ingresos, amplía margen fiscal y permite sostener la presión en otros frentes. Y aquí entra el segundo beneficio: la proyección estratégica. Con Europa inquieta por la energía y con la atención occidental fragmentada, Moscú gana oxígeno.

El diagnóstico es inequívoco: si Oriente Próximo vuelve a ser un foco de inestabilidad crónica, el mercado energético se convierte en una herramienta geopolítica. Basta con que el barril se encarezca 15 o 20 dólares para que el coste se traslade a transporte, industria y consumo, elevando tensiones internas en países importadores. Rusia no necesita controlar la región; le basta con que la región sea impredecible. Esa imprevisibilidad, según Alonso, convierte a Putin en árbitro y a Europa en espectadora de su propia vulnerabilidad.

La grieta en la OPEP y el mensaje de los Emiratos

El análisis alerta de una sacudida adicional: la posible fragmentación de la OPEP tras la salida de Emiratos Árabes Unidos. Aunque las implicaciones concretas dependerán del ritmo de esa ruptura, el simple movimiento envía una señal al mercado: el consenso del Golfo ya no es automático. Y cuando el bloque pierde disciplina, se multiplican los incentivos para acuerdos bilaterales y equilibrios cruzados.

Ahí se entiende el giro saudí. Para Antonio Alonso, Arabia Saudí empieza a mirar hacia Irán no por afinidad ideológica, sino por cálculo de estabilidad: si el viejo paraguas estadounidense parece menos fiable, Riad necesita reducir fricciones con su rival regional. El contraste con la última década resulta demoledor: donde antes se imponían líneas rojas, ahora se ensaya la gestión del riesgo. Esa transición no es un gesto de paz; es la admisión de que el garante externo ya no controla el guion.

Europa, rehén de la energía y de la disuasión perdida

El punto débil, insiste Antonio Alonso, está en Europa. La vulnerabilidad energética no es un titular: es una cadena de dependencia que reaparece cada vez que Oriente Próximo tose. Un shock de precios relativamente breve puede traducirse en 0,3 a 0,5 puntos adicionales de inflación, presionar tipos, encarecer crédito y enfriar inversión. La economía europea paga dos veces: por la factura energética y por la incertidumbre que paraliza decisiones empresariales.

A ello se suma la lectura militar: la incapacidad de la OTAN para proyectar una disuasión efectiva en la región. No es que falten capacidades, sino coherencia estratégica. Y esa falta de coherencia se agrava cuando Europa, además, mantiene una relación tensa con el suministro energético ruso. La consecuencia es clara: Putin gana centralidad no solo por su músculo, sino por el vacío que dejan otros. Irán, por su parte, demuestra que su estrategia de supervivencia aún funciona frente a una potencia cuya superioridad convencional empieza a ser cuestionada.

Arabia Saudí ante Irán: pragmatismo, no reconciliación

El desplazamiento saudí hacia Irán, tal como lo describe Antonio Alonso, no debe leerse como una reconciliación histórica, sino como un seguro de incertidumbre. Riad detecta que el equilibrio que garantizaba Washington se erosiona y decide diversificar: menos dependencia de un socio único, más margen para pactos tácticos. En ese terreno, Irán se vuelve interlocutor inevitable.

Lo que puede pasar ahora es un reajuste en capas. Primero, una región más inclinada a acuerdos de conveniencia que a alianzas rígidas. Segundo, un Estados Unidos obligado a demostrar credibilidad en un entorno donde su capacidad militar, aunque enorme, ya no genera el mismo respeto automático. Tercero, una Rusia que capitaliza cada fisura porque su objetivo no es gobernar Oriente Próximo, sino usarlo como palanca global. Antonio Alonso lo resume con crudeza: “Cuando el viejo pacto se agota, todos negocian con el que antes evitaban”. Y esa es, precisamente, la nueva normalidad.

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